Principios de Interpretación de Daniel -III

Numerosos expositores fijan la fecha entre 1843-1847

Los expositores de la primera mitad del siglo XIX presentan un cuadro del todo diferente. El interés se había desplazado de Dan. 7 a Dan. 8, y de los ya transcurridos 1.260 años del cap. 7 a la finalización de los 2.300 años que se aproximaba, considerada por muchos como una verdad profético que entonces debía hacerse resaltar. Por lo tanto, la inminente terminación de los 2.300 años y los sucesos que la acompañarían eran el punto focal de interés y estudio. Existe el testimonio de 40 expositores europeos -que van de “J. A. B.” (1810) a Birks (1843)- que esperaban el fin de los 2.300 años en 1843, 1844 ó 1847; la mayor parte de éstos hacía comenzar los 2.300 años al mismo tiempo con las 70 semanas de Dan. 9. (Una minoría excepcional de escritores, entre los cuales se destacan James H. Frere, comenzaron el período más largo un siglo antes, en el tiempo de Daniel, lo cual daba un total de 2.400 en lugar de 2.300. Citaban las ediciones de la LXX, entonces de actualidad, aunque otros señalaban que el número 2.400, erróneamente atribuido al Códice Vaticano, en realidad se había originado en un error de imprenta en el siglo XVI. En el Códice Vaticano se lee 2.300 [ver L. E. Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers (La fe profética de nuestros padres), t. 1, pp. 176-181].) El énfasis que se dio en el siglo XIX a 1843, 1844 ó 1847, comenzó con dos opúsculos: el de “J. A. B.”, de Inglaterra (a fines de 1810), y el de William C. Davis, de Norteamérica (enero de 1811), en los que se proclamaba la proximidad de la terminación de los solemnes 2.300 años en 1843 y 1847 respectivamente. Las voces de estos precursores pronto se propagaron desde Gran Bretaña a la Europa continental, y aun al África y la India. Sin embargo, hubo posiciones opuestas en cuanto a la naturaleza de los acontecimientos finales -si se trataba de la terminación de los siglos por un cataclismo o si era el comienzo gradual del milenio-, y también, en cuanto a la naturaleza del cuerno “que creció mucho”, de Dan. 8, sobre si era romano o mahometano.

William Hales, siguiendo la orientación de Hans Wood, hacía comenzar los 2.300 años en 420 a. C. y los hacía terminar en 1880 d.C. Por su parte, George Stanley Faber hacía terminar los 2.300 con los 1.260 años en 1866, y creía que el cuerno grande era el mahometismo. Adán Clarke los ubicaba a partir de la visión del macho cabrío, o entre 334 A. C. y 1966 d.C. William Cuninghame (laico presbiteriano de Lainshaw), y Archibald Mason (ministro reformado presbiteriano) -ambos escoceses, fijaban 457 a. C. como el comienzo simultáneo de las 70 semanas y de los 2.300 años, y hacían terminar este último período en 1843. Concordaba con ellos un grupo notable. Varios escritores apoyaban esta ubicación cronológica en diversos periódicos religiosos británicos, dedicados mayor mente al estudio de la profecía. Se ocuparon del tema grupos de estudio, como la Sociedad para la Investigación de las Profecías, y los que se reunieron en Albury Park. Eruditos británicos y de la Europa continental, que representaban diferentes grupos religiosos, establecieron los años 1843, ó 1847 como el fin de los 2.300 días. Sus diferencias eran pequeñas, pero notable su unidad en lo fundamental.

Expositores norteamericanos de los 2.300 años

Entre los expositores premilleritas y no milleritas de 1800 a 1844, hubo muchos intérpretes de las profecías, cultos y prominentes. Muchos eran pastores de grandes iglesias urbanas. No pocos tenían el equivalente de un título de profesor y otros de doctor. Algunos ocupaban el puesto más encumbrado de su denominación, entre otros el Dr. Joshua L. Wilson, de Cincinnati, por un tiempo presidente de la Asamblea General Presbiteriana; John P. K. Henshaw, de Rhode Island, obispo protestante episcopal, y Alexander Campbell, de Virginia, fundador de Los Discípulos de Cristo. Algunos fueron rectores de universidades; por ejemplo, Timothy Dwight, de Yale, Eliphalet Nott, de Union College (Schenectady) y George Junkin, de Miami University (Oxford, Ohio). Dos otros intérpretes, Elías Burdick y Robert Scott, fueron médicos; uno, John Bacon, fue juez, y otro, Elías Boudinot, diputado y director de la casa de la moneda.

