Un Vistazo a la Teología Cristiana, las Doctrinas de la Revelación, la Biblia y Dios[1]

Por: Héctor A. Delgado

Nota: Estos comentarios constituyen mis reflexiones sobre algunos aspectos teológicos que considero de interes en mis lecturas de los materiales de textos asignados por la universidad donde curso mi lecenciatura en teología.

Nuestro estudio comprenderá un resumen de los temas mencionados en el título de nuestro artículo y seguirá el siguiente orden o estructura:

1. Introducción

2. La teología cristiana

a) Definición de “teología”

b) El alcance de la teología cristiana

c) Las fuentes de investigación de la teología sistemática

d) Diferentes tipos de teologías sistemáticas

e) Observaciones personales

3. La Doctrina de la Revelación, la Inspiración y la Biblia

a)  La revelación

b)  La revelación general

c)  La revelación especial

d)  La inspiración bíblica

e)  La Biblia como fuente de autoridad normativa

f)  Observaciones personales

4. La doctrina de Dios

a) La existencia de Dios y sus implicaciones

b) La trascendencia y la inmanencia de Dios

c) Los atributos divinos

d) La pasibilidad de Dios

e) Dios entendido como Trinidad

f)  Observaciones personales

5.  Conclusión

1. Introducción

            El estudio de la teología sistemática es una fuente de bendición para todo investigador sincero y dedicado. Ver como la Biblia provee información fidedigna respecto a Dios y su maravilloso Plan de Salvación, nos llena de certidumbre y esperanza. El estudio de la teología cristiana llega a ser una necesidad vital ya que por medio de esta disciplina se puede conocer en forma más ordenada la cadena de verdad que nos provee toda la Biblia. Y como estas verdades no siempre son presentadas en un orden sistemático, se hace necesario el entendimiento coherente y ordenado de las mismas.

Los académicos, en su estudio sobre los grandes temas de la Biblia han procurado establecer un orden coherente de estudio, pero además, un ordenamiento de las doctrinas bíblicas que sea lógico al pensamiento humano. Por eso, la expresión “teología sistemática” viene a ser la forma más efectiva de nombrar el estudio de Dios y las grandes doctrinas bíblicas en forma sistematizada.

Nuestro presente análisis abordará algunas doctrinas desde el punto de vista bíblico, histórico y evangélico y procuraremos consensuar lo mejor posible cada idea. Procuraremos además evitar muchos detalles sobre las variadas dificultades históricas que han planteado los teólogos, como también, depender más de la fuente primaria y autorizada de todo verdadero estudio de teología, la Biblia.

2. La teología cristiana

a)     Definición de “teología”

El término “teología” está compuesta por dos palabras griegas: theos (Dios) y logos (“orden” “palabra”, “razón”). De ahí que la palabra “teología” signifique según el uso normal o corriente en el idioma castellano, el estudio o consideración ordenada de Dios. Una definición más informal sería “cualquier estudio que haga la pregunta” ‘Qué nos enseña hoy toda la Biblia?’ respecto a un tema dado”.[2] En otra opinión, “la teología, en un contexto cristiano, es una disciplina de estudio que busca comprender al Dios que se ha revelado en la Biblia e intenta proporcionar una interpretación cristiana de la realidad”.[3]

Según se reconoce, el término “teología” puede ser usado de dos formas distintas: 1) En forma general, y 2) En forma específica. Ambos usos son considerados “perfectamente válidos”. En el primer uso puede señalar o definir el programa de estudio de un seminario teológico en una facultad de teología, lo que vendría a incluir otras ciencias auxiliares tales como arqueología, el cuidado pastoral y hasta la educación cristiana. En su modo más restringido, la palabra “teología” puede ser entendida como el estudio de todas las doctrinas cristianas tanto en su relación mutua como individualmente. Deberíamos, después de todo, retener su significado básico: el estudio de Dios y así, cualquier disciplina que se le adhiera, debería de alguna manera ayudarnos a comprender mejor la forma en la que Dios históricamente se ha revelado por medio de los profetas y apóstoles, revelación que a su vez ha quedado consignada en la Sagrada Escritura.

b)     El alcance de la teología cristiana

Antes de abordar este punto, sería bueno reconocer que existen otros  tipos de “teología” que procuran dar una explicación lógica de la realidad de las cosas. Esto se desprende del hecho de que existen otras religiones en el mundo aparte de la cristiana. Así tenemos la teología judía, la teología musulmana, la teología bahaí y la teología hindú. Dada esta realidad, algunos teólogos cristianos han preferido usar el término “doctrina cristiana” o “doctrina bíblica” en lugar de “teología cristiana”. Sin embargo, no parece haber nada malo en este último término ya que nos permite entenderla también no solo como la disciplina usada por los cristianos para el estudio de Dios y su revelación, sino también como una disciplina académica que estudia las “doctrinas cristianas”.

Así estamos listos para comprender los alcances de la teología cristiana. Estos comprenden el siguiente currículo: Estudio bíblicos, que a su vez comprende las siguientes disciplinas: Geografía, Arqueología e Historia del Mundo Bíblico, Canon bíblico, idiomas bíblicos (hebreo, arameo, griego), traducciones bíblicas, hermenéutica, exégesis e interpretación bíblicas; estudios histórico-teológicos, que incluyen: historia eclesiástica, historia de las misiones cristianas, teología bíblica e histórica así como teología sistemática, ética cristiana y apologética.

Además es adecuado y  completamente necesario el estudio ministerial, lo que incluye: Cuidado y consejería pastoral, Homilética, evangelización, misionología, educación cristiana, administración eclesiástica, Himnología e iglesia, comunidad y sociedad lo que también incluye: Ética social aplicada, trabajo social de la iglesia e Iglesia y Estado.

c)      Las fuentes de investigación de la teología sistemática 

Las fuentes principales para sostener un estudio sólido y confiable de la teología cristiana lo constituyen el Antiguo y el Nuevo Testamentos. Esto ha sido incluso reconocido por “casi todos los teólogos” protestantes y por muchos católicos romanos. Sin embargo, el hecho de que los teólogos afirman la prioridad de la Biblia no significa necesariamente que sus posiciones teológicas toman en cuenta la autoridad normativa de la Biblia.[4] Existe una marcada diferencia entre la teoría y la práctica. De manera que el desafío de todo estudiante de teología o académico es procurar ser leal al texto bíblico para que el mensaje pueda estar en armonía con la revelación que Dios ha dado y no con un sistema particular de doctrina que tenga poco o nada que ver con las verdades bíblicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones los académicos no solo han fallado en ser leales completamente a la autoridad normativa de la Biblia, sino que han dependido muchas veces de fuentes extra bíblicas para dar forma a su conjunto de creencias, tales como: La tradición (como en la teología católica romana[5]), la experiencia cristiana, los movimientos filosóficos, psicológicos, políticos y socioéticos; las religiones no cristianas (un fenómeno moderno) y hasta de la cultura o la razón.

d)     Diferentes tipos de teologías sistemáticas

El surgimiento de diferentes tipos de teologías cristianas es un fenómeno reciente del siglo XX y están clasificadas por lo menos en tres formas: 1) El primer método depende de la prioridad de las fuentes de la teología sistemática que ha establecido el autor. 2) El segundo método obedece la clasificación que hace el autor dependiendo de la confesión o sistema teológico que sigue en su análisis. 3) Este último método tiene estrecha relación con los grandes movimientos teológicos o eclesiástico del siglo XX que a su vez están representados por la respectiva teología sistemática.

A continuación una breve lista de los tipos de teologías sistemáticas que entregan sus propuestas a los estudiantes de hoy.

