Sectas que Producían Divisiones y Rivalidades en el Cristianismo

El cristianismo era una “herejía” (Hech. 24: 14) para los judíos.  Es justo decir que el cristianismo tuvo sus herejías, y los apóstoles amonestaron contra ellas, ya fuera como peligros presentes o como peligros de los que habría que guardarse en el futuro (cf. 1 Cor. 11: 19; Gál. 5: 20; 2 Ped. 2: 1)

Los montanistas

Los montanistas eran una secta con metas espirituales muy elevadas.  Una de las razones para el surgimiento de esta secta se encuentra en la declinación de la influencia de los pneumatikói o varones de los dones espirituales.  Ya se han presentado pruebas de la decadencia de ese grupo de personas.  Montano ejerció una profunda influencia espiritual a fines del siglo II; comenzó predicando un mensaje de reforma en la provincia de Frigia.  Afirmaba que él y sus más allegados poseían los dones del Espíritu, particularmente el espíritu de profecía.  Predicaban reavivamiento y reforma y exhortaban a la iglesia para que abandonara la mundanalidad.  Los montanistas se daban cuenta que ésta ya existía en sus tiempos, a fines del siglo II.

La secta, llena de un celo reformador, se extendió rápidamente.  Estuvo a punto de ser aceptada como ortodoxa en Roma, pero finalmente fue declarada cismática.  Tertuliano, el gran escritor latino y líder de la iglesia del norte del África, aceptó el montanismo y su espíritu reformador de todo corazón, y así propagó las ideas montanistas.

Los montañistas usaban la terminología de Pablo para describirse a sí mismos y a los que se oponían a ellos.  Se daban a sí mismos el nombre de pneumatikói, y a sus opositores llamaban psujikói (naturales, carnales).  Condenaban las segundas nupcias, consideraban el casamiento como una unión espiritual, y esperaban que esa unión se renovara después de la muerte.  Insistían en que fueran expulsados de la iglesia todos los que fueran culpables de crímenes.  Imponían rígidos ayunos, propiciaban el celibato, alababan profusamente a los que habían sido martirizados y aun opinaban que debía aceptarse el martirio, pues sostenían que era ilícito huir de él en tiempo de persecución.  Para ellos la vida cristiana era no sólo el resultado de un comienzo milagroso, sino un milagro que se repetía constantemente.  Afirmaban que para el progreso cristiano no valía nada que emanara de la forma natural de vivir o de un proceso normal de desarrollo mental y espiritual.  Parece que creían que el desarrollo de la experiencia religiosa en toda la comunidad debía pasar por cuatro etapas: (1) religión natural, o el concepto innato de Dios; (2) la religión del Antiguo Testamento; (3) la encarnación de Cristo y el Evangelio que él ponía de manifiesto; (4) la venida del Paracleto con el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, y particularmente con los dones del Espíritu sobre Montano.  De modo que creían que sus experiencias particulares determinarían las experiencias culminantes de la iglesia, y que la perfección de su mensaje en la iglesia conquistaría su triunfo en la tierra en la segunda venida de Jesucristo, su Señor.  Esperaban ese segundo advenimiento muy poco después del surgimiento de ellos y de la propagación de su mensaje.

Al principio, y no pocas veces después, la secta fue llamada la herejía frigia.  Aún existía en el siglo V.  Su impacto sobre la cristiandad modificó ciertas creencias de la Iglesia Católica.  Los puntos de vista de Montano reaparecieron en varias manifestaciones diferentes entre las sectas de la Edad Media.  Debido en parte a su firme creencia en la presencia dinámica interior del Espíritu Santo, y en parte a la oposición de las autoridades administrativas de la iglesia contra los montanistas y su obra, éstos criticaban el creciente punto de vista católico, según el cual la autoridad de la iglesia consiste o está en los obispos.  Tertuliano dijo: ” ‘La iglesia’, es cierto, estará dispuesta a perdonar pecados; pero (será) la iglesia del Espíritu, mediante un hombre espiritual; no la iglesia, la cual consiste de una cantidad de obispos” (De Pudicitia 21).

