La Naturaleza Humana de Cristo en Génesis 3*

Por: Pr. Hermes Tavera B.

Génesis 3:15 constituye “la primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención” (PP: 51).

Sería bueno, primero, identificar a los personajes involucrados. Dios está hablando a la Serpiente (Gen. 3:14,15). Al parecer en el verso 14 se está refiriendo específicamente al animal. Pero en el verso 15 evidentemente se estaría refiriendo a Satanás pues habla de una “simiente” o descendencia de la Serpiente, lo que no sería si se refiriera al animal (Cf. Apoc. 12:9).

Se menciona a la mujer, una clara alusión a Eva, y se habla de su “simiente”. Debemos identificar cual es la simiente de la Serpiente y cual la de la mujer. En primer lugar, la simiente de la mujer es toda la humanidad pues ella es “madre de todos los vivientes” (Gen. 3:20). ¿Cuál sería, entonces, la simiente de la Serpiente?

De los hijos que tuvo Eva, Dios eligió a Abel (Gen. 4:4,5) y luego sustituyó a este por Set (Gen. 4:25). De Set hay un linaje especial que llega hasta Noé (Gén. 5). De Noé, que tuvo tres hijos (Gén. 5:32), Dios eligió a Sem (Gen. 9:26; 11:10). Aunque Sem tuvo varios hijos (Gén. 10:22) Dios eligió a Arfaxad, de donde desciende Abraham (Gén. 11:10–27), hijo, entre otros hermanos, de Taré (Gen. 11:27). De este Abraham desciende el Mesías, Jesucristo (Mat. 1:1; Cf. Luc. 3:23-38).

El párrafo anterior sugiere que aunque toda la humanidad sería “simiente” de Eva, Dios elegiría un linaje especial con el cual lucharía contra la Serpiente y su simiente. La simiente de la Serpiente serían los hombres que no fueran del linaje escogido ni aceptasen los planes de Dios para la “simiente” especial. En este sentido las diferencias entre Caín y Abel fueron las primeras comprobaciones de la primera pareja de la lucha entre dos simientes. En la muerte de Abel, vieron nuestros padres la forma en que la Serpiente iba a “herir” el  calcañar de la simiente de la mujer.

Pero la simiente de la mujer, el linaje escogido, encontraría su culminación en Cristo Jesús. Dios le habló a Abraham de una simiente, que a la vez sería simiente directa de la mujer. Mediante esta “simiente”, todas las familias de la tierra” serían benditas (Gen. 12:3). “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.(Gál. 3:16). De modo que Cristo es “la simiente” prometida a Eva. Pero no olvidemos que él es la simiente en tanto que incorpora en sí a “todos los vivientes” y especialmente al linaje escogido.

Cuando, tanto Juan como Jesús, calificaron a sus opositores como “generación de víboras” (literalmente, “hijos de serpiente”) e “hijos de vuestro padre el Diablo”, (Mat. 3:7; Juan 8:44), identificaron en sus opresores y luego asesinos, a “la simiente” de la Serpiente.

En Génesis 3:15 se predice la lucha entre el bien y el mal que culminaría en la muerte de Cristo (herida en el calcañar) y la derrota definitiva de Satanás con su cabeza aplastada. Por otro lado se revela la verdadera naturaleza del pecado: es el intento de la Serpiente de “herir” a “la simiente” de la mujer.

¿En Qué Consiste la Enemistad?

Luego de identificar a las fuerzas envueltas en la sentencia de la Serpiente y descubrir el sentido general del texto, detengámonos en la frase que resume todo el contenido de Génesis 3: 15: “pondré enemistad”.

Cuando Dios crea al hombre, este era amigo perfecto de Dios y enemigo perfecto de Satanás. Cuando el hombre pecó se convirtió en amigo perfecto de Satanás y enemigo completo de Dios. “Llegó a estar en armonía y no en divergencia con Satanás” (CS: 559). “Si Dios no se hubiese interpuesto especialmente, Satanás y el hombre se habrían aliado contra el cielo;  y en lugar de albergar enemistad contra Satanás, toda la familia humana se habría unido en oposición a Dios” (CS: 559). En términos prácticos podemos decir que hoy (?) se hablaría de Dios como del “enemigo”.