  • Las religiones no cristianas. Esta propuesta niega el carácter absoluto y todo suficiente de la revelación bíblica. A esta escuela pertenece Ernst Troeltsch (1865-1923).
  • La cultura o la razón. Esta escuela depende primordialmente de la influencia de la cultura contemporánea. Los eruditos que critican este tipo de teología aseguran que “la verdad bíblica queda eclipsada por las preocupaciones y conceptos pertinentes a una cultura específica”. Un reconocido representante de esta escuela es el erudito Paul Tillinch, quien produjo una teología sistemática de tres tomos.
  • La tradición de la iglesia. Esta escuela considera los credos, las confesiones de fe y los concilios de las iglesias como aquello que establece la norma que debe ser creída y practicada. Semejante sistema de teología resalta el nivel de autoridad eclesiástica que existió detrás de cada una de las grandes doctrinas consensuadas. El teólogo dogmático católico-romano Luttwing Ott (1906-?) ejemplifica este método denominado eclesiástico o tradicional.
  • La teología bíblica. Esta escuela propone una comprensión de las doctrinas cristianas completamente aislada de toda otra disciplina teológica. A esta línea de pensamiento se ciñen los teólogos Charles Hudge (1797-1878) y Lewis Sperry Chafer (1871-1952).

Existen también otras teologías sistemáticas de origen confesional o denominacional. A esta pertenecen la tradición católica-romana, la tradición anglicana-episcopal, la tradición luterana, la tradición reformada y presbiteriana, la tradición menonita, la tradición bautista, la tradición adventista,[6] la tradición de los Hermanos, la tradición metodista y otras más recientes.

De igual manera se pueden señalar aún otras teologías que han surgido como resultado de algunos movimientos del siglo XX, tales como: El Ritchlianismo, El modernismo, el liberalismo, el fundamentalismo, la neortodoxia, el existencialismo, el ecumenismo y varias más.

e)      Observaciones personales

Cuando entramos en contacto con los diferentes tipos de teologías que existen actualmente, sentimos la sensación de detenernos antes de continuar nuestra jornada de investigación. Y no es para menos, aun ante la mención resumida que hemos referidos en el punto h de las diferentes teologías que concursan por el primer lugar en el presente siglo. Las diversas teologías sistemáticas que existen plantean la urgente necesidad de revisar y reevaluar nuevamente en una dimensión mucho más amplia y dedicada todo el espectro teológico que nos han legado las antiguas y modernas corrientes de pensamientos dentro del cristianismo. Esto evidencia la necesidad de una Reforma dentro de la Reforma. Quienes salgan con las manos llenas de verdad puramente bíblica de este siglo, serán héroes y heroínas del Señor. Ahora más que nunca necesitamos depender del divino y siempre activo ministerio del Espíritu Santo que procura llevarnos a “toda la verdad” (cf. Jn. 16: 13). Lo que resta es esperar a ver si realmente lo dejaremos que nos enseñe y guíe por el “camino eterno” (cf. Sal. 139: 23-24).

En lo referente al punto i, debo decir que no tengo inconveniente en que los teólogos consulten otras fuentes externas a la Biblia en sus investigaciones si eso le ayuda a tener una idea más completa y atractiva que ofrecer a los escépticos. Pero esto debe ser hecho teniendo en cuenta la primacía de la Biblia y la evaluación de toda idea teológica a la luz de la autoridad normativa de la revelación bíblica.[7] No en vano nos entregó el Señor semejante revelación de Sí mismo y de su participación en la historia de su pueblo escogido. Debemos recordar aquí el razonamiento del apóstol Pablo: “Entonces, ¿qué ventaja tiene el judío? ¿O qué beneficio hay en la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, que a ellos les ha sido confiada la Palabra de Dios” (Rom. 3: 1, 2).

De manera que, si no hacemos caso a esta sustancial “ventaja” caeremos en errores de los cuales tendremos que arrepentirnos un día (individual e institucional), o nos veremos de frente ante el trono blanco el día del juicio final (Apoc. 20: 11-15). Ese día no creo que exista algún teólogo que le explique al Señor cuáles fueron las presuposiciones correctas para entenderlo a Él por medio de su revelación escrita.

  1. 3.     La Doctrina de la Revelación, la Inspiración y la Biblia

a)     La revelación

La doctrina de la revelación, en la opinión de algunos teólogos es un concepto “tan difundido como la idea de Dios”. La palabra “revelación” proviene del sustantivo latino revelatio, que significa “quitar una cubierta, descubrir o destapar algo que está oculto; por lo tanto, dar a conocer lo que es secreto o desconocido”.[8] Al mismo tiempo el sustantivo revelatio proviene de la palabra griega apokálupsis que significa “quitar el velo” y por ende, “descubrimiento”.

Con todo y la idea que se proyecta por medio de esta palabra, algunos académicos han dicho que “ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo Testamento encontramos una palabra que corresponda a nuestra idea teológica de ‘revelación’” (Emil Brunner, citado en TS, tomo I, p. 56).  Sin embargo, esta doctrina correctamente entendida, nos ayuda a entender más allá de toda duda, que “Dios se ha colocado a sí mismo dentro del campo de los poderes del conocimiento del hombre” (Conner, citado en Ibíd.). Y es que la revelación no solo consiste en que Dios meramente pone información respecto a su persona o accionar a disposición de la humanidad caída, sino en que Él mismo se revela personalmente con el objetivo de reconciliar al ser alienado y alejado de Él, receptor de la revelación. Esta es la forma distintiva en la que concibe el cristianismo la revelación divina.

b)     La revelación general

El análisis de la doctrina de la revelación nos lleva ahora a una de sus áreas básicas: la revelación general. Con esta expresión los teólogos procuran describir una forma de revelación no muy específica de Dios pero palpable, dada la realidad de las cosas. La revelación general pone al descubierto verdades evidentes de Dios en el mundo natural que no pueden ser ocultadas de la consciencia de los seres humanos aún bajo el impacto negativo del pecado. Note por ejemplo la siguiente declaración: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, pienso: ‘¿Qué es el hombre para que lo recuerdes, y el hijo del hombre para que lo cuides?’” (Sal. 8: 3, 4). Al leer expresiones tales como “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Sal. 19: 1), resulta evidente que Dios se revela a sí mismo a través de su obras creadas.

Esta revelación no sólo se extiende al campo de la naturaleza (cf. Rom. 1: 19-23; Sal. 19: 1-6), sino aún al campo de la consciencia humana, al ser interior (cf. Ecl. 3: 11; Rom. 2: 15). “La responsabilidad moral, el conocimiento universal de una distinción entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto, se ha visto como una manifestación de Dios en la consciencia humana”.[9] Pero esta revelación natural, ha sido rechazada por el corrupto corazón humano, convirtiéndose en una fuente de idolatría (Rom. 1: 32). Como bien lo expresó Emil Brunner: “El ser humano pecador es una vasija en la cual los sedimentos del pecado transforman el vino del conocimiento dado por Dios en el vinagre de la idolatría” (citado en TS, tomo I, p. 59).

Con todo y las limitaciones que pueda tener la revelación natural o universal de Dios, en su discurso en Listra Pablo hizo claro a sus oyentes que las bendiciones temporales (la lluvia del cielo, las estaciones fructíferas, el sustento y la alegría) provenían de Dios (Hech. 14: 17), por eso, las cosas que Dios había permitido en el pasado (v. 16), no podían seguir siendo justificadas para no reconocerle. De igual manera, en su discurso a los ateniense, Pablo le dijo que la vida y el sustento diario no provenía en forma alguna de los falsos dioses que ellos adoraban, sino del verdadero Dios, en el cual “vivimos, y nos movemos y somos” (Hech. 17: 25, 28). Siendo que toda esta realidad acerca de Dios puede ser percibida por la consciencia humana, a pesar del obstáculo del pecado, la revelación natural de Dios deja a los que la rechazan siendo reos del juicio divino (Rom. 1: 18-32).