Los ebionitas

Se ha hecho notar que hubo varias divisiones entre dos grupos que surgieron en la iglesia apostólica: (1) cristianos de origen judío que insistían en que toda la iglesia ya se tratara de judíos o de gentiles debía amoldarse a la ley 55 de Moisés; (2) cristianos de origen judío como lo era Pablo, y la gran mayoría de los conversos gentiles que aceptaban las enseñanzas de Pablo y acataron la decisión del concilio de Jerusalén (Hech. 15).  Estos sostenían que los gentiles debían aceptar la salvación mediante Jesucristo, por la fe, y que no necesitaban prestar ninguna atención al ritual judío.  A medida que crecía el número de gentiles en la iglesia cristiana y los cristianos de origen judío se convertían en una minoría, los que eran especialmente celosos de la ley se constituyeron en un grupo.  Formaron una o más sectas que, en pensamiento y en práctica, se ubicaban en la zona fronteriza entre el cristianismo y el judaísmo.  Los escritores cristianos hablan de los ebionitas como el grupo principal quizá el único de estos cristianos judaicos.

El nombre de la secta deriva de una palabra hebrea que significa “pobre”, y pudo haber sido un término que se aplicaba al principio a los cristianos en general, como lo afirma Epifanio; más tarde se usó para designar a los cristianos judaicos (Orígenes, Contra Celso ii. 1).  Es muy posible que la Epístola a los Hebreos hubiera sido escrita para que los cristianos judaicos que estaban dispuestos a escuchar a Pablo se mantuvieran fieles en la aceptación de Jesucristo como Salvador y Sumo Sacerdote, en oposición al grupo de cristianos judaicos que insistían en mantener su vinculación con el sacerdocio judaico y sus rituales.  Si fue así, la Epístola a los Hebreos bien podría haber señalado una división entre las dos clases de cristianos judaicos, con el resultado de que los ebionitas se constituyeron en una secta ritualista y legalista que dependía de la conservación de las formas externas del judaísmo.  Schaff describe este movimiento como “un cristianismo judaizante, seudopetrino [falsos seguidores de Pedro]” o “un judaísmo cristianizante” (History of the Christian Church, t. 2, p. 429).

La mayor parte de los ebionitas deben haber sido fariseos.  Eran los sucesores naturales de los judaizantes, a quienes Pablo se opuso tan vigorosamente, tal como se lee en su Epístola a los Gálatas.  Aceptaban a Jesús como el Mesías prometido, el hijo de David, pero sólo como a un hombre como Moisés y David y como el resultado de la unión natural de José y de María.  Según su creencia, Jesús se dio cuenta de su condición mesiánica cuando fue bautizado por Juan, momento en el que le fue dado un espíritu divino.  Los unitarios del siglo XIX reconocían que esta enseñanza es similar a su creencia en cuanto a Jesús.  Por eso algunos de ellos afirmaban que los ebionitas fueron los verdaderos cristianos primitivos y que el movimiento cristiano inicial fue unitario.  La idea de los ebionitas de que en su bautismo el Jesús humano recibió un espíritu divino podría hacer que fueran los progenitores del adopcionismo posterior […]

Insistían en mantener la circuncisión y toda le ley ritual de Moisés como necesaria para la salvación de los hombres.  Eusebio hace notar que los ebionitas observaban tanto el sábado como el domingo, en memoria de la resurrección del Señor (Historia eclesiástica iii. 27. 5).  Los ebionitas no podían menos que calificar a Pablo como apóstata y hereje.  Algunos llegaron hasta el punto de afirmar que Pablo era un pagano convertido al judaísmo, del cual se apartó posteriormente debido a su impureza.  Esperaban el pronto regreso de Cristo para dar comienzo a un reinado milenario de gloria en la tierra, cuya sede sería la Jerusalén terrenal restaurada.

