Nuestro Sumo Sacerdote

Por: Héctor A. Delgado  

En cierta ocasión fui invitado a tener una reflexión a más de doscientos jóvenes de 14-17 años de edad, de uno de nuestros principales colegios de Santo Domingo, Rep. Dom. Admito que al principio pensé en rechazar la invitación ya que no podía imaginarme qué tema podía ser de interés para esos jóvenes. Sobre todo, la mayoría de ellos no eran cristianos. Finalmente me decidí aceptando el compromiso, pero aún así no tenía una idea clara de cuál era el tema que le presentaría. Yo quería hablarles de Jesús, pero, ¿de cuál aspecto de su obra le hablaría? ¿De su divinidad? ¿Le predicaría sobre su humanidad? ¿O le predicaría de su humillación y sacrificio? Todo estos son buenos temas – pensé para mis adentros. Casi me decido por el último, pero quería decirles algo diferente sobre Jesús a ellos. Un pensamiento llegó a mi mente en ese momento. Esos jóvenes están en una etapa difícil y delicada de su vida, no saben lo que quieren. Tienen muchos conflictos y problemas. Posiblemente problemas familiares, de drogas, y quién sabe cuantos más. Para colmo viven en una sociedad que por sus valores morales y patrones de conducta desafía su fe, y a los que no la tienen les impide alcanzarla. ¡Ya sé! – dije. Le hablaré de Jesús como Sumo sacerdote. Pero suena un tema muy adulto y complicado, reflexioné. Pero de todas maneras le hablaré de Jesús y su ministerio sumosacerdotal.

Parece que Dios tenía un plan especial ese día. Lo primero era que captar la atención de aquellos jóvenes resultaba difícil, pues la actividad se estaba realizando al aire libre, en un parque. Y ya saben, los jóvenes veían en ese momento una oportunidad para correr, conversar y jugar. Aun recuerdo los grandes esfuerzos que hacían la directora del colegio y los profesores por captar la atención de los jóvenes. Resultaba imposible. Pero sucedió algo interesante. Comenzó a llover y todos tuvimos que refugiarnos en un gran espacio bajo un puente seco que había a corta distancia de allí. Y ahí estaban todos juntos, listos para escuchar. Cuando empecé a predicar logré obtener la atención de ellos y lo demás ya es historia. Dios nos permitió reflexionar sobre el tema de Cristo como Sumo Sacerdote y todos quedaron profundamente impresionados. Ese tema es el que quiero analizar con ustedes en esta ocasión.

¿Cuál es la importancia de estudiar el papel Cristo como mediador entre Dios y los hombres? ¿Resulta tan importante para nuestra fe como su muerte en la cruz? ¿Hay algún consuelo o fortaleza en el estudio de un tema tal? Sí, y mucho.

Lo normal es que escuchemos temas que enfatizan la muerte de Cristo por nosotros, y es cierto, nunca podremos exagera esta verdad, pero como todas las demás verdades de las Escrituras puede ser sacada de su contexto y convertirse en un todo, cuando en realidad es parte y conjunto de bloque completo de verdad. El apóstol Pablo nos dice: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Rom. 8:34, cursivas añadidas). Entonces, las Buenas Nuevas no se limitan a la cruz, se extienden como un hilo de oro mucho más allá. En la carta a los Hebreos se nos aconseja a aferrarnos “de la esperanza que ha sido puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Heb. 6:18-20).

La Biblia nos anima a mirar no sólo al Calvario, donde Jesús fue crucificado por nosotros, también nos anima a mirarlo intercediendo por nosotros en el “más amplio y más perfecto Tabernáculo”, en el “verdadero Santuario que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 9:23; 8:2). En este contexto se nos ha dicho: “La intercesión de Cristo por el hombre en el Santuario celestial es tan esencial para el Plan de la Salvación como lo fue su muerte en la cruz. Con su muerte dio principio a aquella obra para cuya conclusión ascendió al cielo después de su resurrección” (Cristo en su Santuario, p.137). Entonces, la “la intercesión de Cristo por el hombre en el Santuario celestial es tan esencial para el Plan de la Salvación como lo fue su muerte en la cruz”. Lo más que podemos hacer entonces, estudiar con detenimiento y reflexión este tema.