Con todo, debemos reconocer que la revelación de Dios en la naturaleza es un tanto ambivalente, pues el pecado ha afectado terriblemente toda la creación. Con todo, la revelación general parece ser necesaria para servir de empuje y motivación para el conocimiento de Dios. Es probable que en algunos casos la revelación general sirva de enlace o puente que nos lleve a ser más receptivo a la revelación especial. Y es que sólo en las Sagradas Escrituras se revela los propósitos redentores de Dios a favor de la raza humana. Allí se nos da a conocer en forma singular la vida, muerte y resurrección del Hijo de Dios y su evangelio salvador.

c)      La revelación especial

Por revelación especial se conoce aquella revelación que Dios ha hecho de sí mismo a y por medio del pueblo de Israel bajo el período del AT, y posteriormente, bajo el período neotestamentario en y por medio de su Hijo Jesucristo. Sobre la primera fase de la revelación debemos decir que esta no llegó a ser una realidad porque Israel estuvo dispuesto “a recibirla o percibirla, sino también porque Dios estaba listo y dispuesto a manifestar su naturaleza y su voluntad a Israel” (TS, tomo I, p. 107). En su segunda fase, también fue iniciativa divina el condescender y encarnarse para revelarse en la persona de su Hijo en una forma única a la humanidad. Las implicaciones de esta verdad indican que mientras la revelación general es universal y accesible a todos, la revelación especial, que está dirigida a individuos, no es accesible a todos inmediatamente. Por eso la urgencia de anunciar las buenas nuevas y de compartir con otros lo que dice la Escritura. Esta es la razón del surgimiento de las misiones cristianas en el mundo.

La revelación bíblica asume modalidades que deben ser estudiadas detenidamente. En la opinión de Bernard Ramm, la revelación bíblica es “antrópica” y “analógica” (citado en TS, tomo I, p. 108). Con el primer término se define “aquello que lleva las características de lo humano” en toda su extensión (los antropomorfismos y el lenguaje humano). Con el segundo término se define “el puente entre la incomprensibilidad de Dios y la posibilidad de conocerlo”. Otros autores proveen diferentes descripciones, como Emil Brunner que sugiere las siguientes modalidades: Teofanías, ángeles (con mensajes especiales), sueños proféticos, oráculos (como Urím y Tumim), visiones, locuciones, fenómenos naturales (como los usados con Elías y Job), acontecimientos históricos, dirección de individuos y grupos, y las palabras y los hechos de los profetas. Por su lado, Erickson enfatiza los “acontecimientos históricos” (a través de los cuales Dios se reveló y manifestó sus atributos) y “el habla divina” (Ibíd.)

Mientras que la revelación general presenta a Dios como el Señor, Creador y Sustentador del universo, la revelación especial pone énfasis especial en la forma personal en que Dios ha intervenido en la historia humana para salvar y redimir a la humanidad caída. El centro o sustancia del dicha revelación es la persona del Hijo eterno (1 Tim. 3: 16; Jn. 1: 14, 18). De manera que las diferentes formas de revelación que Dios utilizó en el pasado (cf. Heb. 1:1), sirvieron para preparar el camino para la suprema revelación que haría en la encarnación de su Hijo.

Para concluir este apartado sería bueno destacar que la revelación especial posee tres características singulares: 1) Es Selectiva.[10] Dios toma la iniciativa de comunicarse con individuos específico sobre la base de Persona a persona. Así Dios se reveló a Abram, a Jacob, a Isaac, a Moisés, etc. 2) Es redentora. En este aspecto la revelación divina tiene el objetivo de proveer una revelación al pecador en procura de reconciliarlo y restaurándolo a una relación de amistad con Él. 3) Es adaptada. La revelación divina “está marcada por la condescendencia divina, o acomodación al nivel de la humanidad. Esta última característica encuentra su culminación en la encarnación del Hijo de Dios (Jn. 1:1, 14).

d)     La inspiración bíblica

La doctrina de la inspiración es de vital importancia para la fe cristiana y está unida íntimamente a la revelación. Si bien ambas no deben confundirse (no son idéntica), están estrechamente vinculadas. A través de la revelación especial, Dios actúa en la historia humana por medio de grandes hechos y experiencias humanas para darse a conocer, así como su obra salvífica a los seres humanos. Pero la inspiración es la obra divina a través de los autores sagrados de manera que queden registradas en forma fidedigna las declaraciones que se obtienen por medio de la revelación. De esta manera, la inspiración depende de la revelación especial y la expande asiéndose accesible a todas las personas en el mundo (TS, tomo I, p. 123).

La palabra “inspiración” proviene del sustantivo latín inspiratio y significa “inhalar”. Algunos autores, como B. B. Warfiel preferían la palabra inglesa spiration en lugar de inspiration. La palabra que usan los escritores del NT es theópneustos, cuyo equivalente preciso en latín parece haber sido spiratio Dei. Se nos dice que en la lengua castellana, quizá el término más apropiado sería el neologismo “deispiración” (Ibíd.).

Se ha observado también que las definiciones que se han dado sobre la palabra “inspiración” son “innumerables”. Nuestro material de texto se limita a dos significados básicos. 1) La “inspiración” tiene que ver con la obra del Espíritu Santo sobre la mente de los “santos hombres de Dios” que hace posible que “sus escritos fueran el registro de una revelación divina progresiva y suficiente […]” (cita de Augustus Strong). 2) La inspiración consiste en la influencia “sobrenatural del Espíritu Santo sobre los autores de las Escrituras, que hizo que sus escritos fueran un registro exacto de la revelación o que resultó en lo que escribieron fuera la Palabra de Dios” (cita de Millard J. Erickson).

Antes de concluir este apartado me gustaría referir la idea de J. Oliver Buswell, Jr. sobre la inspiración bíblica.[11] Es interesante ver como cada escritor tiene su propia forma particular de abordar los temas, lo que permite que algunos sean más perspicaces que otros. En la opinión de Busweel, “la palabra ‘inspiración’ viene de una traducción algo inexacta de theopneustos que se encuentra en 2 Timoteo 3: 16. Warfield dice, que la palabra tal y como la usamos es engañosa. Parece enseñar que Dios había soplado dentro de las Escrituras, no siendo esto el significado de la palabra original”. Se nos dice que el término “exhalación” sería una mejor palabra. Sin embargo, se reconoce que “la palabra inspiración está bien establecida en el uso teológico y no se puede cambiar fácilmente”. De manera que, como están las cosas, tendremos que seguir usando la palabra castellana “inspiración” aunque sea insuficiente para transmitir toda la verdad conceptual que deseamos proyectar. Con todo, es bueno que conozcamos todo lo que entraña en sí la terminología que usamos y que sepamos explicar la diferencia.

e)      La Biblia como fuente de autoridad normativa

El tema anterior nos prepara para entender porqué las Escrituras están dotada de autoridad normativa en asuntos de fe y práctica. Siendo que la Biblia es el producto de la revelación divina, es consecuente creer que está dotada de una autoridad a la que hacemos bien en estar sujeto. La Biblia es el producto final de una revelación mediada históricamente y centrada en las palabras y hechos poderosos de Dios, Deriva su completa autoridad del Dios que su autorevela y autoautentifica (TS, tomo I, p. 194).

Sin embargo, debemos recordar que aunque la Biblia posee semejante autoridad los teólogos también han acudido a otras fuentes alternas de autoridad, que si bien no son presentadas en forma contrapuesta al mensaje bíblico, en muchas ocasiones se dirigen por caminos separados. Por ejemplo, en el cristianismo católico, ya sea católico romano, ortodoxo, católico antiguo o monofisita, se ha colocado en un lugar muy prioritario una lista de vías de autoridad religiosa a perpetuidad como la tradición y la autoridad eclesiásticas. De manera que en esta tradición, la autoridad de la Biblia ha sido erosionada al estar limitada por la autoridad de la iglesia y de la tradición (Ibíd.).

Por su lado, la Reforma protestante dejó atrás la autoridad de la iglesia y se volcó a la autoridad suprema de las Sagradas Escrituras. La autoridad de la Biblia como Palabra de Dios ha sido denominada en la tradición protestante como “el tema fundamental de la Reforma” o “principio formal”. Pero no pasaría mucho tiempo para que las cosas comenzaran a cambiar dentro del protestantismo. Y comenzando con Schleiermacher, el protestantismo liberal transfirió el eje de autoridad de las Escrituras a la conciencia y la experiencia religiosa. Así mismo, en el catolicismo (Concilio Vaticano I, 1869-70) se reafirmó “la teología natural derivada de la razón y la teología sobrenatural obtenida por medio de la fe”. En todo el proceso, la palabra final la tiene el Papa, con su “ejercicio de infabilidad”.

Como resultado, el fundamentalismo protestante (especialmente de EE.UU. de A.) ha rechazado la “alta crítica” y reafirmado “la inspiración plenaria y verbal de la Biblia, la inerrancia de los manuscritos originales de los libros bíblicos, y la suprema autoridad de la Biblia para la doctrina y la vida cristianas […]” (Ibíd., p. 189).

