Ataque a la Doctrina Adventista de la Trinidad

Dr. Alberto R. Treiyer

Septiembre/Octubre de 2010

Nota Introductoria. Este material ha sido actualizado recientemente y publicado con permiso del autor, el Dr. Alberto Treiyer, a quien le agradecemos su disposición para la distribución del mismo. Publicamos con mucha satisfacción este artículo en nuestro Blog por considerarlo de vital importancia en esta hora crítica, en la que algunos miembros de la Iglesia han sido afectados por una falsa concepción sobre la doctrina de la Deidad. Personalmente he podido ver el desarrollo gradual de esta problemática durante algunos años y confieso que constituye una situación que todavía no ha llegado a su nivel más profundo. En procura de cooperar con la sana doctrina, la unidad de la Iglesia y contrarrestar las informaciones distorsionadas que llegan de todas direcciones, he producido ya algunos trabajos. 1) El Espíritu Santo, su Persona, su Divinidad; 2) La Doctrina de la Trinidad y los Pioneros Adventistas, y otros artículos que he publicado en la sección Pneumatología.

La forma amplia y erudita en la que el Dr. Treiyer aborda este tema, revela la complejidad que ha ido tomando y la forma firme en la que debemos enfrentar esta errónea enseñanza. Entendemos que detrás de esta compleja situación puedan existir personas sinceras y bien intencionadas, pero eso no justifica lo que están haciendo, al convertir a la Iglesia en blanco de sus desvaríos teológicos.

Rogamos al Dios Altísimo y a todos aquellos “siervos de nuestros Dios” comprometido con el mensaje dado a la Iglesia, promover prontamente este material (y los antes referidos), y estudiarlo detenidamente con un espíritu de ferviente oración. Recomendamos programar reuniones de estudios en las iglesias locales los sábados en la tarde y procuren entender mejor este interesante tema que afecta decididamente la persona y la obra de Dios y la unidad de la Iglesia. – Héctor A. Delgado.

Contenido

I- Los documentos antitrinitarios que circulan en castellano

II- La creencia adventista de la Divinidad a través del tiempo

III- Creencias Fundamentales de la Iglesia Adventista

IV- Desarrollo de la revelación sobre la Trinidad en los escritos de E. de White

V- La palabra Trinidad

VI- La fórmula Trinitaria del Bautismo

VII- Textos del Nuevo Testamento que hablan de la Trinidad

VIII- Citas significativas sobre el Espíritu Santo

IX- 1 Cor 2:11 – Jn 4:24 – 2 Cor 3:17

X- La eternidad del Hijo

XI- El conflicto entre las dos naturalezas de Cristo

XII- “Vida original, no prestada, no derivada”

XIII- Juan 5:26; 10:17-18

XIV- “Primer nacido” (primogénito) y “fui engendrada”

XV- Monogenés (Jn 3:16)

XVI- La personificación de la sabiduría

XVII- Diferencias en la misma terminología cuando es aplicada a Cristo y a nosotros

XVIII- Daño teológico antitrinitario

XIX. La encarnación de la Palabra

XX- Apelación final

Introducción

Vez tras vez se me ha estado consultando sobre lo que corre por internet y otros medios de difusión sobre el levantamiento de algunos hermanos que creen que la Iglesia Adventista del Séptimo Día ha caído en la apostasía al adoptar la creencia en la Trinidad. Hasta acá me había negado a entrar en el tema, porque tengo muchos otros proyectos de investigación y publicación. Pensaba que otro debía tomar el mango y darse el trabajo de responder ya que, aunque se me pide constantemente participar en confrontaciones y hasta debates sobre temas escatológicos y del santuario a diferentes niveles en nuestra iglesia, creía que no tenía para qué meterme en el tema de la Trinidad. No me atraía esa discusión porque creí haber llenado suficientemente mis inquietudes sobre ese punto desde hace muchos años atrás.

Esta mañana alguien me llamó de un país en Sudamérica y me dijo que una iglesia se había dividido el año pasado por ese tema. Por internet me han comunicado que en otros lugares han tenido también algunas divisiones en algunas iglesias. En una semana más daré un seminario en otra iglesia sobre la Trinidad, (aparte de las conferencias que estaré dando sobre la Globalización), porque están pasando por ese problema. Lo notable es que quienes caen fácil presa ahora, del engaño antitrinitario, son por lo general, gente que ya vivía quejándose contra ciertos detalles que no les agradaba de la iglesia. Un predicador estrafalario a quien debieron quitarle la ordenación, los había vuelto quejosos y con ciertas tendencias al fanatismo. En otras palabras, había preparado el terreno en los corazones de algunos hermanos, como para que estuviese fértil a cualquier reacción contra la iglesia. Y así, mal orientados, algunos queridos hermanos nuestros, no captan que les robaron el corazón, y ya no lo tienen con nosotros. Esa es la experiencia vivida, al menos, que pude apreciar al dar, finalmente, un seminario sobre la Trinidad en la iglesia mencionada más arriba.

Es probable que, al desarrollar esta serie, más de un pastor quiera pedirme que vaya a darle temas sobre la Trinidad. Pero deseo hacer claro que no quiero salirme de la línea en la que estoy: Santuario y Escatología Apocalíptica. Si se me pide hablar de este tema, será como un anexo a las conferencias que doy sobre esos temas, un domingo de mañana o un sábado de tarde, pero nada más. Al ir compartiendo por vía electrónica las respuestas que encuentro a los cuestionamientos arrianos o semiarrianos que se han levantado contra nuestra creencia en la Trinidad, más lo que otros colegas compartan, pienso que todos nosotros podremos volvernos especialistas sobre el tema.

I. Los documentos antitrinitarios que circulan en castellano

Son cuatro los documentos que se me han enviado, y que están circulando por internet causando confusión. Después de leer el más extenso de ellos antes de ayer (380 pg), revisé ayer los otros tres y, salvo un estilo más polémico y acusaciones gratuitas de incomprensión que hacen a los líderes de
nuestra iglesia, no encontré nada nuevo en los demás. Voy a pasar a mencionarlos, con alguna referencia adicional a sus autores.


1. Dios Revelado en las Escrituras. Estudio Sobre la Divinidad. Daniel Bernhardt, Septiembre 2009, Tercera Edición. 380 pgs.

Daniel Bernhardt es hijo del Pr. Rolando Bernhardt, actualmente jubilado viviendo en Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina (nuestra villa universitaria). Daniel trabaja en la Universidad
Adventista de Tailandia. Su especialidad es Administración de Empresas. Después de estar enseñando allí, una empresa de alimentos australiana de nuestra iglesia acaba de ponerlo de gerente de una planta en esa institución tailandesa. Está casado y con hijos. Su madre es Lorena Lista, prima hermana mía, de manera que puedo decir que es uno de mis sobrinos segundos.

Daniel no tiene una formación teológica académica en nuestra iglesia, ni tampoco domina las lenguas bíblicas. Estudió Administración de Empresa en una universidad en Buenos Aires (Belgrano), y es admirable el esfuerzo que ha hecho para conocer a Dios. Dedicó cuatro años a preparar el material que comentaremos en esta serie, y lo dio a ciertos pastores en Argentina para que se lo criticaran y, según él, en lugar de criticárselo, tomaron medidas para no dejarlo predicar. Debo decir que todo el mundo suele estar ocupado en esta etapa del mundo, y ponerse a rebatir materiales de esa naturaleza hasta este servidor ha procurado quitarle el cuerpo. Por lo que si alguien adopta una postura antitrini-taria como la que él adopta, creo sabio el que se le impida predicar, a menos que muestre lealtad para con nuestra iglesia guardando para sí esa convicción, y no sembrando dudas…

Pero creo también que Daniel se merece una respuesta, porque su trabajo, en general, me gustó, y nunca dejaré de encomiar su tremendo esfuerzo al prepararlo. No es explosivo ni incendiario como otro de los documentos que recibí, pero bien definido en su postura contraria a la posición de nuestra iglesia sobre la Trinidad. Independientemente de que partió mal en su estudio, y de que procuró mantener su posición a toda costa hasta el final, ese mismo hecho de investigar tanto el tema revela inquietudes espirituales muy grandes. ¡Ojalá tuviésemos más jóvenes con inquietudes semejantes de investigación!

Digamos como síntesis, que la tesis de Daniel Bernhardt es un esfuerzo por conocer a Dios, basado en 1 Jn. 4:8 y Jn. 17:3. ¡Qué grandioso proyecto! Su problema es que intenta hacerlo procurando definir la naturaleza de Dios en el contexto de la relación trinitaria a la que rechaza, y eso es imposible. Dios no nos dio esa tarea. Nunca podremos comprender a plenitud la esencia, sustancia o naturaleza divina, ni siquiera en la manera en que se interconectan las tres personas de la Deidad.
2. La Apostasia Alfa y Omega. El Alfa ya es Historia. La Omega… Está Viva y en su Apogeo. Cristian Silva, 2008 (100 pgs).

Cristian Silva es hijo de quien fuera nuestro amigo y pastor Agustín Silva. Agustín fue colportor, director de colportaje, luego pastor desde donde estuvo cursando sus estudios en teología durante los veranos. Recuerdo cuando Agustín me contó cierta vez, en Uruguay, con indignación, cómo el diablo se le había manifestado a sus hijitos asustándolos, y no a él mismo, luego que una persona espiritista había venido cierta vez a visitarlos. Y aunque se fue, los espíritus aprovecharon para hacerse sentir.

En la introducción de su escrito, Cristian declara que es tercera generación de adventistas, y admira la devoción de su padre a la Iglesia Adventista a la que sirvió, lo que fue todo un ejemplo para él. Admira también a su madre y a sus hermanos Vivian y Cintia. Está casado con su esposa Leslie, y tiene dos hijos, Angelina y Brian. Actualmente viven en California, Estados Unidos (no es pastor, y hasta el momento no sé cuál es su oficio).

A diferencia del estudio anterior, este otro trabajo es explosivo. No parte del deseo de conocer a Dios, sino de denunciar la apostasía de la Iglesia Adventista que se manifiesta, según su tesis, en haber adulterado la verdad sobre la naturaleza de Dios. La Iglesia Adventista, según él, está viviendo en medio de la apostasía Omega con la aceptación de la doctrina de la Trinidad que presume ser pagana y católica. Mientras que el estudio de Daniel Bernhardt usa expresiones más prudentes, lo que hace Cristian es asumir posiciones más arriesgadas que delatan una ignorancia mayor. Por ejemplo, tanto se esfuerza por condenar a la Iglesia Adventista por asumir la Trinidad con el concepto de tres en uno y uno en tres (según la interpretación que algunos tienen de la Trinidad), que parece después tratar de no caer en lo mismo que critica, al decir que el Padre y el Hijo son “dos dioses”. Así pareciera querer evitar la crítica de reemplazar la Trinidad por una especie de binitarianismo que hable de dos en uno, y uno en dos. Pero eso es un disparate y revela su ignorancia más que ninguna otra cosa, porque lo hace, en realidad, politeísta, algo que no parece reflejarse en el resto de su estudio.

También se nota en Cristian una falta de conocimiento de las lenguas bíblicas, y aun del inglés en relación con ciertas traducciones o declaraciones del Espíritu de Profecía. Aún así, se nota cierto esfuerzo en Cristian por documentar los presuntos cambios que pretende haber hecho nuestra iglesia con el correr de los años. Es una lástima que haya también partido mal, y errado el blanco. No parece creer, como lo veremos en su momento, que Dios guía a su iglesia, su remanente final, en la comprensión de ciertas verdades que no se habían definido suficientemente bien al principio. Se esfuerza en probar, por el contrario, que la Iglesia Adventista se apartó y debe volverse a su creencia original. Y cuando los pastores reaccionan, así como la Iglesia organizada contra ellos, por esas ideas que quieren infiltrar, lo presentan como prueba de que estamos viviendo en medio del zarandeo final.

Esto no es nuevo, sino una característica que han asumido siempre los movimientos cerrados que atacaron a nuestra iglesia a lo largo de los años. Pienso que sería de mayor provecho para ellos si se preocupasen de juntar las citas de E. de White que advierten contra la actitud de oposición abierta que han emprendido ellos contra el último remanente.

Otros argumentos de la patrística y aún de la Biblia que esgrime Cristian me parecen tomados prestados más bien de los Testigos de Jehová o de otros movimientos antitrinitarios como los Apostólicos que creen que Jesús es el Padre y el Espíritu Santo (no tres personas). Aunque tanto Cristian como Daniel no niegan que el Padre y el Hijo sean dos personas diferentes, mucho de lo que encuentran en esos movimientos antitrinitarios parece servirles. ¡Ojalá Dios toque su corazón, y de los demás a quienes están descarriando, para que no sean tan presumidos de creer que nuestra iglesia no llegó en su comprensión de la Trinidad hasta donde está hoy, sin haber sopesado bien los diferentes argumentos bíblicos y del Espíritu de Profecía sobre el tema. Creemos que en la Deidad participan tres personas coeternas e iguales en naturaleza, esencia y sustancia, aunque diferentes en funciones y personas.

Cristian ha preparado una carta tipo, además, en donde deja espacios en blanco para que los miembros de la Iglesia Adventista que adoptan su credo, pidan ser desfraternizados de la iglesia como una “decisión firme, indiscutible e irrevocable”. Cree que la Iglesia Adventista ha pasado a formar parte de la Gran Babilonia, y que su movimiento naciente está destinado a ser el remanente del remanente. Por eso insta a irse de la Iglesia Adventista. No capta que en la Biblia y en los escritos del Espíritu de Profecía, no hay un remanente de un remanente. Hay un solo remanente, que guarda los mandamientos de Dios y tiene el Espíritu de Profecía (Apoc 12:17).

También invita en esa carta de desfraternización a venir a estudiar sus presuntos descubrimientos en la dirección del hermano que asume su liderazgo.
3. El “Otro” Consolador (Jn. 14:16). Leslie Silva (esposa de Cristian), 2009 (8 pgs.).

Se trata de una colección de citas bíblicas y del Espíritu de Profecía que procuran demostrar que el Espíritu Santo es Cristo mismo…
4. La Deidad Verdadera (Revisión 2010). (41 pgs.). Gabriel G. Geier.

No tengo referencias sobre este hermano, salvo su dirección electrónica que revela por las siglas que es también de Argentina. Después de recopilar citas bíblicas que junta con la intención de probar que el único Dios es el Padre, hace otro rejunte de citas, esta vez del Espíritu de Profecía, para advertir sobre el Alfa y Omega de la apostasía de la Iglesia Adventista, obviamente inspirado por Cristian Silva.

Aristóteles preguntaba qué fue primero, si el huevo o la gallina. En este caso no sé quién fue el primero, la fuente de inspiración, sobre la que se inspiraron los otros. Se ve, sin embargo, una dependencia de los demás de los argumentos de  Daniel Bernhardt. Así, la tesis es la misma. El Padre habría engendrado al Hijo antes de crear el universo, y el Espíritu Santo no sería una persona, sino el Padre y/o el Hijo (el espíritu de ellos, como nuestro espíritu no es otra cosa que nosotros mismos como humanos).

II- La creencia adventista de la Divinidad a través del tiempo

El estudio de Daniel Benhardt parece ser independiente. Mientras que el de Cristian Silva, especial-mente, no sólo depende de los argumentos de Daniel sino también toma ciertos materiales de algunos antitrinitarios adventistas en los Estados Unidos que no han tenido mucho éxito pero que, como todo grupo minoritario hace ruido y descarría gente. Así es que consiguieron una lista de lo que creyeron varios de nuestros pioneros en el S. XIX. Luego pasan a considerar la creencia en la Trinidad que tiene nuestra Iglesia hoy, y pretenden demostrar que se apartó de los pilares de nuestra fe.

