Las Almas Debajo del Altar

Por: Héctor A. Delgado

Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos (vers. 9-11).

El quinto sello guarda relación con los cuatro anteriores, pues aparecen aquí los mártires que dejaron las astrosas persecuciones pasadas, más los de la época representada por el quinto sello. “Ya no hay caballos. La lucha directa, utilizando el poder del Estado, ha llegado a su fin. La guerra espiritual se peleará de otra manera, pero seguirá su acción destructora; porque todavía morirán otros fieles”.(1) Cristo mismo había predicho que sus seguidores serían perseguidos (Mat. 24:9-11,21) y lo peor de todo es, que algunos, al perseguir a los cristianos pensaría que estaba prestando un servicio a Dios (Juan 16:2; Hech. 8:1; 9:1; 26:9-11). En este sello, se escucha simbólicamente a las “almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían”, clamando por justicia. Dicen: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?”. La respuesta que reciben es la siguiente: “Se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos”. Deben esperar hasta que llegue el tiempo de vindicarlos en el juicio. Pero su clamor, junto al de todos los fieles que han sufrido por causa de la verdad desde la entrada del pecado, será plenamente contestado en la manifestación de la ira del Cordero al final de los días sobre los impíos (Apoc. 6:12-17), y de forma definitiva cuando estos reciban justa retribución al término de los mil años en el lago de fuego y azufre (Apoc. 20:9,11-15).

Estas almas – según el apóstol – se encontraban “bajo el altar”. Este mueble se menciona también en Apoc. 14:18 y 8:5. Es una referencia al altar de bronce del sacrificio que estaba a la entrada del Santuario. Cuando Dios le pidió a Moisés que construyera un Santuario para habitar en medio de ellos, le hizo claro que tanto el edificio como todo su mobiliario debía ser hecho “conforme al modelo” que le fue “mostrado en el monte” (Ex. 25:8-9,40; Núm. 8:4; Heb. 8:5).(2) Uno de los muebles era el altar del sacrificio, donde eran muertos los animales, en representación de la futura muerte de Cristo para el perdón de los pecados de los seres humanos (Juan 1:29,36). Cuando los sacrificios se realizaban, la sangre de la víctima era derramada sobre la base de este altar (Lev. 4:7). Para los escritores bíblicos, la sangre era sinónimo de “la vida” del ser (Gén. 9:4; Deut. 12:23). En Lev. 17:11 leemos: “Porque la vida (néfesh) de la carne en la sangre está”. La versión Reina Valera del 1909 traduce este pasaje de la siguiente manera: “Porque la vida del alma en la sangre está”. De este modo, Juan puede hablarnos de las vidas de los cristianos que perecieron por la Palabra de Dios y la verdad del Evangelio como estando figurativamente “debajo del altar”. En otras palabras, estos cristianos fueron sacrificados por causa de su fe como víctimas sobre el altar. Así nos presenta Juan en el lenguaje simbólico a estas víctimas. Se nos dice que cuando Ignacio de Antioquía iba “camino a Roma para sufrir el martirio, pedía en oración se hallado digno de ser un sacrificio para Dios”.(3) En el mismo lenguaje figurado, como de una vida que muere en sacrificio para Dios, se expresó el apóstol Pablo para hablar de su muerte: “Yo ya estoy para ser sacrificado. El tiempo de mi partida está cerca. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, que me dará el Señor, Juez justo, en aquel día. Y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:6-8, cf. Fil. 2:17). Así mismo, serán recompensados “en aquél día” junto al fiel Apóstol todos los que han sido leales a la verdad en cada época. Se nos dice que “como sonido de trompeta ha resonado su voz a través de las edades, infundiendo su propio valor a miles de testigos de Cristo, y despertando a miles de corazones angustiados con el eco de su propio clamor de triunfo”.(4) Es probable que estos fieles mártires encontraran un fuerte consuelo y una firme esperanza en estas inmortales palabras del anciano apóstol.