Ciertas pruebas indican que los ebionitas tenían tendencias gnósticas.  Esto probablemente puede remontarse a un grupo ebionita de una influencia y reputación mucho menores que el conjunto principal, grupo en que se manifestó una curiosa mezcla de enseñanzas cristiano-judaicas y gnósticas. No hay rastros de ebionitas después del siglo IV.

Los nazarenos

Los primeros escritores cristianos no mencionan esta secta; sólo lo hacen los escritores de los siglos IV y V, como Epifanio, Jerónimo y Agustín. 56 Se refieren a los nazarenos como una secta cristiano-judaica representada por los cristianos que huyeron a Pella en ocasión de la destrucción de Jerusalén (Epifanio, Contra herejías i. 2, Herejía xxix. 7).  Se dice que creían en la obligación universal de obedecer la ley, y que condenaban a Pablo como transgresor.  Sin embargo, a diferencia de los ebionitas, parecen haber aceptado a Jesucristo como el Hijo de Dios en un sentido especial.

Aunque es difícil hacer una nítida distinción entre los nazarenos y los ebionitas, quizá los nazarenos estuvieron un poco más cerca del cristianismo ortodoxo que los ebionitas.

Gnósticos

Lo que se sabe del gnosticismo proviene principalmente de los primeros escritores cristianos, que le eran hostiles.  Hombres como Ireneo, Tertuliano, Hipólito y Orígenes escribieron contra el gnosticismo porque reconocían que sus enseñanzas eran peligrosas para el cristianismo; sin embargo, entre los Rollos del Mar Muerto se han encontrado documentos que algunos eruditos piensan que contienen pruebas de una tendencia gnóstica judaica antigua.  Un descubrimiento más directo que se refiere al gnosticismo fue hecho en Chenoboscion, Egipto, en 1946, donde se descubrió una biblioteca de obras gnósticas de casi 1,000 páginas de papiros.  Esta extensa colección ha permitido aumentar el conocimiento que se tiene del gnosticismo.

En realidad no hubo una secta gnóstica, sino tendencias al gnosticismo presididas por líderes que a veces tuvieron pocos seguidores, y en otras ocasiones muchos.  El gnosticismo no fue tanto un movimiento como un modo de pensar.  No tuvo una organización que abarcara todo el movimiento, y en sus adeptos no hubo la conciencia de que podían formar una unidad.  Es evidente que llegó a ser un problema para los líderes del cristianismo en los últimos años de la era apostólica, y hubo que hacerle frente hasta los últimos años del siglo III. […]

El Antiguo Testamento habla de conocer a Dios (Jer. 9: 23-24), pero no se trata de un conocimiento especulativo, sino más bien de un trato con Dios que resulta de aceptar por fe lo que él revela acerca de sí mismo.  El Nuevo Testamento también se refiere a una “gnosis” espiritual o “conocimiento”, pero que no es una filosofía abstracta.  En primer lugar es algo práctico: un conocimiento espiritual de Dios, basado en sus propias revelaciones y que actúa en las experiencias de los cristianos.  “Conocer” podría tomarse como el tema del Evangelio de Juan.  El apóstol destaca el conocimiento de Dios y registra la afirmación de Jesús de que conocer a Dios y a su Hijo es tener vida eterna (Juan 17: 3).  Juan destaca la realidad de Jesús y el gozo de tener comunión en el conocimiento de él, en términos de ver en realidad al Señor y de tocarlo (1 Juan 1: 17).  Para Pablo, conocer a Cristo es un simple hecho experimental al alcance de todos.  Pero también hay una sabiduría más profunda al alcance del cristiano maduro y “perfecto”, que a su vez se transforma en perfección.  “Hablamos – dice Pablo – sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, […] la que ninguno de los príncipes de este siglo no conoció ” (1 Cor. 2: 6-8).