Pero lo cierto es que no hay ninguna cita de E. de White que diga que entre los pilares y fundamen-tos de la fe adventista deben incluirse conceptos arrianos o semiarrianos con respecto a la Deidad. Su lista de los fundamentos, clavijas, e hitos es abarcante (vease A. R. Treiyer, Contextualizando enfoques teológicos en la Iglesia Adventista (2008), en http://www.adventistdistinctivemessages.com), pero jamás incluyó ella allí los conceptos equivocados de algunos pioneros, no sólo con respecto a la naturaleza de Cristo y del Espíritu Santo, sino también con respecto a otros temas.

Las citas que estos hermanos traen de E. de White y que instan a resucitar los libros de los pioneros, y mantener los hitos que se pusieron con oración, estudio y revelación, consideran los problemas de Kellog con el panteísmo, o los de Ballenger en su negación del santuario celestial (Arthur White, Ellen G. White. The Early Elmshaven Years (1900-1905), 405-413), todos ellos a comienzos del S. XX. También exhortó de la misma manera en relación con John Bell quien salió con otra teoría sobre los tres mensajes angélicos de Apoc 14 (Arthur White, Ellen G. White. The Australian Years (1891-1900), 272ss). Pero nunca pretendió E. de White que todo lo que creyeron los pioneros era verdad.

Hay citas claras de E. de White que afirman que la verdad es progresiva, y admiten que en algunos puntos pueden haber estado en error y que, cuanto antes se descubran, mejor. Nunca pretendieron ni E. de White ni nuestros pioneros tener el monopolio de la verdad, ni un conocimiento de toda la verdad. Esa soberbia no formó parte de la actitud de nuestros pioneros ni menos de E. de White, quien advirtió contra una actitud tal.

“La verdad es eterna, y el conflicto con el error sólo hará manifiesta su fuerza. Nunca debiéramos rehusarnos a examinar las Escrituras con los que, tenemos razón para creer, desean conocer lo que es verdad así como lo hacemos nosotros. Si los pilares de nuestra fe no soportan la prueba de la investigación, es tiempo de que lo sepamos; porque sería una locura establecernos en nuestras ideas, y pensar que nadie debiera interferir con nuestras opiniones. Que cada cosa sea traída a la Biblia porque es la única regla de fe y doctrina” (BEcho, 10-15-92, 6).

“Necesitamos ungir nuestros ojos para poder ver la luz de la verdad. No debemos pensar, ‘bien, tenemos toda la verdad,  entendemos los pilares principales de nuestra fe, y podemos descansar en este conocimiento’. La verdad es una verdad progresiva, y debemos caminar en la luz creciente… Tenemos que tener fe viviente en nuestros corazones, y extender la mano a un conocimiento más amplio y a una luz más avanzada” (RH, 03-25-90, 4). “La verdad es una verdad que avanza, y debemos caminar en la luz creciente” (CW, 33).

“Dios no bendecirá a los hombres en la indolencia, ni en la oposición celosa y testaruda de la luz que da a su pueblo” (RH, 02-25-90, 2).

A continuación pasaremos a considerar lo que nuestra iglesia votó como creencia a lo largo de su historia, y decidiremos si podemos creer hoy lo que creyeron entonces sobre la naturaleza de Dios, y si hubo realmente cambio como se pretende, o más bien progresión.

III. Creencias Fundamentales de la Iglesia Adventista

Según presumen nuestros hermanos antitrinitarios, nuestra iglesia cambió su creencia fundamental con el tiempo, apartándose de [la posición] original. Cristian Silva aprovecha una declaración desatinada de George Knight, para fortalecer su énfasis de apartamiento de la fe original que supuestamente nuestra iglesia tendría hoy con respecto a nuestros pioneros. G. Knight es un prolífico escritor adventista con ciertas tendencias liberales, pero considerado por algunos, como uno de los que forman el mainstream o “corriente principal” del pensamiento actual adventista. Escribió en uno de sus recientes libros que si los pioneros se levantasen, no se podrían bautizar hoy porque eran antitrinitarios. Y entonces Cristian pasa a mostrar el presunto cambio en la definición de las creencias de nuestra iglesia.

Esa declaración de George Knight, (a quien ahora el BRI salió a responder por decir también en uno de sus libros que en Dan 8:14 no aparece el juicio investigador), es desatinada porque nosotros podríamos bautizarnos con la definición que tuvieron nuestros pioneros en su historia y, sin duda ellos, con las pruebas bíblicas que tenemos hoy, no dudarían en aceptar el desarrollo de los principios que nos dejaron en sus creencias fundamentales (como lo hicieron en su momento con el sábado, y con otras cosas que Dios les reveló a través [de la Biblia y] del Espíritu de Profecía, abandonando errores anteriores que habían abrazado).

En lugar de mirar de atrás para adelante, miremos de adelante hacia atrás, y preguntémonos si podríamos aceptar las creencias fundamentales que ellos nos legaron; es decir, si las declaraciones posteriores no están de acuerdo con lo estrictamente redactado en las declaraciones anteriores.
a. Creencias fundamentales (1879)

1) Que hay un solo Dios, un ser personal, espiritual, Creador de todas las cosas, omnipotente, omnisapiente y eterno, infinito en sabiduría, santidad, justicia, bondad, verdad, misericordia, inmutable y omnipresente por medio de su representante el Espíritu Santo (Sal. 139:7).

2) Que hay un Señor Jesucristo, el Hijo del Padre Eterno, por quien Dios creó todas las cosas y por quien existen; que tomó sobre sí la naturaleza de la simiente de Abrahán para la redención de nuestra raza caída; que habitó entre los hombres lleno de gracia y de verdad, vivió como nuestro ejemplo, murió como nuestro sacrificio, fue levantado para nuestra justificación y ascendió a lo alto para ser nuestro único mediador en el santuario en el cielo en donde con su propia sangre hace expiación por nuestros pecados; expiación que, lejos de haber sido hecha en la cruz, la cual fue la ofrenda del sacrificio; es la última parte de su trabajo como sacerdote de acuerdo al ejemplo dado por el servicio del sacerdocio levítico el cual prefiguró y fue sombra del ministerio de nuestro Señor en los cielos. Véase Lev 16; Heb 8:4-5; 9:6-7).

Preguntémonos. ¿Podemos hoy bautizarnos bajo esta definición de nuestras creencias en relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? ¡Por supuesto! Nuestros pioneros fueron suficientemente prudentes como para mantenerse dentro de las declaraciones bíblicas.

b. Creencias fundamentales (1907)

1) Repite el primer párrafo de la definición de 1879, y la mayor parte del segundo. Sigo en el segundo párrafo desde donde lo modifican, más bien, lo aclaran o redactan mejor.

… ascendió a lo alto para ser nuestro único mediador en el santuario en el cielo donde a través de los méritos de su sangre derramada él asegura el perdón y olvido de los pecados de aquellos que persistentemente vienen a él;  y que como etapa final de su trabajo como sacerdote, antes de que tome su trono como rey, el hará la gran expiación por los pecados de aquellos, y sus pecados entonces serán
borrados (Hech 3:19) y serán llevados aparte del santuario como lo muestran los servicios del sacerdocio levítico los cuales fueron sombra y prefigura del ministerio de nuestro Señor en el cielo. Véase Lev 16; Heb 8:4-5; 9:6-7.

Nuevamente, ¿podemos bautizarnos bajo estas creencias? Es claro que nuestra iglesia crecería con los años en la comprensión de muchas cosas, pero el germen de sus creencias fundamentales puede ser
mantenido intacto hasta hoy. Las creencias fundamentales que pondremos en el siguiente número a partir del año 1931 mencionan la Trinidad, algo que no niegan las definiciones anteriores. Simplemen-te hay un desarrollo, un avance en la comprensión de una verdad que no se había definido anteriormen-te, por más que muchos pioneros eran arrianos o semiarrianos en sus creencias personales.

c. Creencias fundamentales (1969)

2) Que la Divinidad o Trinidad consiste en el Padre Eterno, un ser personal, espiritual, omnipotente, omnipresente, omnisciente, infinito en sabiduría y en amor; el Señor Jesucristo, el Hijo del Padre Eterno, por medio del cual fueron creadas todas las cosas y por cuyo intermedio se realizara la salvación de las huestes de los redimidos; el Espíritu Santo, la tercera persona de la divinidad, el gran poder regenerador en la obra de la redención (Mat 28:19).

3) Que Jesucristo es el mismo Dios, siendo de la misma naturaleza y esencia que el Padre Eterno. Aunque retuvo su naturaleza divina, tomó sobre sí la naturaleza humana, vivió sobre la tierra como hombre, ejemplificó en su vida como modelo nuestro los principios de la justicia, testificó de su relación con Dios por medio de muchos milagros poderosos, murió por nuestros pecados en la cruz, resucitó de entre los muertos y ascendió al Padre, donde vive para siempre para interceder por nosotros (Jn 1:1,14; Heb 2:9/18; 8:1-2; 4:14-16; 7:25).

Hagámonos ahora la siguiente pregunta. ¿Hay realmente algo que cambia con respecto a las definiciones anteriores? Lo más que podemos admitir es que, a partir de las declaraciones de fe anteriores, ahora se agregan cosas, se construye sobre lo anterior. El lenguaje, por otro lado, es el mismo que usa E. de White en sus escritos posteriores. ¿Que agregan la palabra Trinidad? La definición primera persona, segunda persona, tercera persona para el Padre, el Hijo y el Espiritu Santo, como componiendo la Deidad, es también usada por E. de White en sus últimos años. Que esa definición del Espíritu de Profecía se la perdieron los pioneros que murieron antes, no es problema para nosotros quienes contamos con tales declaraciones inspiradas que nos confirman en la verdadera dirección. Eso es, justamente, lo que se conoce como Trinidad. Y aunque el nombre se le dio más tarde en el cristianismo, es adecuado para definir que hay tres personas iguales en sustancia y atributos, aunque diferentes como personas y en función.

No incluiré aquí la declaración de creencias fundamentales de 1984 (27 doctrinas) y 2007 (28 doctrinas), porque todos Uds. la tienen en el libro Creencias Fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día. Allí se desarrolla más todavía el concepto de la Trinidad, cuyo germen ya aparece, muy sucinto, en la primera declaración de fe de nuestros pioneros. También hay avances en relación con la creencia del “continuo” en Dan 8 cuya comprensión quedó suspendida en los días de nuestros pioneros, pero que hoy resalta en forma clara y aceptada en general por nuestra iglesia como referencia al “continuo” ministerio intercesor de Cristo en el Santuario Celestial. Lo mismo podríamos decir sobre el rey del norte y el rey del sur que contenderían en el tiempo del fin, según la profecía de Dan 11:40-45. Mientras que hacia fines del S. XIX ese tema tuvo confrontados a Jaime White y Uriah Smith, hoy hay consenso general sobre su significado y cumplimiento. Hay progreso, hay crecimiento en nuestra igle-sia, y estemos contentos por ello, porque nuestra iglesia no es una iglesia muerta, sino que avanza bajo la dirección de Dios, tal como lo anticipó el Espíritu de Profecía.

IV. Desarrollo de la revelación sobre la Trinidad en E. de White

Aunque no hay ninguna cita de E. de White que niegue la Trinidad, y que deba ponerse a un lado, resulta claro leyendo sus declaraciones a lo largo del tiempo, que su concepto de la Deidad creció con los años. Mientras que algunas declaraciones suyas son ambiguas en sus primeros años, en sus últimos años son más precisas y definidas. En otros aspectos, sin embargo, ella cambió con el tiempo, a medida que Dios le revelaba la verdad. Por ejemplo, ella guardó el domingo por cerca de dos años después de haber recibido su primera visión en 1844, y no aceptó la exposición de José Bates sobre el sábado, has-ta que recibió más luz, la que fue confirmada más tarde por una visión del lugar santísimo del templo celestial, con las dos tablas de la ley dentro del arca, con una luz alumbrando sobre el cuarto manda-miento. Aún así, la luz bíblica sobre el comienzo del sábado a la puesta del sol vino mediante un estu-dio de John Andrews en 1855. Ella tampoco aceptó esa conclusión hasta que recibió en ese mismo año una visión confirmando ese estudio de Andrews.

Hasta 1863, E. de White y nuestros pioneros comían ostras marinas, carne de cerdo y todo tipo de carne. Gracias a las visiones que recibió, y al estudio de la Biblia, al organizarse la iglesia eliminaron esas costumbres.

La reacción de nuestros pioneros contra el credo trinitario de sus días, más definidamente el meto-dista, tuvo que ver con la negación de que Dios tuviese cuerpo. El credo Episcopal Metodista decía que “no hay sino un Dios viviente y verdadero, sin cuerpo o partes”. “La doctrina denominada de la Trinidad, que sostiene que Dios es sin forma, ni partes”, tendía a una espiritualización del cielo que afectaría la creencia también, en un santuario celestial literal donde Jesús intercede por nosotros (Uriah Smith, en Review & Herald, Julio 10, año 1856). D. W. Hull declaró que “la postura inconsistente sostenida por muchos en relación a la Trinidad, como se la denomina, sin duda ha sido la causa fundamental de muchos errores… No creemos, como lo enseña la Iglesia Metodista Episcopal, que Cristo es el único y eterno Dios, y, a la vez, hombre; que la parte humana es el Hijo, y la divina es el Padre”. “Aquí podemos agregar que el punto de vista ortodoxo de Dios como lo expresado por ellos en diversos ‘Artículos de Fe’ es, ‘Dios es sin cuerpo, partes, personas, centro, circunferencia o localidad’”.

“Que Cristo sea el único y eterno Dios, y que Dios es inmaterial, sin cuerpo, partes o pasiones, es la enseñanza de los credos de la Iglesia” (M.E. Cornell, Review & Herald, abril 7, 1863). Hull llegó a decir que “no podemos estar de acuerdo con una idea tan inconsistente” como la que sostiene que “el Padre, el Hijo y el Espíritu son tres personas en uno, haciendo en total un Dios sin cuerpo o parte” [Gracias Héctor Delgado por esta documentación que puede encontrarse, con más detalles, en https://reflexionesteologicas.wordpress.com/articulo-recomendado/]

Así, nuestros pioneros rechazaron fuertemente ese concepto espiritualizador con los siguientes pasajes:  Éx. 24:9-11; 33:20-23; Jn. 1:181; Heb. 1:1-3. Por eso, en una de sus primeras visiones, E. de White le preguntó a Jesús si su Padre tenía forma como él, y la respuesta fue que sí (PE 54). En otra visión en 1850, le preguntó a Jesús si su Padre era una persona, y le respondió:  “Soy la imagen expresa de la persona de Mi Padre” (PE 77).

En 1858 E. de White manifestó creer en el Espíritu Santo porque lo conectó con el Padre y el Hijo en el relato del bautismo (Spiritual Gifts, v. I, 28). En 1869 se adelantó a los pioneros al declarar que Cristo era igual a Dios (2 T, 200). Eso llevó a su esposo a reflexionar más sobre la Trinidad, sin renunciar aún a su rechazo. Reconoció en 1877, en un artículo de la Review (Nov 29, 1877), que “Cristo es igual con Dios”, pero declaró:  “La Trinidad inexplicable que hace la Trinidad tres en uno es realmente mala; pero el ultra Unitarianismo que hace a Cristo inferior al Padre es peor”.

