El Canon del Nuevo Testamento -II

El Canon en el Oriente después de 200 d. C.

La primera evidencia en cuanto al canon en el Oriente después de 200 d. C. proviene de Orígenes (m. c. 254). Orígenes observó que existía desacuerdo entre las diversas iglesias en cuanto al contenido del Nuevo Testamento, y estableció una diferencia entre los escritos generalmente reconocidos y los impugnados. Eusebio presenta un registro de los puntos de vista de Orígenes (Id. vi. 25), según los cuales eran generalmente aceptados los cuatro Evangelios, las epístolas de Pablo, 1 Pedro, 1 Juan y Apocalipsis.  Aunque Eusebio parece haberlo olvidado, debiera añadirse los Hechos, pues Orígenes claramente muestra que consideraba ese libro como perteneciente al mismo grupo.  Según el testimonio de Eusebio, en la lista de Orígenes todavía se impugnaban 2 Pedro, 2 Juan, 3 Juan y Hebreos; y que él también colocaba a Judas en esta categoría resulta evidente por sus propias declaraciones (Comentario de Mateo, xvii. 30).  Aunque el Pastor de Hermas, Bernabé y la Didajé estaban muy próximos al canon, Orígenes estaba convencido de que no eran libros apostólicos.

Durante el siglo III hubo en la iglesia oriental una controversia en cuanto al Apocalipsis.  Los cristianos ortodoxos no habían cuestionado antes la autenticidad de ese libro; siempre lo habían aceptado como inspirado y apostólico, y Orígenes no había expresado dudas en cuanto a la autoridad del Apocalipsis; pero sus seguidores atacaron este libro con vehemencia.  Especialmente se destacó Dionisio, obispo de Alejandría (m. c. 265), quien escribió un tratado en el cual intentaba refutar la paternidad literaria apostólica del libro.  Los teólogos alejandrinos parecen haber atacado el Apocalipsis porque su vívida descripción de la realidad del castigo y del reino celestial no concordaba con su teología alegórica y espiritualizada.  Como resultado de esa controversia fue sacudida la fe que muchos cristianos tenían en el Apocalipsis, y por más de un siglo la iglesia oriental no estuvo segura de si ese libro debía aceptarse o no.

En el tiempo cuando el cristianismo fue legalizado en el Imperio Romano (313 d. C.) ya se había trazado la línea de demarcación entre los libros reconocidos y los rechazados.  Por eso Eusebio, escribiendo alrededor del año 325 d. C. (Historia eclesiástica iii. 25), dividió en tres clases los libros del Nuevo Testamento que se tenían como canónicos.  La primera clase comprendía los “Libros reconocidos”: los cuatro Evangelios, Hechos, 14 epístolas de Pablo (incluso Hebreos), 1 Juan, 1 Pedro y Apocalipsis; la segunda clase incluía los “libros puestos en duda”, que dividía en aquellos que eran “mencionados por muchos”: Santiago, Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, y las obras “espurias”: los Hechos de Pablo, el Pastor de Hermas, el Apocalipsis de Pedro, la Epístola de Bernabé, la Didajé, y el Evangelio según los hebreos.  En su tercera clase Eusebio colocaba los escritos “absurdos e impíos”, tales como los Evangelios de Pedro, Tomás, Matías, y los Actos de Andrés, Juan, y otros.

Las afirmaciones de Eusebio revelan claramente que los cristianos habían separado categóricamente el tamo del trigo en las escrituras del Nuevo Testamento antes de que el cristianismo se convirtiera en una religión reconocida por el Estado a comienzos del siglo IV.  Los libros que él clasifica como “Libros reconocidos” y “Libros puestos en duda que sin embargo son mencionados por muchos”, son los mismos 27 libros del Nuevo Testamento reconocidos como canónicos por todos los cristianos hoy día.  El rechazaba todos los otros.