El Plan de Salvación requería no sólo la voluntad de Dios para salvarnos, incluía la verdad de que Él nos salvaría. Y una vez entre nosotros, requería que Cristo viviera una vida de perfecta obediencia a la Ley de Dios, pero también que muriera como Cordero. “Es necesario que yo sea levantado” – dijo Cristo (Jn. 3:14). Pero además de morir era necesario que resucitara por nosotros, pues como dice Pablo, “si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana” (1 Cor. 15:14). Pero mucho más, el Plan de Salvación implicaba que Cristo, después de resucitar, debía desempernarse como Sumo Sacerdote. Cristo mismo reconoció esto al decir: “Os conviene que yo me valla, porque sino me fuese, el Ayudador no vendría a vosotros” (Juan 16:7). Así quedan unidas su obra redentora y mediadora con la obra de convencimiento y comunicación del Espíritu Santo en un solo conjunto. ¡Gloria a Dios por eso! Es por eso que Pablo dice: “el que también intercede por nosotros”.

Hay un dinamismo y un poder extraordinario escondido en la obra sumosacerdotal de Cristo esperando a ser descubierta por toda alma sincera. Y es precisamente lo que nos enseña la carta a los Hebreos. Bien podríamos buscar información en el Antiguo Testamento sobre el ministerio de los sacerdotes, pero como el autor de la carta a los Hebreos basa sus ideas en las enseñanzas del Antiguo Testamento relativas al sacerdocio de Cristo, con leer su contenido podemos formarnos una idea completa.

En el capítulo 5 leemos: “Todo sumo sacerdote elegido de entre los hombres, es constituido a favor de ellos, para presentar ante Dios, ofrendas y sacrificios por los pecados. Debe poder compadecerse de los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de flaqueza” (vv. 1-2). Hay tres cosas importantes en este texto que debemos considerar ahora.

1) “Todo sumo sacerdote es elegido de entre los hombres”. Esto es una necesidad, pues a los hombres es a quien va a representar, y también va a interceder por ellos. 2) “Es constituido a favor de ellos, para presentar ante Dios, ofrendas y sacrificios por los pecados”. Esto es maravilloso, pues como hemos pecado, necesitamos alguien que a parte de ser de los nuestros, esté a favor de nosotros y nos salve de las consecuencias del pecado. 3) “Debe poder compadecerse de los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de flaqueza”. Esta es la parte más maravillosa. El sacerdote como es uno de nosotros, no sólo está a favor nuestro, sino que más aún, puede compadecerse de nosotros, “puesto que él también está rodeado de flaqueza”. Él conoce por experiencia personal lo que es estar asediado por debilidades y tentaciones.

Todo esto es verdad de Cristo como Sumo Sacerdote ante Dios. Veamos como se cumplen estos tres aspectos en la vida de Cristo. 1) Como Dios, Cristo no era uno de nosotros, sino un miembro exclusivo de la Deidad. Pero Dios salvó el infinito abismo que había entre Él y nosotros al encarnar a Cristo por medio de Espíritu Santo: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad”. “Cristo Jesús. Quien, aunque era de condición divina, no quiso aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres” (Juan 1:14; Fil. 2:5-7). Así quedó Jesús calificado para ser Redentor, Sustituto y nuestro Sumo Sacerdote. Gracias al milagro de la encarnación y la muerte de Cristo, Él pudo ser tomado de entre los hombres como nuestro representante  y Sumo Sacerdote.

2) De forma similar a los sacerdotes antiguos, Cristo fue constituido a nuestro favor y ofreció sacrificio, pero no por sus propios pecados, pues Él nunca pecó, sino por los de todos nosotros: “Así, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por su muerte al que tenía dominio de la muerte, a saber, al diablo. Y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre. Porque no vino para ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abrahán. Por eso, debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser compasivos y fiel Sumo Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo. Y como él padeció al ser tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb. 2:14-18). Cristo no vino a ayudar a los ángeles, es decir a seres con naturaleza angelicales, sino a seres humanos caídos, representados aquí por “la descendencia de Abrahán”.