En 1872, E. de White contrastó a Cristo con los ángeles, diciendo que “Cristo no fue creado” (RH, Dec 17, 1872), lo que llevó a Uriah Smith también a cambiar su creencia de que Cristo era el primer ser creado.

En 1878 E. de White afirmó que Cristo era el “Hijo eterno” (RH, Aug 8, 1878). Daniel Bernhardt y Cristian Silva destacan la declaración de E. de White que dice que “por su encarnación”, Cristo “ganó en un nuevo sentido el título de Hijo de Dios”, y que “es verdaderamente Dios en infinitud, aunque no en personalidad” (The Upward Look, 367; Ms 116, Dic 19, 1905). De esto deducen que era Hijo antes de la encarnación, y que habría nacido anteriormente. Pero en 1878 ella afirmó que es un “Hijo Eterno”. ¿En qué sentido su carácter de Hijo pasó a ser nuevo con la encarnación? Entre otras cosas, en que por la encarnación tuvo comienzo. Pero eso no implicó que no fuese eterno. En efecto, E. de White recalcó en 1887 y de nuevo en 1898 y 1905, que “por toda la eternidad, Cristo estuvo unido con el Padre” (RH, July 5, 1877; DA (1898), 19; ST, Ag 2, 1905). Y al decir que era infinito no en personalidad, se estaba refiriendo a que adoptó la personalidad humana para forjar la justicia que nos permitirá vencer a Satanás.

En 1888, en el contexto del famoso debate sobre la justificación por la fe que se dio en el Congreso de Mineápolis, ella afirmó que la plena Deidad de Cristo es necesaria para tener un concepto más amplio sobre la justificación por la fe. “Si los hombres rechazan el testimonio de las Escrituras inspiradas con respecto a la Deidad de Cristo, es en vano argüir con ellos, porque ningún argumento, por más convincente que sea, los podrá convencer [1 Cor 2:15 citado]. Ninguno que sostenga este error puede tener un concepto verdadero del carácter o la misión de Cristo, o del gran plan de Dios para la redención del hombre” (GC [1888] 524).

Nuestros contendientes Daniel y Cristian afirman que si el Hijo es Eterno, es porque salió del seno del Padre, e implican con esa expresión que estuvo en el Padre eternamente hasta que lo dio a luz.  Pero en Jn 1:18 se usa esa expresión en relación a la época en que vino a la tierra para revelarse a la humanidad (RH, July 9, 1895). Además, el seno del Padre no es sus entrañas, no es su interior, sino su entorno más cercano o íntimo, como se ve también cuando Jesús habló en una parábola del “seno de Abraham” (Luc 16:22-23). Por otro lado, en el mismo año 1888, declaró E. de White que Cristo es “uno con el Padre eterno—uno en naturaleza, carácter y propósito” (GC [1888] 493), “uno en poder y autoridad” (ibid, 495), no obstante en persona, Cristo es “distinto” del Padre. Y agregó en 1906 que “el Señor Jesucristo… existió desde la eternidad, una persona distinta, no obstante una con el Padre” (RH, Abril 5, 1906), “el único ser en todo el universo que podía entrar en todos los concejos y propósitos de Dios” (GC [1888] 493; PP [1890] 34).

Nuestros contendientes destacan el hecho de que en esta última declaración de 1888 y 1890 no menciona al Espíritu Santo. Pero esa luz la recibió después.

En 1890, E. de White afirmó que Cristo es existente por sí mismo, y que su divinidad no es derivada del Padre (PP 36: inglés).

En 1897 declaró que el Espíritu Santo es “la tercera persona de la Deidad” (Special Testimonies, Series A, N. 10, 37). Daniel Bernhardt trata de explicar esto diciendo que se trata de Jesús mismo pero sin el cuerpo. Como veremos luego, Jesús no tiene dos personas, una con el cuerpo que está en el cielo, y otra sin el cuerpo que envió a la tierra. El es la segunda persona de la Deidad, y el Espíritu Santo la tercera persona de la Deidad. El Hijo no es el segundo y el tercero al mismo tiempo.

En 1898 se publicó el libro DTG en donde E. de White afirma que “en Cristo hay vida, original, no prestada, no derivada” (DTG 489 [530 en inglés]), Nuestros detractores explican esto con la declaración de Cristo, que dijo que el Padre determinó que tuviese vida en sí mismo. Pero esa declaración se dio en el marco de su encarnación, como veremos más en detalle después, cuando el Hijo se despojó de algunos atributos para ser como nosotros (Filip 2:5ss), pero sin abandonar su facultad que poseía por sí mismo, en forma inherente, de tener vida en sí mismo desde toda la eternidad. También argumentan que esa vida original no derivada era la del Padre que estaba en el Hijo. Pero como veremos luego con más detalles, allí E. de White está hablando de la vida misma de Cristo como algo que él poseía por naturaleza, sin derivación de nadie, ni del Padre.

Vuelve a decir en ese mismo año, en el DTG, que el Espíritu Santo es la “Tercera Persona de la Deidad” (DA 671). Y en 1901 y de nuevo en 1905, destacó que hay tres “dignatarios celestiales eternos”, “tres poderes más altos en el cielo”, “tres personas vivientes del trío celestial”—el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno en naturaleza, carácter y propósito, pero no en persona (Ms 145, 1901; Special Testimonies, Series B, No. 7 (1905), 51, 62-63; The Ministry of Healing (1905), 422; citados en Evangelism 614-617. [Tomado en parte de Whidden-Moon-Reeve, The Trinity (RHPA, 2002)].

En 1900 E. de White escribió:  “Cristo es igual a Dios, infinito y omnipotente. El podía pagar el rescate por la libertad del hombre. Es el eterno Hijo, existente por sí mismo, sobre quien no se había puesto ningún yugo; y cuando Dios preguntó: ‘¿A quién enviaré?’, pudo contestar:  ‘Heme aquí, envíame a mí’. Podía hacer el compromiso de convertirse en la garantía del hombre, pues podía decir lo que el ángel más encumbrado no podía decir:  tengo poder sobre mi propia vida:  ‘poder para ponerla, y … para volverla a tomar’” (Youth Instructor, June 21, 1900).

Nuestros adversarios antitrinitarios insisten en que las primeras visiones de E. de White, en las que describe al Padre y al Hijo unidos para resolver el problema del pecado y de la caída de Adán, no mencionan al Espíritu Santo, y declaran que Lucifer seguía al Hijo en autoridad. Pero en 1901 recibió más luz, y escribió:  “La Divinidad se conmovió de piedad por la humanidad, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dieron a sí mismos a la obra de formar un plan de redención. Con el fin de llevar a cabo plenamente ese plan, se decidió que Cristo, el Hijo unigénito de Dios, se entregara a sí mismo como ofrenda por el pecado. Dios quería hacer que resultara imposible para el hombre decir que hubiera podido hacer más. Con Cristo, dio todos los recursos del cielo, para que nada faltara en el plan de la elevación de los seres humanos” (Counsels on Health, 222 [1901]).

También enfatizan nuestros hermanos despistados el hecho de que el Padre confirió al Hijo autori-dad después del conflicto con Lucifer, dejando la puerta abierta para creer que no la había tenido antes. Pero ya en 1890 declaró E. de White, que “no se había efectuado cambio alguno en la posición o en la autoridad de Cristo. La envidia de Lucifer, sus tergiversaciones, y sus pretensiones de igualdad con Cristo, habían hecho absolutamente necesaria una declaración categórica acerca de la verdadera posi-ción que ocupaba el Hijo de Dios; pero ésta había sido la misma desde el principio” (PP 17-18, 1890). Y aún antes, en1870, afirmó que los ángeles leales “le mostraron claramente que Cristo era el Hijo de Dios, que existía con él antes de que los ángeles fueran creados, y que siempre había estado a la diestra del Padre, sin que su tierna y amorosa autoridad hubiese sido puesta en tela de juicio hasta ese momen-to” (Spirit of Prophecy, 19; The Truth about Angels, p. 35).

En 1906 volvió a afirmar que “el homenaje de la adoración de los ángeles era recibido por él [Cristo] con todo derecho. Esto no era robar a Dios”. Tenía “gloria divina y original” (RH, Abril 5, 1906, 11). “Al hablar de su preexistencia, Cristo hace retroceder la mente a través de las edades sin fin [“through dateless ages”]. Nos asegura que nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en plena comunión con el Dios eterno” (ST, Ag 29, 1900; The Truth about Angels, 23-24). Y aunque nuestros contendientes quieren argumentar que desde que nació, nunca hubo un tiempo de rompimiento entre el Padre y el Hijo, tienen para ello que ignorar la primera declaración del párrafo que habla de una pre-existencia sin fin, de una eternidad hacia atrás sin cómputo.

V. La palabra Trinidad

¿Vamos a enfurecernos con el título Trinidad, cuando lo que decimos ser un fundamento de nuestra fe confirmado por la Biblia y el Espíritu de Profecía se define bien con ese término? No necesitamos, tal vez, caer en algunos intentos definitorios católicos del término que no ayudan demasiado a aclarar esa doctrina bíblica. Recuerdo cuando una persona confundida con el arrianismo de los Testigos de Jehová, entendió años atrás mi explicación en Montevideo y, en una confrontación con ellos, salió en mi defensa diciendo que yo no creía como los católicos.

Pero porque algunos exageren el título Trinidad, no significa que no podamos usarlo. En ese caso los israelitas nunca hubieran podido usar el término ‘el, “dios”, ni ‘elohim, “dioses” con el contexto sin-gular en referencia a Dios, porque bajo ese término los cananeos se iban bastante lejos, así como mu-chos hoy cuando usan la misma palabra que usamos nosotros, “Dios”.

¿Encuentran Uds. la palabra “milenio” en la Biblia? El Apocalipsis habla de mil años, pero no  define el concepto bajo la palabra “milenio”. ¿Está mal usar esa palabra porque no aparece en la Biblia? ¿Por qué? Ese término ayuda a entender a qué enseñanza de la Biblia nos referimos. Lo mismo podemos decir de la palabra “encarnación”. ¿Dónde está en la Biblia? En ningún lado. Pero cuando la usamos, y E. de White también la usa, se entiende que nos referimos a la gran realidad histórica que nos cuenta la Biblia de que Dios se hizo carne (Jn 1:14). Y esto, a pesar de que ese término tiene connotaciones paganas entre los indúes y otras religiones orientales, amén de muchos que practican los ritos de la Nueva Era.

Además del término Trinidad, algunos han querido usar el término Triuno, que se presta a confu-sión, ya que intenta definir numéricamente tres en uno, y uno en tres. Esto ha traído reacciones fuertes a lo largo de la historia, en mucha gente no cristiana, con respecto a la creencia en la Trinidad. Aún así, algunos juegan con los números y destacan que 1 x 1 x 1 es igual a 1 (gracias Dr. David Pío Gullón por la referencia). Pero no necesitamos jugar con números, sino tratar con la realidad revelada.

Nuestro buen amigo, el Dr. Aecio Cairus, nos comparte un análisis sobre el valor del término Trinidad desde la perspectiva lingüística. Nos dice que la unicidad de Dios es absoluta, mientras que su “pluralidad” es relativa. Siempre es posible decir: “Dios es uno” y poner allí punto y aparte. Pero no es correcto decir “Dios es tres” y detenerse allí. Si hablamos de tres en relación a Dios tenemos que agregar explicaciones. En otras palabras, en cierto aspecto (las Personas divinas) es COMO SI Dios fuera tres, pero no es realmente tres. Esto es justamente lo que expresa el término “trinidad”.

Trinidad es al número tres como unidad es al número uno. Ambos términos designan la cualidad del número respectivo. Pero si nos fijamos bien, notaremos que “unidad” se aplica siempre a sujetos que son en realidad plurales. No tiene sentido hablar de la “unidad” de un solo hombre.  Hablamos de la “unidad” de la iglesia, de la nación, etc. Lo que queremos decir es que los miembros o los ciudadanos o los componentes de la unidad son o debieran ser, en cierto aspecto, COMO SI fueran uno, aunque en realidad son muchos. Por más que nos arenguen sobre la unidad, siempre querremos seguir teniendo nuestro propio cepillo de dientes. En otras palabras, “unidad” no es “uno”;  la unidad es relativa y su sujeto es plural.

Del mismo modo, y viceversa, “trinidad” se aplica sólo a un Sujeto único, que es Dios. Su trinidad consiste en que en cierto aspecto es como si fuera tres, pero sigue siendo uno. Entendiendo esto nos damos cuenta que no es necesario decir “triuno”. El término trinidad en sí mismo supone que estamos hablando de un sujeto singular y no plural. (Gracias Aecio por esta explicación).

VI. La Fórmula Trinitaria del Bautismo

Algunos de nuestros amigos antitrinitarios han estado deambulando sin rumbo fijo al tratar con la fórmula trinitaria de Mat 28:19. En su momento afirmaron que fue introducida por Eusebio en el S. IV, en ocasión del Concilio de Nicea. Pero esa fórmula en donde Jesús menciona al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ya era conocida por muchos otros desde fines del primer siglo como Policarpo (70-155/160), Ignacio de Antioquía (aprox. 35-107), Justino Mártir (aprox. 100-165), Ireneo (115-190), Teófilo de Antioquía (Segunda mitad del siglo II), Atenágoras de Atenas (Segunda mitad del siglo II), Tertuliano de Cartago (160-215), todos ellos anteriores al Concilio de Nicea en el S. IV. [Gracias Héctor Delgado, por esta referencia].

Al mismo tiempo, como ya vimos, vemos a nuestros amigos díscolos citando de la Biblia y de E. de White declaraciones que hablan de dos personas divinas, el Padre y el Hijo, para destacar que esas declaraciones no mencionan al Espíritu Santo. También encontraron las citas de E. de White que dicen que Lucifer seguía en importancia al Hijo de Dios en el cielo, y que su lugar fue ocupado por Gabriel. Lucifer, y luego Gabriel, ocuparon y ocuparían el tercer lugar, según ellos (aunque E. de White nunca usó el término “tercero” en ese contexto), sin que se diga nada del Espíritu Santo como siendo la tercera persona del cielo en importancia. La razón es sencilla. Ella recibió luz sobre ese aspecto más tarde, como ya vimos. Por otro lado, una cualidad del Espíritu Santo pareciera ser la de no ser vista, sino sentida, vivida (Jn 3:8).

Además, según ya vimos, hay otras declaraciones de E. de White que mencionan a Cristo como la segunda persona de la Deidad, y al Espíritu como la tercera persona de la Deidad.

“El pecado podía ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera persona [“person”] de la Divinidad [“Godhead”] (DTG 626, 1898).

¿Cómo se las arreglan para explicar este hecho? Tal vez en este punto encontramos lo vulnerable y tozuda de la posición que han adoptado. Consideremos otra cita de E. de White.

“Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes–el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por vivir la nueva vida en Cristo” (Special Testimonies, Serie B, N. 7, pgs. 62-63, 1905).

Los que publicaron el libro Evangelismo, según argumenta Cristian, alteraron lo que ella escribió. Esto ha estado llevando a algunos hermanos a desacreditar todo el libro Evangelismo. En el manuscrito de E. de White que ofrece fotocopiado Cristian en su estudio, aparece tachada por E. de White la “s” de “persons”, y escrito arriba “alities”, esto es, “Here are the living three personalities of the heavenly trio”. De esto deduce Cristian que E. de White no entendió que se tratase de tres personas, sino de tres “personalidades”.