Cuando Dios le dice a la Serpiente “pondré enemistad” en el corazón del hombre, es como si le dijera: “antes el hombre era sólo amigo mío, ahora es sólo amigo tuyo, pero yo haré algo para que sea tanto amigo como enemigo de ambos”.

El término “pondré” indica una actuación deliberada departe de Dios. Al mismo tiempo sugiere que nada “natural” crearía la enemistad entre el hombre y la serpiente. “No puede decirse que haya enemistad natural entre el hombre pecador y el autor del pecado” (CS: 559) “Esa enemistad es puesta sobrenaturalmente” (AC: 18) Dios la coloca “por algún proceso misterioso” (AC: 18).

Adán pasó de tener paz con Dios a tener paz con Satanás. Pero cuando Dios “pone enemistad”, “el nuevo principio introducido en el alma crea un conflicto allí donde hasta entonces reinó la paz.  El poder que Cristo comunica habilita al hombre para resistir al tirano y usurpador” (CS: 560). Si Cristo gana el conflicto el hombre vuelve a tener paz con Dios y enemistad absoluta con Satanás. “No hay otro fundamento para la paz. La gracia de Cristo, aceptada en el corazón, vence la enemistad, apacigua la lucha y llena el alma de amor” hacia Dios (DMJ: 27).

Debemos preguntarnos ¿cómo puso Dios en el hombre y la mujer la enemistad contra Satanás? ¿Cómo pudo lograr al menos algo de la simpatía de nuestros primeros padres? La Biblia nos dice que es “la bondad” de Dios, que “nos guía al arrepentimiento” (Rom. 2:4). Se nos ha dicho también que “la gracia que Cristo derrama en el alma es la que crea en el hombre enemistad contra Satanás” (CS: 560). Dios crearía enemistad contra Satanás, manifestando su amor, derramando su gracia en el corazón de Adán y Eva.

¿Cuál fue esa manifestación de amor y de bondad? La próxima actuación de Dios después de hablar con la primera pareja y con la Serpiente estaba encaminada en esta dirección: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Gen. 3:21). Esta acción divina está llena de profundo significado.

Estoy seguro que todos recordamos los momentos de nuestra infancia cuando nuestra madre nos vestía. Nos agarrábamos de sus cabellos o de su espalda mientras ella levantaba nuestros pies para entrarlo en el zapato o en la manga correcta del pantalón. Esos momentos encierran un gran acercamiento emocional entra la madre y el niño, que ni a la obra cruel del tiempo le es fácil borrar.

Aquí encontramos a Dios, él mismo, vistiendo a nuestros primeros padres. No se necesita ser tan dramático para poder imaginarse a Dios tomándoles los pies, alzándoles los brazos, colocándoles las túnicas, en fin, vistiendo a Adán y a Eva. El Dios “mal comprendido” vistiendo a sus enemigos. ¿Qué pensamientos pasaron por las mentes de Adán y Eva? ¿Era este el Dios egoísta de quién les había hablado la Serpiente? La ingratitud del pecado fue tan sofocada por este derroche de amor, que al terminar este acto divino, Adán y Eva pensaban diferente de Dios… y de la Serpiente. Comenzaron a sentir la enemistad prometida.

Desde ese momento toda la familia humana ha sentido en su vida la presencia de dos poderes en pugna. Aunque dominados por Satanás, sienten un poder extraño que les insta a resistirlo.

“Al oír Satanás que habría enemistad entre él y la mujer, y entre sus linajes, comprendió que serian contrarrestados sus esfuerzos por corromper la naturaleza humana y que se capacitaría al hombre para resistirle” (CS: 559, 560). Más tarde pudo comprobar que “no ejercía dominio absoluto sobre el mundo. Veía en los hombres la obra de un poder que resistía a su autoridad” (DTG: 89,90).