Debe notarse que la Biblia no dice solamente, que “el Verbo se hizo carne”, que participó de naturaleza humana, dice mucho más. Él vino en la naturaleza humana de aquellos a quienes vino a salvar: “Por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo”. La naturaleza humana de Cristo era como la nuestra, era la misma naturaleza que todos tenemos en común desde la entrada del pecado. Esta es la razón por la que Él pudo ser tentado “en todo según nuestra semejanza”, pero a diferencia de nosotros, nunca cedió a la tentación. La Biblia también hace claro, que Cristo era diferente a Nosotros en algunos aspectos como era de esperarse. No es posible hablar de Él sin notar su singularidad, no sólo en carácter, sino en su personalidad, pues auque era 100% humano, era también 100% Divino. Él era una persona singular, “única” en el sentido pleno de la palabra (Juan 1:16,18), pues en Cristo estaban combinadas dos naturalezas, la divina y la humana. Pero su humanidad, nos dice el autor de a carta a los Hebreos, era “la misma carne y sangre” que nosotros poseemos.

3) Este tercer aspecto es importantísimo. Cuando enfrentamos alguna dificultad espiritual, algún problema en el hogar, en el trabajo o en la universidad, lo que necesitamos para superarlo no es un reclamo, un reproche, una pelea; necesitamos y queremos encontrar una mano amiga que se extienda y nos ayude a solucionar nuestra situación. Y eso es precisamente lo que tenemos en Cristo. Mira como dice Pablo: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades; sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, con segura confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15-16). Pablo enfoca aquí verdades maravillosas y positivas, con términos de negación: “no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nosotros”. Lo que él está diciendo es: “tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros”. ¡Amén! y así es, Cristo puede comprendernos en nuestras luchas, no importa que sean internas tanto como externas. ¡El nos comprende! Se nos ha dicho que Jesús como el “Hermano mayor de nuestra raza está junto al trono eterno. Desde allí mira a toda alma que vuelve su rostro hacia él como al Salvador. Sabe por experiencia lo que es la flaqueza humana, lo que son nuestras necesidades, y en qué consiste la fuerza de nuestras tentaciones; pues fue ‘tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’ (Heb. 4:15). Está velando sobre ti, tembloroso hijo de Dios. ¿Eres tentado? Te librará. ¿Eres débil? Te fortalecerá. ¿Eres ignorante? Te iluminará. ¿Estás herido? Te curará. Jehovah ‘cuenta el número de las estrellas’; y no obstante él es también el que ‘sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas’ (Sal. 147:3-4)” (Dios nos Cuida, p. 63). En otras palabras, el Dios que se ocupa del espacio infinito, de los innumerables sistemas planetarios, es el que se ocupa también de ti, pequeña criatura. Nunca está tan ocupado como que no pueda dedicarte tiempo, nunca está tan ofuscado que no pueda escucharte. Te sustenta con su amor y tierna misericordia. Tú eres importante para él. “No temas, que yo estoy contigo. No desmayes, que Yo Soy tu Dios que te fortalezco. Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isa. 41:10).

Pero las Buenas Nuevas son aun mejores que las que nos hemos imaginado. Aparte de decirnos que Cristo “puede compadecerse de nosotros”, Pablo también nos dice: “Y como él padeció al ser tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb. 2:18). Entonces, Cristo se compadece de nosotros con gran amor, y también nos ayuda a levantarnos de nuestros fracasos y caídas, de nuestras angustias y temores con la diestra de justicia. Gracias a Dios porque “es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Y esos, somos tú y yo.