Estaba en la casa del pastor que me había invitado a dar conferencias, cuyo idioma materno es el inglés, y le pregunté si eso cambiaba el sentido. “Es lo mismo”, me respondió en el acto. Busqué en el CD de los escritos de E. de White que le ayudé a instalar, y me encontré con las siguientes declara-ciones en donde traduciré “personalities” como “personalidades”, aunque podría traducirlas como “per-sonas” sin alterar el sentido.

“Leí el primer capítulo de Hebreos como la base de mi discurso. Este capítulo claramente indica las personalidades individuales del Padre y del Hijo” (RH, 1 de Agosto, 1907 Notes of Travel – N. 2 Mrs. E. G. White Loma Linda, Cal. Sabbath Sermon). “En esta Escritura se habla de Dios y de Cristo como de dos personalidades distintas, cada una actuando en su propia individualidad” (MR 760 18.2). “Estas palabras presentan a Dios y a Cristo como dos personalidades distintas” (1 NL 124.6).

Daniel y Cristian aceptan que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Por el hecho de que en estas citas que acabamos de leer, ella usa la palabra “personalidades”, ¿significa que no se refiere a personas? ¡Por supuesto que no!

En referencia a este punto, el Dr. Aecio Cairus acotó:  “La contribución de Alberto presenta correc-tamente la equivalencia de Persona y Personalidad cuando hablamos de Dios. Allí radica mucha de la confusión que ha llevado a algunos cristianos a rechazar la doctrina de la trinidad de personalidad, y especialmente a rechazar la persona del Espíritu Santo. ‘Persona’ en lenguaje ordinario es un ser humano en su sentido más amplio (‘en el auto había 4 personas’), y cuando hablamos de personas en Dios muchos piensan en un ser humano o su prototipo divino. Pero cuando se adoptó el lenguaje de ‘personas’ para hablar de Dios, “persona” era un término que designaba los interlocutores en un diálogo, cualquiera fuese su naturaleza, forma o condición. A lo que hace referencia el término es a que en la Biblia escuchamos el diálogo del Padre con el Hijo y el Espíritu, cómo envían ellos y son enviados a su vez, glorifican y son glorificados por los otros dos. En otras palabras, ‘Persona’ cuando se aplica a Dios significa Alguien y no meramente ‘algo’. El hecho de que algunos rechacen “persona” pero admitan “personalidad” significa que lo que están rechazando no es lo que enseña el cristianismo.  Es un simple problema semántico”. (Gracias nuevamente, Aecio).

¿Cómo trata D. Bernhardt de resolver el hecho de que el Espíritu Santo sea considerado por E. de White también como la “tercera persona de la Deidad”? Tengamos en cuenta que allí, E. de White usa el término “person”, no “personalities”. Pues bien, nuestro amigo arguye que esa tercera persona es el Espíritu mismo de Cristo ahora desencarnado que envió a la tierra después de su ascensión al cielo. ¡Pero no, imposible! Porque Jesús es una persona, no dos. Digámoslo de otra manera. Cuando el Hijo de Dios se encarnó, combinó su divinidad con su humanidad, sin que su divinidad sea una persona, y su humanidad otra persona. Esa unión indisoluble desde que triunfó en la cruz, se mantendrá como una persona por lazos eternos “que no serán quebrantados” (CC, cap 1). De manera que volvamos a insistir en que no podemos llamar al Espíritu Santo que manda a la tierra en su nombre, la “tercera persona” de Cristo, mientras que el Hijo encarnado en el cielo es la segunda persona de Cristo.

VII. Textos del Nuevo Testamento que hablan de la Trinidad

Uno de los requerimientos de nuestros amigos antitrinitarios consiste en reclamar textos que hablen de la Trinidad. El Dr. Aecio Cairus compartió con nosotros, en una red cibernética pastoral, un buen número de esos textos que están esparcidos en todo el Nuevo Testamento. Con su permiso, incluiremos aquí esa lista con su comentario.

Los antitrinitarios, nos dice Aecio, tratan de borrar en Mt 28:18 la triple invocación bautismal del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hacen referencia a un inexistente Mateo original en hebreo, y apelan a versiones medievales judías de ese evangelio. Pero pierden el tiempo, porque aún si pudieran borrarla de Mt 28 nunca podrían borrar la presencia audible y/o visible de Padre, Hijo y Espíritu en el bautismo de Jesús, reconocida por todos los cuatro evangelios (aunque raramente los cuatro se ocupan de narrar todos el mismo incidente). Jesús es modelo de sus seguidores, y el bautismo es el punto de partida de ese seguimiento.

El NT está repleto de pasajes donde se mencionan juntos a Padre, Hijo y Espíritu Santo. Quisiera enumerar los que conozco (puede haber otros):

Jn 14:16 -Jesús promete que pedirá al Padre que envíe otro Consolador en su lugar.

Jn 16:13-15 -Los doce recibirán información adicional del Espíritu, que la revelará de parte del Padre y del Hijo.

Jn 20:21, 22 -Envío de los doce como el Padre envió a Jesús, con el poder del Espíritu.

Heb 10:38 -Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo.

Rom 15:16 -El deber del ministro de Cristo de predicar el evangelio de Dios para presentar a los creyentes como una ofrenda santificada por el Espíritu de Dios.

Rom 15:30 -Pedido en el nombre de Jesús y por el amor del Espíritu de unirse a Pablo para rogar a Dios.

1 Cor 12:4-6 -Unidad en la diversidad de dones de un mismo Espíritu, ministerios del mismo Señor y obras de un mismo Dios.

2 Cor 1:21, 22 -Dios es el que nos fortifica en Cristo y nos sella con su Espíritu en nuestros corazones.

2 Cor 13:13 -Invocación sobre los creyentes de la gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu.

Ef 2:18 -Por Cristo tenemos acceso al Padre a través del mismo Espíritu.

2 Tes 2:13 -Los creyentes son amados del Señor, elegidos de Dios y santificados por el Espíritu.

Heb 9:14 -La sangre de Cristo, sacrificio ofrecido por el Espíritu Santo a Dios, nos limpiará.

1 Ped 1:2 -Elegidos por la presciencia del Padre en la santificación del Espíritu para ser rociados por la sangre de Cristo.

1 Jn 4:2 -La obra de Dios por medio del Espíritu está presente cuando reconocemos que Cristo vino en carne.

Jud 20, 21 -Oremos en el Espíritu Santo, para mantenernos dentro del amor de Dios y esperar en la misericordia de Jesucristo.

Tenemos en esta lista de 16 pasajes 2 evangelios (Mateo y Juan), 5 epístolas de Pablo, y 3 epístolas universales. Todas las secciones del NT están representadas. El orden de mención de las tres Personas es indistinto, subrayando su igualdad esencial.

Siendo que todo el Nuevo Testamento sigue este esquema trino de Padre, Hijo y Espíritu Santo, y siendo que Padre e Hijo son verdaderamente Dios y son también personas distintas (lo que Silva reco-noce), ¿cómo podría entonces el tercer miembro de este repetido esquema trino del NT ser meramente Algo y no Alguien distinto, como lo son los primeros dos miembros? Por supuesto que “distintos” no quita que todos los tres están perfectamente unidos en pensamiento, palabra y acción.

Probemos lo que estamos diciendo con otras palabras. “Ahora, queridos hermanos, quisiera bende-cirlos en nombre del Padre, del Hijo y del poderoso brazo extendido de Dios.” ¿Que tal queda? ¿Un poco incongruente, no? Una invocación de dos que son cada uno Alguien distinto y el tercer item que es sólo Algo, un aspecto o atributo de los primeros dos. Pero si vemos al Espíritu como la gloria o el poder de Dios solamente, entonces eso es lo mismo que está haciendo 2 Cor 13:13. Sería totalmente incongruente.

Veamos el problema de la blasfemia contra el Hijo, que puede ser perdonada, y contra el Espíritu Santo, que no tiene perdón en este mundo ni en el próximo (Mt 12:30-32). Silva trata de escurrir el bulto de este argumento definiendo en qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo. Pero el problema que tiene su posición no es el de identificar en qué consiste la blasfemia (lo que por otra parte es bien conocido), sino a quién ofende. Si el Espíritu es solamente Cristo mismo y nada más, como él piensa, ¿cómo se puede blasfemar contra Cristo sin blasfemar contra el Espíritu Santo? Rechazo persistente o no, si es Cristo el que es rechazado, es el Espíritu el que es rechazado. No tiene sentido decir que si no es persistente es ofensa contra Cristo y si es persistente lo es contra el Espíritu. Si ambos son el mismo Alguien, ambos nombres son igualmente ofendidos con la misma gravedad o la misma levedad cualquiera sea el nivel de persistencia.

Es verdad que en cierto aspecto el Espíritu es Cristo mismo, porque procede de Él y expresa su presencia entre nosotros. También el Padre está en el Hijo: el que ha visto a Cristo ha visto al Padre (Jn 14:9). Pero eso no significa que el Hijo es el Padre y nada más, porque el Padre envió a su Hijo al mundo: no se envió a sí mismo. Del mismo modo el Espíritu no es lisa y sencillamente Cristo mismo, porque Cristo ruega al Padre que envíe al Espíritu para tomar su lugar. [Gracias una vez más, Aecio].

VIII. Citas significativas sobre el Espíritu Santo

En el contexto del intento de Daniel Bernhardt de igualar a Cristo con el Espíritu Santo, la siguiente declaración de E. de White es significativa.

“El Espíritu Santo es el Consolador, en el nombre de Cristo. El personifica a Cristo, sin embargo es una personalidad diferente” (MR 20, 324 – Ms 93, 1893). El “divino Hijo de Dios, la personificación del único Dios verdadero” (RH, Enero 30, 1900).

Agreguemos acá que si el Padre y el Hijo son dos personalidades diferentes (personas), también el Espíritu Santo y Cristo son dos personalidades (personas) diferentes, según ya vimos. Lo mismo podemos decir cuando E. de White habla de los tres poderes y/o agencias que hay en el cielo, en referencia a las tres personas de la Deidad. De manera que, cuando Daniel y Cristian traen a colación la declaración de E. de White de que “el Espíritu Santo es Él mismo [Cristo] despojado de la personali-dad humana e independiente de ella” (14 MR, 23, 1895), no pueden afirmar como quieren hacerlo, que el Espíritu no es una persona diferente de Cristo. Porque si bien es cierto que “el Espíritu Santo… personifica a Cristo”, “es una personalidad diferente”, así como el Padre de Cristo, a pesar de que el Hijo de Dios personifique al Padre.

“Nuestra santificación es la obra del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es el cumplimiento del pacto que Dios ha hecho con los que se unen a él, para permanecer con él, con su hijo y con su Espíritu en santa comunión. ¿Ha nacido Ud. de nuevo? ¿Ha llegado a ser una nueva criatura en Cristo Jesús? Entonces coopere con los tres grandes poderes del cielo que están obrando en su favor… Este es el compromiso del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, hecho a Ud. si mantiene los votos bautismales, y no toca lo inmundo… Todos aquellos que se unen con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que muestran en sus vidas que no siguen más el curso de vida que seguían anteriormente de haberse unido a estas agencias divinas, recibirán sabiduría de lo alto… Una vez que hemos formado una unión con los tres grandes poderes, consideraremos nuestra responsabilidad como miembros de la familia de Dios con sagrado sobrecogimiento” (ST 19 Junio 1901).

“La Divinidad se conmovió de piedad por la humanidad, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dieron a sí mismos a la obra de formar un plan de redención…” (Consejos sobre Salud, 220, 1901).

Teniendo como trasfondo la crisis que se dio con el panteísmo de Kellog, escribió E. de White que:

“No es esencial para nosotros ser capaces de definir con precisión qué es el Espíritu Santo… La naturaleza del Espíritu Santo es un misterio. Los hombres no pueden explicarla, porque el Señor no se la ha revelado. Los hombres de conceptos fantásticos pueden reunir pasajes de las Escrituras y darles interpretación humana; pero la aceptación de esos conceptos no fortalecerá a la iglesia. En cuanto a estos misterios, demasiado profundos para el entendimiento humano, el silencio es oro” (HA, 43-44, 1911).

Pero aunque no podamos definir con precisión qué es, su naturaleza divina, cómo se interrelaciona con las otras dos personas de la Deidad, “necesitamos comprender que el Espíritu Santo, que es una persona así como Dios es persona, anda en estos terrenos, de que el Señor Dios es nuestro cuidador y nuestro ayudador” (MR 66, 1899, 4).

Contra las figuras de la naturaleza que empleaban Kellog y los que lo seguían para proyectar su enfoque panteísta, escribió E. de White:

Dios no puede compararse con las cosas que sus manos han creado… El Padre no puede describirse mediante las cosas de la tierra. El Padre es toda la plenitud de la Divinidad corporalmente, y es invisible para los ojos mortales. El Hijo es toda la plenitud de la Divinidad manifestada. La Palabra de Dios declara que él es ‘la imagen misma de su sustancia’ (Heb 1:3)… El Consolador que Cristo prometió enviar, después de ascender al cielo, es el Espíritu en toda la plenitud de la Divinidad, poniendo de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal. Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes–el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe, y esos poderes colaborarán con los súbditos obedientes del cielo en sus esfuerzos por vivir la nueva vida en Cristo” (Ev 446-7; Special Testimonies, Serie B, N. 7, 62-3, 1905).

Esta última declaración, presentada ahora en un contexto más amplio, puede ayudarnos a ver que, aunque la Biblia usa un lenguaje humano e ilustraciones terrenales, no podemos atar a Dios, circunscri-birlo en forma rígida a tales ilustraciones y palabras. En Juan 3:12 Jesús dijo a Nicodemo, después de ilustrar la obra del Espíritu Santo con el viento:  “Si os he hablado de cosas terrenales y no creéis, cómo creeréis si os hablase de las cosas celestiales?”

Constantemente leemos en las páginas de nuestros interlocutores antitrinitarios, citas que juntan de E. de White en donde presenta al Espíritu Santo como siendo el Espíritu de Cristo o Espíritu de Dios, y que Cristo mismo es omnipresente mediante su Espíritu. Pero el hecho de que las tres personas de la Deidad se pertenezcan, como en un matrimonio el uno al otro, ¿debía significar que no se trataba de personas diferentes? En el caso de la Trinidad, a través del Espíritu Santo se da una interconexión de las tres personas de la Deidad, y de la Deidad con toda la creación, que es imposible calibrar o medir con nuestras mentes finitas, o de representarlo con cosas terrenales. En ese aspecto, la ilustración del matrimonio se queda corta, porque en el Espíritu Santo están el Padre y el Hijo, independientemente de que el Padre y el Hijo permanezcan en el cielo, mientras el Espíritu desciende a la tierra. En cambio el hombre no está en la mujer cuando físicamente se encuentran en lugares distantes.

IX. 1 Cor 2:11 – Jn 4:24 – 2 Cor 3:17

Con el propósito de negar que el Espíritu sea una persona diferente del Padre y del Hijo, presentan nuestros amigos confundidos una cita de E. de White que, a su vez, cita un pasaje del apóstol Pablo. Y no captan que, de nuevo, la ilustración se queda corta con respecto a la relación íntima entre las tres personas de la Deidad.

“El Espíritu Santo tiene una personalidad, de lo contrario no podría dar testimonio a nuestros espíritus y con nuestros espíritus de que somos hijos de Dios. Debe ser una persona divina, además, porque en caso contrario no podría escudriñar los secretos que están ocultos en la mente de Dios. ‘Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2:11) (Ms 20, 1906).

