¿Creían los Profetas y Apóstoles que Jesús volvería en su tiempo?

Nota: Este estudio constituye la nota adicional del capítulo 13 de la carta a los Romanos en el Comentario Bíblico Adventista, tomo VI, pp. 626-630. Publicamos este material por que lo consideramos de gran valor, pues las declaraciones inspiradas que presentan la segunda venida de Cristo como algo inmediato han dejado perplejo a muchos cristianos y hasta ha generado ciertos desacuerdos teológico dentro del cristianismo.

 

Más allá de lo que podamos alegar a favor o en contra de este tema, hay que reconocer (pues así lo revela claramente la Biblia) que la segunda venida de nuestro Señor ha constituido la “esperanza bienaventurada” de los creyentes de todos los tiempos. Ya desde la era de los primeros patriarcas, Dios había revelado esta gloriosa verdad por medio de visiones proféticas. He aquí una prueba irrefutable: “Enoc, séptimo desde Adán, también profetizó diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Judas 14,15).

El segundo advenimiento de Cristo, en gloria y majestad, era anhelado fervientemente porque por medio de él Dios devolvía el “señorío primero” a los fieles y le pondría fin al drama de dolor que el pecado había introducido en nuestro mundo. Era natural entonces que, los “santos hombres de Dios” pensaran en este día glorioso, y hasta lo enfocaran, guiados por el Espíritu  Santo como un acontecimiento divino próximo a ocurrir. Para ellos la Historia tenía un sentido diferente al que le damos nosotros, de ahí que enfocaban su consumación en una forma muy particular.  

Dejamos pues, el presente documento para el estudio y la reflexión de nuestros lectores de Reflexiones Teológicas. – Héctor A. Delgado

 

Algunos de los escritores del NT dan la impresión de referirse a la segunda venida de Cristo como si fuera algo inmediato. Se citan los siguientes textos como muestra típica de esta enseñanza: Rom. 13: 11-12; 1 Cor. 7: 29; Fil. 4: 5; 1 Tes. 4: 15, 17; Heb. 10: 25; Sant. 5: 8-9; 1 Ped. 4: 7; 1 Juan 2: 18.

Quizá algunos se apresuren a concluir que los escritores bíblicos estaban completamente equivocados, o que por lo menos, nada se puede saber en cuanto al tiempo de la venida de Cristo; pero la evidencia no requiere una conclusión tal.

En la repetida discusión de las Escrituras en cuanto al fin del mundo o la venida de Cristo, se destacan claramente ciertos hechos. Y creemos que si se tienen en cuenta esos hechos, es posible llegar a una conclusión totalmente consecuente con la creencia en la inspiración de la Biblia y el hecho solemne del segundo advenimiento. Estos hechos son los siguientes:

1. Los escritores bíblicos siempre hablan de la certeza del segundo advenimiento. Esto se aplica tanto a los escritores del AT como del NT. El lector de la Biblia que da a las palabras de ésta su significado más evidente, concluirá que “el día del Señor vendrá” (2 Ped. 3: 10).

2. Al referirse a este tema los escritores bíblicos parecen estar tan dominados por la grandeza, la gloria y la naturaleza apoteósica del acontecimiento para cada ser humano y para toda la creación, que con frecuencia hablan como si fuera el único y exclusivo acontecimiento futuro. La luz deslumbradora del día de Dios con frecuencia parece excluir todo lo demás de la vista y de la mente del profeta.  El lector recibe la clara impresión de que el autor inspirado considera todo lo demás que pueda preceder al advenimiento, como de menor importancia, como un prólogo del gran clímax hacia el cual se encamina toda la creación; con frecuencia quizá sienta como si el gran día estuviera por sobrevenir.

Es evidente que esta vívida presentación del advenimiento comenzó con Enoc, “séptimo desde Adán”, quien declaró a los impíos de sus días: “He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos” (Jud. 14-15). No hay nada en el contexto que sugiera que Enoc hubiera explicado que la venida tendría lugar miles de años más tarde, y lo más seguro que no lo sabía. Le había sido revelado que el Señor vendría para juzgar; nada más importaba.

3. Los escritores bíblicos destacaron que el día del Señor vendría súbita e inesperadamente. Las afirmaciones de Cristo son el mejor respaldo de esta enseñanza. Él dijo: “Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mat. 24: 42). “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Luc. 21: 34-36).