De las pocas publicaciones religiosas que entonces se editaban, varias se ocupaban de las profecías, tales como la edición bostoniana del Christian Observer, y el Connecticut Evangelical Magazine. Estas publicaciones eran voceros de los anglicanos, presbiterianos, discípulos y de la llamada Conexión Cristiana; una era interdenominacional. Entre los redactores de esas páginas que influían en el modo de pensar de la gente, figuraron Alexander Campbell del Millennial Harbinger (Precursor del milenio), y Elías Smith del Herald of Gospel Liberty (Heraldo de la libertad evangélica).

La mayoría de los expositores que se ocuparon de la ubicación cronológica de los 2.300 años se dividían casi por igual, entre 453 a.C.-1847 d. C., y 457 a. C.-1843 ó 1844, aunque algunos hacían terminar el período en 1867 ó 1868, y otros pocos en diferentes fechas. También estaban divididos respecto al cuerno pequeño “que creció mucho” (Dan. 8). Algunos lo interpretaban como la Roma pagana y papal, pero la mayoría como el mahometismo (aun entre aquellos que veían al papado en el cuerno pequeño del cap. 7). También se presentaba con frecuencia la opinión de que el cuerno del cap. 8 representaba a Antíoco Epífanes.

La mayoría de estos intérpretes esperaba que los 2.300 años terminaran con algún gran acontecimiento que diera principio al milenio o preparara el camino para él. Esperaban un aumento notable de la justicia y de la paz, o la purificación del santuario/iglesia de la apostasía y la corrupción, o la destrucción del anticristo, o la liberación de la tierra santa del poder de los musulmanes. Los premilenaristas esperaban el reinado de Cristo en la tierra con sus santos; los postmilenaristas anticipaban un notable derramamiento del Espíritu y una gradual conversión del mundo antes de que apareciera Cristo.

La exposición millerita de Daniel 8

El principal mensaje de los milleritas era que la segunda venida de Cristo acontecería al fin de los 2.300 días. De hecho, las diferencias más vitales entre los expositores milleritas y otros del mismo período no dependían principalmente de los cálculos en cuanto a los lapsos proféticos, sino de los sucesos que ocurrirían a su terminación. Los milleritas esperaban que el mundo terminara con un cataclismo, provocado por el regreso personal de Cristo, con el consiguiente fin del tiempo de gracia dado a los hombres, la resurrección de los justos y la muerte de los impíos.

Entre los milleritas no había ninguna diferencia en cuanto a interpretar que Roma era el cuerno “que crecía mucho”, en el macho cabrío griego; de ahí que esperaran algo más que la purificación de Palestina, Jerusalén o el templo, de la maldición de la profanación musulmana. Y como todos eran premilenaristas, ninguno anticipaba un milenio de mejoramiento gradual del mundo, con paz y justicia universales logradas por los hombres. A diferencia de los futuristas, no veían en el cuerno “que creció mucho” un anticristo individual futuro, y combatían vigorosamente la identificación de este cuerno con Antíoco.

Un segundo motivo de separación era que los milleritas no aceptaban la doctrina de la restauración del Israel literal como pueblo de Dios. Creían que el verdadero Israel se compone de los seguidores de Cristo, que se han convertido en herederos de las promesas hechas a Abrahán y al Israel de antaño (Gál. 3:29). Pero los no milleritas, premilenaristas, tanto en Europa como en Norteamérica, que esperaban la plena restauración literal de los judíos, relacionaban la purificación del santuario con la recuperación de Palestina y Jerusalén del poder de los musulmanes, en quienes veían el cuerno “que creció  mucho” de Dan. 8. Los adventistas del séptimo día continuaron haciendo resaltar estos puntos de divergencia y ponían énfasis en los principales elementos proféticos que habían sido prácticamente enseñados por todos a través de los siglos, a lo que añadían la interpretación de que la purificación del santuario celestial debía comenzar, y no terminar, al fin de los 2.300 días.