Así como el matrimonio puede ayudarnos a entender cómo las tres personas de la Trinidad son uno (Gén 2:24), pero sin poder abarcar toda la dimensión de esa unidad divina;  así también la ilustración de nuestro espíritu humano (que no es una persona diferente de nosotros porque somos una unidad psicofísica), ilustra cómo el Espíritu Santo conoce lo profundo de Dios, pero sin pretender abarcar o limitar o igualar toda la dimensión del Espíritu de Dios en su conexión con el Padre y el Hijo. Digámoslo de otra manera. Daniel Bernhardt argumenta que, por el hecho de que el espíritu del hombre es el que conoce lo que hay dentro de él, y ese espíritu no es una persona diferente a la del hombre, entonces el Espíritu de Dios no debe ser una persona tampoco. Pero E. de White dice acá que el Espíritu Santo tiene una personalidad, es una persona, y nos lo hace saber al manifestársenos cuando afirma en nuestro interior que somos hijos de Dios.

Creo que los ejemplos que ya dimos deben precavernos de no extremar demasiado las ilustraciones que la Biblia y el Espíritu de Profecía dan acerca de la interconexión entre las tres personas de la Deidad. La ilustración del espíritu del hombre que conoce su interior no tiene otro propósito que destacar la naturaleza divina del Espíritu Santo que conoce lo profundo de Dios, de tal manera que puede revelar ese conocimiento a los que, como su Espíritu, tienen facultades espirituales, “son espirituales” (1 Cor 2:11,15-16).

Pero, ¿puede decirse del espíritu del hombre que “no hablará por su propia cuenta, sino todo lo que oyere” del hombre en su interior, como lo es en el caso del Espíritu de Dios? (Jn 16:13). ¡Por supuesto que no! Mi espíritu no escucha dentro de mí lo que yo le digo, porque mi espíritu soy yo mismo. ¡Pero el Espíritu Santo sí en su conexión con los otros miembros de la Deidad! Ante un mundo al que los discípulos debían enfrentar con toda suerte de “falsos cristos” y “falsos apóstoles”, todos los cuales hablarían bajo la influencia de “espíritus mentirosos”, como lo eran las deidades paganas del mundo antiguo, iba a ser importante resaltar el hecho de que el Consolador o Espíritu de Verdad no contradiría ni al Hijo ni al Padre. Hay una mutua o mejor dicho triple dependencia entre las tres personas de la Trinidad. Pero no puede decirse lo mismo del espíritu del hombre, porque el espíritu del hombre y el hombre son una misma persona, pero el Espíritu de Dios y Dios Padre y/o Hijo son diferentes personas.

“Dios es Espíritu” (Jn 4:24). ¿Qué significa esto? Nada más que la naturaleza divina es espiritual, lo que le permite relacionarse íntimamente con todas las criaturas que creó a su imagen, también con una naturaleza espiritual, ya que nosotros también somos “espirituales” (1 Cor 2:15), y no por eso estamos desprovistos de cuerpo. “El Señor es el Espíritu”, “el Espíritu del Señor” (2 Cor 3:17), son expresiones equivalentes que dicen lo mismo. A través del Espíritu Santo, el Hijo está “en el Padre”, y “el Padre en” el Hijo, de tal manera que Jesús pudo decir, “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10:30; 14:9-11). Pero el apóstol Pablo habló en 1 Cor 15:40 que hay “cuerpos celestiales”, y como ya vimos, tanto el Padre como el Hijo tienen cuerpo o, mejor dicho, son cuerpo; como el decir tienen espíritu significa que son espíritu. Y si el Hijo está en el Padre, y el Padre en el Hijo, también están ambos en el Espíritu Santo, porque éste los personifica como Cristo al Padre, sin que sean la misma persona. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14:9).

En Cristo “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2:9). Pero él (su cuerpo humano) permanecerá en el cielo hasta que vuelva “por segunda vez” (Heb 9:28), aunque está con nosotros “todos los días hasta” ese regreso corporal final (Mat 28:20). Si, en el caso de Cristo, no se pudiese distinguir entre él y el Espíritu, ¿cómo es que vendrá por segunda vez, si está acá permanentemente hasta el final? Está acá porque, como lo dice E. de White, el Espíritu Santo lo personifica. Pero su persona está en el santuario celestial. Lo mismo puede decirse del Padre, quien está con él en el templo del cielo, a la vista de los ángeles de Dios, hasta que termine la obra de intercesión en favor del hombre.

Los redimidos “verán su rostro”, el del Padre, una vez que hayan sido sellados para siempre (Apoc 22:4). Pero nunca, que sepamos, veremos corporalmente la persona del Espíritu, y no porque no exista como persona, sino porque ésa parece ser su característica.

“La grandeza de Dios nos es incomprensible. ‘Jehová tiene en el cielo su trono’; sin embargo, es omnipresente mediante su Espíritu. Tiene un íntimo conocimiento de todas las obras de su mano y un interés personal en ellas” (Ed, 133, 1903). “Por medio de su Espíritu está presente en todas partes” (MC 326, 1905). “Por el Espíritu el Padre y el Hijo vendrán y harán morada contigo” (The Bible Echo, Jan 15, 1893; cf. Jn 14:23)). “El Espíritu Santo… personifica a Cristo, sin embargo es una personalidad diferente” (MR 20, 324 – Ms 93, 1893). “La naturaleza del Espíritu Santo es un misterio. Los hombres no pueden explicarla, porque el Señor no se las ha revelado” (Hech Apóstoles, 43, 1911).

X. La eternidad del Hijo

En la carta que preparó Cristian Silva para que los que se adhieran a su movimiento pidan la desfraternización de la iglesia supuestamente apóstata a la que pertenecen, deja espacios en blanco para poner el nombre de la iglesia de la que piden que se los desglose, así como el nombre, dirección y teléfono del hermano que ha tomado esa decisión. En el lugar en donde estoy dando conferencias en este momento han formado ya un grupo de unas 20 personas, varias de ellas seguidoras originalmente de HG, con constantes quejas, por ejemplo, del logo de la Iglesia Adventista, por presuntamente tener la forma de un triángulo. Como si por el hecho de que los paganos hayan utilizado alguna vez la figura de un triángulo, todo lo que tenga forma de triángulo deba ser pagano.

En la carta pública en donde expresan su credo que los obliga a irse de nuestra iglesia, invitan además a ir a su casa para estudiar la Biblia con ellos. No ganan almas que viven en pecado, sino que apartan las que están en la iglesia.

En el cuarto punto de su credo expresado en esa carta dice:  “Creo en Dios el Hijo, nuestro Señor Jesucristo:  Que hay un Señor Jesucristo, el único Hijo de Dios el Padre, engendrado [nacido], no creado, en los días de la eternidad, a la misma imagen de su persona y sustancia. El Hijo es Dios en naturaleza y atributos por ser el Hijo literal de Dios el Padre (Jn 1:1-3). El Padre lo constituyó heredero de todo, por tanto heredó el Nombre de Dios (Heb 1:8)”.

Digamos, antes que nada, que la palabra “engendrado” no implica en la Biblia necesariamente la negación de haber estado existiendo anteriormente. “Hijo” así como “primogénito”, son usados a menudo en la Biblia como títulos que implican un nombramiento para un cargo que representa a Dios, sin implicar que las personas así designadas no existían antes (Sal 2:7; Heb 5:5). De manera que la identificación de “engendrado” con “nacido”, aplicada al Hijo de Dios antes de su encarnación, es gratuita.

A los Testigos de Jehová, por creer que el Hijo es un dios inferior, les decimos que ni antes ni después hubo otro dios que Dios mismo. “Antes de mí no fue formado (iatsar) ningún Dios, ni lo será después de mí” (Isa 43:10). Pero Daniel y Cristian buscan distanciarse de esa posición arriana, a mi juicio infructuosamente, diciendo que por haber nacido de Dios (no creado), el Hijo recibió o heredó la naturaleza divina del Padre que es eterna, aunque en el tiempo, pretendan que el Hijo haya venido después, sin tener ningún texto bíblico ni del Espíritu de Profecía que lo pruebe, sino todo lo contrario, con un buen número de declaraciones que lo niegan. Isa 43:10 afirma que Dios no iba a formar a ningún dios después tampoco. A menos que se admita la coeternidad del Padre y del Hijo, y el hecho de que conforman una sola Deidad, Isa 43:10 niega toda otra formación divina posterior.

Nosotros somos formados (‘asah) en el vientre de nuestra madre (Sal 139:14-15). Pero Dios dice que nadie sería formado o modelado como Dios ni antes ni después de él. Esto mismo está expresado de otra manera en otros pasajes de Isaías (Isa 41:4; 44:6; 48:12), en donde el Eterno dice: “Yo Soy el primero y el último, y fuera de mí no hay Dios”.

¿Quién dijo esto? “El Eterno (Yahvé)”. ¿De qué habla el pasaje? De la eternidad de Dios, el gran Yo Soy de la Biblia, un presente eterno. ¿Puede decirse eso del Hijo (tomémoslo como título), si no fuera coeterno como su Padre? Los judíos tomaron piedras para matarlo por blasfemia cuando Jesús se aplicó ese título a sí mismo, al decir, no que “antes que Abraham fuese yo fui o existí”, como podría haberse dicho de alguien que no es eterno pero que existió antes; sino “antes que Abraham fuese YO SOY” (Jn 8:58-59; cf. Éx 3:14). Y al ver a su Sumo Sacerdote glorificado, Juan escucha también que le dice:  “Yo Soy, el Primero y el Último” (Apoc 1:17; 2:8), “el Alfa y la Omega…, el que es, el que era, y que ha de venir, el Todopoderoso” (v. 4,8; 22:12-13).

En Prov 8:25 dice de la sabiduría que personifica al Hijo:  “desde la eternidad (‘olam) tuve el principado, desde el principio”. Este “principio”, en los términos bíblicos, es una referencia a la eternidad que se expresa al comienzo de la frase, y que se aplica a Dios y a Cristo en el resto de la Biblia. “En el principio, Dios”… (Gén 1:1). Como veremos más en detalle después, “engendrado” se refiere a un título, en el caso de la sabiduría al momento en que se la reveló, sin negar que haya existido antes de ese nombramiento o revelación.

Esto mismo encontramos en Miq 5:2, donde declara que quien habría de ser Señor o gobernante en Israel nacería, sí, en Belén, pero provendría, más bien, de la misma eternidad (‘olam). La expresión, “desde los días de la eternidad”, contrariamente a lo que quieren afirmar Daniel y Cristian, es una referencia a la eternidad misma de Dios. No dice, desde un día en la eternidad, sino desde esos días de la eternidad hacia atrás que no se pueden contar. Como también lo expresa el Salmo  90:2:  “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde la eternidad (me‘olam) hacia la eternidad (ad-‘olam), tú eres Dios”. Aquí se habla de una eternidad tanto hacia atrás como para adelante.

Miq 5:2 usa también el término qedem, traducido usualmente como “principio”. “Sus salidas son desde el principio” (miqedem), como en Hab 1:12, en referencia al Eterno, y que las versiones modernas vierten a menudo, correctamente, como “eternidad”. “¿No eres tú desde la eternidad [principio], oh Señor, Dios mío, Santo mío?” Al decir Miq 5:2 que “sus salidas son desde el principio”, aclara que ese principio tiene que ver con la eternidad de Dios. La revelación de Dios, su manifestación, su sabiduría, se da desde tiempos inmemoriales, desde la eternidad, desde que Dios comenzó la creación del universo. Por eso E. de White se refiere a Dios con expresiones como “Padre eterno” e “Hijo eterno”, porque como personas, no tienen ni origen ni fin. “Hijo eterno” no significa que es eterno porque su Padre es eterno, sino porque como su Padre, su origen no se cuenta con cifras.

“Aquí [Jn 8:58], Cristo les muestra que, a pesar de que ellos podían contar su vida como de menos de 50 años, sin embargo su vida divina no es medible en números” (ST, May 3, 1899). “El Señor Jesucristo, el unigénito Hijo del Padre, es verdaderamente Dios en infinitud” (The Upward Look, 367; Ms 116, Dec 19, 1905).

Esto lo dice cuando los efectos del panteísmo de Kellog no habían podido erradicarse por completo, y agrega, “pero no en personalidad”, en referencia a la revelación que dio de sí mismo al encarnarse como una persona divino-humana para forjar la justicia que nos permitirá caminar en la tierra como él lo hizo.

XI. El conflicto entre las dos naturalezas de Cristo

Daniel Bernhardt junta varias citas de E. de White que hablan de las dos naturalezas que se combi-naron en Jesús, la divina y la humana, lo que parece querer preparar el terreno para hacer a Cristo (humano) y al Espíritu Santo (divino), la misma persona. Según él, mientras que en su naturaleza divina revestida de humanidad, Cristo habría estado en la tierra limitado en el espacio; en su naturaleza divina desencarnada que habría enviado después que ascendió al cielo, podría estar en todas partes.

Pero Cristo no vive con dos naturalezas que actúan separadas, la corporal y la espiritual. Porque en ese caso, no habría tenido necesidad de ir al cielo para estar en todos lados. Podría hacerlo estando en la tierra también. Y aunque es cierto que en la tierra, al adoptar nuestra humanidad, tuvo conflictos para mantener unidas las dos naturalezas (divino-humana), no significa que ahora él tiene su cuerpo en el cielo, y su espíritu desencarnado acá en la tierra. El Espíritu Santo le pertenece, sí, así como él le pertenece al Espíritu Santo y al Padre, ya que conforman una deidad. Y también el Espíritu lo representa y personifica en la tierra, así como al Padre (Jn. 14:23). Pero sin significar que no son personas distintas.

Será útil e inspirador considerar algunas citas que tomaré del trabajo de Daniel Bernhardt.

“La limitada capacidad del hombre no puede definir este admirable misterio:  la mezcla de las dos naturalezas, la divina y la humana. Esto nunca se podrá explicar. El hombre debe maravillarse y quedar callado. Y sin embargo, el hombre tiene el privilegio de ser participante de la naturaleza divina, y de esa manera puede, en cierta medida, penetrar en el misterio” (7 SDABC, 904 [1889]). “El trajo a su naturaleza humana todas las energías de vida que los seres humanos necesitan y deben recibir” (RH, Mayo 7, 1887). “¡Maravillosa combinación de hombre y Dios!” (RH, Abril 9 , 1900).

“No cesó de ser Dios cuando se hizo hombre. Lo humano no tomó el lugar de lo divino, ni lo divino de lo humano. Este es el misterio de la piedad. Las dos expresiones humano y divino, eran estrechas e inseparablemente una en Cristo, y sin embargo, tenían una individualidad diferente. Aunque Cristo se humilló a sí mismo para hacerse hombre, la Deidad aún le pertenecía” (ST, Mayo 10, 1899). “Él era Dios en carne humana” (RH, Marzo 26, 1901). En él “habitaba corporalmente la plenitud de la Divinidad, de Uno que era Dios mismo manifestado en carne” (CS, 28, 1911; véase Col 2:9).

“Cristo tenía dos naturalezas, la naturaleza del hombre y la naturaleza de Dios… y manteniendo cada naturaleza separada, le dio al mundo una representación del carácter de Dios y de un hombre perfecto” (The General Conference Bulletin, Oct 1, 1899). “La naturaleza divina… no estaba humanizada, ni tampoco la humanidad fue divinizada por la unión de las dos naturalezas, cada una retuvo su carácter esencial y propiedades… La naturaleza divina, unida a la humana, hizo que él fuera capaz de resistir las tentaciones de Satanás” (16 MR 1211, 183 [1890]). “Él trajo a su naturaleza humana todas las energías de vida que los seres humanos necesitan y deben recibir” (RH, Abril 9, 1900).