Un factor importante para dilucidar la cuestión del canon en la iglesia griega fue la declaración de Atanasio de Alejandría en su 39.a  Carta festiva (367 d. C.).  Atanasio, como principal dirigente eclesiástico de su tiempo, dijo a sus obispos y al pueblo regido por esos obispos que el canon del Nuevo Testamento consistía de 27 libros.  No hizo la crítica de libro alguno ni estableció ninguna diferencia entre los libros.  De todas las obras apócrifas sólo mencionó la Didajé y el Pastor de Hermas, y agregó que aunque esos dos libros no pertenecían al canon podrían ser usados para la edificación de los catecúmenos para el bautismo.

Aunque las órdenes de Atanasio sólo tenían fuerza legal en Egipto donde era reconocido como el jefe espiritual, sin embargo su personalidad era tan destacada que toda la iglesia de habla griega recibió la influencia de su veredicto.  Algunos teólogos del Oriente rechazaron el Apocalipsis hasta el mismo siglo V; pero el canon de Atanasio de 27 libros vino a ser la norma reconocida.

La formación del canon siguió un curso diferente en la iglesia de habla siríaca, que estaba al este de los límites de la Roma imperial, en la zona del alto Eufrates, Mesopotamia y Persia.  El cristianismo se arraigó hondamente en esa zona durante el siglo II, y quizá los Evangelios fueron traducidos al siríaco antes de 200 d. C. como lo indican los manuscritos Curetoniano y Sinaítico de los Evangelios (ver p. 123).  Sin embargo, esos Evangelios parecen haber sido usados mucho menos que el Diatesarón, la armonía de los Evangelios preparada por Taciano quizá unos pocos años antes.  Durante los siglos III y IV la iglesia siria conocía el Evangelio casi exclusivamente mediante el Diatesarón.  Los dirigentes de la iglesia siria, tales como Teodoreto de Ciro y Rábula de Edesa, se esforzaron mucho en el siglo V por eliminar el Diatesarón y reemplazarlo por “el Evangelio de los separados”, nombre que se daba a los cuatro Evangelios.

Poco se sabe del uso que antiguamente se dio entre los de había siríaca a otros libros del Nuevo Testamento.  Según la Doctrina de Addaí, escrita hacia 350 d. C., parece que las epístolas de Pablo y los Hechos de los Apóstoles se usaban en las iglesias siríacas, junto con el Antiguo Testamento y el Diatesarón; pero no se sabe desde cuándo las iglesias de habla siríaca conocieron esos libros, o si tenían las epístolas generales y el libro del Apocalipsis.  Una lista del siglo III de los libros del Nuevo Testamento, en siríaco, encontrada en el monasterio del monte Sinaí enumera sólo los cuatro Evangelios, los Hechos y las epístolas de Pablo, incluso Hebreos.

Una nueva traducción siríaca, la Peshito (ver p. 123), apareció con un decidido apoyo eclesiástico a comienzos del siglo V.  Reemplazó al Diatesarón con los cuatro Evangelios separados y también contenía los Hechos, 14 epístolas de Pablo, 1 Pedro, 1 Juan y Santiago.  De modo que el Nuevo Testamento siríaco consistía de 22 libros, y así permaneció durante muchos años.  Como resultado de las controversias cristológicas del siglo V, y por presión del Occidente, algunos cristianos de habla siríaca aceptaron el canon de 27 libros, mientras que otros retuvieron sólo 22.

El canon después de 200 d. C. en el Occidente

El testimonio de Ireneo, de Tertuliano y del Fragmento Muratoriano muestra que al iniciarse el siglo III el canon del Nuevo Testamento casi se había definido en el Occidente.  Los cuatro Evangelios, los Hechos, 13 epístolas de Pablo, 1 Pedro, 1 Juan, Apocalipsis y quizá también 2 Juan y, Judas generalmente se reconocían como pertenecientes al canon.  Segunda Pedro, Santiago, 3, Juan y Hebreos aún no habían alcanzado ese reconocimiento, aunque se aceptaban a veces algunas obras apócrifas.  Por lo tanto, la historia del canon después de 200 d. C. principalmente implica la aceptación de tres epístolas generales y Hebreos, y el rechazo de algunos apócrifos cuestionables.