De manera que surge nuevamente la necesidad de reafirmar la autoridad de las Escrituras, pero libre de las matizaciones extremas. No necesitamos corregir un error cometiendo un error adicional. Debemos con la ayuda de Dios, procurar mantenernos de parte de la verdad dejando a un lado el orgullo denominacional y los prejuicios personales o teológicos. El estudio dedicado de la Biblia, y la dependencia de Dios en oración ferviente, nos ayudará a acercarnos a las Escrituras con el mismo respecto y reverencia que lo hicieron nuestro Señor Jesucristo y los apóstoles. Más allá no podemos ir, pero menor de ahí, no podemos descender. Hasta una simple lectura de la Biblia será capaz de ayudar a quienes desean ser guiados por Dios, a entender que su mensaje posee autoridad suficiente para permitirnos decidir sabiamente entre la verdad y el error (cf. 2 Tim. 3: 15-17). O las Escrituras son capaces de hacer lo que el texto referido dice, o hemos sido objeto de una adulación fascinante y destructora. Pero podemos apostar nuestras cabezas a la idea contraria. ¿Qué hacer entonces, con la razón humana? Ponerla a trabajar correctamente en procura de entender y captar lo que Dios desea para nosotros y cuál es la obra a la cual nos ha llamado como hijos del reino. “Por la fe entendemos […]” (Heb. 11: 3). Y así espera Dios que sea.

f)       Observaciones personales.

Por otro lado, nuestro material de texto (TS) solo analiza la palabra revelación a partir de su uso neotestamentario, pero bien pudo comenzar su análisis partiendo del significado que le dan los escritores del AT a las palabras “revelar” y “revelación”. Si bien las traducciones de la Biblia usan la palabra “revelar” y “revelación”, no lo hacen tan frecuente como podríamos esperar. Por ejemplo, en VRV 1960, “el verbo ‘revelar’ aparece 60 veces, de las cuales 28 están en el AT como una traducción del hebreo o del verbo arameo gãlãh (excepto en Gén. 41: 25, donde se ha traducido del verbo hebreo nãgal). El verbo gãlãh,  como el latino revelare, expresa  la idea de descubrir algo que estaba cubierto u oculto”.[12] Con este significado aparece en un uso secular (Rut. 3: 4), como también para hacer referencia a las revelaciones divinas (Dan. 2: 19).

De igual manera, nuestro material de texto (TS) pudo ser más específico al decirnos que aparte del sustantivo apokálupsis (revelación), también se emplea con frecuencia el verbo apokuptõ (revelar). Pero también se usa una palabra distinta a estas, phanerõ, que significa “descubrir o revelar” (cf. Rom. 16: 26). Semejantes observaciones eran de esperar en una obra que procura ser exhaustiva (2 tomos) y que considera tantas vertientes de los mismos temas.

Además debo decir algunas palabras sobre la idea de si la revelación general puede proveer una vía de escape para que, en la medida en que los seres humanos la perciban, puedan alcanzar la salvación. Como la Biblia no ofrece una idea clara sobre este punto, algunos prefieren creer que este tema pertenece a la “dimensión escondida de la gracia y la providencia de Dios” (TS, tomo I, p. 65). El hecho de que Pablo hace su exposición de la revelación natural en el contexto de la profunda degradación de la humanad, quien a pesar de haber sido objeto de dicha revelación, siguió su propio camino descendente, algunos pensadores han llegado a creer que este tipo de revelación sólo provee una revelación que trae condenación, pero no salvación. Sin embargo, nosotros preguntamos: ¿Qué sentido tendría una forma de revelación divina que viene solo para traer una luz para condenación? ¿No parece esta propuesta algo contrapuesta al carácter divino que “hace salir su sol sobre buenos y malos”, y que “no quiere que nadie perezca sino que todos procedan al arrepentimiento”? ¿Cómo se cumpliría el deseo divino si a todos los seres humanos no le llega por igual la revelación especial por razones que ya conocemos?

Sin embargo, debo reconocer que no es fácil tratar este tema, porque algunos académicos han observado que puesto que la salvación es únicamente posible por medio del Hijo de Dios, quien llega a ser conocido por los seres humanos por medio de la revelación especial de Dios, como es posible que una revelación natural (no especial) pueda traer salvación a los pecadores. Acepto el carácter exclusivo de la salvación por medio de Cristo (Jn. 3: 16; 14: 6) y espero nunca atreverme a dudarlo. Pero aún así me pregunto: ¿Para qué el aspecto unilateral de la revelación general? ¿Si pudo traer consigo una revelación para condenación, no pudo traer consigo también una solución alterna? Creo que la respuesta (que no pretendo resuelva la situación completamente) está en procurar entender que no existe una bendición que venga de lo alto que no haya sido comprada por la cruz del Calvario, y luego aplicada y garantizada por el ministerio sumo sacerdotal de Cristo. Todas las bendiciones temporales de las que disfrutamos (recordadas por el apóstol Pablo a los oyentes de las ciudades de Listra y Atenas), y que seguimos disfrutando nosotros en el presente son un regalo de la gracia de Dios basados en el supremo sacrificio de Cristo en la cruz; en los tiempos anteriores a la cruz, sobre la base de su ofrecimiento, y después de la cruz, sobre la base de su realidad. De manera que muchas personas que no han tenido la oportunidad de conocer a Dios con los detalles que nosotros lo conocemos (por medio de la revelación especial de su Sagrada Escritura), no le podemos negar el derecho de haber entrado en contacto con el verdadero Dios hasta donde su consciencia entorpecida por el pecado les permitió percibirlo. Creo que en estos casos particulares, los motivos cuentan más que las acciones (aun estén manchadas por los errores propios de la ignorancia), ya que son los motivos que marcha de valor moral nuestras acciones. De manera que nuestras acciones pueden estar parcial o completamente equivocadas, pero si el motivo que nos impulsa a obrar es correcto, Dios verá eso y los juzgará con justicia. Muchas personas que carecen de un conocimiento más pleno de Dios, actuarían mejor si tuvieran mayor luz. Dios ve eso y lo acepta con un hecho. Podríamos decir entonces que en la cruz Jesús hizo expiación por los pecados de ignorancia de los seres humanos. “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2: 2). No me atrevo a negar la verdad enunciada por este pasaje y no creo que sea de los textos que requieren una interpretación particular por ser difícil de entender.

Es sólo en este contexto que creo que la persona que ha sido objeto de la revelación natural de Dios, y la ha rechazado por seguir en sus depravados caminos, que debe entenderse la declaración del Apóstol: “Porque lo que se puede conocer de Dios, es manifiesto a ellos, porque Dios se lo manifestó. Porque los atributos invisibles de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ven claramente desde la creación del mundo, y se entienden por las cosas que han sido creadas; de modo que no tienen excusa” (Rom. 1: 19, 20, el énfasis es mío). Si “no tienen excusa” es porque pudieron responder a esta revelación de Dios.

La siguiente cita resulta iluminadora: “Por cierto que la ‘luz verdadera, que alumbra a todo hombre’ (Jn. 1:9) puede penetrar aun donde la Escritura no es conocida. Más aún, Pablo habla de ‘gentiles que no tiene ley’ y sin embargo ‘hacen por naturaleza lo que es de la ley’, de modo que muestran que ‘la obra de la ley [está] escrita en sus corazones’ (Rom. 2: 14, 15). Estas declaraciones indican que el Espíritu Santo puede obrar transformaciones incluso donde la palabra del evangelio no es predicada por la voz humana, pero no siguiere que haya salvación aparte de Jesucristo. Ni implica que la religiones no cristianas sean formas alternativas para obtener un conocimiento salvador de Dios”.[13]

Sobre el punto d, me gustaría hacer algunos comentarios adicionales. Las dos definiciones anteriores sobre la inspiración son completamente aceptables, pero aún así persiste el hecho de que “no hay acuerdo sobre qué significa exactamente ‘inspiración’”, sin embargo, nunca deberíamos aceptar aquella que la confunde con el dictado verbal o con como una inspiración meramente humana. Con todo, es bueno saber que el concepto de inspiración es bíblico, pero la palabra no lo es. Y para empeorar la situación, ningún escritor bíblico presenta una detallada discusión del tema.