El pedido de las almas debajo del altar parece ser una evocación de Gén. 4:10, donde Dios le dice a Caín que la “voz de la sangre” de su hermano Abel clamaba a Él “desde la tierra”. Una declaración naturalmente simbólica. Estas “almas” claman por venganza y justicia de la misma manera que la sangre de Abel clamaba a Dios por venganza desde la tierra.(5) El pedido de justicia es justo, pero aún no es el tiempo de juzgar a los impíos, ni siquiera es, por el contexto histórico de este sello (1517-1755), el tiempo de empezar el juicio de los justos (Apoc. 11:15,18). Según la profecía bíblica, el tiempo estipulado para el comienzo de la primera fase del juicio empezaría en el año 1844. De esto hablaremos en nuestro estudio sobre Apoc. 14:6-7. Por el momento era suficiente para ellos lo que la Corte Celestial les dio: “Ropas blancas”.

En nuestro estudio del mensaje a la iglesia de Sardis, el cual corre paralelo a este sello, vimos que a los vencedores se les prometió ser “vestidos de ropas blancas” y de retener su nombre en el Libro de la Vida (Apoc. 3:5). A ellos se le podía aplicar de manera especial el siguiente pasaje: “Yo os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer” (Luc. 12:4). ¡Su salvación estaba asegurada! Algunos ven implicado en el otorgamiento de “las vestiduras blancas” cierto tipo de vindicación terrenal, pues “cuando la reforma protestante inició su obra en el siglo XVI, el sentimiento popular aplaudió poco a poco y por fin los mártires fueron vindicados, ‘se les cantaron alabanzas, se admiró sus virtudes, se aplaudió su fortaleza, se honraron sus nombres, y se apreció su memoria’”.(6)

Uno de los peores inquisidores, considerado también “el más famoso” de todos, fue Tomás Torquemada. Según los registros, durante su ministerio llegó a sentenciar a más de 100,000 personas. Otro fue el padre Roberto. En 1239 condenó a 50 creyentes, llamados “herejes”, una parte de ellos fueron quemados, y la otra, enterrados vivos. Pero en ese mismo año, el 13 de mayo y ante la presencia de muchos obispos, él mismo mandó a la hoguera en Mont-Wimer a 187 cátaros. “Un cronista de la época calificó semejante hazaña de ‘holcausto, muy grande y agradable a Dios’“.(7)

El “hasta cuándo” de este pasaje es significativo y conmovedor. Nos hace pensar no sólo en el sufrimiento de los mártires, sino también en el que experimentaron sus familiares y amigos. Se nos dice que resulta “abrumador pensar en lo que debe de haber sufrido la madre, la esposa, la hermana y la hija [o hijo] del [llamado] hereje… Ella vio el cuerpo de aquel a quien amaba más que la vida, dislocado, torcido y temblando de dolor; observó de qué manera trepaba el fuego lentamente de miembro en miembro hasta envolverlo en una mortaja de agonía, y cuando por fin… ya el cuerpo torturado descansaba, se le dijo que todo eso era aceptable para el Dios que ella servía, y que era a penas una débil imagen de los sufrimientos que Él infligiría a los muertos por la eternidad”.(8)

Visto en el contexto de los salmos, el “hasta cuando” resulta interesante, y nos revela que esta expresión constituye una suplica constante de los siervos de Dios, quienes afligidos por el enemigo, por momento piensan que Dios no está atento a sus súplicas:

¿Hasta cuándo, oh Jehovah?… han consumido a Jacob, y desolaron su morada… Venga pronto tu compasión a encontrarnos. Porque estamos muy abatidos. Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu Nombre. Líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu Nombre. ¿Por qué las naciones han de decir: Dónde está su Dios? Sea notoria entre las gentes y ante nuestros ojos, la venganza de la sangre derramada de tus siervos. Llegue ante ti el gemido de los presos. Conforme a la grandeza de tu brazo, preserva a los sentenciados a muerte. Devuelve, oh Jehovah, a nuestros vecinos en siete tantos la infamia con que te han deshonrado [cf. Apoc. 16:5-7; 18:6-7]. Y nosotros, pueblo tuyo y ovejas de tu prado, te alabaremos para siempre. De generación en generación cantaremos tus alabanzas” (Sal. 79:5-13, la cursiva es nuestra).

