Apuntes de Clase: Reflexiones Sobre Exodo 4:11-12

“Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de habla” (VRV 1960).

Nota: Estos breves comentarios constituyen mis reflexiones sobre algunos aspectos teológicos que considero de interes en mis lecturas de los materiales de textos asignados por la universidad donde curso mi lecenciatura en teología.

Al estudiar el mensaje bíblico nuestra mente se encuentra de frente a una serie de expresiones que nos desafían a pensar profundamente. Donde muchos encuentran alguna inconsistencia, la mente reverente descubre una razón para ampliar sus conocimientos del mensaje bíblico. El texto que nos ocupa no es la excepción.

Pero antes de procurar entender estas palabras permítanme contextualizarlas. Esto nos ayudará a entender mejor a Dios y las implicaciones que este incidente sagrado tiene para nosotros en la actualidad.

Éxodo 4:11-12 hace referencia a una de las respuestas que el Señor le diera a Moisés durante la conversación que sostuvieron en “Horeb, monte de Dios” (Ex. 3:1). Horeb es el mismo Sinaí como revelan otros pasajes bíblicos (Ex. 19:11; Deut. 4: 10). Esta parte del relato es importante porque refleja prácticamente el punto crítico de la conversación entre Dios y Moisés. El Creador está procurando persuadir a su criatura para que se involucre junto a Él en una de las aventuras más fascinantes de la historia humana: El Éxodo o liberación del pueblo escogido de la esclavitud egipcia.

La Biblia recoge el incidente proyectando algunos detalles que son interesantes. Había trascurrido 40 años desde que Moisés abandonara a Egipto. De alguna manera se había desconectado de la realidad de su vida pasada y posiblemente su mente había relegado a un plano secundario el objetivo que tenía pendiente (cf. Ex. 2:11-12). Ahora era un hombre con una vida diferente y prácticamente realizada con una esposa y un hijo (3:21,22). Sus labores diarias comprendían un estilo de vida completamente distinto al anterior, era pastor de ovejas (v. 1). En este tiempo había perdido ciertas capacidades del habla, posiblemente tenía la dificultad “en la expresión libre y fácil del idioma egipcio” que no hablaba desde hacía tanto tiempo (4:10). Esta conclusión parece estar apoyada en el verso 14 donde Dios le dice: “¿No conozco yo a tu hermano Aarón [que está en Egipto], levita, y que él habla bien?”.

Permítame ahora hacer una observación personal sobre esta excusa de Moisés en particular. Cuando consideramos los pretextos esgrimidos con anterioridad notamos que están marcados por una lógica estricta. Es un hombre sabio quien está hablando. La primera, sobre el nombre de Dios (3:13); la segunda apuntaba a un posible acto de incredulidad por parte del pueblo (4:1). La tercera es la que nos ocupa. Pero en la cuarta excusa (v. 13), Moisés se descalifica así mismo completamente. Cabe destacar que Moisés señaló un posible acto de incredulidad en el pueblo, pero quien realmente estaba siendo rematadamente incrédulo era él. A Dios le tomó más tiempo vencer la incredulidad del corazón del libertador que de los liberados (cf. Ex. 4:30-31).

Veamos ahora nuevamente la objeción número tres. Algunos eruditos han observado que posiblemente Moisés temía hablar en hebreo porque había estado viviendo entre los madianitas.  Pero ésta no puede ser una observación válida pues “las inscripciones madianitas difieren muy poco del antiguo hebreo”.  Por otro lado, una antigua tradición judía sugiere que Moisés “tenía dificultad para pronunciar ciertas letras hebreas”, sin embargo, esta propuesta no parece tener asidero en el texto bíblico. Lo cierto es que después de tantos años de haber salido de Egipto Moisés aparece un poco desconectado de la tarea profética/liberadora que debe desempeñar, y sencillamente se justifica una y otra vez para evadir la responsabilidad de ser el caudillo del pueblo hebreo. La respuesta de Moisés en el verso 13: “¡Ay, Señor! envía, te ruego, por medio del que debes enviar” no es tan enfática en castellano como en el idioma hebreo, algo que captaron muy bien otras traducciones bíblicas: “Señor —insistió Moisés—, te ruego que envíes a alguna otra persona” (NVI, “Envía a quien quieras”, BJ). Moisés no está fingiendo, está evadiendo francamente la comisión divina. La prolongada conversación de Dios con Moisés y los diferentes recursos (incluso milagrosos) que empleó el Señor para persuadirlo, revelan esta realidad. No es de extrañarnos que el Ser divino reaccionara enojado ante las objeciones de su siervo. La expresión “Jehová se enojó contra Moisés” es muy fuerte y vigorosa en el original. Es como si Dios estuviera respondiendo en el mismo tono que Moisés ha expresado sus objeciones, pero tal vez signifique sencillamente que Dios se disgustó.