Dar un breve vistazo a las dos palabras usadas en las Escrituras sería de ayuda. El apóstol Pedro nos dice que los “santos hombres de Dios” pheromenoi (llevados, soplados o impulsados) “por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1: 21). Por su lado, Pablo nos dice que “toda la Escritura” es theopneustos (“exhalado o soplado por Dios”). Como se puede apreciar existe una ida común en ambos términos, ambos textos hablan de la influencia del Espíritu Santo sobre la mente de los “santos hombres de Dios” como de un viento que sopló sobre ellos, y más aún, que ese viento los llevó a un estado de percepción que les permitió transmitir o registrar fidedignamente la revelación divina. Aún así, seguimos usando nuestra palabra castellana “inspiración” para hacer referencia a esta acción del Espíritu Santo sobre la mente de los escritores bíblicos.

Después de todo, es bueno tomar en cuenta que el elemento divino en la Escritura no agota su naturaleza, ya que si bien la palabra “inspiración” resalta primordialmente la actividad divina, “un estudio cuidadoso de la información bíblica muestra con claridad que tanto la actividad humana como la divina intervinieron en el proceso por el cual las Escrituras fueron escritas”.[14] Y así vemos en las Escrituras las características peculiares y lenguaje que apunta a la actividad distintiva de cada autor. Es decir, Dios no se ha puesto a prueba como escritor por el lenguaje de las Escrituras.

5) La doctrina de Dios

a)     La existencia de Dios y sus implicaciones

Se ha dicho que la sobre Dios o sobre los dioses es vital y muy significativa para todas las religiones, pues ninguna de ellas trasciende su concepción de la deidad. Pero a la hora de abordar la doctrina de Dios, su existencia, naturaleza y atributos, estamos ante un tema que no solo es una de nuestras creencias, ni siquiera constituye la principal de todas las creencias, sino que “es la creencia. [Dios] No es una doctrina; es el corazón de toda doctrina” (H. F. Rall, citado en TS. tomo I, p. 199).

Los teólogos han afirmado que el estudio de la doctrina de Dios comprende por lo menos dos aspectos claves: 1) Sus atributos, las perfecciones o cualidades divinas, y 2) Las relaciones trinitarias o internas dentro de su ser. Por otro lado, un elemento clave que debe ser tomado en cuenta a la hora de analizar la doctrina de Dios es que si hemos de tener un entendimiento correcto sobre la misma “el ser de Dios debe ser entendido a la luz de las acciones de Dios” en la historia (Ibíd., p. 200).

La existencia de Dios se da por sentado en las Escrituras. Ningún escritor bíblico procuró probar la existencia de Dios creando o sugiriendo pruebas racionales. Ellos no se esforzaron por probar algo que era tan evidente, y más aún siendo ellos portadores de una revelación tan maravillosa por medio del don profético. De manera que, desde el punto de vista bíblico “el que se acerca a Dios, necesita creer que [Él] existe” (Heb. 11: 6). En la opinión del erudito Fernando L. Canale, “la convicción de la existencia de Dios no se produce por argumentos racionales sino por una relación personal con Dios […] Somos conscientes de la existencia de Dios, entonces, sobre la base de su revelación personal en la Escritura antes que en base a argumentos racionales (cf. Mat. 5: 15-17)”.[15]

En la opinión de algunos teólogos tales como Louis Berkhof y Emil Brunner en el presente siglo, el nombre de Dios (en singular) ha sido puesto como un tema teológico importante que nos ayuda a conocer a Dios. Berkhof sostuvo que cuando la Biblia habla del nombre de Dios en singular (cf. Ex. 20: 7; Sal. 8: 1) “no se trata de una designación especial de Dios, sino que es un caso muy general del término para expresar su autorrevelación” (citado en TS, tomo I, p. 202). Por su lado, Brunner destacó que siendo que las expresiones “el nombre del Señor”, “el nombre de Dios” y otras variantes aparecen casi 100 veces en el AT y más de 200 veces en el NT, el tema del nombre de Dios había muy descuidado entre los teólogos. De manera que el nombre de Dios implica “la posibilidad de revelación divina: ‘Dios es conocido – se cita Brunner – solamente donde él mismo da a conocer su nombre”.

Por otro lado, el nombre divino tiene el propósito de que veamos a Dios como “tú” en lugar de “eso”. Así se revela su naturaleza personal por medio de antropomorfismos bíblicos. De igual manera Brunner señala que el nombre divino tiene como objetivo llevar a los seres humanos a un compañerismo y a una comunión más íntima con Él.

Los nombres más comunes de Dios en el AT son los siguientes: ‘El (el Dios fuerte o poderoso), El Shadai (Dios todopoderoso), ‘El Elyon (Dios Altísimo), ‘El Hai (Dios vivo), Elohim (Dios, que aparece más de 2.500 veces), Jehová (transliteración de Yehowah, del nombre de Dios JHWH con las consonantes añadidas de Adonai. Según se cree, la verdadera pronunciación, aunque perdida, pudo haber sido Yahweh). El nombre predominante en el NT es sencillamente Dios, aunque aparecen otros grandes nombres analógicos tales como Padre, Salvador, Pastor, Redentor, Juez, Rey y Señor.[16]

No disponemos de espacio aquí para analizar el término “persona” aplicado a Dios y sus implicaciones para nosotros.[17] Sólo diremos que la Biblia presenta a Dios como “alguien” en contraste con “algo”, y que siendo que somos seres personales es natural concluir que nuestro Creador, también lo es. De manera que una relación como la que Adán disfrutaba con Dios al principio, y que necesita ser restablecida entre nosotros y Él, demuestra la realidad de una actividad interpersonal. Así comenzó la historia, y así terminará: “El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán. Verán su rostro, y su Nombre estará en sus frentes” (Apoc. 22: 3, 4).

b)     La trascendencia y la Inmanencia de Dios

Las palabras “trascendencia” e “inmanencia” no aparecen en la Biblia, pero el concepto que proyectan es completamente verdadero. El significado básico de la palabra “trascendencia” es “independencia de” y cuando se usa en relación con la doctrina de Dios, hace referencia a la independencia divina con respecto a su relación con el universo. La Escritura presenta a Dios como completamente “diferente del mundo tanto en términos de su realidad (Dios no es el mundo ni el mundo está incluido en su ser) como en términos de su naturaleza”.[18] Sin embargo, para tener un correcto entendimiento de la trascendencia de Dios tal y como lo presenta la Biblia, debemos evitar la idea de la “trascendencia absoluta”, que no reconoce ningún tipo de similitud entre Dios y la creación”, porque entonces, Dios llegará a ser el “grandioso forastero desconocido”.

En la Escritura la trascendencia divina comprende un cuadro diferente: Dios es completamente “independiente de” la realidad de la creación (cf. “en el principio creo Dios los cielos y la tierra” – Gén. 1: 1, cf. Heb. 11: 3), pero al mismo tiempo el universo es completamente dependiente de Dios para sus sustento (Isa. 42: 5, cf. Heb. 1: 3). El relato de la dedicación del templo de Salomón (2 Cron. 5-7) evoca la trascendencia divina como una realidad que trasciende la creación. Sin embargo, este relato comienza hablando primero de la inmanencia de Dios. Así tenemos un equilibrio que debemos percibir y cuanto antes mejor.