Quiero compartir con ustedes ahora dos citas que nos revelarán de forma real y asombrosa en la que Cristo tuvo que luchar con la fuerza del pecado en su propia vida y cómo la venció para nuestro beneficio:

“En nuestra propia fortaleza, nos es imposible negarnos a los clamores de nuestra naturaleza caída. Por su medio, Satanás nos presentará tentaciones. Cristo sabía que el enemigo se acercaría a todo ser humano para aprovecharse de las debilidades hereditarias y entrampar, mediante sus falsas insinuaciones, a todos aquellos que no confían en Dios. Y recorriendo el terreno que el hombre debe recorrer, nuestro Señor ha preparado el camino para que venzamos. No es su voluntad que seamos puestos en desventaja en el conflicto con Satanás. No quiere que nos intimiden ni desalienten los asaltos de la serpiente. ‘Tened buen ánimo -dice; – yo he vencido al mundo’… El padeció todo lo que nos puede tocar sufrir. Su victoria es nuestra” (El Deseado de Todas las Gentes, p.98, la cursiva es nuestra).

“A fin de salvar a la humanidad, Cristo descendió al nivel de ella… Vino a esta tierra para ser tentado en todos los puntos, tal como son tentados los seres humanos… No fue vencido ni en un solo punto, aunque las tentaciones fueron tan reales para Él como lo son para nosotros hoy” (Alza Tus Ojos, p. 164).

Ahora quiero poner un ejemplo para que podamos comprendan mejor cómo es posible que Jesús, que aunque no cayó en el pecado como nosotros hemos caídos, es capaz de comprendernos y ayudarnos efectivamente. Todos los seres humanos somos tentados en un punto específico, y terminamos cayendo en otro. Unos resisten más que otros, pero al fin y al cabo, todos terminamos siendo vencido por el pecado. Cuando logramos llegar hasta el final de la prueba y vencemos, ¡que alegría! Nos damos cuenta que el gozo de haber vencido sobrepuja por mucho el dolor y la culpabilidad que experimentamos cuando fracasamos miserablemente. Pero la lucha es diaria, a cada hora, a cada minuto, a cada segundo. Y a pesar de lo maravilloso que es vencer la tentación, nos enfrentamos a la penosa realidad de que a veces somos vencidos por la fuerza de la tentación. ¿Cómo nos ayuda Cristo aquí? Lo primero que debemos saber y mantener presente es que Cristo venció cada tentación, cada prueba que vino sobre Él. Por más terrible que esta fuera siempre la venció. Él, como nosotros fue tentado en un punto, pero a diferencia de nosotros nunca cedió a la tentación. “Fue tentado en todo, pero sin pecado”. Pero a pesar de que nunca cayó postrado ante la tentación, pudo sentir en carne viva la fuerza de la tentación y en una forma mucho mayor que nosotros. ¿Cómo así? Cuando nosotros cedemos a la tentación y pecamos, nunca sabremos cuanta fuerza se necesitaba para vencer hasta el final. Al caer, dejamos de conocer por experiencia propia cuánta fuerza o resistencia se necesita para alcanzar la victoria. Pero Cristo, que venció cada tentación y la soportó hasta el final, sí conoce por experiencia personal cuánta fuerza o resistencia se necesita para hacer frente cada tentación y triunfar sobre ella.

En este contexto se nos dice: A Cristo “le era difícil mantenerse al nivel de la humanidad, como lo es para los hombres levantarse por encima del bajo nivel de su naturaleza depravada y ser participantes de la naturaleza divina” (Review and Herald, 1-4-1875). Con todo, lo hizo por ti y por mí. Pero aun se nos da más esperanza al decirnos que en Cristo no había “nada que respondiera a los sofismas de Satanás. El no consintió en pecar. Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación. Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina. Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección” (El Deseado de Todas las Gentes, pp. 99,100).

Hoy Cristo quiere hacernos participantes de sus triunfos y victorias. Pero debemos responder la siguiente pregunta: ¿Tú crees que es posible vencer toda tentación unido al poder divino? “Si puedes creer, al que cree todo es posible” (Mar. 9:23). “Por tanto, siendo que tenemos un gran Sumo Sacerdote, que entró en el cielo, a Jesús, el Hijo de Dios, retengamos la fe que profesamos” (Heb. 4:14).

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