V. Cinco siglos de exposición acerca del “continuo”

Opiniones de tiempos anteriores a la Reforma

El interés en cuanto al significado del “continuo” (Dan. 8: 11-14) comenzó antes de la Reforma y continuó a través del tiempo de ésta. Se desarrolló este interés cuando el papado fue claramente identificado como la “apostasía” profetizada o “misterio de iniquidad”, y como el mayor pervertidor de las verdades fundamentales y medios de la salvación, especialmente el sacrificio expiatorio, el sacerdocio celestial de Cristo y el verdadero culto de Dios. En el siglo XIV, John Wyclef definió al papado como la “abominación” que había contaminado el santuario o iglesia, y expresamente declaró que la doctrina papal de la transubstanciación y su consiguiente “herejía en cuanto a la hostia”, había eliminado el “continuo”. Su contemporáneo el erudito lolardo Walter Brute concordó plenamente con esa posición y la unió con los 1.260 y los 1.290 días o años.

Definido por los reformadores protestantes

Nicolás von Amsdorf, primer obispo protestante de Naumburg, íntimo colaborador de Lutero, también afirmaba que el “continuo” era la “predicación inmaculada del Evangelio”, que ha sido anulado y suplantado por las tradiciones humanas de la apostasía papal. Al mismo tiempo, Johann Funck, de Nuremberg (primera ciudad libre que adoptó los principios de la Reforma), quien en 1564 ubicó las 70 semanas desde 457 a. C. hasta 34 d. C., también interpretaba el “continuo” como el “verdadero culto” de Dios.

En el siglo XVII, el obispo anglicano George Downham, de Inglaterra, continuó) haciendo resaltar que el papa había quitado el “continuo”, el cual él definía como la “verdadera doctrina y el culto de Dios de acuerdo con su Palabra”. Decía que esa desolación continuaría hasta que terminaran las 2.300 tardes y mañanas. Thomas Beverley, que ubicaba los 2.300 años entre Persia y el segundo advenimiento, concordaba con esto, e insistía en que el papado había quitado el “continuo culto de los santos”. También hacía notar la relación entre los períodos de los 1.290, 1.335 y 2.300 años.

Entre los expositores norteamericanos que siguieron esta misma interpretación, los dos primeros comentadores coloniales sistemáticos acerca de Daniel fueron Efraín Huit (1644) y Thomas Parker (1646), quienes explicaban respectivamente el “continuo” como “el culto continuo de Dios” y como “el continuo sacrificio o verdadero culto” eliminado por el papado.

El equivalente en la Contrarreforma

Después del Concilio de Trento, en la Contrarreforma, tanto el cardenal Belarmino (1542-162l) como Blas Viegas (1554-1599), jesuita portugués, daban la interpretación antagónica de que, por el contrario, la abolición o eliminación del “continuo” era la anulación de la misa por los protestantes. El cardenal Belarmino añadía que un anticristo judaico, todavía futuro, aboliría el continuo sacrificio de la misa.

De esta manera, los representantes de la Reforma y de la Contrarreforma, en mutuas acusaciones y contraacusaciones, relacionaban por igual el “continuo” con el sacrificio falso y el verdadero, con el sacerdocio de Cristo y el culto verdadero de Dios. El argumento de los unos era la antítesis del sostenido por los otros; pero ambos identificaban el “continuo” como el culto de Dios.