Hay una “palabra de sabiduría” un don del Espíritu acerca del cual habla Pablo (1 Cor. 12: 78).  Por ejemplo, el concilio de Jerusalén había dispuesto que los cristianos de origen gentil debían evitar todo contacto con los ídolos, y que aun debían abstenerse de alimentos ofrecidos a éstos.  Pablo hace notar que los que tienen un conocimiento maduro comprenderán que los dioses paganos son espíritus de demonios y que los ídolos que se hacían para representarlos no eran nada.  Por lo tanto, no tiene trascendencia alguna si un alimento ha sido ofrecido a los ídolos o no, y podría comerse ese alimento a no ser que tal acción afectara la conciencia del escrupuloso  (1 Cor. 8).

Además del conocimiento cotidiano y práctico de Dios, esencial para la experiencia cristiana, y el conocimiento más profundo de los “perfectos”, hay una falsa “gnosis” que deben evitar los dirigentes de la iglesia, y deben ayudar a otros para que la eviten (1 Cor. 3: 20-21).

Hay, pues, dos clases de conocimiento, gnosis al’thin’, el conocimiento verdadero, y gnosis pseudonumos, conocimiento falso.  Debe distinguirse, porque uno conduce a la salvación y el otro al engaño y a la condenación.  El verdadero conocimiento (gnosis) se somete a la autoridad de las Escrituras, y es una especie de fe desarrollada y perfeccionada.

La falsa “gnosis” era presuntuosa y arrogante.  Pretendía ser intelectual y estar muy por encima del alcance del vulgo.  Se propagaba no mediante pruebas lógicas, sino afirmando su autoridad intuitiva.  Después de exponer sus ideas trataba de sistematizarlas y de hacer de ellas una forma de razonamiento discursivo acerca del mundo espiritual.

Por lo que se conoce del antiguo gnosticismo, se puede ver que tenía varias raíces muy profundas y que éstas se habían difundido.  Se han propuesto diversas teorías en cuanto a su origen, pero lo más probable es que sea producto de un sincretismo religioso característico del mundo helenístico.  Se ve claramente que tomó del pensamiento oriental su pronunciado dualismo, que sostenía la existencia de una lucha perpetua entre la luz y las tinieblas.  En esto el gnosticismo es paralelo con el parsismo, que a su vez estaba arraigado en el antiguo zoroastrismo.  El desprecio del gnosticismo por lo corpóreo y material recuerda ciertas características del platonismo y de las más antiguas filosofías naturales de Grecia.  El judaísmo del tiempo de los Macabeos y de los primeros períodos del cristianismo sintió fuertemente la influencia de los elementos especulativos del gnosticismo, que tendieron a apartarlos de los límites fijados por la autoridad de las Escrituras.  Los esenios y los cabalistas judíos parecen haber tenido alguna relación con el gnosticismo.  A medida que el gnosticismo traspasó las fronteras del pensamiento cristiano, usó las Escrituras cristianas y tomó prestada la terminología cristiana para disfrazar las formas del pensamiento gnóstico.

Con estas relaciones y antecedentes complejos, y los ambientes espirituales e intelectuales donde surgió el gnosticismo, fue inevitable que hubiera una amplia variedad en el sistema gnóstico si es que se lo puede llamar sistema, con extrañas combinaciones de compatibilidades y de aversiones.  Había formas de gnosticismo pagano; había un gnosticismo en el que el paganismo y el cristianismo procuraban combinarse; había combinaciones de paganismo y judaísmo. Algunas clases de gnosticismo cristiano daban la impresión de ser antijudaicas, y otras parecían antipaganas. El gnosticismo fue un intento especulativo, dentro de un método filosófico, de explicar el mundo invisible, de dar una razón para las perplejidades y frustraciones de la vida, y de ofrecer alguna especie de esperanza de alcanzar un gozo triunfante en todo el programa de la existencia.