Las palabras de Pablo son un eco de las de nuestro Señor: “El día del Señor vendrá así como ladrón en la noche” (1 Tes. 5: 2).  Pedro escribe en forma parecida: “El día del Señor vendrá como ladrón en la noche” (2 Ped. 3: 10).

Lo que dio a la predicación del segundo advenimiento una calidad de inminencia, por lo menos potencialmente, fue la seguridad de que ese evento ocurriría y de que sería inesperado y repentino.

Ahora bien, en vista de que al Señor no le pareció conveniente revelar el “día y la hora” (Mat. 24: 36) de su venida, y como instó a sus seguidores a que velaran constantemente para que ese día no los sorprendiera como “ladrón”, ¿qué otra cosa podría esperarse sino que los autores del NT escribieran del advenimiento con un tono de inminencia? Esto no proyecta ninguna sombra sobre la inspiración que recibieron. Sabían, por revelación y por instrucción directa procedente de Cristo, que él vendría otra vez, que su venida sería precedida por tiempos tumultuosos, que sería súbita e inesperada, y que ellos y a quienes ellos predicaran debían velar continuamente. Pero no les fue revelado el “día y la hora”. Por lo tanto, debido a esa limitación en la revelación que les fue dada, presentaban a los creyentes la exhortación constante y la advertencia acerca del día del Señor.

Era evidente en el plan de Dios que sus profetas no dispusieran de cierto conocimiento acerca de la exactitud del momento del advenimiento de Cristo. Precisamente antes de su ascensión, nuestro Señor puso fin a las preguntas de sus discípulos en cuanto a calcular el tiempo de las acciones futuras de Dios, cuando declaró: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hech. 1: 7).

4. Los autores bíblicos no escribieron sencillamente para sus días o para determinado grupo a quien dirigían una carta. Si así fuera entonces la importancia de las Escrituras habría concluido con la generación que recibió directamente los mensajes de los portavoces de Dios. No; escribían bajo inspiración y sin duda comprendiendo con frecuencia sólo en parte, para todas las generaciones hasta que volviera el Señor. Es cierto que algunas cosas que escribieron, por ejemplo, sobre la circuncisión, tenían una importancia particular para la generación de los autores del NT, mientras que otras porciones han tenido y tienen una importancia creciente a medida que se aproxima el fin de la historia de la tierra.

El hecho de que los autores inspirados de la Biblia escribieran para exhortar, amonestar e instruir a todos los que vivieran hasta el segundo advenimiento, aclara más las declaraciones del NT que hablan de la inminencia de la segunda venida. Es cierto que los mensajes, dentro de su contexto histórico, están dirigidos a grupos específicos que vivían en ese tiempo, y no hay duda alguna de que la mayoría de los consejos espirituales de las Escrituras se sitúan dentro de un contexto histórico que corresponde con determinadas personas y determinado tiempo del pasado.

Pero aunque una declaración se haya dirigido a ciertos creyentes, puede aplicarse no tanto a ellos como a sus descendientes espirituales. Cuando Cristo describió a sus discípulos ciertos acontecimientos claves que precederían a su venida y servirían como señales de ella, abarcó un período de unos dos mil años; y cuando comenzó a describir la caída de Jerusalén, dijo: “Cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel” (Mat. 24: 15).  “Veáis” correspondía con los discípulos a quienes se estaba dirigiendo; pero sigue hablando de la “gran tribulación” de la cual había hablado Daniel en la profecía, que abarcaría hasta el siglo XVIII, y continúa con la exhortación “entonces, si alguno os dijere […]” (vers. 23). Ahora bien, podría decirse que Cristo está aquí advirtiendo otra vez a sus doce discípulos contra engaños amenazadores. Pero todo el contexto nos obliga a creer que él está hablando también, y aun con más razón, a sus seguidores que vivieran en el siglo XVIII y posteriormente.

Este hecho bíblico, que el grupo presente en ese momento puede ser el recipiente de un mensaje no sólo para ellos sino también, y quizá más particularmente, para una generación posterior, nos protege de no caer en conclusiones sin fundamento acerca de la ubicación histórica de ciertos sucesos venideros.

Pareciera que inmediatamente después de la ascensión “los hermanos”, grupo que tal vez incluía a los apóstoles, pensaban que Cristo podría volver en sus días: “Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo [Juan] no moriría” (Juan 21: 23), sino que quedaría vivo para contemplar el regreso de su Señor (cf. Hech. 1: 6-7).