Persisten las interpretaciones en el siglo XVIII

En los tiempos posteriores a la Reforma, el Dr. Sayer Rudd, bautista británico (m. 1757), declaraba explícitamente lo que entendía por el “continuo sacrificio”:

El culto puro de Dios bajo el Evangelio; y por haber sido quitado, la supresión o corrupción de ese culto por la tiranía anticristiano que tiene lugar al surgir la apostasía papal (An Essay Towards a New Explication of the Doctrines of the Resurrection, Millennium, and Judgment (Ensayo de una nueva explicación de las doctrinas de la resurrección, el milenio y el juicio ), p. 14).

En el movimiento metodista, Jean G. de la Fléchére, íntimo colaborador de Wesley, afirmaba que, al quitar el “continuo”, el obispo de Roma había abolido o desfigurado mucho el verdadero culto de Dios y Jesús, y había echado por tierra la verdad”. Y muchos de esos expositores esperaban que esa perversión profetizada fuera rectificada cuando el santuario se purificara al fin de los 2.300 días o años. En una obra anónima de 1787, “R. M.” relaciona el “continuo” con el servicio del santuario, en estas palabras:

La supresión del continuo sacrificio y el establecimiento de la abominación es la supresión del verdadero culto cristiano, tal como fue instituido por Cristo y sus apóstoles, y el establecimiento de las doctrinas y los mandamientos de hombres … El continuo sacrificio es un término mosaico que equivale al verdadero culto de Dios, apropiado para el tiempo en que vivió Daniel (Observations on Certain Prophecies in the Book of Daniel [Observaciones acerca de ciertas profecías del libro de Daniel], pp 8-9).

El irlandés Hans, Wood, uno de los primeros en declarar que las 70 semanas son la primera parte de los 2.300 días, en 1787 definió la supresión del “continuo” como las innovaciones introducidas en lugar del “culto divino” por el cuerno pequeño papal, lo que ha resultado en la “profanación del templo”, o iglesia. Esto él lo ubicaba como el comienzo de los 1.290 días. Y durante la Revolución Francesa, George Bell, escribiendo acerca de la “Caída del anticristo” (“Downfal of Antichrist”) y la Santa Ciudad hollada por el papado, decía que “los gentiles, o papistas, . . . suprimen el continuo sacrificio y establecen la abominación que hace que la iglesia visible de Cristo sea desolada durante el lapso de 1.260 años”. Consideraba los 1.290 años como un período 30 años más largo.

Interpretaciones en el despertar adventista del siglo XIX

EN el despertar adventista del Viejo Mundo, en el siglo XIX, William Cuninghame, de Escocia, al escribir en 1808 observaba que el mahometismo no había suprimido el “continuo” ni había derribado el lugar del santuario de Cristo, y declaraba: “La iglesia de Cristo es el templo o santuario y el culto de esta iglesia, el continuo sacrificio”. Añadía, comentando 2 Tes. 2:

De este templo es quitado el continuo sacrificio cuando no permanece más esta forma de palabras correctas y cuando el culto de Dios, únicamente mediante Cristo, es corrompido y oscurecido mediante una veneración supersticiosa de la Virgen María y de los santos, o mediante cualquier forma de culto a las cosas creadas. Entonces cesa el continuo sacrificio ordenado por Dios (The Christian Observer, abril de 1808,p.211).

Sostenía que el “continuo sacrificio” de la “iglesia oriental” fue suprimido casi un siglo antes de la aparición de Mahoma -es decir, en el siglo VI-, y que la abominación de la desolación fue introducida mediante actos de los emperadores romanos cuando establecieron la autoridad espiritual del cuerno pequeño papal y la veneración idolátrica de la Virgen María y de los santos.

Pero George Stanley Faber, erudito canónigo anglicano de la catedral de Salisbury, sostenía que el mahometismo también había suprimido el “continuo sacrificio de alabanza y agradecimiento”, y así había “contaminado el santuario espiritual”, al engrandecerse contra Cristo. Y el capitán Charles D. Maitiand, de la artillería real, escribía en 1814:

El continuo sacrificio del culto espiritual fue quitado de la iglesia gentil, y la abominación desoladora establecida allí dentro, en el año 533 de nuestro Señor. A partir de este período los santos fueron entregados en las manos del poder papal, y se le dio autoridad a este poder para que se enseñoreara sobre ellos y los tiranizara durante 1.260 años (A Brief and Connected View of prophecy [Un panorama breve y conexo de la profecía], p. 27).