Es difícil saber cuáles ideas gnósticas eran aceptadas en los diferentes sectores y cuáles eran practicadas en forma general. Es casi tan difícil encontrar un común denominador aplicable a todas las formas de gnosticismo, como lo es hallar un común denominador para todas las formas de hinduismo o de cristianismo.  Pero las siguientes ideas parecen haber sido típicas

1. Detrás de cada cosa que pudiera conocerse o imaginarse, estaba un dios supremo, un espíritu divino.  Ese dios era una esencia completamente espiritual e incorpórea.  Algunos gnósticos enseñaban que su dios no tenía esencia ni persona.  Aplicaban al concepto términos como ábusos, “abismo”, y buthós, “profundidad”.

2. Procedentes de ese dios supremo, decían, se habían originado a través de incontables siglos una sucesión de emanaciones llamadas aiones, eones, que eran expresiones del principio originador y servían para hacerlo menos incomprensible.  Tomadas en conjunto, esas emanaciones que habían surgido eran llamadas pleroma, “plenitud”.

3. Todo esto, a lo que la esencia divina estaba dando expresión, contenía en perfección el principio divino de luz.  Pero también había un principio de oscuridad que luchaba con la luz procurando hallar un lugar en el universo de luz y esperando vencerlo finalmente.  Si tal cosa hubiera de suceder, sería un inimaginable eclipse de todas las cosas.  Finalmente, uno de los eones cayó del pl’rÇma.

4. Como consecuencia de esa difícil situación, resultó la creación de la materia de la mezcla del eón caído con el mundo inferior de oscuridad.  La materia era amorfa, disforme, caótica, impregnada de oscuridad y, por lo tanto, mala.  El demiurgo una fuerza cósmica casi inconsciente identificado por algunos gnósticos con el Jehová del Antiguo Testamento, dio forma a esa mala materia, y resultó el mundo material.  El mundo, pues, siendo material, era esencialmente malo y estaba regido por una fuerza más o menos mecánica.

5. La caída del eón y la formación de un mundo malo necesitaban un acto de salvación.  Esto fue emprendido por otro eón, identificado como Cristo.  El descendió al nivel del mundo imperfecto, se unió transitoriamente con el hombre Jesús, quizá en ocasión de su bautismo, y permaneció con él hasta poco antes de su muerte.  El eón-Cristo cumplió la obra de la salvación rescatando al eón caído, extrayendo la luz de la oscuridad de este mundo y revelando mediante Jesús un conocimiento oculto (gnosis), mediante el cual los hombres pueden ser liberados de la oscuridad y pueden llegar a la esfera de luz.

El concepto gnóstico acerca de Jesús, variaba.  Algunos enseñaban lo que acabamos de bosquejar.  Otros declaraban que él no había tenido en absoluto cuerpo material, sino que era tan sólo una apariencia.  Por lo tanto, éstos son conocidos como docetistas (Gr. dokéo, “parecer”).

Algunos gnósticos enseñaban que mediante la obra de Cristo la materia sería liberada de la oscuridad; otros, que la materia sería vencida y desaparecería, y los espíritus de los hombres serían liberados para ser reabsorbidos dentro del buthós, o para convertirse en espíritus libres del mundo incorpóreo.

Había muchas formas de gnosticismo cristiano, presididas por sus correspondientes líderes. Cerinto fue un gnóstico contemporáneo del apóstol Juan, detestado, según se dice, por el apóstol.  Los docetistas, contra quienes es evidente que escribió Juan, eran un serio problema para el verdadero cristianismo. Basílides, aunque posterior al apóstol Pablo, presentó una enseñanza similar a aquella contra la cual escribió el apóstol en su Epístola a los Colosenses.  Taciano, el autor de la primera armonía de los Evangelios, fue un gnóstico del siglo II.  Saturnino y Valentín fueron gnósticos que causaron dificultades en el siglo II, así como lo hicieron Manes (de aquí maniqueo) y Bardesanes en el siglo III.  Orígenes combatió en algunos de sus escritos a un grupo gnóstico llamado de los ofitas.  Alrededor del año 200 se podían identificar unas 65 formas diferentes de gnosticismo.