Sin embargo, hay cierta evidencia en el NT de que Dios dio alguna luz a sus portavoces acerca del tiempo que transcurriría antes de que Cristo regresara. En su primera carta a los Tesalonicenses, Pablo les escribió del advenimiento y dijo: “Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor” (1 Tes. 4: 15); pero, ¿quería Pablo que los tesalonicenses llegaran a la conclusión de que el día del Señor virtualmente estaba a las puertas? Es evidente que algunos llegaron a esa conclusión, porque en su segunda carta el apóstol vuelve al tema: “Os rogamos, hermanos, que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca” (2 Tes. 2: 1-2).  Después procede a describir acontecimientos que debían suceder antes del advenimiento (vers. 3-12). El proceso clave sería [una] determinada “apostasía” (vers. 3). Pero Pablo explica en otros pasajes que esa “apostasía” ocurriría principalmente después de su muerte (Hech. 20: 28-30; 2 Tim. 4: 6-8). Después de presentarles un bosquejo de ciertos sucesos que precederían al advenimiento, los exhorta a estar “firmes” para los días venideros (2 Tes. 2: 15-17).

En la celda de la prisión donde esperaba la muerte, Pablo escribió a su hijo espiritual Timoteo: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Tim. 2: 2). Es claro que Pablo estaba instruyendo a Timoteo que quedaba cierto período de tiempo antes de que Cristo regresara.

Por lo tanto, es evidente que cuando Pablo dijo en 1 Tes. 4:15 “habremos quedado”, no se incluía él sino que estaba hablando de aquellos creyentes cristianos que vivirían en los días finales. El plural de la primera persona del verbo indicaba sencillamente que Pablo pertenecía al grupo de fieles que, en forma ininterrumpida, abarcaban los siglos.

Pedro escribió: “El fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración” (1 Ped. 4: 7). Esas palabras, ¿se aplicaban necesariamente al grupo próximo a él, a quien escribía? La respuesta parece ser: no. Leemos en su segunda epístola, escrita no sabemos cuánto tiempo después de la primera: “Para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles; sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 Ped. 3: 2-4). Lo más razonable es admitir que estas palabras sugieren que Pedro esperaba algún proceso futuro en que aparecerían cierta clase de burladores.

Nótese especialmente que Pedro, al ocuparse del advenimiento venidero, exhorta a los creyentes a tener “memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas”. Anteriormente, en esta misma epístola, declaró: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Ped. 1: 19). Según estas palabras es evidente que Pedro enseñaba que tenía que transcurrir cierto lapso antes del advenimiento. Los creyentes debían dejarse guiar por la luz profética “hasta que el día esclarezca”. Respondiendo al mismo propósito, Pablo declaró a los tesalonicenses: “Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón” (1 Tes. 5: 1-4).

La forma en que los apóstoles recurren a lo que escribieron los profetas es un eco de las palabras de Cristo acerca de lo que “el profeta Daniel” había escrito en cuanto a sucesos venideros: “El que lee, entienda” (Mat. 24: 15).

5. En este cuadro de la exhortación dirigida a los creyentes para guiar sus pasos con la luz de la profecía, lógicamente reconocemos que la Biblia contiene algunas profecías específicas acerca de la venida del Señor, las cuales abarcan grandes períodos y que nos ayudan a saber que el advenimiento “está cerca, a las puertas” (Mat. 24: 33). Nos referimos especialmente a los libros de Daniel y de Apocalipsis. Dentro de la sabiduría de Dios esos libros, aun en el mejor de los casos, sólo fueron oscuramente entendidos en los primeros siglos de la era cristiana.  Algunas de las profecías de Daniel quedarían sin duda “cerradas y selladas hasta el tiempo del fin” (Dan. 12: 9), pues eran mayormente para el tiempo del fin.

Actualmente disponemos de un caudal de luz adicional que irradia de las páginas de Daniel y de su libro compañero, el Apocalipsis. Sus profecías nos capacitan para conocer, en una forma en que no fue posible antes, “los tiempos y […] las ocasiones” (1 Tes. 5: 1) que tienen relación con las profecías.  Las profecías de estos dos libros nos permiten decir con seguridad profética que el fin de todas las cosas, ciertamente, está cerca. El movimiento adventista, basado en la certeza de estas páginas de la profecía que ahora están brillantemente iluminadas, puede hoy proclamar con toda seguridad el mensaje inequívoco de la proximidad del día de Dios.

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