Matanzas en Masa a Filo de Espada

Nota: Este artículo constituye la Nota Adicional del capitulo 6 del libro de Josué como aparece en El Comentario Bíblico Adventista. El tema de las matanzas en masa registradas en el Antiguo Testamento horroriza a muchas mentes y no logran entender como un Dios de amor fue capaz de dar semejantes órdenes. Este artículo constituye una respuesta que, si bien no responder todas las inquietudes al respecto, puede proveer un fundamento sólido para comenzar a comprender los caminos del “Alto y Sublime” (Isa. 57:16). Y es que en su trato con los hombres, Dios no solo emplea la misericordia sino también su justicia. Dejamos pues, este material para ser leído con oración y profunda dependencia del Dios.

La historia de la conquista de Canaán por Israel, tan notablemente ilustrada en la toma de Jericó, presenta un relato de matanzas en masa a filo de espada.  Aun los creyentes piadosos con frecuencia han quedado turbados por este relato, especialmente porque los escépticos han procurado probar por este medio que Dios tiene sed de sangre y es inmisericorde.

Sin embargo, si se tienen en cuenta ciertos hechos, la narración de las matanzas toma un cariz totalmente distinto, y se comprende que Dios demuestra tanto misericordia como justicia en su trato con los hombres.

El primer hecho que se debe tener en cuenta es que todo el que peca contra Dios y se rebela contra su gobierno, pierde su derecho a la vida.  En nuestro mundo, a menudo se declara digno de muerte a quien se rebela y lucha contra el gobierno.  Por analogía, podría decirse que el gobierno del universo de Dios no podría continuar con éxito si careciera de un plan para eliminar la rebelión.  El universo ideal no puede incluir el pensamiento de una zona restringida donde se tolere y se fomente la insurrección.

El segundo hecho es éste: Aunque debe suprimirse la rebelión, y aunque por el principio de justicia sin rebelde ha perdido su derecho a la vida, Dios no ha actuado meramente por justicia, sino que ha manifestado misericordia.  La explicación bíblica del motivo de la demora de la venida de Cristo, que significará la destrucción final para todos los impíos, es que el Señor no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3: 9).  También en Eze. 18: 23 leemos que el Señor no se deleita en la muerte de los impíos.  Estas declaraciones bíblicas que muestran el proceder del Señor en relación con los pecadores son tan realmente parte de la Biblia como las que conciernen a las órdenes recibidas por los israelitas para que destruyeran a los cananeos.  Nadie tiene fundamento para sostener que, las últimas declaraciones describen el plan de Dios, y rechazar las primeras.

El tercer hecho es éste: Aunque el Gobernante del universo demuestra misericordia y da tiempo a los hombres para que se arrepientan de su rebelión, finalmente debe llegar el día del ajuste de cuentas.  Si el tiempo de gracia se extendiera indefinidamente, tendríamos sencillamente una tregua sin fin con la rebelión y la iniquidad, lo que equivaldría a capitular ante ellas.

El problema que afrontamos, en relación con la destrucción de los cananeos efectuada por los israelitas, es meramente éste: primero, probar que los cananeos eran rebeldes contra el gobierno de Dios, para demostrar así la justicia divina en la orden de que fuesen destruidos; segundo, probar que habían tenido un tiempo de gracia, para demostrar así la misericordia y longanimidad de Dios.  No es difícil probar ambas proposiciones.

En cuanto a la primera, es fácil demostrar por la historia que los pueblos que habitaban la costa oriental del Mediterráneo eran tan corruptos y depravados como el más depravado que hubiera habitado en la tierra.  Habían hecho una religión de la concupiscencia.  Entregaban a sus hijos para ser quemados vivos ante el dios Moloc.  En Lev. 18 se resume la rebelión moral de los cananeos.  La imaginación y un somero conocimiento de la historia suplen el resto.  Según la Biblia, los cananeos eran tan viles que la misma tierra los había “vomitado” (ver Lev. 18: 28).  Con referencia a la religión y las prácticas religiosas de los cananeos ver el Comentario Bíblico Adventista, tomo I, pp. 133, 136, 170 y el tomo II, pp. 40-42.