“La Deidad no se hizo humana, ni lo humano se hizo divino por la unión de estas dos naturalezas. Cristo no poseía la misma deslealtad pecaminosa, corrupta y caída que nosotros poseemos, pues entonces él no podría haber sido una ofrenda perfecta” (3 MS 148, 1893; véase 2 Ped 1:4). “Tomó la naturaleza humana, tomó la forma del hombre, y sus necesidades fueron las necesidades del hombre” (Maranata, 84; RH, Oct 10, 1900). “Con clamores y lágrimas rogó al Cielo que fortaleciese su naturaleza humana…” [Jn 13:15 citado] (MC 401, 1915). “Si todos pudieran entender las profundas pruebas y desánimos que vinieron a la naturaleza humana de Cristo en su misión” (RH, Oct 5, 1897). “Su naturaleza humana rehuía el conflicto que le aguardaba” (DTG, 93, 1898). “Temía que su naturaleza humana no pudiese soportar el conflicto venidero con las potestades de las tinieblas” (DTG 638-9). “Para el Príncipe de la vida fue una tarea difícil llevar a cabo el plan que había emprendido para la salvación del hombre al revestir su divinidad con humanidad… [Debió resistir la “inclinación”] de usar su poder [divino] para librarse de la amenaza y así triunfar sobre el poder del príncipe de las tinieblas” (RH, Abril 1, 1875). “La naturaleza humana del Hijo de Dios vaciló” en el Getsemaní. “La naturaleza humana habría entonces muerto allí bajo el horror de la presión del pecado, si un ángel del cielo no hubiera fortalecido a Cristo para que soportara la agonía” (5 CBA, sobre Mat 26:36-46 [1915]).

“Pero la naturaleza de Cristo tenía una capacidad mayor para sufrir, pues lo humano existía dentro de la naturaleza divina” (5 CBA, sobre Mat 26:36-46 [1915]). “Tomó la naturaleza humana y venció en esa naturaleza las tentaciones del enemigo” (7 CBA, sobre Heb 4:14-16; Ms 42, 1901). “Él veló su divinidad con humanidad, pero no se separó de su divinidad” (RH, Junio 15, 1905). “Mientras, como miembro de la familia humana, era mortal, como Dios, era la fuente de la vida para el mundo. Hubiera podido resistir el avance de la muerte y rehusar ponerse bajo su dominio; pero voluntariamente puso su vida para sacar a luz la vida y la inmortalidad” (DTG, 449 [1898]).

En estas citas vemos que la lucha de Cristo en su condición humana, tuvo que ver con el manteni-miento de sus dos naturalezas unidas, la divina y la humana. Y al vencer en ese objetivo, mantendrá esas dos naturalezas unidas por toda la eternidad, como garante de nuestra redención eterna. Porque Dios no lo prestó a la humanidad, sino que “de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3:16). Por esa razón, al ascender al cielo, no separó su cuerpo humano de su divinidad, enviando su espíritu divino sin el cuerpo que supuestamente habría quedado en el cielo. El Espíritu Santo que el Padre envía en el nombre de Jesús, lo personifica pero sin hacer del Hijo dos personas, la segunda y la tercera.

XII. “Vida original, no prestada, no derivada”

Fue hacia finales del S. XIX que E. de White escribió en el libro DTG, cuando ya muchos pioneros semiarrianos habían muerto, (inclusive su esposo), lo siguiente al comentar la declaración de Jesús cuando dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”.  “En Cristo hay vida, original, no prestada (unborrow-ed), no derivada” (DTG, 489 [530 inglés]. Bernhardt y Silva argumentan que al decir “no prestada”, significa que la recibió del Padre, y como la vida del Padre no es derivada, el Hijo recibió esa vida no derivada del Padre. Para ello recurren a Jn. 5:26 que dice que “como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo”.

Respondamos que ésta es una clara referencia a la encarnación de Cristo, para probar que al encarnarse para poder dar su vida por los pecadores (Mar 10:45), el Padre había determinado que no perdiese la facultad de tener vida en sí mismo, es decir, que no dejase de ser Dios en la carne humana.

Daniel B. traduce Jn. 10:18 en forma forzada, algo que las versiones no suelen hacer ni E. de White al citar el pasaje. Su traducción es: “Yo pongo mi vida para volverla a recibir”. Hasta allí podríamos seguirlo, aunque el contexto va en la dirección en que suelen traducirlo las versiones modernas, “to-mar” en lugar de “recibir”. Porque de lo contrario, lo que sigue no tendría sentido:  “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”.

¿Por qué “tomar” en lugar de “recibir”? Porque no tiene sentido decir que tiene “poder” para volver-la a recibir. Esa es una acción dependiente de quien vaya a dársela. El que tiene el poder, en ese caso, es el que la da. Pero como lo confirma E. de White, el Hijo tenía poder no sólo para deponer su vida, sino también para volverla a tomar.

Una vez más, recibió ese mandamiento del Padre en el contexto de su encarnación. Como lo explica en varias citas E. de White, el Hijo no dejó de ser Dios para ser hombre. El es Emanuel, “Dios con nosotros”. Su divinidad y su humanidad se combinaron para ser tanto Hijo de Dios como Hijo del Hombre. Pero al asumir su humanidad, no recurriría a su divinidad en beneficio propio, porque de
lo contrario no podría ser nuestro Salvador. Debía ser en todo semejante a nosotros, aunque “sin pecado” (Heb 2:14,17; 4:15).

Otro argumento de Daniel Bernhardt es que nosotros recibimos también esa vida original, no derivada, que tiene el Hijo. Pero en esa declaración E. de White hace una clara diferencia entre Cristo y nosotros. Mientras que en Cristo esa vida original no derivada es inherente a su persona (lo que significa que ni siquiera la deriva del Padre), en el caso nuestro nos es impartida por gracia.

“El hombre no tiene dominio sobre su vida. Pero la vida de Cristo no era prestada. Nadie podía quitársela. ‘Yo de mi mismo la pongo’ (Jn 10:18), dijo él. En él estaba la vida, original, no prestada, no derivada. Esa vida no es inherente en el hombre. Puede poseerla sólo mediante Cristo. No puede ganarla; le es dada como un don gratuito” (cita Jn 17:3) (1 MS 349-350; ST, Abril 8, 1897).

XIII. Juan 5:26; 10:17-18

¿Cómo entendemos, en este contexto, la declaración de Jn 5:26? ¿Tiene el Hijo vida en sí mismo porque el Padre se la dio, según la interpretación de nuestros amigos? No. Sino que el Padre dio al Hijo la facultad de tener vida en sí mismo al asumir su condición humana. Es lo que veníamos considerando en las citas de E. de White, que el Hijo no dejó de ser Dios al asumir la naturaleza humana, no perdió esa facultad de tener vida en sí mismo. Este hecho resalta más fuertemente en Jn 10:17-18, cuando dice que el Hijo tiene poder para deponer su vida, y para volverla a tomar. Si el Hijo no hubiera estado dispuesto a entregar su vida en sacrificio por el pecado, ni los hombres ni el mismo diablo habrían podido quitársela.

¿Cómo es que Jesús murió, y tuvo poder para volver a tomar esa vida que había depuesto? Porque murió su naturaleza humana, no su naturaleza divina. Y fue la naturaleza divina de Cristo la que levantó esa naturaleza humana que depuso.

“Cuando Cristo fue crucificado, su naturaleza humana fue la que murió. La Deidad no disminuyó ni murió; esto habría sido imposible” (5 SDABC, 1113 [1904], véase Hech 2:24). [Y al morir su humanidad, su a divina no permitió que su cuerpo humano viese corrupción (Hech 2:31)].

“El Salvador salió de la tumba por la vida que había en él mismo. Quedó probada la verdad de sus palabras: ‘Yo pongo mi vida para volverla a tomar… Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Entonces se cumplió la profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes: ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’”. “Sobre la tumba abierta de José, Cristo había proclamado triunfante:  ‘Yo soy la resurrección y la vida’. Únicamente la Divinidad podía pronunciar estas palabras… Únicamente el que es uno con Dios podía decir:  Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tomarla de nuevo. En su divinidad, Cristo poseía el poder de quebrar las ligaduras de la muerte” (DTG, 730 [1898]). “Él tiene vida en sí mismo… Está investido con el derecho de dar la inmortalidad. La vida que él depuso, la vuelve a tomar y la da a la humanidad” (DTG, 731-2).

¿Cómo puede ser esto? Algunos han tratado de explicarlo diciendo que la divinidad permaneció latente en el cuerpo humano, muerto, de Cristo. Pero no lo sabemos, como no podremos nunca saber cómo la divinidad se unió a un niño pequeño e indefenso que nació en Belén. Tal vez el secreto descanse en la naturaleza espiritual divina que interconecta al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y de lo que no podemos entender porque no somos Dios, ni se nos lo ha revelado (véase Luc 1:35; Rom 8:11; Heb 13:20).

“¿Cómo podría ser que el niño indefenso del pesebre de Belén siguiera siendo el divino Hijo de Dios? Aunque no podamos entenderlo, podemos creer que Aquel que hizo los mundos, por causa de nosotros se convirtió en un niño indefenso. Aunque era más encumbrado que ninguno de los ángeles, aunque era tan grande como el Padre en su trono de los cielos, llegó a ser uno con nosotros. En él, Dios y el hombre se hicieron uno, y es en este acto donde encontramos la esperanza de nuestra raza caída. Mirando a Cristo en la carne, miramos a Dios en la humanidad, y vemos en él el brillo de la gloria divina, la imagen expresa de Dios el Padre” (Exaltad a Jesús, 70, 1895).

XIV. “Primer nacido” (primogénito) y “fui engendrada”

El pasaje que tal vez más resalta en la argumentación antitrinitaria que estamos considerando, es el de Prov 8:22ss, donde Salomón personifica la “sabiduría”, y declara que fue engendrada antes de la creación del mundo y de los cielos, de tal manera que Dios la poseía desde el principio. Si a esto sumamos la declaración de Pablo en Col 1:15, “el primogénito de toda creación”, y Apoc 3:10, “el principio de la creación de Dios”, el cuadro está completo para negar lisa y llanamente la Trinidad. Estos hermanos antitrinitarios jóvenes, sin embargo, no dicen como otros arrianos que Dios creó al Hijo, sino que el Hijo fue engendrado, nació, antes de crearse el universo.

No necesitamos insistir en detalle algo bien sabido por todos los pastores adventistas, y es que el término “primogénito” es empleado en la Biblia varias veces sin un sentido literal, sino para referirse a
un derecho que puede ser obtenido aún sin ser primogénito. Esto pareciera no entenderlo Daniel Bern-hardt, quien destaca que Cristo pasó a ser el primogénito antes de su encarnación. Pero veamos. Jacob recibió el derecho que le correspondía al primer nacido en relación con la herencia, aunque no hubiese nacido primero. David tampoco nació primero, pero Dios lo eligió como primogénito para ocupar la preeminencia en medio de su pueblo (Sal 89:20-27). En ese sentido, el Israel de Dios del Antiguo Testamento y el Israel de Dios del Nuevo Testamento, son incorporados dentro de la categoría de “primeros nacidos”, también con el sentido de recibir la herencia que corresponde a quien realmente tiene el derecho de la primogenitura y la preeminencia sobre todos los hermanos, Cristo Jesús (Éx 4:22; Heb 12:23).

De manera que, si se quiere atribuir esa característica de “primogénito” en el Hijo a una época ante-rior a su encarnación, lo más que puede inferirse es que el Padre determinó en su concejo trinitario, que su Hijo fuese el principal sobre toda su creación. Este es el sentido que le da Pablo cuando agrega, “para que en todo tenga la preeminencia” (Col 1:18). Y esto, no sólo por creación (v. 16-17), sino también por redención. Apoc 3:10 habla, no del primer ser creado (algo en lo cual nuestros amigos felizmente concuerdan), sino del que comenzó la creación.

Por otro lado, entre los rabinos era normal referirse a Dios como el primogénito de la creación divi-na, como está atestiguado en la literatura judía posterior (Strack & Billerbeck III 626 apud 6 TDNT 878 n44). Esto es significativo porque nos muestra cómo se entendía el término “primogénito” en los días de Pablo. Además, Pablo usa el mismo término, “primogénito de la creación” para referirse a Cristo, lo que es una prueba indiscutible de su identificación con Dios, de su deidad y preexistencia eterna. El término “primogénito” se aplica, así, a Dios en su carácter de “Primero y Último”, como ya vimos, como una referencia a su carácter eterno, sin darle a esa expresión un sentido literal.

XV. Monogenés (Jn 3:16)

Se ha discutido y se sigue discutiendo sobre si monogenés significa “unigénito” o “único en su género”. En Heb 11:17 es indiscutible que se refiere a “único en su género”, porque Abraham tuvo más de un hijo. De manera que en Jn 3:16, su significado más directo parecería ser “hijo único” también, no en el sentido de haber sido engendrado, sino en naturaleza. De nuevo, el pasaje se refiere a la encarnación del Hijo de Dios, y aunque quisiera remontarse esa expresión a la eternidad pasada, con el sentido de “unigénito”, no tendría problemas tampoco, dado que según veremos luego, Dios se refirió a David al ser ungido rey, y a Jesús después de resucitar, como habiéndolos engendrado en ese día como hijos, sin que eso significase que no habían estado viviendo antes.

Pero, ¿qué decir de la personificación de la sabiduría que fue engendrada antes de la creación del universo, según Prov 8:24-25, y que, correctamente, los jinetes que han intentado emprender una marcha antitrininaria en nuestra iglesia, aplican a Cristo?

XVI. La personificación de la “sabiduría”

En primer lugar, digamos que era común en los pueblos antiguos personificar el bien y el mal. Así, entre los cananeos personificaban la muerte con el dios Mot (muerte y dios de la muerte eran a menudo identificados). De allí es que el pasaje de Salomón que habla del amor como siendo tanto o aún más fuerte que la muerte, pueda interpretárselo como siendo no sólo más fuerte que la muerte, sino aún que Mot, quien se había asentado en este mundo como dios de la muerte, como aquel que tenía el imperio de la muerte (Cant 8:6; Heb 2:14). Y eso se probó con el Hijo de Dios quien personificó el amor divino (véase 1 Jn 4:8), a tal punto que destruyó no sólo la muerte, sino también a su autor. De igual manera los cananeos personificaron “la peste” o enfermedad, y el “contagio”, de lo cual únicamente Dios podía librarlos (Sal 91:6).

Fue también Salomón quien personificó “la sabiduría”, como después Juan por revelación divina, personificaría el logos, “la Palabra” o “Verbo” (según la versión Reina Valera). Pero debemos tener cuidado de no ir demasiado lejos en esa personificación de “la sabiduría” o “la palabra”. Por ejemplo, ¿vamos a inferir que toda palabra es literalmente Cristo, o toda expresión sabia fue engendrada antes que fuese creado el universo? ¿Será que antes de engendrar supuestamente al Hijo Sabio, Dios no tuvo cerebro? Ya que el texto dice que el Eterno la poseía “desde el principio”.