Los pensadores gnósticos usaban ampliamente las Escrituras, interpretándolas para que concordaran con sus teorías.  Reunían tradiciones que habían surgido en la iglesia y las acomodaban para sus propósitos.  Usaban sin trabas los escritos de otros autores gnósticos, y se valían de los escritos de cualquier pensador anterior que les parecieran útiles.  Utilizaban los escritos judaicos especulativos de la época, además de valerse abiertamente de filosofías paganas contemporáneas y anteriores.

El pensamiento de los gnósticos causó un impacto sobre el cristianismo durante los años de la formación de la iglesia, y por esto influyó mucho en ella.  Las especulaciones y distorsiones del gnosticismo estimularon al pensamiento cristiano a resistir la herejía e indujeron a sus pensadores a formular una teología cristiana.  El Evangelio de Juan debe considerarse como uno de los primeros intentos de hacerlo, escrito quizá para combatir al gnosticismo incipiente.  Pero Orígenes es el primer escritor cristiano que elaboró una teología bastante sistemática.

El gnosticismo estimuló también a la iglesia cristiana para que acelerara la formación de una organización que tuviera autoridad, para que se constituyera una jerarquía sacerdotal, y para que se llegara, en cierta medida, a un acuerdo en cuanto al canon bíblico.  El énfasis que ponía en los espíritus del mundo invisible sin duda motivó a la iglesia cristiana a tomar ideas paganas acerca del estado consciente de los muertos.  Es muy probable que la jerarquía de espíritus de los gnósticos sirviera para que la iglesia desarrollara su veneración por los santos.  El gnosticismo indujo a la iglesia a practicar un método especulativo y sumamente alegórico de interpretación de la Biblia.  Además, indujo al cristianismo a que abrazara la tradición como autoridad junto con las Escrituras.  Por cuanto el gnosticismo se oponía al judaísmo, el contacto con él aceleró la formación del antijudaísmo en la iglesia cristiana.

Como la escuela de teología cristiana alejandrina, bajo el liderazgo de Clemente y Orígenes, usaba el término “gnóstico” para referirse a su forma de vida y pensamiento cristianos, destacando el conocimiento intuitivo de los asuntos divinos, se ha pensado que esos líderes y sus escuelas fueron gnósticos en el sentido de lo que acabamos de mencionar.  Esto no es verdad.  La escuela alejandrina fue una escuela especulativa y filosófica muy influida por el platonismo, y por lo tanto conocida más tarde como la escuela platónica del cristianismo.  Pero los cristianos alejandrinos combatían a los gnósticos que eran muy dados a la especulación, rechazaban la teoría de las emanaciones y de las tinieblas vencedoras, e insistían en la personalidad de Dios el Padre, en la deidad de Jesucristo y, en gran medida, en la personalidad del Espíritu Santo.  Identificaban al Jehová del Antiguo Testamento no como el demiurgo, sino como el Dios del Nuevo Testamento, y daban a las Escrituras un lugar de supremacía.  La escuela alejandrina contribuyó a la formación de la apostasía de los siglos posteriores, pero no por la vía del gnosticismo extremista.

Los docetistas

Los docetistas (Gr. doketói, del verbo dokéo, “parecer”, “tener apariencia”) fueron un grupo de gnósticos que sostenían que la primera venida de Cristo a la tierra debía explicarse sólo como una “apariencia”.  El docetismo enseñaba que la materia era mala, especialmente la carne; por lo tanto esta doctrina no podía aceptar la idea de que lo divino pudiera formar una unión con lo humano mientras los hombres vivieran en la carne.  El docetismo negaba enteramente la humanidad de Cristo, pues consideraba que lo que se vio fue sólo una visión.  Esto era directamente opuesto al ebionismo, que era eminentemente práctico y pleno de actividad.  El docetismo, sutil tanto en su pensamiento como en sus métodos, fue un serio problema, incluso para los líderes cristianos del tiempo de Pablo y Juan.  Pablo quizá se ocupó de algunas formas de docetismo en su Epístola a los Colosenses.  Es imposible dudar de que Juan tuviera en mente al docetismo cuando escribió la exhortación a sus hermanos cristianos, para que recordaran que Jesús pudo ser tocado y palpado y que habitó entre los hombres como una realidad (1 Juan 1: 13).  No importa qué otras herejías posteriores puedan incluirse dentro del término “anticristo”, debe reconocerse en forma inequívoca que Juan se refiere aquí principalmente a la herejía de los docetistas.