Las almas o personas sacrificadas por su fidelidad a la “Palabra de Dios y el testimonio que tenían” ha sido vista por algunos comentadores como una descripción literal, como significando que estaban realmente vivas. La idea detrás de esta interpretación es que las almas de los fieles como entes incorpóreos sobreviven a la muerte del cuerpo, que puede tener una existencia separada de éste. Pero el mismo pasaje contradice este hecho, pues a los mártires se les dijo que “descansaran todavía un poco” hasta un momento específico: “hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos”. Y esto está de acuerdo a otros textos de las Escrituras que nos enseñan claramente que en ocasión de la segunda venida de Cristo es que se le dará el pago a cada uno conforme haya sido su obra (Mat. 16:27; Apoc. 22:12). En este contexto se observa:

“Cualquier intento de interpretar que estas ‘almas’ son los espíritus incorpóreos de mártires difuntos, violenta las reglas de interpretación de las profecías simbólicas. A Juan no se le dio una visión del cielo como en realidad es. Allí no hay caballos blancos, bermejos, negros o pálidos, montados por jinetes belicosos. Jesús no está en el cielo en la forma de un cordero con una sangrante herida de cuchillo. Los cuatro seres vivientes no representan criaturas aladas reales con características de animales. Tampoco hay allí ‘almas’ que yacen en la base de un altar. Toda la escena fue una representación gráfica y simbólica que tenía el propósito de enseñar la lección espiritual que ya hemos destacado”.(9)

A pesar de los que creen y enseñan insistentemente algunos intérpretes, las Escrituras no hablan de la inmortalidad natural del alma humana. Este es una doctrina ajena a la Inspiración. Lo que la Biblia sí nos dice es que el alma está sujeta a la muerte, que es mortal (Eze. 18:4,20; Sant. 5:20; Hech. 3:23). El mismo pasaje de Mat. 10:28 que es citado para sostener la inmortalidad del alma, dice que “puede ser destruida” por Dios. En Gén. 9:5 se habla de la “sangre de vuestras vidas” (literalmente, “alma”, heb. néfesh). Esto revela que la sangre es esencial para la existencia del alma. Desde esta perspectiva, se entiende que la palabra “alma”, dentro de los variados significados que posee, se refiere a la persona completa. El hombre no tiene un alma, él es “un alma viviente” (Gén. 2:7). De hecho, en todo el Antiguo Testamento, la palabra néfesh se traduce 119 veces como “vida”.

En Apoc. 14:13 se habla de los muertos “en el Señor”, y de manera similar que aquí en el cap. 6:11, se dice que “descansan” y que lo que sigue hacia delante son “sus obras”. En realidad, los mártires de Apoc. 6:9 están descansando, duermen seguros “en el Señor” y a “la final trompeta”, en ocasión de la segunda venida de Cristo, serán resucitados para ser recompensados con la vida eterna junto a todos los demás que han “muerto en Cristo” (Juan 5:28-29; 1 Cor. 15:51-55; 1 Tes. 4:13-17; Heb. 11:39-40).

Se observa que “la llave” que abre el pleno significado del quinto sello está en el libro del profeta Daniel, de forma especial en la visión de la “prevaricaron desoladora y del pisoteo de los verdaderos adoradores”. Se nos dice que la pregunta: “¿Hasta cuándo… no juzgas y vengas nuestra sangre?” encuentra su correspondencia en la siguiente interrogante: “¿Hasta cuándo durará la visión… entregando el Santuario y el ejército para ser pisoteados?” (Dan. 8:13). En el Apocalipsis, Dios les da la seguridad a los mártires de que serán vindicados. De manera similar, en el libro de Daniel el tribunal celestial vindica a los santos perseguidos y calumniados (Dan. 7:22,25). “Esto da la seguridad al pueblo de Dios de que Él cuida de ellos, oye su clamor por justicia divina y los vindicará públicamente… El clamor de los mártires cristianos evoca ‘la ira del Cordero’ sobre los que han muerto a los seguidores de Cristo”.(10)

Notas y Referencias:

[1] Mario Veloso, El Apocalipsis, p. 125.

[2] En este contexto, se observa sobre la realidad de las cosas celestiales: “Los que escribieron acerca del Tabernáculo y del Templo estaban convencidos de que el modelo de todas las cosas existían en el cielo” (Barclay, Comentario al Apocalipsis, p. 19).

[3] Barclay, Ibíd., p. 20.

[4] White, La Historia de la Redención, p. 336.

[5] Maxwell, Ibíd.,  p. 217.

[6] Vicuña Arrieta, Ibíd., p. 53.

[7] Treiyer, Ibíd., p. 203.

[8] Lecky, Ibíd., p. 36, citado en Maxwell, Ibíd., p. 188.

[9] Comentario Bíblico Adventista, tomo VII, p. 794.

[10] LaRondelle, Ibíd., p. 136.

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