Hay mucho para decir con respecto a la descripción de Prov 8:22ss. sobre la sabiduría. Para no extendernos, enumeremos algunas cosas.
1. La personificación de Lucifer en la descripción del rey de Babilonia (“príncipe de este mundo”: Jn 12:31; 14:30), no puede aplicarse literalmente en cada punto a Lucifer, ya que el texto sigue descri-biendo intercambiadamente su prototipo, el rey de Babilonia (Isa 14).
2. La personificación de Dios en el trono de David tampoco puede aplicarse literalmente en cada punto a Dios, ya que a menudo, los reyes que se sentaron allí malrepresentaron la figura escogida por Dios para revelarse a su pueblo y al mundo (1 Crón 29:23; véase Sal 82).
3. La palabra “engendrar” se aplica no necesariamente a alguien que fue concebido, sino a alguien que es nombrado para ocupar un cargo. Así, en el Sal 2, David es engendrado como hijo de Dios (v. 7), cuando fue ungido por Dios (v. 4) para representarlo ante su pueblo como rey. En su proyección tipológica, ese pasaje se aplica a Jesús cuando fue coronado rey-sacerdote según el orden de Melquisedec, luego de ascender al cielo (Heb 5). En este contexto, Dios habría determinado en sus concilios eternos, que la segunda persona de la Deidad personificase la sabiduría divina como Creador.

4. La palabra “principio”, como ya vimos, está ligada a la palabra “eternidad” (Prov 8:22-23). En este contexto, hay que destacar que la revelación divina no habla de Dios como un ser atemporal, porque eso sería sacarlo de la existencia. No se nos reveló todavía, y no sabemos si alguna vez se nos revelará toda la dimensión de ese “principio”. “En el principio Dios…” (Gén 1:1).

Es “eterno”, pero no sabemos cómo es posible eso, porque a diferencia de Dios que no tuvo princi-pio, nosotros sí lo tenemos, y no podemos imaginarnos algo que está fuera de lo único que conocemos. Nuestra lógica allí toca su fin, porque no podemos tener otros aspectos de referencia. De allí es que prefiero hablar con muchos hoy de “omnitemporalidad” en lugar de “atemporalidad”. Dios abarca la totalidad del tiempo, si de totalidad se puede hablar realmente ya que no hay ni comienzo ni fin. “De eternidad a eternidad, tú eres Dios” (Sal 90;2). “Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último” (Apoc 3:11), de nuevo, en referencia a la eternidad de Dios expresada en términos limitados como pueden ser los nuestros.
5. La expresión “Padre Eterno” (Isa 9:6). No dice “Padre, Eterno”, sino que se trata de una sola palabra compuesta que es un nombre propio: abiyad, sin género ni número ni estado, lo que implica una paternidad eterna. Y así como se determinó que el Hijo muriese “desde antes de la fundación del mundo” (Apoc 13:8), así también se determinó en los concilios inmemoriales divinos que la segunda persona de la Deidad se revelase como Hijo Eterno, o eternamente engendrado, o mejor dicho, eternamente nombrado para ser el primero, el que tuviese en todo la preeminencia tanto por creación como por redención. Por eso dice E. de White que “desde la eternidad [Cristo] era el mediador del pacto” (RH, Abril 5, 1906). Y de la misma manera la Epístola a los Hebreos hablará del “pacto eterno” (Heb 13:20).

Los términos “padre” e “hijo” se aplican a personas, a menudo en forma figurada, para hablar de relación, de rasgos, características, naturaleza. “Hijos del trueno”, “hijo de consolación”, etc. La característica de Padre Eterno e Hijo Eterno puede aplicarse a Cristo también, porque es Dios desde la eternidad, sin principio ni fin como su Padre.

Ampliemos un poco más algunos conceptos. La personificación de la peste y hasta de la misma muerte que los cananeos endiosaban como dioses-demonios, no podía alabar a Dios, por supuesto, ni tener nada que ver con él (Isa 38:18). Por el contrario, la personificación de la sabiduría no podía honrar a un dios-demonio, al diablo mismo para decirlo claro. Y el hecho de que el texto de Salomón diga que el Eterno la poseía, y que fue engendrada, habla de dos personas como los otros pasajes de David, padre de Salomón, y de la visión de Zacarías. “Dijo el Señor a mi Señor” (Sal 110:1), “Dijo el Señor a Satanás: ‘El Señor te reprenda…” (Zac 3:2).

En el caso de la “sabiduría” que se engendra (personifica, nombra, establece), su engendramiento puede hacer referencia no solamente a la determinación divina de crear el universo con el nombramien-to o designación del Hijo eterno como siendo el primero en importancia por ser el Creador (Col 1:16; Heb 1:2), de manera que en todo tuviese la preeminencia entre los hijos creados a imagen de Dios. Puede también referirse a la determinación divina de revelarla al mundo en la encarnación y muerte expiatoria de su Hijo para salvar esta creación y salvaguardar el resto del universo (Col 1:20). Esa “sabiduría”, dirá Pablo, iba a permanecer oculta desde tiempos remotos hasta que fuese revelada con la aparición del pecado (Ef 3:9-11). De la misma manera en que se presenta esa sabiduría como habiendo sido engendrada antes de la creación del mundo y del universo, así también los apóstoles se refirieron a la muerte de Cristo como habiendo sido cumplida en los designios de Dios antes de la fundación del mundo (Ef 1:4-5; Apoc 13:8; 17:8). Así también E. de White declarará que “desde la eternidad [Cristo] era el mediador del pacto” (RH Abril 5, 1906; Heb 13:20).

De manera que, ¿dónde está el texto que diga que hubo una vez en la eternidad en la que la segunda persona de la Deidad no había existido como una persona diferente del Padre? En ningún lugar. Contrariamente, según ya vimos, los textos bíblicos y del Espíritu de Profecía abundan sobre la Eternidad no sólo del Padre, sino del Hijo también, como dos personas distintas.

XVII. Diferencias en la misma terminología cuando es aplicada a Cristo

Ahora bien, nuestros amigos antitrinitarios usan muchas citas de la Biblia y del Espíritu de Profecía que contienen términos iguales o equivalentes para referirse al Hijo y a nosotros, los “hijos adoptivos”, según dirá Pablo en Rom 8. Pero no parecen percatarse que si bien Dios nos dio al Hijo como modelo, hay siempre una diferencia muy grande entre él y nosotros. Es nuestro hermano mayor, sí, pero cuidado, no lo hagamos demasiado igual, porque vino en semejanza de carne de pecado y fue tentado en todo, como nosotros, pero sin pecado. El nos enseñó a orar diciendo:  “vosotros, pues oraréis así, ‘Padre nuestro que estás en los cielos'”. Debemos recordar que Dios no es sólo mío, sino también del hermano o prójimo con quien tengo problemas. Pero Jesús nunca oró así, sino que hizo siempre la diferencia diciendo:  “subo a mi Padre, y a vuestro Padre” (Jn 20:17). Su identidad con el Padre era única.

Así también, Jesús vino a compartir su divino poder con nosotros para que participemos “de la naturaleza divina” que actuó en él para vencer el pecado, de tal manera que nosotros también podamos vencer “la corrupción que está en el mundo por causa de los malos deseos”, debido a nuestra propensión al mal. Y aunque en Cristo, el Espíritu le fue dado sin medida porque su misión en la tierra lo exigía (Jn 3:34; Col 1:19), y aunque el Padre no restrinja su Espíritu arbitrariamente a los que somos adoptados como hijos en Él, ya que quiere compartir con nosotros de su plenitud;  sólo en Cristo habita la plenitud de la Deidad corporalmente (Col 2.9).

Nosotros pasamos a ser “hijos” de Dios cuando tenemos capacidad para pensar y tomar decisiones, bajo la influencia del Espíritu Santo quien engendra una nueva vida y nos hace hijos de Dios (Jn 3). Pero Jesús fue llamado “Hijo de Dios” porque fue engendrado por el Espíritu Santo en su concepción carnal (Luc 1:35), sin que hubiese intervenido varón. También se nos llama hijos de Dios por el bautismo (Jn 3:5), pero ninguna paloma descendió sobre ninguno de nosotros con la voz de Dios diciendo:  “Este es mi Hijo Amado…” (Mat 3:17). Jesús fue llamado “Hijo de Dios con poder”, cuando Dios lo levantó de entre los muertos (Rom 1:4). Así  también nosotros seremos llamados “hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Luc 20:36).

Así podríamos seguir comparando y marcando diferencias. Pero estos ejemplos deben precavernos como para no usar las semejanzas en figuras, términos y hechos, como para limitar o menoscabar en alguna medida, la Deidad y eternidad del Hijo de Dios.

XVIII. La encarnación de la Palabra

Nuestros amigos antitrinitarios creen que el Logos, esto es, la “Palabra” (o Verbo), igual que la “Sabiduría”, provienen de Dios el Padre, y por esa razón es eterna. Daniel Benhardt llega a traducir Jn 1:1 como “Dios era la Palabra”, mientras que todas las otras versiones modernas traducen “la Palabra era Dios”, y como tal la usó también E. de White. Pero eso no cambia nada. ¿Que Dios estaba en la Palabra, y que por eso era Dios? En el mismo capítulo se nos dice que “la Palabra se hizo carne” (v. 14), y eso es lo mismo que decir que Dios se encarnó en la humanidad en la persona de su Hijo, de tal manera que debía llamárselo Emanuel, “Dios con nosotros”.

Los Testigos de Jehová hablan de un dios inferior, como los arrianos en el S. III. Destacan también el hecho de que Dios llamó “dios” o “hijo de Dios” a otros hombres en la antigüedad (Jn 10:34; Sal 82:6; Éx 4:15-16,22-23; 7:1; 21:6: ’elohim: jueces, etc). Y aunque Daniel y Cristian tratan de distan-ciarse en algo de esa posición arriana, no pueden negar que la deidad del Hijo que proponen es también inferior, y más parecida a lo que Dios dijo de nosotros. Porque la conectan con orígenes en tiempo, y declaran que la deidad del Hijo se debe a su procedencia y al hecho de que Dios mismo está en él. Por eso hay que resaltar delante de ellos que su semejanza con nosotros tiene también diferencias, y no podemos dar a las ilustraciones bíblicas, a su terminología, alcances que la Biblia no da.

Ya vimos la diferencia que hay entre Jesús como Hijo de Dios, y nosotros como hijos de Dios “por adopción” (Rom 8). Veamos algunas diferencias más. “El Logos (Palabra) de Dios vino [egéneto]” (Jn 10:35) a los reyes (1 Sam 10:6,10), profetas (2 Sam 7:4-5 [LXX: egéneto]; 1 Rey 13:20 [LXX: egéneto]; 16:1 [LXX: egéneto]; 17:2,8 [LXX: egéneto]; 18:1 (LXX: egéneto], etc) y sacerdotes profetas (Eze 1:3: LXX: egéneto logos]; también en 6:1; 7:1; 11:14, etc), de tal manera que la gente debía escuchar sus mensajes como si Dios hablara, ya que Dios prometió estar en la boca de sus mensajeros (Éx 4:12,15-16). “Como si Dios rogase por medio nuestro” (2 Cor 5:20), dirá Pablo. Pero Jesús “era la Palabra” (Jn 1:1), porque aunque interactuaba con su Padre y con el Espíritu Santo en una triple dependencia divina, era la misma Palabra divina encarnada. Y los que lo seguían debían permanecer en su Palabra (Jn 5:24; 8:31).

Nosotros fuimos creados a imagen de Dios, conforme a su semejanza (Gén 1:26-27). Pero Jesús era “la imagen expresa” de Dios (Heb 1:3; véase Col 1:15). Él es, como lo captó bien E. de White, el “Hijo Eterno” del “Padre Eterno”, uno con Dios como una persona distinta pero ligado en carácter y propósitos desde toda la eternidad.

XIX. Daño teológico antitrinitario

Algunos podrían  preguntarse, después de todo, ¿qué importa si hay quienes creen en la Deidad de una o dos, en lugar de tres personas que conforman la Deidad? ¿Será que para satisfacer a unos y a otros, deberíamos darles el gusto y preguntar a los catecúmenos en nombre de quién o quiénes desean bautizarse, y acortar la fórmula trinitaria de Mat 28 para los antitrinitarios más cascarrabias?

1) Primero de todo debemos decir que el error siempre traerá sus secuelas negativas no importa cuán fácil o difícil pueda ser para algunos verlas o anticiparlas. La verdad que Dios nos ha confiado se integra como en una cadena en la que ninguno de sus eslabones puede ser puesto a un lado sin conse-cuencias perjudiciales (parafraseando a E. de White). Esa verdad es “compacta”, y todo intento de perforación o quebradura a la solidez de la doctrina producirá daños que, tarde o temprano, aparecerán a la vista hasta de la manera más inesperada.

2) El hecho mismo de que la negación de la Trinidad se presente como un ataque a la misión de nuestra iglesia, revela su procedencia no divina. Porque la pretensión de renunciar a la membrecía de la Iglesia Adventista por bautizar en el nombre de las tres personas de la Deidad como aparece en los evangelios, es un atentado contra la misión de la iglesia a la que Cristo confirió la tarea de ir por todo el mundo predicando el evangelio, bautizando de acuerdo a esa fórmula trinitaria bíblica. Y como esa fórmula trinitaria para el bautismo fue corroborada por el Espíritu de Profecía, tal atentado afecta ya la doctrina bíblica de los dones que Dios puso en su iglesia, más definidamente aquí, el don de profecía. Eso no se arregla procurando seleccionar citas, sino aceptando todo el consejo inspirado.

3) Pero, ¿acaso los apóstoles, según el libro de los Hechos, no bautizaban sólo en el nombre de Jesús? No estoy tan seguro. Ellos enfatizaron el nombre de Jesús porque era el único cuestionado en sus días. La verdad presente de sus días tenía que ver con levantar “a Cristo, y a éste crucificado” (1 Cor 2:2). El evangelio era, sobre todo, el evangelio de Cristo. Pero a la hora misma de bautizar, no creo que los apóstoles hubiesen eliminado la fórmula trinitaria de Mat 28, porque era un mandato del Señor.

Para la gente en aquel entonces no era problema aceptar a Dios como Padre, ni tampoco al Espíritu Santo. Pero el Hijo era un ser humano, y había que explicarles el evangelio de Cristo, contar su historia… En Hech 19:1-6 se cuenta el caso de ciertos discípulos de Juan a quienes debieron los apóstoles explicarles quién era el Espíritu Santo, y que el Mesías anunciado por Juan ya había venido, por lo que los bautizaron en el nombre de Jesús, a quien les faltaba reconocer.

En efecto, no se trataba de decir que debían bautizarse en el nombre del Padre, del Espíritu Santo, y de E. de White. Tampoco correspondía bautizar en el nombre del ángel Gabriel. Tenía que ser uno igual al Padre y al Espíritu Santo. El punto bajo discusión era la persona de Cristo a quien el Espíritu Santo había venido a confirmar como siendo el Mesías Prometido, alguien que estaba a la altura de la Deidad. De manera que el bautismo en nombre del Hijo involucraba a las otras dos personas de la Trinidad. Pero el bautismo que algunos proponen hoy en el nombre de Jesús solamente, o aún del Padre, sin incluir “la tercera persona de la Deidad”, implica un rechazo a una o dos personas de la Deidad. Y eso es negar una verdad bíblica, que se define como doctrina de la Trinidad.

4) Todo intento de disminuir el carácter eterno del Hijo de Dios en igualdad con el Padre, sea abiertamente o encubiertamente haciéndolo parecer igual sin serlo realmente, rebaja el carácter de Dios, y desmerece la doctrina de la expiación, de la justificación por la fe, del sacerdocio celestial de Cristo y de allí, de todo el sistema compacto de fe que Dios nos legó…

a) No podríamos ver la justicia de Dios en la muerte vicaria de Cristo (Rom 3:21-26). En el caso de que Jesús hubiera “nacido” literalmente de Dios, como se nos propone ahora, o aún creado como pretendieron los arrianos, y de allí en ambos casos, de hacer a Cristo un dios de alguna manera inferior, la expiación del Hijo literal o por creación revelaría la injusticia del Padre, no su justicia.