Nicolaítas

Este nombre se usa por primera vez en el libro de Apocalipsis, en el mensaje a la iglesia de Efeso (cap. 2: 6), donde la “doctrina de los nicolaítas” se presenta como el equivalente en los tiempos apostólicos de la “doctrina de Balaam”, quien instigó al pueblo de Israel para que cayera en la idolatría y la fornicación en el tiempo de Moisés (cf.  Núm. 24: 1, 25; Apoc. 2: 14; PP 479-486).  No existe la historia de esa “doctrina”, pero en el mensaje a Tiatira se dice que la mujer Jezabel origina la misma clase de males (Apoc. 2: 20) que los que se atribuyen a la “doctrina de los nicolaítas”.

Escritores cristianos posteriores se ocuparon del término “nicolaítas”.  Ireneo, el primero que lo trató (Contra herejías i. 26), menciona como el fundador de esa secta a Nicolás, uno de los siete diáconos designados para que cuidaran de la administración de la iglesia primitiva (Hech. 6: 1-3, 5) y descrito como “prosélito de Antioquía”.  Tertuliano, Hilario, Gregorio Niseno y Epifanio (Contra herejías i. 1, Herejía xxv) concuerdan en que está implicado el tal Nicolás, pero varían en el grado de culpabilidad que le atribuyen.  Un relato dice que Nicolás celaba muchísimo a su bella esposa, y que para vencer ese mal sentimiento cayó en el pecado peor de defender la promiscuidad.  Basándose en esto, se supone que un sector de la iglesia, compuesto sin duda de cristianos judaicos, habría caído en pecados semejantes a aquellos en que participaron los hebreos inducidos por el plan de Balaam.

Debe notarse que las mismas faltas contra las cuales amonestó el Señor en sus mensajes a Pérgamo y Tiatira (Apoc. 2: 12-29), estaban entre aquellas cosas prohibidas por el concilio de Jerusalén: “Que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos… y de fornicación” (Hech. 15: 29).  Parece que el problema causado por los nicolaítas ya había surgido en el tiempo de este concilio, quizá en forma incipiente.  Pablo, al hacer frente a condiciones similares en Corinto, evidentemente no las consideraba como características de un movimiento definido (1 Cor. 5: 16, 8; 10: 5-11), aunque se refiere específicamente al caso de Israel con Balaam (cap. 10: 8).

Pero Pedro (2 Ped. 2: 9-22) y Judas (Jud. 4-13) hablaron con dureza acerca de miembros de la comunidad cristiana, que en las fiestas de amor (ágape) de los primeros tiempos relacionadas entonces con la Cena del Señor eran culpables de los males que se atribuyen a los nicolaítas (ver com.  Apoc. 2: 6). Es una extraña coincidencia que por instigación de los judíos en la última parte del siglo II y en los comienzos del siglo III, los cristianos fueran acusados de faltas repulsivas relacionadas con sus fiestas.  Esas acusaciones, similares a las atribuidas a los nicolaítas, fueron dirigidas por los paganos (Orígenes, Contra Celso vi. 27; Tertuliano, Ad Nationes 1. 14) contra los cristianos.  Aparte de estas acusaciones, difícilmente puede dudarse de que las transgresiones atribuidas a los nicolaítas no existieran dentro de cierto grupo de la iglesia primitiva.  La pregunta que se debe responder es hasta qué punto los nicolaítas constituyeron un movimiento organizado, consciente de su existencia.  Acerca de esto sólo hay los indicios dados en las referencias bíblicas citadas (6 CBA: 53-60).

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