Archibald Mason, bien conocido ministro presbiteriano de Escocia, quien en 1820 estableció los años 457 a. C. y 1843 d. C. como las fechas del comienzo y la terminación de los 2300 años, declaraba que el continuo sacrificio significa “el culto instituido por Dios en la iglesia”, y que “la desolación y la holladura del santuario y de la hueste significa el error, la superstición y la idolatría que se instituyeron en lugar de aquel culto” (Two Essays on Daniel’s … Two Thousand Three Hundred Days [Dos ensayos sobre los 2300 días de Daniel], p. 6).  Añade que esto terminará con la expiración de los 2300 años, cuando “el verdadero culto de Dios será restaurado”.

Además, John Bayford, uno de los patrocinadores de Joseph Wolff, escribía: “El continuo sacrificio que él [el poder que huella] ha suprimido es sin duda el Cordero de Dios, cuya sangre los mahometanos huellan bajo sus pies”. El erudito Frederick Nolan, destacado lingüista, vinculaba el “continuo sacrificio” con la “peculiar solemnidad” de las ceremonias del “Gran día de la expiación” realizadas por el “sumo sacerdote en el lugar santísimo del templo”. Edward Bickersteth, párroco evangélico y secretario de la Sociedad Misionera de la Iglesia (Church Missionary Society), refiriéndose a las 70 semanas como cortadas o separadas para los judíos de los 2300 años, decía que llevaban “desde la restauración del continuo sacrificio hasta la consumación del perfecto sacrificio de Cristo” y el ungimiento del “Santísimo”.

Aplicación opuesta de Manning

Durante el despertar adventista del siglo XIX, otro cardenal católico, Henry Edward Manning, cuando se le hizo la pregunta: “¿Qué es la supresión del continuo sacrificio de Dan. 8: 11-14?”, contestó que es la supresión del “sacrificio de la santa eucaristía,… el sacrificio de Jesús mismo en el Calvario, renovado perpetuamente y continuado para siempre en el sacrificio [católico] en el altar”. Después acusaba al protestantismo de haber suprimido el sacrificio de la misa en el Occidente, y afirmaba que los que hacían eso eran precursores del futuro anticristo judaico, el cual – poco antes del fin del mundo – haría que “cesara” por completo el sacrificio diario de la misa durante un corto tiempo.  Increpaba a los diversos países protestantes por la “supresión” del “continuo sacrificio”, es decir el “rechazo de la misa”, y tildaba esa supresión como la “marca y característica de la Reforma protestante” (The Temporal Power of the Vicar of Jesús Christ [El poder temporal del vicario de Jesucristo], pp. 158-161).

De modo que, aunque los puntos de vista fueran opuestos, la cuestión del “continuo” siempre giraba en torno del sacrificio de Cristo y el sacerdocio, y del culto debido o verdadero de Dios.

Entre los expositores norteamericanos del siglo XIX anteriores a los milleritas, o que no participaron de ese movimiento, no había ninguna diferencia especial respecto a la interpretación histórica protestante.  Robert Reid, ministro presbiteriano reformado, en 1828 continuaba acusando a la apostasía papal de haber “contaminado horriblemente” el “santuario de Dios”, y afirmaba que el anticristo así había suprimido el “continuo” (The Seven Last Plagues [Las sietes postreras plagas], pp. 4-9, 67-72).

Diferente interpretación de Miller

William Miller, fundador del movimiento millerita, introdujo una interpretación completamente diferente.  Combinando la expresión “el continuo” de Dan. 8: 11-14; 11: 31; 12: 11, con Mat. 24: 15 y 2 Tes. 2: 7-8, declaró que el poder de la Roma pagana debía ser quitado del camino antes de que se revelara “el misterio de iniquidad” papal.  Por lo tanto, llegaba a la conclusión de que el “continuo” debía ser el paganismo, eliminado antes de que pudiera desarrollarse el papado.