En cuanto a la segunda proposición, la Biblia también es explícita.  En el capítulo 15 de Génesis se registra la promesa de Dios a Abrahán, de que su descendencia heredaría la tierra de Canaán.  La explicación que Dios dio a Abrahán de la razón por la cual tardaría tanto en cumplirse la promesa era que aún no había “llegado a su colmo la maldad del amorreo” (vers. 16).  En este pasaje los amorreos representan a los pueblos de Canaán, porque eran la raza más poderosa y dominante.  En ninguna parte del AT se puede encontrar una declaración más clara de la realidad de la misericordia de Dios para con los pecadores y de la manera en que les da un tiempo de gracia.

Considérese el caso de Abrahán, el amigo de Dios.  El Señor deseaba darle la tierra de Canaán por heredad.  Si Dios hubiese sido como un rey terrenal, sin duda habría dado inmediatamente los pasos necesarios para cumplir la promesa hecha a su favorecido, expulsando de la tierra o matando a espada a todos los que estorbaran su propósito.  Tal ha sido la historia de los déspotas; pero Dios no procede así.  En efecto, le dijo a Abrahán: “Debes tener paciencia.  También tus hijos y los hijos de tus hijos hasta la cuarta generación deben tener paciencia.  Mi amor para ti es grande.  Anhelo cumplir contigo y los tuyos la promesa que te hice.  Nada podría ocasionarme mayor placer”.  Pero -y aquí está el hecho importante- ¿dijo el Señor que carecía de poder para cumplir entonces su promesa?  No; tenía todo el poder necesario.  Podría haber enviado fuego del cielo para consumir a todos los habitantes de Canaán.  No; ése no era el impedimento.  La demora ocurriría porque aún no había “llegado a su colmo la maldad del amorreo”.  En otras palabras: no había acabado totalmente su tiempo de gracia.  Aún se les prolongaría más la misericordia divina.  El Espíritu de Dios había de contender aún con ellos.

De esa manera, durante 400 años más se permitió que generación tras generación de amorreos viviera y practicara abominaciones siempre mayores.  Entonces Dios ordenó su destrucción.  Es razonable llegar a la conclusión de que su aniquilación fue decretada porque su copa de iniquidad se había colmado, y que nada se ganaría con extenderles más misericordia.

La destrucción de los hijos junto con sus padres se justificaba, porque la generación más joven seguiría exactamente el camino de todas las generaciones que la habían precedido, ya que la tendencia hacia la corrupción, la rebelión y la depravación estaban demasiado arraigadas en su naturaleza y los dominaban totalmente, así como había sucedido con sus padres.  Destruir a los padres y dejar a la generación joven sólo hubiera significado preservar la semilla de la corrupción.  Sobre el escéptico pesa la responsabilidad de probar que la nueva generación no hubiera seguido la misma conducta que, sin excepción, practicaron las generaciones anteriores.  Pero una lógica sana se opone a semejante razonamiento, y por esta razón la destrucción de la generación joven se torna tan razonable como la destrucción de sus padres. En el relato del diluvio se encuentra otra prueba del trato de Dios con los hombres en lo que atañe a castigos.  Dios vio que la maldad  del hombre era grande en la tierra y que no hacía más que pensar el mal.  Su condición era desesperada.  Si Dios hubiese permitido que tal situación continuase indefinidamente, ello habría equivalido a admitir ante el universo que le resultaba indiferente tal rebelión, flagrante y desenfrenada, o que no podía hacerle frente.  Sin embargo, el Señor no castigó inmediatamente a los antediluvianos.  Declaró: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre”, y sin embargo les dio otros 120 años de gracia (ver Gén. 6: 3). La conclusión razonable es que al final de ese tiempo nada se ganaba con que el Espíritu de Dios contendiese con esos corazones pecaminosos.  Y cuando Dios ya no puede hacer más para que le obedezcan, termina el día de misericordia;  pero es el hombre mismo quien ha puesto fin a su oportunidad por su negativa a escuchar las súplicas del Espíritu, y no resta otra cosa sino el castigo.

