Apuntes de Clase: Reflexiones Sobre Ecl. 1:2

Por: Héctor A. Delgado

Nota: Estos breves comentarios constituyen mis reflexiones sobre algunos aspectos teológicos que considero de interes en mis lecturas de los materiales de textos asignados por la universidad donde curso mi lecenciatura en teología.

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl. 1:2).

Para tener una comprensión adecuada de este versículo o más específicamente, de lo que el autor de Eclesiastés desea comunicar con la palabra “vanidad” en su libro, es necesario tomar en cuenta quién la usa y cómo lo hace. Para eso, conviene apartarnos brevemente de nuestro texto a la consideración de dos aspectos fundamentales: la paternidad literaria de Eclesiastés y el marco histórico en que fue escrito.

Paternidad literaria

Personalmente no quedo conforme con la ambivalencia de Scott en este aspecto. Un antiguo comentario judío (Qohelet Rabbabh 1:1) refiere que “Qohelet” fue nombrado de esa manera porque hace referencia directa al libro 1 Reyes, específicamente el cap. 8, donde Salomón estuvo predicando a la congregación. De aquí la traducción “predicador” para “Qohelet”. Es importante saber que el sustantivo “qahal” (de donde proviene “Qohelet”), aparece siente veces en 1 Rey. 8 (vv. 1, 2, 14, 22, 55, 65), así como siete veces aparece en Eclesiastés la palabra “Qohelet” (1:1, 2, 12, 7:27, 12:8, 9, 10).

“Ese ritmo literario de siete – nos dirá un erudito cristiano – , que señala la distribución del nombre del autor en el libro, no es accidental. Podemos ver otro ejemplo de  esto en Cantares, donde el nombre Salomón aparece siete veces (Cat. 1:1, 5; 3:7, 9, 11, 8:11, 12)” (Jacques Doukhan, Todo es Vanidad, Eclesiastés, Asociación Publicadora Interamericana, 2006, p. 13).

A esto debemos sumar la abundante referencia al Templo y a las muchas actividades de su construcción, a su culto, su riqueza, así como al pedido de sabiduría, a la crisis política como a la ancianidad, y otros aspectos. Pero un detalle interesante y explícito en el libro es que se le atribuye su autoría a un “hijo de David, rey en Jerusalén” (Ecl. 1:1). Si bien Scott dice que esta expresión se le puede aplicar “a todos los reyes de Judá […] con todo su derecho”, no provee ninguna prueba para sostener su idea. Debemos notar que la frase “hijo de David” se usa diez veces en la Biblia y solo siete se le aplican a Salomón. Al sumarle la declaración del verso 12: “Yo el predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén”, parece no quedar duda de que el autor del libro es Salomón. Este Salomón fue el único “hijo de David” que gobernó sobre Israel en Jerusalén, y queda (desde mi puto de vista) más allá de toda duda al notar que la relación padre-hijo aparece siete veces en 1 Rey. 8:15, 17, 18, 19, 20, 24, 25, 26 (note el mismo ritmo literario).

Otro aspecto que favorece a Salomón como el autor de Eclesiastés tiene que ver con el uso del verbo hebreo “fui” (“fui rey sobre Israel”). Esta forma verbal está en tiempo perfecto, la forma que Salomón emplearía al dirigir sus palabra al pueblo congregado, pero en su vejez. Esto queda reconfirmado al saber que en 1 Rey. 4:32, 33 se repite tres veces la palabra “habló”, “lo que se refiere no a composiciones escritas sino a discursos pronunciados ante una asamblea convocada con dicho propósito”.

Marco Histórico

De manera que, Eclesiastés constituye una profunda reflexión de alguien que, después de haber agotado sus dotes mentales y fuerza moral en los excesos de una vida de placer, decide regresar a su antiguo estilo de vida. Regresó, pero como un hombre más triste y más sabio (cap. 7: 23, 25). Eclesiastés revela explícitamente la insatisfacción de Salomón ante todos sus desvaríos en la vida. Después de probarlo todo en forma exagerada (aparentemente menos a Dios mismo), su conclusión es la siguiente: “Todo es vanidad”. Eclesiastés constituye un ferviente esfuerzo de parte de Salomón por alcanzar la felicidad. Y es que solo un personaje con semejante sabiduría y con un catalogo de desatinos tan grande puede proveernos semejante obra literaria. Eclesiastés parece revelar la experiencia acumulada de Salomón en su vejez, al final de su vida.