Un factor vital de esta posición era su interpretación de la bestia de diez cuernos de Apoc. 13 como la Roma pagana, una de cuyas cabezas paganas fue herida de muerte y reemplazada por el poder civil del papado, ejerciendo esta última cabeza su poder durante 42 meses o 1260 años. Entendía que la bestia de dos cuernos (a la que él llamaba “bestia-imagen”) era el poder eclesiástico papal, pero aplicaba el número 666 a la primera bestia, como los años de la dominación pagana de Roma.  Miller comenzaba este período desde el “pacto” (Dan. 11: 23) humillante de los judíos con los romanos, que él erróneamente pensaba que había ocurrido en 158 a. C., y que se extendería hasta la “caída” del paganismo.  Calculaba esto sencillamente restando 158 (a. C.) de 666, lo que daba 508 d.C. Miller creía que ésta era la fecha de la conversión del último rey pagano.  Y razonaba que este hecho suprimió el “continuo” del paganismo (Miller, Evidence From Scripture and History [Evidencia de las Escrituras y la historia], 1836, pp. 36, 50, 56-62, 71).

Este concepto, radicalmente diferente de la interpretación histórica empleada en la Reforma, fue apoyado por casi todos los milleritas.  Pero alrededor de 1842 algunos de ellos comenzaron a disentir con algunas de las opiniones de Miller.  En su primera carta a Miller, en 1838, su colega Charles Fitch ponía en duda la comprobación del suceso que Miller había ubicado en 508 (S.  Bliss, Memoirs of William Miller [Memorias de Guillermo Miller], p. 129).

Seis meses antes del chasco de octubre de 1844, Miller declaró públicamente que sus hermanos por lo general no habían concordado con él en que 666 significaba 666 años de la Roma pagana (Midnight Cry [El clamor de medianoche], febrero 22, 1844, p. 242).  En el diagrama adoptado por el congreso general de los milleritas, en mayo de 1842, se omite el número 666 como los años del paganismo, y “el continuo” como el paganismo.

Crosier y el parecer de la Reforma

En 1846 apareció un artículo de O. R. L. Crosier en el cual se exponían los resultados de su estudio conjunto con Hiram Edson y F. F. Hahn. Aunque no definía el “continuo”, se basaba en la premisa de que el santuario que debía ser purificado (Dan. 8: 11-14) en 1844 era el santuario celestial, el cual comprendía el doble ministerio de Cristo, basado en su sacrificio único y absolutamente suficiente:

¿Qué era lo que Roma y los apóstoles de la cristiandad habrían de profanar conjuntamente?  Se formó esa combinación contra el “pacto santo”, y lo que profanaron fue el santuario de ese pacto; lo cual pudieron hacer, así como profanar el nombre de Dios (Jer. 34: 16; Eze. 20; Mal. 1: 7).  Eso era lo mismo que profanar o blasfemar el nombre divino.

En este sentido, esta bestia “político-religiosa” profanó el santuario (Apoc. 13: 6), y echó por tierra su lugar en el cielo (Sal. 102: 19; Jer. 17: 12; Heb.  8: 1-2), cuando llamaron a Roma la ciudad santa (Apoc. 21: 2) e instalaron allí al papa con los títulos de “Señor Dios el papa”, “Santo Padre”, “Cabeza de la Iglesia”, etc.; y allí, en el falsificado “templo de Dios”, él [el papa] profesa hacer lo que Jesús en realidad hace en su santuario (2 Tes. 2: 1-8).  El santuario ha sido hollado (Dan. 8: 13), así como lo ha sido el Hijo de Dios; Heb. 10: 29 (Crosier, edición extraordinaria del Day-Star, febrero 7 de 1846, p. 38).

Más tarde Crosier, acercándose al punto de vista de la Reforma, definió el “continuo” como una doctrina -la de “que Cristo ‘fue crucificado por nosotros’ “- que fue quitada de “él [Cristo]” y reemplazada por el papado “con sus méritos, intercesiones e instituciones en lugar de los de Cristo” (Day-Dawn, marzo 19, 1847, p. 2).