No podemos dar demasiado énfasis al hecho de que declaraciones bíblicas como éstas, que se refieren al trato de Dios con el hombre antes del diluvio, y su magnanimidad para con los cananeos antes de su destrucción, son tan ciertamente parte de la Biblia y una revelación de los planes y del carácter de Dios como lo es la orden dada a los israelitas de que destruyeran a los cananeos.  Es tan poco razonable tomar en forma aislada la orden de destruir a los cananeos e insistir en juzgar el carácter de Dios por ese solo hecho, como lo sería tomar una declaración aislada de algún gobernante moderno cuando niega el perdón a un criminal y lo manda a la horca, para intentar probar por esa sola declaración que ese gobernante es cruel y empedernido.

En cualquier circunstancia la muerte y la destrucción resultan horribles, y la persona más temerosa de Dios y creyente en la Biblia fácilmente puede admitir que se llena de pensamientos molestos cuando lee acerca de la destrucción de los malvados en diferentes momentos de la historia del mundo, y cuando piensa en la destrucción final de todos los impíos. Pero sería mucho más molesto pensar en el tipo de mundo y en la clase de universo en que nos veríamos obligados a vivir si finalmente no se destruyese por completo a todos los que estuviesen tercamente resueltos a continuar en sus caminos pecaminosos y corruptos.

En realidad, todo este problema del castigo de los impíos revela que es inconsecuente la actitud del escéptico.  Cuántas veces el burlador lanza ante los cristianos la pregunta: “Si hay Dios en el cielo que gobierna y dirige, por qué permite que los malvados dominen este mundo y continúen con sus terribles actos que traen tristeza y dificultades a pobres, inocentes criaturas?” Después ese misino burlador preguntará en tono de mofa: “Si Dios es un Dios de amor, como lo afirman los cristianos, ¿por qué hizo destruir a pueblos enteros en diferentes momentos de la historia del mundo, y por qué finalmente va a destruir a todos menos a un grupo escogido?” Pero el escéptico no parece darse cuenta de que la primera pregunta se contesta con la segunda.  No se da cuenta de que no es consecuente al protestar contra los juicios de Dios cuando acaba de preguntar por qué Dios no castiga a los impíos.

La lógica de todo este problema se ve al considerar la forma en que Dios procede en estos episodios.  Según la Biblia lo declara, Dios gobierna en el universo.  Finalmente, su voluntad y su gobierno serán supremos en todas partes y se eliminará la rebelión. Los impíos no oprimirán para siempre al inocente.  Los débiles e indefensos no serán siempre víctimas de injusticias.  Ese Dios que mira todas las cosas con una perspectiva más amplia que los hombres, y cuyo amor por los seres caídos es mayor que el del más piadoso creyente, no sólo desea salvar a los mansos y rectos para darles finalmente una tierra nueva donde mora la justicia, sino que también desea salvar el mayor número posible de las huestes de rebeldes.

Es esta realidad de la longanimidad del Señor -de que no está dispuesto a que nadie se pierda sino que todos procedan al arrepentimiento- la que hace plausible la primera de las dos preguntas del escéptico.  Cuando comprendamos la longanimidad de Dios, habremos contestado la primera pregunta.  Podremos ver la injusticia en nuestro mundo y seguir creyendo que Dios gobierna.  Y cuando tenemos en cuenta el simple hecho de que la justicia finalmente demanda la destrucción de los que continúan en abierta rebelión, tenemos la respuesta a la segunda pregunta.  No hay, pues, necesidad de tratar de disculpar los castigos de Dios impuestos a los pecadores en el pasado y que todavía habrán de aplicarse en el futuro.

Apenas si es necesario discutir el problema del método que Dios usó para destruir a los cananeos.  Basta fijarse en que Dios fue justo al destruirlos.  Al tratar de explicar la destrucción no tiene mayor importancia el medio usado -agua, fuego, plaga o espada- que la que tendría en un estudio de la justicia de la pena capital debatir las ventajas de la electrocución, la horca o el pelotón de fusilamiento.  Nos preocupamos de la justicia de la pena capital y no del método para aplicarla.

Algunos comentadores han opinado que tal vez el Señor creyó conveniente que los israelitas, su pueblo escogido, actuasen como verdugos a fin de que ellos mismos quedasen vívidamente impresionados con el horror del pecado y de la rebelión; pues se advirtió a los israelitas que debían cuidar de no caer en las abominaciones de los cananeos para que no sufrieran el mismo castigo (ver Lev. 18: 28-30; cf.  Rom. 11: 15-22).