La iglesia del Occidente no contaba con tantos eruditos notables como la del Oriente, pero su disciplina eclesiástica era más vigorosa, y por eso la evolución del canon en el Occidente no implicó tantas vacilaciones como en el Oriente.  Finalmente la iglesia occidental siguió a la oriental en la aceptación de Hebreos, y al mismo tiempo en el Occidente se defendía fuertemente el Apocalipsis, libro que no fue aceptado en el Oriente durante el siglo III y parte del IV Finalmente los teólogos griegos cambiaron su actitud y aceptaron el Apocalipsis en su canon.

Durante todo el siglo III todavía las epístolas generales se usaban poco en la iglesia latina.  Es muy raro encontrar citas de estos libros en los padres latinos de este período, y cuando ello ocurre son tomadas de 1 Juan y 1 Pedro; sin embargo, en el siglo IV las epístolas generales recibieron una amplia aceptación.  Atestiguan de esto dos listas canónicas.  La primera, que quizá provenía de África, es una lista descubierta por Teodoro Mommsen.  En ella figuran cinco epístolas generales: tres cartas de Juan y dos cartas de Pedro; pero posteriormente alguien añadió a una de las dos copias existentes de este canon las palabras latinas una sola.  Esta observación corresponde tanto a las epístolas de Juan como a las de Pedro.  Eso quizá indique que si bien es cierto que el autor original de esta lista reconocía como canónicas tres cartas de Juan y dos de Pedro, un lector posterior expresó su oposición a este punto de vista.  La segunda lista canónica del siglo IV es el Catálogo Claromontano, encontrado entre Filemón y Hebreos en el Códice Claromontano (D), en París.  Allí están todas las siete epístolas generales en el siguiente orden: 1 y 2 Pedro, Santiago, 1, 2 y 3 Juan y Judas.

La decisión final acerca del canon del Nuevo Testamento fue tomada por la iglesia latina en 382 d. C., cuando el sínodo de Roma, presidido por el papa Dámaso, decretó oficialmente que las siete epístolas generales forman parte integral del Nuevo Testamento.  Este decreto atribuyó la Primera Epístola de Juan al apóstol, y las otras dos a otro Juan, que se suponía que fue un presbítero.  La iglesia del norte de Africa siguió ese ejemplo, y en los concilios de Hipona (393 d. C.) y 3.o de Cartago (397 d. C.) se expidieron decretos similares al de Roma en 382 d. C.

La Epístola a los Hebreos tampoco fue aceptada del todo en la iglesia de Occidente hasta la segunda mitad del siglo IV.  La principal razón para esta demora radicó en que se discutía su paternidad literaria.  Los padres latinos de los siglos III y IV no mencionaban la epístola o rechazaban a Pablo como su autor.  Por eso está excluida del Catálogo Claromontano, a menos que figure allí como “Epístola de Bernabé”, lo que es posible, pero poco probable.  A pesar de todo, los grandes teólogos y dirigentes eclesiásticos latinos de la última parte del siglo IV fueron decididamente influidos por la teología griega del Oriente, donde nunca se había dudado de que Pablo fuera el autor de Hebreos.  Por eso Jerónimo, Hilario de Poitiers, Lucifer de Cagliari, Vigilio de Tapso, Ambrosio, Agustín y otros dirigentes del Occidente comenzaron a aceptar la canonicidad de Hebreos.  Esta tendencia fue legalizada en el sínodo de Roma en 382 d. C. que declaró que en el canon hay 14 cartas de Pablo.  Los concilios posteriores de Hipona y Cartago también reconocieron que Hebreos es una epístola paulina.  En su canon del Nuevo Testamento, Agustín, tal como lo presenta en su obra De doctrina cristiana (II. 8, 12-14), no difiere en nada del canon de Atanasio de Alejandría contenido en su 39.a Carta Pascual (ver p. 130).  Desde este tiempo en adelante, las iglesias latina y griega tuvieron el mismo canon del Nuevo Testamento de 27 libros.