La palabra “inmanencia” significa básicamente que algo existe en, o dentro de algún objeto o sustancia y apunta a la presencia histórica de Dios en nuestro mundo. El profeta Isaías nos dice claramente que Dios “habita en la altura y la santidad”, pero que también mora con “el quebrantado y humilde de espíritu” (Isa. 57: 15). Entonces, de alguna manera Dios existe dentro de nuestro mundo. Y así, “la creación y la sustentación constituyen únicamente las condiciones que hacen posible la inmanencia de Dios”.[19]

A manera de reflexión diremos que como la trascendencia es parte inseparable de la naturaleza del ser divino, desde que Dios decidió traer a la existencia los mundos y su variedad de seres inteligentes en él, decidió hacerse inmanente para poder ser el Dios que conforma la historia del universo y Aquél que, aunque habitando en “luz inaccesible” (1 Tim. 6: 16), sería accesible a las inteligencias creadas. En este contexto debemos ver el “cielo” como un lugar creado que pertenece al ámbito de su inmanencia histórica por medio de la cual entra en contacto con las criaturas no afectadas por el pecado. Ahora podemos entender que cuando el “querubín cubridor de alas desplegadas” “profanó” (VRV 77, o “ensució”, VRV 60) el lugar de su morada, fue arrojado del cielo (Eze. 28: 14-18). Pero aún más, el trono de Dios en los cielos no se presenta como flotando en el espacio, sino como estando en un lugar específico, el Santuario celestial (2 Cron. 6: 21; 25, 27, 30, 33, 39; Sal. 11: 4; Heb. 8: 1, 2; Apoc. 7: 15). De este Santuario, el santuario-templo terrenal era solo una prefiguración o una “copia del Santuario verdadero” (Heb. 9: 24). Y desde el Lugar Santísimo Dios manifestaba su gloria entre los israelitas (Éxo. 40: 34, 35). Y así el Santuario terrenal era el lugar de la inmanencia o presencia histórica en medio de su pueblo aquí en la tierra (cf. Éxo. 25: 8). De allí las muchas regulación del culto para acercarse a Dios.

El punto anterior nos lleva a destacar que la trascendencia divina es presentada en la Escritura estrechamente relacionada con su santidad. De hecho, su santidad demanda su trascendencia. Pero aunque la santidad de Dios es absoluta, su trascendencia no lo es (por lo menos en el sentido que ya hemos analizado). Estoy completamente de acuerdo con James Leo Carrett (citando la opinión de Norman H. Snaith) en que debemos entender la trascendencia de Dios no en el sentido de lejanía sino de distinción. “Desde el mismo principio Dios fue trascendente pues era distinto al hombre, pero nunca fue trascendente en el sentido de tomar distancia del hombre […] La trascendencia no significa lejanía. Significa ser distinto […] Especialmente entre los hebreos, la trascendencia nunca implica una distancia estática o algún tipo de pasividad […]” (TS, tomo I, p. 227, las cursivas están en el original).

c)      Los atributos divinos

La Biblia nos ayuda a comprender más la naturaleza de Dios por medio de sus atributos, los que a su vez han sido clasificados como atributos incomunicables y atributos comunicables. En la primera categoría se encuentran los siguientes: La independencia, la eternidad, la inmutabilidad, la omnipresencia y la omnisciencia. En la segunda categoría se encuentran: El amor, la santidad, la espiritualidad, la bondad, y el amor. La lista puede variar dependiendo de la descripción que dé el escritor y la forma en que organice el tema. A continuación sólo un comentario de algunos atributos que han generado más desacuerdo entre los teólogos.

  • La eternidad. Dios ha existo desde siempre y por siempre. Él es eterno, no tiene principio ni fin de días y existe en virtud de su propia naturaleza. Él siempre ha sido y será por toda la eternidad (Sal. 90: 2; Job 36: 26; Jn. 17: 5; 1 Tim. 6: 16, etc.). Pero la eternidad divina no separa a Dios del orden temporal con el cual está vinculado estrechamente. Esto significa que “el Dios eterno no está divorciado del mundo temporal y espacial […] Dios trasciende el tiempo y no está limitado por él, pero se relaciona al orden temporal en la creación y se preocupa por la subsistencia y la redención del mundo”. (TS, tomo I, pp. 229, 230). Podemos entender el concepto de la eternidad de Dios no como la intemporalidad platónica o la negación del tiempo, sino como aquella virtud divina que, aunque lo hace cualitativamente diferente, le permite integral nuestro tiempo y superarlo. Esto es lo que proyecta el registro bíblico, pues de otra manera no usara para “eternidad” palabras que poseen un claro significado temporal (‘ôlãn en el AT y aiõn en el NT. Estas palabras significan “un tiempo o duración largos”).
  • La inmutabilidad. Dios no cambia respecto a su ser y con respecto a varios aspectos de su carácter. La inmutabilidad correctamente entendida hace referencia a la ausencia de cambios en Dios, pero no implica como la teología tradicional que Él es impasible, es decir que posee una vida estática en la que no se incluyen emociones o experiencias nuevas o cambios en su vida interior. “La Biblia no concibe el cambio divino en la vida dinámica de Dios, en relación con la constitución de su ser […] la encarnación supone un movimiento histórico real dentro de la misma vida divina de Dios sin requerir cambio o desarrollo en la estructura del ser divino (Fil. 2: 6-8). La inmutabilidad de Dios, dentro de este contexto, se muestra consistentemente a través de la Biblia como su ‘fidelidad’, o constancia, en sus actos históricos”.[20]
  • El amor. La Biblia claramente dice que “Dios es amor” (1 Jn. 4: 8). El mostró la infinitud de su amor al envía a su Hijo único como sacrificio por el pecado (Jn. 3: 16). Ese mismo amor es el que le impulsa, como buen Padre, a corregir y disciplinar a sus hijos (Heb. 12: 5-11). Se ha observado que este atributo divino “es el más comunicable de todos los atributos comunicables de Dios” (TS, tomo I, p. 249). La doctrina del amor divino (agápe, en el NT), es “única entre todas las religiones y filosofías mundiales […] La ‘analogía más cercana al amor cristiano’ se encuentra en el hinduismo bhakti, que se originó en los siglos XI y XII después de Cristo” (Ibíd., p. 253).
  • La santidad. La santidad divina es declarada una y otra vez en la Escritura. Sólo el libro de Isaías usa la expresión “el Santo de Israel” 27 veces (cf. Isa. 1: 4; 5: 19, 24; 10: 20, etc.). En la mentalidad hebrea la santidad puede ser sinónimo de deidad (Am. 6: 8, cf. 4: 2). El concepto de la santidad de Dios es lo que contextualiza su trascendencia, pero debemos destacar que el atributo de la santidad no da lugar a la unión de lo “aparentemente opuesto”. Es decir, “en el concepto de la santidad de Dios existe un movimiento dual de la voluntad divina: Lo que en primer momento pareciera una dinámica contradictoria, a saber, por un lado un movimiento de retirada y exclusión y por el otro un movimiento de expansión e inclusión” (Emil Brunner, citado en Ibíd., p 227). Personalmente creo que la santidad divina es lo que mueve al Señor a estar separado de la pecaminosidad del hombre con reacciones muy fuerte a veces (cf. Lev. 10: 1-3), pero como Él no solamente es santo, sino también un Dios de gracia y amor, entonces encuentra formas, bajo claras prescripciones de cómo podemos entrar en comunión con Él. Este tema debería servir de motivación para que nuestros cultos de adoración sean más ordenado, racionales y solemnes.

d)     La pasibilidad divina

La expresión “pasibilidad divina” quiere decir que Dios tiene la capacidad de experimentar sufrimiento, dolor y tristeza. Por contraste, cuando la teología cristiana ortodoxa ha enseñado la impasibilidad divina, niega, esta verdad importante. Pero semejante idea no fue extraída del texto bíblico sino de “la idea helenística que se compenetró en el pensamiento cristiano por primera vez en la era patrística, cuando varios Padres de la iglesia la adoptaron y la defendieron” (TS, tomo I, p. 264).

Lo cierto que es que si queremos ser honestos y fieles al mensaje bíblico debemos descartar la doctrina de la impasibilidad de Dios. Que Dios no tenga ningún tipo de pasión o emoción “está claramente en conflicto con mucho del resto de la Biblia”.[21] La Biblia es muy clara al decirnos que Dios experimenta regocijo (Isa. 62: 5), aflicción (Sal. 78: 40; Efe. 4: 30), Ira contra sus adversarios (Éxo. 32: 10), compasión por sus hijos (Sal. 103: 13),  expresa su amor eterno (Isa. 54: 8). La mayor evidencia que tenemos, tal vez, de la pasibilidad divina (la capacidad de Dios de experimentar emociones), es nuestra propia experiencia como seres creados a su “imagen y semejanza” (Gén. 1: 26). ¿Podría Dios crear seres con semejante pasibilidad si Él mismo carecía de ellas? ¿Qué significado tendría entonces, las palabras “hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza”?