Matthew Henry presenta a Moisés como un hombre con “mucha cobardía, indolencia e incredulidad”. Pero reconoce acertadamente que “no debemos juzgar a los hombres por la prontitud de su discurso”. Y es que hasta en el mejor de los casos “la autodesconfianza que nos impide cumplir el deber o nos obstruye en el trabajo es muy desagradable para el Señor” (Comentario de la Biblia de Matthew Henry, en un tomo, las cursivas están en el original).

Las excusas de Moisés encuentran (en menor grado) su paralelo en la experiencia de Jeremías. “¡Ah! ¡ah, Señor Jehová!  He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jer. 1:6). La respuesta divina no se hizo esperar: “Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; […] Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca” (vv. 7,9).

La respuesta de Moisés, como todos sabemos, finalmente fue positiva y aparentemente como el profeta Jeremías, fue hecho idónea para la obra más allá de sus expectativas, pues el registro inspirado nos dice que llegó a ser “poderoso en sus palabras y obras” (Hech. 7: 22).

Ahora estamos listos para considerar la declaración divina de los textos que nos ocupa. Lo primero que notamos aquí es una declaración que necesita ser comprendida. ¿Crea Dios, como Hacedor de todo, personas ciegas y mudas? Esta es la forma en que algunos han entendido este pasaje de esta manera. Pero esta conclusión no encaja con el cuadro completo que nos presenta la Biblia sobre el carácter de Dios. De su mano solo salen cosas “buenas en gran manera” (Gén. 1:31). El mismo ministerio terrenal de Jesús constituye una completa contradicción con esta conclusión.

Debemos reconocer que no siempre es fácil entender el significado de algunas expresiones bíblicas. Creo que estamos aquí no solo ante un modismo hebreo, sino ante una de las características declaraciones absolutas de las Escrituras por medio de las cuales la mentalidad hebrea comunica los conceptos abstractos y los contrastes. En el libro de Isaías leemos: “Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo la adversidad. Solo yo, Jehová, soy el que hago todo esto” (Isa. 45:7). El contexto de esta declaración demuestra que Dios está asegurando a su pueblo que Él tiene control absoluto de los hechos aparentemente inexplicables de la Historia y del futuro, que sus elecciones de ciertos individuos para funciones específicas (en este caso, Ciro), es completamente acertada y digna de confianza (vv. 4-6, 9-11). Y todo “por amor de mi siervo Jacob” (v. 4a). La mentalidad semita expresa o enfatiza los contrastes “presentándolos en términos absolutos”. Este tipo de declaraciones aparecen también en el NT: “A Jacob amé más a Esaú aborrecí” (Rom. 9:13, cf. Luc. 14:26).

Por otro lado, creo que la NVI hace una mejor traducción de este pasaje que la VRV 1960. “¿Y quién le puso la boca al hombre? —le respondió el Señor—. ¿Acaso no soy yo, el Señor, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita? Anda, ponte en marcha, que yo te ayudaré a hablar y te diré lo que debas decir” (NVI). El contraste es claro: Lo que Moisés diría y haría (más lo que vería) en nombre de Dios está en marcado contraste con lo que no podría hacer o decir alguien que fuera ciego o mudo. Como Dios creador, la mudez o la ceguera, en caso de que fuera una situación real en alguien que Él quisiera emplear para su obra, no constituye un problema o un obstáculo insalvable. Dios tiene el poder para derribar esas barreras. Una de las promesas escatológicas otorgadas al pueblo hebreo contenía la siguiente verdad: “Entonces el lisiado saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo” (Isa. 35:6). Y hay ocasiones en que “sordo” y “ciego” no hace necesariamente referencia a impedimentos físicos (Isa. 42:18-21). De manera que si Moisés tenía algún tipo de impedimento de esta naturaleza (se reconocía torpe para hablar, es decir, mudo; o tardo para percibir la realidad que Dios estaba por realizar, es decir, ciego) El Señor lo resolvería con su poder.  “Ahora, pues, ve, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar” (VRV 1995).

Las palabras de los autores del Comentario Bíblico Mundo Hispano nuevamente me sirven para reseñar un aspecto importante de esta historia: “El llamado de Dios a Moisés es vívido recordatorio de cómo todos somos llamados a servir al Dios viviente. La titubeante respuesta de Moisés nos suena familiar”.

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