Digámoslo claro de entrada. Desde un punto de vista penal, la muerte de un justo por un injusto es inaceptable. Por más buena voluntad que tuviese el Hijo de dar su vida por gente injusta, ¿qué clase de Padre es ése que consiente en tremendo acto de injusticia para con su Hijo? Y por más amor que pudiésemos sentir del Padre hacia nosotros, hijos por creación pero descarriados, ¿cómo es posible que para salvarnos, permita que su Hijo las pague todas por nosotros, y arriesgue tanto?  ¿Por qué no vino a padecer él mismo, en ese caso?

Así, se comienza a divorciar la justicia del Hijo de la justicia del Padre. Mientras que en la cruz podríamos ver el gran amor del Hijo, el hecho de percibir a Dios como injusto por hacer padecer a su Hijo nos llevaría, tarde o temprano, a dudar realmente de su amor. ¿No se le ocurriría hacer o permitir una injusticia semejante, alguna vez en lo futuro, y en donde nosotros podamos vernos involucrados de alguna manera? El plan de Dios para la redención humana debía traer seguridad y redención eternas a todo el universo (Col 1:20), de tal manera que ninguna duda quedase de su amor y justicia, y la paz eterna fuese garantizada como para que nadie más en toda la eternidad, pretendiese probar un camino diferente al que Dios trazó para sus criaturas.

Por eso el Hijo debía ser Dios y desde siempre, de la misma manera que el Padre, en igualdad de condiciones, no por heredar presuntamente el Nombre de Dios por haber nacido de él en algún punto de la eternidad, como se pretende. Su decisión de dar la vida por un mundo perdido podía ser aceptable únicamente en igualdad de condiciones para con Dios. La decisión de ofrecer la vida del Hijo en sacrificio por el pecado, llevada a cabo en los concilios trinitarios, debía ser un acto en donde todo el universo pudiese ver “la justicia de Dios” (Jn 3:21ss), no la del Hijo sólo ni la de ningún otro, sino de la misma Deidad. Sólo bajo un contexto tal de igualdad del Hijo para con el Padre no se puede inculpar al Padre por el sacrificio de su Hijo, ya que no solamente se ofreció ese Hijo voluntariamente, sino que en ese ofrecimiento se involucró la entrega del mismo Padre, de las tres personas de la Deidad.

“El trono de Dios no debía llevar ninguna mancha de crimen, ninguna mancha de pecado. En los concilios celestiales, antes que el mundo fuese creado, el Padre y el Hijo hicieron un pacto juntos para que si el hombre probaba ser desleal a Dios, Cristo, UNO CON EL PADRE, tomaría el lugar del transgresor, y sufriría la pena de la justicia que debía caer sobre él” (6 SDABC, 1070).

b) Ninguna persona creada ni nacida ni derivada del Padre podría expiar el pecado. Por esa razón Dios no pudo aceptar que Abraham sacrificase a su hijo Isaac (Gén 22). Tampoco podía ningún ser humano que Dios hiciese de barro otra vez, ni siquiera un ánge,l ofrecer su vida por la raza perdida, porque en ese caso habríamos visto la justicia de un hombre o de un ángel, no la de Dios.

“El poder de un ángel no podía hacer expiación por nuestros pecados. La naturaleza angélica unida a la humana no podía ser tan costosa y elevada como la ley de Dios. Únicamente el Hijo de Dios podía presentar un sacrificio aceptable. DIOS MISMO SE HIZO HOMBRE, y soportó toda la ira que el pecado había provocado. El problema de cómo Dios podía ser justo y aún justificar a los pecadores, desconcertaba a toda inteligencia finita. SÓLO UNA PERSONA DIVINA PODÍA MEDIAR ENTRE DIOS Y EL HOMBRE” (YI, 08-31-87, 8).

“Ningún hombre o ángel del cielo podría haber pagado la penalidad del pecado. Jesús era el único que podía salvar la rebelión del hombre. En él, la divinidad y la humanidad se combinaron, y esto fue lo que dio eficiencia a la ofrenda de la cruz del Calvario” (1 SM 322).

“La perfección angélica fracasó en el cielo. La perfección humana fracasó en el Edén, el paraíso de felicidad. Todo el que desee seguridad ya sea en la tierra como en el cielo, debe mirar al Cordero de Dios” (ST 12-30-89, 4).

“Únicamente mediante los méritos de AQUEL QUE ERA IGUAL CON DIOS, podía restaurarse la raza caída” (The Messenger, 04-26-93, 5). “Fue la plena y libre aceptación de la penalidad del Salvador lo que hizo su sacrificio completamente aceptable en todo punto” (ST 08-22-00, 8).

“Los ángeles se postraron a los pies de su Comandante y se ofrecieron para llegar a ser un sacrificio por el hombre. Pero la vida de un ángel no podía pagar la deuda; sólo Aquel que creó al hombre tenía poder para redimirlo” (PP 64).

“Ningún ser finito podía hacer expiación…, únicamente la Deidad podía acabar con el pecado” (Carta 23, 1873, en Our High Calling“, 44).

Y sucedió lo que cuenta el apóstol Pablo en Filip 2:6-11.

c) Se afecta el gran plan de Dios para la redención del hombre.

“Si los hombres rechazan el testimonio de las Escrituras inspiradas con respecto a la Deidad de Cristo, es en vano argüir con ellos, porque ningún argumento, por más convincente que sea, los podrá convencer [1 Cor 2:15 citado]. Ninguno que sostenga este error puede tener un concepto verdadero del carácter o la misión de Cristo, o del gran plan de Dios para la redención del hombre” (GC [1888] 524).

Esto es tan válido en referencia a la Deidad del Hijo ante quienes la rechazan abiertamente, como ante los que pretenden que se trata de un dios de alguna manera inferior. Justamente en el mundo teológico muchos rechazan la doctrina de la expiación vicaria como un acto horrendo y aberrante, como si para satisfacer a Dios, su Hijo tuviese que morir en forma cruenta. Y convengamos en que lo que ocurrió en la cruz fue algo vergonzoso y ultrajante. ¡Pero gracias a Dios que ocurrió! Porque allí vemos a Dios mismo ocupando nuestro lugar, y nos maravillamos de tan grande amor, así como de la revelación de tan grande sabiduría que se mantuvo en oculto por épocas inmemoriales, y así como de su justicia al dar al pecado su justo merecido.

La doctrina de la intercesión de Cristo en el santuario celestial se vería también dañada si se hace al Hijo engendrado o nacido literalmente en algún punto de la eternidad, porque su sangre no reportaría honra al Padre que lo entregó injustamente por nosotros, que aceptó una transacción tan injusta como esa en el caso de no haber sido Dios en todo el sentido de la Palabra. Sólo alguien que fuese igual a Dios e igual al hombre podía mediar entre ambos, entender ambas partes. Y esa intercesión del Hijo ante el Padre en el santuario celestial no tendría relevancia a menos que el Espíritu Santo mediase trayendo comunión con las criaturas que claman a Dios por liberación y perdón de pecados…

Por más detalles, véase A. R. Treiyer, Los Cumplimientos Gloriosos del Santuario (2010 tercera edición), lección 1.

XX. Apelación final

Exhorto a Daniel Bernhardt, Cristian Silva y a todos los que los estén siguiendo, confundidos, a seguir en la luz que Dios ha dado a nuestro pueblo, el último remanente que Dios tiene para advertir al mundo que el juicio de Dios ha ya comenzado (Apoc 14:7), y que pronto este mundo pasará. Quiero pedirles también, con lo mejor de mi naturaleza humana en sus manifestaciones afectivas, que depongan su amor propio por su bien y por el de los demás, que no le permitan al diablo hacer crecer la semilla de la rebelión que ha puesto en todos los corazones humanos. Acepten todo el testimonio de la Biblia y del Espíritu de Profecía. No se aten a pasajes aislados sin tener en cuenta todo el testimonio divino que, aunque es claro, fue revelado en “vasos de barro”.

Nuestra seguridad es marchar unidos como pueblo. Se nos advirtió a que no siguiésemos un rumbo diferente al que toma el Congreso de la Asociación General con sus representantes de todo el mundo. En las decisiones que toma nuestra iglesia, aunque débil e imperfecta por estar compuesta por seres humanos, se tiene en cuenta la Biblia y el Espíritu de Profecía. No crean que los que han estudiado antes que Uds. el tema de la Trinidad, no han sopesado ampliamente ambas fuentes de autoridad que provienen de Dios y que, en sí, constituyen una misma fuente, la divina que revela su Palabra mediante sus siervos los profetas.

Entre los muchos ejemplos que podríamos dar en la historia de nuestra iglesia, está el caso de McCullagh, quien siendo evangelista rechazó a E. de White y atacó a la Iglesia Adventista en varios aspectos, incluyendo el tema de la expiación y el santuario, el Espíritu de Profecía y la dieta, etc. Dos años después pidió volver al ministerio y confesó que había estado en una actitud de desasosiego durante todo ese tiempo. Temía que E. de White no podría perdonarlo por haberla ofendido tanto. Pero ella dijo que estaba dispuesta a perdonarlo, aunque él debía tomar una actitud de rehacer lo que había deshecho, confesando su falta. Así lo hizo hasta que unos cinco años después abandonó el ministerio y la iglesia, dando rienda suelta a sus mismos sentimientos de amargura que había tenido antes.

Sobre él, así como sobre otros, E. de White advirtió: “Me pregunto si una rebelión pura es alguna vez curable. La rebelión y la apostasía están en el mismo aire que respiramos” (SDABC, 1114, sobre Núm 16:1-50). Arthur White, Ellen G. White. The Australian Years (1891-1900), cap 23.

Queridos muchachos: No permitan que les roben el afecto por este pueblo y la verdad que profesa, con agudezas que no conducen a nada bueno, ya que traen confusión a gente incauta, y los lleva a ustedes mismos a levantarse con soberbia contra sus hermanos a quienes el Señor llamó para que proclamen la verdad que tiene para este tiempo.

2 comentarios en “Ataque a la Doctrina Adventista de la Trinidad

  1. Bendiciones mi hermano Héctor. Ya veo que este es un problema que debe ser atacado con más fuerza porque puede hacer caer a muchos hermanos. En nuestro distrito también se ha presentado este problema con algunos hermanos que dicen haber comprendido el supuesto error de la iglesia y comienzan a confundir a muchos.

    Por otro lado, mi hermano, qué decir del mantinal para adultos de este año? El Manto de su Justicia, de Eloy Wade.

    El mensaje del 22 de mayo (Los Principios Divinos) tiene algo que me llama mucho la atencion. El pastor Wade dice: “Es necesario que recordemos que los Diez Mandamientos, tal como los dio el Señor en el monte Sinaí, no son necesariamente diez principios. Estos principios que Dios queria que los hijos de Israel obedecieran e incorporaran a sus vidas, fueron adaptados en leyes que tenían significado en aquellas circunstancias históricas. Así que los Diez Mandamientos, como los conocemos ahora, son adaptaciones de ciertos principios divinos a la vida de su pueblo en la antigüedad”.

    Entonces, esto quiere decir que los Diez Mandamientos de Exodo 20 no son mandamientos sino adaptaciones para el pueblo de Israel al igual que para nosotros? No son lo que Dios realmente dio

    Que opinas Héctor?

    Los Diez Mandamientos no fue lo que nuestro Dios, Jehová de los ejércitos escribio con su dedo (Ex. 31:18). Por tanto, no hay cambio alguno de eso? Hasta donde se, en la Biblia solo se registran dos cosas que Dios escribio: los Diez Mandamientos y cuando Cristo escribió en tierra cuando trajeron a María Magdalena al templo para apedrearla.

    Me gustaria saber que opina de eso.

    1. Hola Carlos, disculpa el tiempo en responder tu pregunta.

      Me tomé el tiempo de leer la cita que me refieres. Y es un argumento que ya había escuchado. Sobre el mismo te diré lo siguiente:

      1) No es explicito en la idea. El comentario no es erróneo en sí mismo, pero no está lo suficientemente desarrollado. Es algo que es característico en este libro devocional (nota por ejemplo las págs. 128 y 129, donde las ideas terminan un poco inconclusa).

      2) El argumento básico. La idea es que los 10 Mandamientos no constituyen “diez principios” sino adaptaciones de los principios divinos a las condiciones particulares del pueblo hebreo. Esto resulta correcto si tomamos en cuenta los siguientes declaraciones explicitas en algunos de los mandamientos, por ejemplo, el cuarto: “[…] ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia […]”.

      Esto obviamente hace referencia a ciertas condiciones en las que existía la esclavitud, algo que no es real en la actualidad, por lo menos en nuestra cultura.
      He aquí otro aspecto en el último mandamiento: “ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”. Aunque hay culturas en las que estos detalles pueden ser aplicados, no es así en las naciones industrializadas, donde los modernos vehículos vienen a sustituir a los bueyes y asnos o camellos, los medios de transportación antigua.

      3) Principios divinos. Cuando pensamos que los 10 Mandamientos constituyen el fundamento del gobierno universal de Dios y de su trono, pensamos que deben asumir formas distintas en su aplicación en los diferentes mundos creados, pero el contenido es el mismo siempre. Por ejemplo, los ángeles “no se casan ni se dan en casamiento”, entonces, ¿cómo aplicar a ellos el séptimo mandamiento? “No cometerás adulterio” no tiene aplicación para ellos. Pero cuando descubrimos que el principio subyacente de la ley es el amor a Dios y a los demás seres creados, podemos entender que la Ley también rige la vida de ellos así como la nuestra. Debemos reconocer que los 10 Mandamientos tal y como lo conocemos ahora fueron dados en el contexto del Gran Conflicto. De manera que asumen la forma que le permite contrarrestar los aspectos negativos que el pecado ha causado a la raza caída.

      Como para nosotros existe la institución matrimonial (contrario a los ángeles), es normal que exista una adaptación de estos principios universales que procura salvaguardar esta institución divina.

      Más allá de lo que podemos entender, hay dos cosas claves y claras aquí: 1) La rebelión de Satanás constituyó una violación de la Ley de Dios (1 Jn. 3:4,15). En el siguiente artículo hice un análisis del pecado como violación de la ley el del principio del amor, fundamento de la Ley: La problematica del Pecado -II.

      La rebelión angelical fue una violación de la Ley aunque no hubo asuntos matrimoniales involucrados. 2) Los 10 Mandamientos si constituyen principios divinos y no solo mandamientos de Dios, ya que ellos incorporan la Ley del Gobierno universal de Dios a la vida de seres humanos en rebelión. Ciertamente son principios eternos.
      4) Declaraciones ambiguas. La idea básica de Eloy Wade básicamente es correcta, pero carece de claridad. Tal vez por falta de espacio (para no juzgar), pero debió matizarla mejor en el siguiente día.

      5) Algo resulta Claro. El Dr. Wade, como lo revelan sus ideas en su libro devocional, está claro en la vigencia de la ley. Esto descarta que él estuviera proponiendo la falta de relevancia de la misma para la vida cristiana. Cabe reconocer que el tema de la Justificación por la fe no es de dominio completo de muchos académicos. Son muchos los que no logran entender este “precioso mensaje”. Y es que el mismo está adornado de ciertos detalles que no siempre son percibidos por la mentalidad de los estudiosos. La verdad, en última instancia, llega a los seres humanos caídos por revelación divina (Mat. 16:17).

      Que el Señor te bendiga, hermano Carlos, y te ayude a seguir teniendo una mente inquisitiva y abierta. “Lee todo y retén lo bueno” sigue siendo un consejo válido.

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