Hay incluso pasajes bíblicos en que Dios es presentado por el escritor inspirado como experimentando profundo sufrimiento y compasión motivado por el dolor y sufrimiento de su pueblo hundido en la rebelión (Jue. 10: 16; Isa. 63: 9, 10). Dios es como un padre amoroso que no resiste la idea de perder a un hijo sumido en la rebelión que lo induce a dejar el hogar. Nunca dejará de ser un hijo como tampoco dejará de pensar en él. Bien observó Carrett que “parece ser necesario afirmar que Dios tiene la capacidad de sufrir, pues ha participado en el sufrimiento” y ese sufrimiento “es el dolor asumido y sobrellevado del amor de Dios” (Ibíd., p. 265).

e)      Dios entendido como Trinidad

Este es otro aspecto de la naturaleza divina que necesitamos considerar en forma obligatoria, si hemos de tener una idea completa de la naturaleza del Dios verdadero. Si bien han existido muchos debates acalorados sobre la doctrina de la Trinidad, personalmente creo no existe otra manera de aceptar el cúmulo abrumador de evidencia bíblica sobre la naturaleza de Dios. Admitimos que en la Biblia no aparece la palabra “trinidad”, pero también somos impelidos a creer en ella por la abundante información que nos provee la Escritura sobre la divinidad y personalidad no sólo del Padre, sino también del Hijo de Dios y el Espíritu santo. Las siguientes evidencias corroboran nuestra conclusión.

  • El Padre es Dios en toda su plenitud, pero también lo es el Hijo y el Espíritu Santo (Efe. 4: 6; Jn. 1: 1; Hech. 5: 4). Hay muchos más pasajes que sostienen esta idea, pero estos bastan para los fines propuestos.
  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, es decir el Padre no es el Hijo y el Hijo no es el Espíritu Santo y viceversa (Jn. 17: 5; 24; Rom. 8: 27; Mat. 28: 19).
  • Las tres personas de la Deidad son presentada en estrecha relación una y otra vez (1 Cor. 12: 4-6; 2 Cor. 13: 14; Efe. 4: 4-6; 1 Ped. 1: 2).
  • Aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son iguales en naturaleza y esencia, ejercen funciones distintas en el Plan de la Salvación. Esta idea se ha proyectado bajo el término “economía de la Trinidad” (usando aquí la palabra “economía” en el sentido antiguo de “ordenación de actividades”[22]). Por ejemplo, aunque los tres son presentados como creadores (Gén. 1: 1; Jn. 1: 3; Job. 33: 4), no son presentados como redentores, en el sentido de haberse encarnado para poder redimir la humanidad. El Padre funciona como la fuente y el dador de su Hijo (Jn. 3: 16), el Hijo es quien se encarna para ser la “víctima por el pecado” (1 Jn. 2: 2, cf. Heb. 2: 9), y el Espíritu Santo es quien trae a los hombres al arrepentimiento engendrando en ellos una nueva vida por medio de la fe en la muerte expiatoria de Cristo (Jn. 3: 1-5; Tit. 3:3-7).
  • La relación funcional de los miembros de la Trinidad queda reforzada en el siguiente hecho: El Padre atrae los hombre hacia el Hijo, quien los redime con su muerte en la cruz, y los limpia con su sangre (vida) de todo mal (Jn. 6: 44); el Hijo atrae los pecadores a su Padre por medio de su muerte en la cruz para ser recibidos como hijos en su reino de amor (Jn. 12: 32); mientras tanto, el Espíritu atrae los seres humanos pecadores al Hijo en quien tienen “redención por su sangre, el perdón de pecados” (Jn. 15: 26; 16: 14; cf. Col. 1: 14). De la misma manera que en la creación, también en la redención cada una de las personas de la Deidad actúa activa y conjuntamente.

El profesor Grudem hace una pregunta penetrante: “¿Cómo podemos decir que Dios es un ser indiviso, y que sin embargo en este ser haya tres personas?”. Lo primero que hace es decir “que es importante afirmar que cada persona es completa y enteramente Dios; es decir, que cada persona tiene la plenitud del ser de Dios en sí misma […] El Padre es todo el ser de Dios. El Hijo es también todo el ser de Dios. Y el Espíritu Santo es todo el ser de Dios”.[23]

f)       Observaciones personales

Al concluir esta sección quisiera hacer una observación sobre la correlación de los atributos divinos (punto c). Creo que resulta beneficioso saber que al analizar este aspecto de la teología sistemática, debemos cuidarnos de ciertos desbalances que son comunes en algunos tratados teológicos. Por ejemplo, James Leo Carrett en su análisis histórico sobre la correlación de los atributos de Dios observó que “los teólogos suecos lundensienses elevaron el agápe a la condición de atributo divino central […] Peter Taylor tendía a hacer de la santidad el atributo central” (Ibíd., p. 221). La conclusión de Carrett es que, “debe evitarse una yuxtaposición de los atributos que sugiera que hay un conflicto interno dentro del Ser de Dios […] debe evitarse el énfasis unilateral sobre un atributo o grupo de atributos de tal manera que disimule, minimice o niegue la existencia de otro atributo o grupo de atributos […] Quizá no merezcan el mismo énfasis todos los atributos, pero la correlación responsable de los atributos divinos es una de las característica de una buena teología cristiana” (Ibíd., p. 221.).[24]

6.  Conclusión

Como se ha podido apreciar en nuestro breve estudio sobre la teología sistemática (en los tres puntos desarrollados sobre la revelación bíblica, la Biblia y Dios), es necesario hacer una presentación sopesada de las doctrinas cristianas. Nuestro deber como estudiantes de las grandes verdades de la Biblia es realizar una investigación honesta y responsable, no sea que en lugar de ayudar a otros a entender el mensaje bíblico, estemos descarrilándolos por senderos inciertos.

Comenzar el estudio de la Biblia con presuposiciones equivocadas seguramente nos conducirá a un entendimiento defectuoso del mensaje de Dios para nuestras vidas. Es mucho lo que está en juego como para cerrar los ojos a los peligros que rodean semejante empresa de investigación. Con todo, se puede apreciar una cantidad enorme de información valiosa que está disponible para la consideración de los investigadores, de manera que nadie necesita procurar originalidad en las doctrinas que decide creer como verdad revelada.

Por otro lado, como estudiantes de las grandes doctrinas del cristianismo debemos evitar la tentación de doblar la fuerza de la evidencia bíblica de aquellos enfoque que difieren de los nuestros por razones de orgullo denominacional. Una conclusión coherente sobre las verdades que tienen poder para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado es el producto de nuestra lealtad al texto bíblico, que a su vez, no puede ocurrir mientras nuestro acercamiento a la Biblia está cargado de suficiencia propia y orgullo denominacional. Consecuentemente debemos saber también diferenciar el orgullo denominacional de la debilidad de carácter que nos lleva a caer de rodilla ante el error por razones que solo Dios y nosotros sabemos. Cómo es posible que al leer la Biblia no podamos darnos cuentas de que muchas ideas que hoy se sostienen no tienen fundamento alguno en la revelación divina.

Finalmente, debo confesar que al leer la obra de James Leo Carrett[25] he sido bendecido y fortalecido en mi disposición para seguir procurando entender cada vez mejor el mensaje de Dios para mi vida. Creo que pudo hacer un mejor trabajo en algunas áreas (las que personalmente procuré reforzar en mi breve trabajo), sin embargo, su investigación fue capaz de motivarme a seguir estudiando con mayor ahínco las grandes doctrinas bíblicas que comprende la teología sistemática.