Sin embargo, si Israel hubiese llevado a su pleno cumplimiento el plan que Dios tenía para la conquista de Canaán, habrían sido diferentes los acontecimientos tocantes a los cananeos -por lo menos en buena medida- de lo que fueron en realidad.  Esto resalta cuando se reafirman los principios ya presentados dentro de un panorama más amplio de otros principios afines:

1. Dios, el gran árbitro de la historia, determina la duración y la extensión territorial de las naciones (Dan. 2: 21; Hech. 17: 26; ver com.  Deut. 32: 8; ver también Ed 169, 171, 172).  Silenciosa y pacientemente Dios guía los asuntos de la tierra a fin de realizar los consejos de su divina voluntad (Ed 169, 173).  Sin embargo cada nación, empleando el poder que Dios le da, determina su propio destino por la fidelidad con la cual cumple el propósito que Dios tiene para ella (Ed 169,170,172, 173; ver com.  Exo. 9: 16).  La oposición a los principios de Dios origina la ruina nacional (ver Dan. 5: 22-31; CS 641; PP 576), porque sólo lo que está a tono con los propósitos divinos y expresa su carácter puede perdurar (Ed 178, 233, 293).

2. Dios no tomó a Israel como pueblo elegido empleando favoritismo.  Habría aceptado a cualquier nación en las mismas condiciones que impuso a Israel (Hech. 10: 34, 35; 17:26, 27; Rom. 10: 12, 13).  Simplemente Abrahán respondió sin reservas a la invitación de realizar un pacto con Dios, a servirle fielmente y a enseñar a su posteridad a hacer lo mismo (Gén. 18: 19).  Por eso los descendientes de Abrahán llegaron a ser los representantes de Dios entre los hombres, y el pacto hecho con él fue confirmado a sus descendientes (Deut. 7: 6-14).  Su principal ventaja sobre otras naciones fue que Dios los hizo custodios de su voluntad revelada (Rom. 3: 1, 2) y les encargó la diseminación de sus principios en todo el mundo (Gén. 12: 3; Isa. 42: 6, 7; 43: 10, 21; 56: 3-8; 62: 1-12; PP 525; PVGM 232).

A fin de que pudiesen desempeñar en forma eficaz esa tarea, y siempre que cumplieran los requisitos divinos (Deut. 28: 1, 2, 13, 14; cf.  Zac. 6: 15), Dios derramaría sobre Israel bendiciones sin parangón (Deut. 7: 12-16; 28: 1-14; PVGM 230, 231).  Se proponía proporcionarles todas las facilidades para que llegasen a ser la mayor nación de la tierra (PVGM 230).  En las bendiciones que así recibiese Israel, las naciones vecinas verían una evidencia tangible y convincente de que vale la pena cooperar con Dios (Deut. 4: 6-8; 28: 10).  Fue su plan original que las labores misioneras personales de Abrahán, Isaac y Jacob les proporcionasen a los pueblos de Canaán la oportunidad de llegar a adorarle y servirle (PVGM 232; PP 120, 126, 127, 136, 384, 385).  Todos los que abandonasen la idolatría debían unirse al pueblo escogido de Dios (Isa. 2: 2-4; 56: 6-8; Miq. 4: 1-8; cf.  CM 439-44 l; Zac. 2: 10-12; 8: 20-23; PVGM 232).  Pero si no eran fieles, los rechazaría como había rechazado a las naciones de Canaán (Deut. 28: 13-15, 62-66; cf.  Isa. 5: 1-7; Rom. 11: 17-22; PP 743-745), y los expulsaría de la tierra prometida (Deut. 28: 63, 64).