No existe empresa alguna en esta vida que al ser emprendida dejando fuera el objetivo de glorificar a Dios, sea plenamente satisfactoria. Solo cuando buscamos la gloria de Dios con nuestras acciones descubrimos algo más que vanidades en este mundo. Y debemos reconocer, siendo sinceros, que aun los que conocemos a Dios y sin haber llegado a los extremos pecaminosos de Salomón en sus muchos errores, descubrimos muy temprano que es difícil vivir aquí, lejos de Dios.

Algo más sobre el marco histórico de este libro. Las “palabras de Qohelet” (Ecl. 1:1), nos traslada al ambiente de 1 Reyes cap. 8. Allí se nos refiere la terminación del famoso Templo (1 Rey. 7:51). Este evento ocurrió en el mes de Tishri (septiembre/octubre de nuestro calendario) y precisamente durante la celebración de la Fiesta de los Tabernáculos (sukkot). “Sukkot era el momento en que los israelitas debían recordar su jornada por el desierto, cuando vivían en carpas; por lo tanto, era una experiencia festiva asociada con el carácter transitorio de la vida. Significativamente, el libro de Eclesiastés es el libro bíblico que debía ser leído en las barracas para acompañar el flujo litúrgico de la Fiesta de los Tabernáculo” (Ibíd., p. 19).

Concentrémonos ahora en la palabra “vanidad” que aparece también siete veces en todo el libro (nuevamente el mismo ritmo literario). Aunque constituye la palabra clave de Eclesiastés, es difícil, porque su significado básico es “vapor” (Sal. 62:9, Isa. 57:13). “La palabra aparece mayormente en los capítulos 1 al 6, y llega a ser más escasa en los capítulos 7 al 12; esto señala las dos secciones del libro […] La palabra hébel […] se la usa en la Biblia para designar lo que no es posible de tomar, lo que es pasajero, elusivo y sin sustancia. Hébel expresa las ideas de negación, de vacío y de la nada (Sal. 78:33; Isa. 30:7; 49:4; Job 9:25, etc.); la idea de sombra (Sal. 144:4) y de sueño (Zac. 10:2). También puede aplicarse al dominio de lo ético, para denunciar mentiras y engaño (Jer. 10:14), o al ámbito de lo religioso, para denunciar a los ídolos y los dioses falsos (Isa. 57:13; Jer. 14:22, etc.). También es el nombre de una persona, Abel, el hijo de Adán. En contraste con su hermano mayor Caín, que ocupa espacio y es un gran realizador, Abel encarna la no existencia, el elusivo vapor que desaparecerá sin dejar rastro” (Ibíd., pp. 17, 18).

Pero aún después de ver estos usos de la palabra hébel en otras partes de las Escrituras, sigue sin ser comprendido el significado que le asigna Salomón en Eclesiastés. Tal vez por esto la mayor parte de los intérpretes bíblicos prefiere verla con algo abstracto, como una metáfora de lo absurdo y la vacuidad. “La traducción de ‘vanidad’, entonces, ha sido retenida como la mejor opción porque es suficientemente vaga para adaptarse a todos esos matices de la palabra hebrea” (Ibíd.).

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl. 1:2). Estas palabras constituyen un reflejo perfecto de aquellas vidas que, teniéndolo todo (a Dios), se aventuran a experimentar con el pecado, sus atractivos y la vida saturada de placeres mundanales. Lo que queda es un “vapor” o una sombra de lo que éramos al principio. Podemos volver, pero regresamos menguados y dilatados. En nuestra propia experiencia y paladar queda el amargo sabor de lo que nos costó casi la vida inmortal y el compañerismo con nuestro Dios. Solo su amor incondicional queda fuera de aquello que resumiría nuestros desvaríos: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

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