El Evangelio no consiste en el mero perdón de faltas cometidas en el pasado. Las buenas noticias de Dios al hombre son que junto al perdón, Dios nos otorga el poder para vivir vidas santas. El no nos despide diciéndonos solamente “no te condeno”, sino también “no peques más”; y nos da el poder para lograrlo (Juan 8:11; Rom. 1:16). Dios quiere que venzamos al enemigo en nuestras vidas. Este es el objeto de su presencia en nosotros, esta es la razón de la enemistad implantada en nuestro corazón. “Sin esta gracia transformadora y este poder renovador, el hombre seguiría siendo esclavo de Satanás, siempre listo para ejecutar sus órdenes. El poder que Cristo comunica habilita al hombre para resistir al tirano y  usurpador” (CS: 560).

La enemistad entre la mujer y la Serpiente se haría cada vez más grande en tanto pasaran las generaciones. La simiente de la mujer, la consumación del linaje escogido, debía ser a la vez el mayor enemigo de Satanás. “Nunca esa enemistad llegó hasta un grado tan notable como cuando Cristo se convirtió en habitante de esta tierra. Nunca antes había habido un ser en la tierra que aborreciera el pecado con un odio tan perfecto como el de Cristo” (EJ: 22).

Debemos analizar la naturaleza de la enemistad de Cristo contra Satanás. Nosotros somos, como pecadores, naturalmente amigos y a la vez sobrenaturalmente enemigos de Satanás. Cristo, al ser Dios, es naturalmente enemigo de Satanás. Pero al humanarse tomó una naturaleza naturalmente amiga de Satanás (Rom. 8:3; Gál. 4:4). También en el Cristo – Hombre la enemistad fue sobrenatural. “La enemistad era en un sentido natural en el caso de Cristo, en otro sentido era sobrenatural, puesto que estaban combinadas la humanidad y la divinidad” (EJ: 22). Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Rom. 15:3). El también tuvo que decir “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Luc. 22:42).

¿Qué significan para nosotros la condición y la victoria de Cristo sobre el pecado? “No había en él nada que respondiera a los sofismas de Satanás. El no consintió en pecar. Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación. Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina. Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección” (DTG: 99).

No quiero terminar esta sección sin resaltar el hecho de que la “enemistad” que Dios pone en nosotros es “sobrenatural”. “Esta enemistad es puesta sobrenaturalmente y no se mantiene naturalmente” (AC: 18). Esto sugiere que el actuar de Dios en nosotros es de una naturaleza “milagrosa”. No hay victoria sin milagros.

“¿No es acaso un milagro que podamos libertarnos de la servidumbre de Satanás? La enemistad contra Satanás no es natural para el corazón humano; es implantada por la gracia de Dios. Cuando el que ha estado dominado por una voluntad terca y extraviada queda libertado y se entrega de todo corazón a la atracción de los agentes celestiales de Dios, se ha realizado un milagro… El cambio verificado en los corazones humanos, la transformación del carácter humano, es un milagro que revela a un Salvador que vive eternamente y obra para rescatar a las almas. Una vida consecuente en Cristo es un gran milagro” (DTG: 374).

“Siempre que se vea a un hombre que aborrece el pecado en vez de amarlo, cuando resiste y vence esas pasiones que lo habían regido interiormente, allí se ve la operación de un principio enteramente de lo alto” (AC: 18).

La enemistad completa a Satanás  y al pecado vendrá sólo cuando amemos extremadamente a Dios. Sólo amando a Dios podremos odiar al pecado y tener la victoria sobre él. “Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos estaremos tan sólo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia.  Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso” (DTG: 621).

Adán y Eva comprendieron que su salvación dependía de la enemistad entre Satanás y el Mesías. Comprendieron que en sus propias vidas debían fomentar la enemistad contra el pecado. Rogaron a Dios que cada día hiciese esa enemistad más grande. Pidieron lo que personal y diariamente debería ser “nuestra oración: Señor, pon enemistad entre mí y la Serpiente” (1 JT: 591).

*Publicado con permiso del Autor.

5 comentarios en “La Naturaleza Humana de Cristo en Génesis 3*

  1. Si Cristo, en su naturaleza humana pudo vencer al pecado y no pecó jamás, nosotros revestidos de su naturaleza divina, también somos ahora más que vencedores.

    Gloria al Señor

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