3. Los cananeos tuvieron un tiempo de gracia de 400 años (ver com.  Gén. 15: 13, 16), pero en vez de aprovechar la oportunidad que se les brindaba, colmaron la copa de su iniquidad (Gén. 15: 16; ver com.  Deut. 20: 13; ver también t. I, págs. 133, 136, 170; Ed 173) y tuvieron que ser desposeídos (PVGM 232).  Era necesario librar y limpiar la tierra de todo cuanto indudablemente impediría el cumplimiento de los misericordiosos propósitos de Dios (PP 525).  La justicia y la misericordia divinas ya no podían permitir más que las naciones de Canaán continuasen existiendo (ver 2JT 63; 3JT 283; cf.  Gén. 6: 3), y llegó a su culminación la cuenta que Dios tenía con ellos (cf.  Dan. 5: 22-29).

Después de haber concedido la tierra de Canaán a los israelitas, Dios los designó como instrumentos suyos para la ejecución del castigo divino de los habitantes de la tierra (PP 523).  Debían destruir a los cananeos “del todo” (Deut. 7: 2), sin dejar con vida a ninguna persona (Deut. 20: 16); todos debían morir por la espada (PP 524).  Sin embargo, esto no significaba que debían perecer las personas que aún escogieran servir al verdadero Dios.  La conversión de Rahab la cananea atestigua de la misericordia divina que salvaría a los que abandonasen la idolatría (Jos. 2: 9-13; 6: 25; cf.  Heb. 11: 3 1; Sant. 2: 25).  En las ocasiones del diluvio, la destrucción de Sodoma y la caída de Jerusalén en mano de los romanos, todos los que hicieron caso a la advertencia recibida fueron salvos (Gén. 6: 9-13,18; 18: 23-32; Luc. 21: 20-22; CS 33).  La terminación del período de gracia de una nación no exigía que muriesen los inocentes junto con los que merecían la muerte.

4. En la conquista de Canaán, el poder divino había de combinarse con el esfuerzo humano.  Dios quería que todos reconociesen que sólo por su propia bendición Israel prevalecía (PP 524, 529).  Las derrotas militares de Cades-barnea (Núm. 13: 28-31; 14: 40-45) y unos 38 años más tarde la de Hai (PP 526), les enseñaron que con su propia fuerza nunca podrían subyugar el país (ver Dan. 4: 30; PP 524; Ed 171).  Sin embargo, Dios no deseaba que los israelitas conquistas en Canaán mediante una guerra común y corriente, sino más bien por la obediencia estricta a sus instrucciones (PP 414, 464, 465).  En algunos casos, el relato de las grandiosas obras de Dios en favor de su pueblo llenó de temor a los cananeos, quienes se rindieron sin luchar (Núm. 22: 3; Jos. 2: 9-11; Deut. 28: 10; Exo. 23: 27; Deut. 2: 25; 11: 25; Exo. 15: 13-16; Jos. 5: 1; Exo. 34: 24; cf.  Gén. 35: 5; Jos. 10: 1, 2; 1 Sam. 14: 15; 2 Crón. 17: 10).  En otros casos se confundieron y se volvieron unos contra otros Juec. 7: 22; 1 Sam. 14: 20; 2 Crón. 20: 20-24).  También, en algunas oportunidades Dios utilizó las fuerzas de la naturaleza (Jos. 10: 11, 12; etc.), así como lo había hecho en Egipto, en el mar Rojo, y en el cruce del Jordán.  Si tan sólo Israel hubiese colaborado con él, Dios habría obrado en su favor de muchas maneras inesperadas.  Quizá también algunas naciones, como ocurrió en el caso de los gabaonitas (PP 541, 542), habrían llegado a conocer al verdadero Dios.

Pero los repetidos fracasos de Israel al no obedecer estrictamente las órdenes de Dios en Cades (PP 415,416), Sitim (Núm. 25: 1-9), y Hai (Jos. 7: 8, 9; PP 526, 527), en gran medida apaciguaron los temores de los cananeos, les dieron tiempo para prepararse para la lucha e hicieron mucho más difícil la conquista de la tierra de lo que hubiese sido de otra manera (PP 465).  Sin embargo, ya que el amor divino no lograba más llevarlos al arrepentimiento, la justicia divina decretó que el tiempo de gracia de esos que se rebelaban contra Dios había terminado, exigió su pronta ejecución y dio su tierra a sus representantes escogidos (ver Núm. 23: 19-24; PP 525; cf.  CS 41; Mat. 21: 41, 43) – (Comentario Bíblico Adventista, tomo II, p. 204-207).

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