Los libros apócrifos del Nuevo Testamento fueron rechazados antes y más resueltamente en la iglesia de Occidente que entre los cristianos del Oriente.  Alrededor del año 200 d. C. había en el Occidente una clara definición respecto a los libros cuyo origen apostólico era cuestionable, como lo demuestran Tertuliano y el Fragmento Muratoriano, si bien algunos de esos mismos libros eran usados sin escrúpulos por Clemente de Alejandría.  Los libros apócrifos todavía eran parte de la literatura de la iglesia de Oriente en los siglos III y IV, como lo testifican las obras de Orígenes y de Eusebio.  En ese tiempo dichos libros eran rechazados unánimemente por los padres de la iglesia latina; sin embargo, manuscritos bíblicos posteriores revelan que en algunos círculos continuaron usándose libros apócrifos hasta la Edad Media.  Se sabe que 20 de esos manuscritos contienen una traducción latina del Pastor de Hermas, y más de 100 tienen la así llamada Epístola de Pablo a los Laodicenses.

Es un hecho notable que ninguno de los concilios ecuménicos de la iglesia de los primeros siglos trató de fijar el canon.  El primer concilio ecuménico (reconocido sólo por la Iglesia Católica) que trató del canon fue el Concilio de Trento (1545-1564), el  cual estableció por decreto, por primera vez, un canon de las Escrituras obligatorio para todos los miembros de la Iglesia Católica.  Aunque, como ya se mencionó, concilios anteriores habían tratado del canon, esos concilios no eran ecuménicos y, sólo tenían jurisdicción sobre ciertos distritos eclesiásticos.

El estudio de la evolución del canon del Nuevo Testamento proporciona una evidencia convincente de que la mano de la Providencia guió en la formación del canon de la Palabra escrita de Dios.  Como se ha visto ya, las decisiones que produjeron el canon de 27 libros no fueron en esencia la obra de una iglesia organizada que expresara su voluntad mediante un papa o un concilio general.  Más bien, el canon de las Escrituras evolucionó gradualmente durante unos cuatro siglos, a medida que muchos cristianos, bajo la dirección del Espíritu de Dios, reconocieron que ciertas obras habían sido inspiradas por el mismo Espíritu y otras obras no lo habían sido.

En esta obra de selección, divinamente inspirada, ciertas normas ayudaron a los primeros cristianos para decidir qué libros merecían un lugar en las Escrituras y cuáles no; y una de esas normas fue la paternidad literaria.  El Nuevo Testamento era las buenas nuevas acerca de Jesucristo, y naturalmente los cristianos creían que la presentación más auténtica de este pasaje provenía de aquellos hombres que la habían Escrito porque habían estado con Jesús.  Por eso finalmente sólo se aceptaron aquellas obras de las cuales los cristianos estaban claramente convencidos de que habían sido escritas o por un apóstol o por un compañero de un apóstol que escribió en el período apostólico.  Por eso los libros de Marcos y Lucas fueron admitidos debido a que todos los cristianos estaban convencidos de que habían sido escritos en el tiempo de los apóstoles Pedro y Pablo, y quizá bajo su supervisión.  Pero la Epístola de Bernabé, ampliamente aceptada en el siglo II, finalmente fue eliminada del canon porque su contenido demostraba que no pudo haber sido escrita por ese colaborador de los apóstoles.  El Pastor de Hermas gozó del favor de algunos de los primeros cristianos; pero al fin fue excluido del canon porque se originó en el período postapostólico.

Otra norma usada por la iglesia primitiva para la fijación del canon fue el contenido de cada libro.  A veces eso implicaba un discernimiento más sutil que la cuestión de la paternidad literaria.  Se necesitaba la evaluación de un libro en términos de su valor intrínseco, su compatibilidad con el resto de las Escrituras y su conformidad con la experiencia cristiana. Sin duda, en gran medida debido a este principio la iglesia primitiva rechazó muchos Evangelios gnósticos y libros de Apocalipsis de esa misma tendencia.

Para efectuar con éxito todo esto, era esencial la conducción del Espíritu de Dios, el mismo Espíritu que guió la mente de profetas y apóstoles mientras escribían, y que ha hecho surgir la convicción en el corazón de todo verdadero creyente mientras lee las Escrituras de que realmente es la Palabra de Dios.

Bibliografía:

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