Devocional: La Medida de la Atención Divina

Por: Elena G. White

Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?  Mat. 6: 30.

Cristo enseñó a sus discípulos que la medida de la atención divina concedida a cualquiera de las obras de Dios es proporcional a la posición que ese objeto ocupa en la escala de la creación.  El pequeño gorrión, aparentemente el más insignificante de los pájaros, es observado por la Providencia.  Ni uno cae al suelo sin que nuestro Padre celestial lo note.  Las flores del campo, la hierba que viste la tierra con su verdor, todo comparte la atención y el cuidado de nuestro Padre celestial.

“Mirad las aves del cielo”, dijo Cristo, “que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?  Y por el vestido, ¿por qué os afanáis?  Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos” (Mat. 6: 26-29).  Si los lirios del campo son objetos a los cuales el gran Artista Maestro ha dispensado cuidado, haciéndolos tan hermosos que sobrepujan la gloria de Salomón, el mayor rey que alguna vez haya empuñado el cetro; si hizo de la hierba del campo una exquisita alfombra para la tierra, ¿podemos imaginar la atención que Dios otorga al hombre, que fue hecho a su imagen?

El Señor dio al hombre el intelecto de modo que pudiera comprender aun cosas mayores que los bellos objetos de la naturaleza.  Conduce al agente humano a una esfera más elevada de la verdad, ennobleciendo la mente más y aún más, y revelándole la inteligencia divina.  Y en el libro de la Providencia de Dios, en el tomo de la vida, se le otorga a cada uno una página.  Esa página contiene cada detalle de su historia.  Aun los cabellos de su cabeza están todos contados.  Los hijos de Dios nunca están ausentes de su pensamiento.

Y aunque el pecado existió durante siglos, procurando contrarrestar la misericordiosa corriente de amor que fluye de Dios hacia la raza humana, el amor y el cuidado que Dios ofrece a los seres que creó a su propia imagen no han cesado de crecer en riqueza y abundancia.  “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.  Coronó su benevolencia con el inestimable don de Jesús.  Por medio de este sacrificio, un torrente sanador de vida y gracia celestial fue vertido sobre nuestro mundo.  Esta fue la dádiva de Dios para el hombre; una dádiva que desafía todo cálculo. . .

Al derramar así, todo el tesoro de cielo en este mundo, al darnos en Cristo la plenitud del cielo mismo, Dios compró las capacidades y el afecto de los seres humanos (Alza tus Ojos, p. 200 [Carta 4, del 1° de julio de 1896, dirigida “A los hombres que ocupan puestos de responsabilidad]).

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