Notas y Referencias:

[1] El siguiente trabajo está basado en mis lecturas del libro de James Leo Garrett, h. Teología Sistemática, bíblica, histórica, evangélica (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1999), tomo I, pp. 7-355. (TS, tomo I, de aquí en adelante).
[2] Wine Grudem, Doctrina Bíblica, enseñanzas esenciales de la fe cristiana (Miami Florida: Editorial Vida, 2005), p. 17.
[3] Millar Erickson, Teología Sistemática (España: Editorial Clie, 2008, seg. edic.), p. 17.
[4] Las investigaciones demuestras que muchos líderes prominentes del cristianismo cuyas ideas ejercieron gran influencia y que subsisten aún hoy día, si bien pudieron percibir verdades importantes de la Palabra de Dios, al mismo tiempo no pudieron evitar la influencia de patrones filosóficos que afectaron su sistema de creencia. La tarea del investigador actual consiste, en un contexto libre de prejuicio o apasionamiento denominacional, dejar a un lado todas esas presuposiciones que tienen poco o nada que ver con la Palabra de Dios. Sin embargo, hacer esto no es una tarea fácil.
[5] “La Iglesia Católica Romana, especialmente a partir del Concilio de Trento, ha sostenido la doble autoridad de las escrituras canónicas y de las tradiciones apostólicas no escritas. En el Concilio Vaticano II hubo intentos de redefinir estas autoridades como una sola fuente, en vez de dos” (TS, tomo I. pp. 31,32).
[6] James Leo Garrett sostiene que “un tomo publicado hace poco (1985) por un teólogo adventista del séptimo día Richard Rice parece ser el único ejemplo de una teología sistemática escrita en la tradición adventista” (TS, tomo I, p. 43). Creo que esta declaración no hace justicia a la realidad. Partiendo del significado básico de la palabra “teología” como “la consideración ordenada [de las doctrinas bíblicas] o el estudio de Dios” (que seguimos en nuestro análisis), podemos encontrar otras obras dentro del adventismo que encajan en dicha definición. Por ejemplo, en 1988 (una fecha más reciente) se autorizó “a la Asociación Ministerial a encargarse de la preparación de la primera edición” del libro las 27 Creencias Fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día. Actualmente este libro se titula Creencias de los Adventistas del Sétimo Día (que incluye el análisis de 28 puntos doctrinales en orden lógico y sistemático). Pero más interesante aún es la obra del extinto erudito A. F. Baucher titulada La Historia de la Salvación(España: Editorial Safeliz, 1988), que aborda de igual manera en forma sistematizada las doctrinas bíblicas fundamentales. Esta obra es de valor especial porque recoge las opiniones de una larga lista de eruditos representativos del cristianismo de diferentes denominaciones, que, con sus abundantes citas, vindican las creencias adventistas como bíblicas y con antecedentes bien definidos en la historia cristiana.Algo más sobre esta obra. Si bien el año 1988 fue testigo de su primera edición en español (con 6,500 ejemplares), realmente es una obra mucho más antigua. “Este manual – nos dice una nota en la p. 4 – fue redactado a petición  de Albert V. Olson (1884-1863), a la sazón presidente de la Unión Adventista Latina. Fue empleado, por primera vez, como manual para la enseñanza en la Escuela Misionera de Glands (Suiza), durante el curso 1919-20. Se imprimió en Gland en 1921 y viene siendo el libro de texto básico en la enseñanza de las doctrinas bíblicas en el Seminario de Collonges-sous-Salève (Francia) [y otros seminarios]. Para 1951 “apareció una nueva edición corregida y ampliada”.Actualmente la Iglesia Adventista ha publicado en español una teología sistemática en 9 tomos titulada: Teología, Fundamentos Bíblicos de Nuestra Fe (Miami: Asociación Publicadora Interamericana, 2005). Este material teológico fue publicado originalmente en Inglés (después de 10 años de arduo trabajo) en el 2000 bajo el nombre Handbook of Seventh-Day Adventist Theology (Review and Herald Publishing Association).
[7] En nuestra propia experiencia podemos entender algo de la necesidad de ser leales a lo que consideramos la verdad de Dios. Y es que cuando nos vemos obligados a investigar algunas obras que tiene una orientación teológica distinta a la nuestra, nos esforzamos por salir de ella sólo con los elementos que creemos verdaderos, mientras que evitamos por medio de la oración y la investigación cuidadosa dejar allí todo lo que creemos constituye “heno y hojarasca”. Eso debería ocurrir con las fuentes no bíblicas que son investigadas por los académicos. Pero desafortunadamente no siempre ocurre así.
[8] Peter M. van Bemmelen, Teología, Fundamentos Bíblicos de Nuestra Fe (Miami: Asociación Publicadora Interamericana, 2005), tomo I, p. 88.
[9] van Bemmelen Ibíd., p. 94.
[10] van Bemmelen, Ibíd., p 103.
[11] Tal y como aparece en el capítulo 6 del libro de Donal E. Demaray, Introducción a la Biblia (Miami Florida: Editorial Unilit, 2001, 3era. Edicion). Demaray por ejemplo nos dice, basado en el significado del original griego, que la palabra “inspiración” significa “soplo hacia fuera” (que sería lo contrario a inspiratio, “inhalar”).
[12] Ibíd., p. 88.
[13] Ibíd. p. 100.
[14] Ibíd., p. 108.
[15] Fernando L. Canales, Teología, Fundamentos Bíblicos de Nuestra Fe (Miami: Asociación Publicadora Interamericana, 2005), tomo II, pp. 47-48.
[16] Para un estudio más completo sobre los nombres de Dios en el AT, véase un artículo que publicamos recientemente en nuestro Blog Reflexiones Teológicas: https://reflexionesteologicas.wordpress.com/2011/07/16/los-nombres-de-dios-en-el-antiguo-testamento/
[17] Un buen análisis sobre la personalidad de Dios se hace TS, tomo I, cap. 14.
[18] Canale, Ibíd., p. 56.
[19] Ibid., p. 66.
[20] Ibíd., p. 52.
[21] Grudem, Ibíd., p. 74. Las citas que siguen en este párrafo han sido tomadas (casi todas) de la misma fuente.
[22] Grudem, Ibíd., p. 115. También sería correcto usar la expresión “economía funcional de la Trinidad”.
[23] Ibíd., p. 116.
[24] En esta misma dirección, Wayne Grudem, nos dice: “Todo el ser de Dios incluye todos sus atributos: es por entero amor, por entero misericordioso, por entero justo, y así por el estilo. Todo atributo de Dios que hallamos en la Biblia es cierto de todo el ser de Dios, y por consiguiente podemos decir que todo atributo de Dios también califica a todo otro atributo” (Ibíd., p. 81).
[25] Para referencia, váse la nota 1.
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3 thoughts on “Un Vistazo a la Teología Cristiana, las Doctrinas de la Revelación, la Biblia y Dios[1]

  1. BREVE CRÍTICA AL PROFETISMO JUDÍO DEL ANTIGUO TESTAMENTO. La relación entre la fe y la razón expuesta parabolicamente por Cristo al ciego de nacimiento (Juan IX, 39), nos enseña la necesidad del raciocinio para hacer juicio justo de nuestras creencias, a fin de disolver las falsas certezas de la fe que nos hacen ciegos a la verdad mediante el discernimiento de los textos bíblicos.

    […]

    Si deseas leer la idea completa, por favor haz click en el siguiente link:

    http://www.scribd.com/doc/17148152/CRÍTICA-A-LA-UTOPÍA-JUDEOCRISTIANA

  2. Estimado Hector, ¿quién eres tú, y de dónde?
    ¿Alguna biografia?

    Muchas gracias.. y felicidades por tus aportes.

  3. BREVE CRÍTICA AL PROFETISMO JUDÍO DEL ANTIGUO TESTAMENTO. La relación entre la fe y la razón expuesta parabolicamente por Cristo al ciego de nacimiento (Juan IX, 39), nos enseña la necesidad de hacer un juicio justo de nuestras creencias utilizando el raciocinio para indagar “si es verdad o es mentira” que los textos bíblicos son palabra de Dios, a fin de disolver las falsas certezas de la fe que nos hacen ciegos a la verdad. Lo cual nos exige criticar el profetismo judío o revelación, enmarcado la crítica en el fenómeno espiritual de la trasformación humana y, las ciencias y técnicas que nos ayudan a desarrollarnos espiritualmente… http://www.scribd.com/doc/17148152/CRÍTICA-A-LA-UTOPÍA-JUDEOCRISTIANA

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