Jaime White y el punto de vista de Crosier

Jaime White aceptó en 1846 la enseñanza de Crosier del santuario hollado bajo los pies, pero no su identificación del “continuo” hecha en 1847.

Decimos, pues, que el santuario celestial ha sido hollado en el mismo sentido en que el Hijo de Dios ha sido hollado.  De la misma manera, el “ejército”, la verdadera iglesia, también ha sido hollado.  Los que han rechazado al Hijo de Dios lo han hollado, y por supuesto han hollado su santuario …

El papa ha afirmado que tiene “poder en la tierra para perdonar pecados”, poder que sólo pertenece a Cristo.  Se ha enseñado a la gente a que acuda al “hombre de pecado”, sentado en su templo, o, como lo dice Pablo, que “se sienta en el templo de Dios como Dios”, etc., en vez de acudir a Jesús, sentado a la diestra del Padre en el santuario celestial. Al apartarse así de Jesús, el único que puede perdonar pecados y dar vida eterna, y al conferirle al papa títulos tales como SANTÍSIMO SEÑOR, han “pisoteado al Hijo de Dios”. Y al llamar a Roma la “Ciudad Eterna” y la “Santa Ciudad”, han hollado la ciudad del Dios viviente y el santuario celestial. El “ejército”, la verdadera iglesia, que ha acudido a Jesús en el verdadero santuario para el perdón de los pecados y la vida eterna, también ha sido pisoteada, como [lo han sido] su divino Señor y su santuario (The Review and Herald, enero de 1851, pp. 28-29).

White y otros pioneros adventistas del séptimo día aceptaron el parecer de Crosier de que el santuario pisoteado (Dan. 8:13) era el celestial; sin embargo, sostenían el parecer de Miller de que el santuario echado por tierra (Dan. 8: 11) era un santuario pagano y que el “continuo” era el paganismo (Joseph Bates, The Opening Heavens [Los cielos que se abren], 1846, pp. 30-32; J. N. Andrews, en The Review and Herald, 6 de enero de 1853, p. 129; Uriah Smith, Id., 1º de noviembre de 1864, pp. 180-181; James White, Id., 15 de febrero de 1870, pp. 57-58, en una serie titulada “Our Faith and Hope” [Nuestra fe y esperanza], que se reimprimió como Sermons on the Coming . . . of Christ [Sermones sobre la venida de Cristo]).

Smith vuelve a afirmar el parecer de Miller

La declaración de Uriah Smith acerca del parecer prevaleciente aparece así en la primera edición en inglés (1873) de su libro sobre Daniel (p. 94):

El cuerno pequeño [de Dan. 8] simbolizaba a Roma en toda su historia, incluso sus dos fases, pagana y papal.  Estas dos fases son mencionadas en otra parte como el “continuo” (sacrificio es una palabra añadida) y la “prevaricación asoladora”; el continuo (asolamiento) significa la forma pagana, y la prevaricación asoladora, la papal.  En las acciones atribuidas a esta potencia se habla a veces de una forma y otras veces de la otra.  “Por él”, la forma papal, “fue quitado el continuo”, la forma pagana. La Roma pagana dio su lugar a la Roma papal.  Y fue echado por tierra el lugar de su santuario o culto, la ciudad de Roma. La sede del gobierno fue trasladada a Constantinopla. El mismo traslado se presenta en Apocalipsis 13: 2, donde se dice que el dragón, la Roma pagana, dio a la bestia, la Roma papal, su sede, la ciudad de Roma, y poder y gran autoridad, toda la influencia del imperio.

El “concepto nuevo”

En los últimos años del siglo XIX, la disconformidad con la exposición de Smith dio como resultado el concepto de que el “continuo” que había sido “quitado” era el claro entendimiento del ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial. El pastor L. R. Conradi, desde Europa, escribió que “el poder papal había quitado el continuo al desplazar el verdadero servicio del santuario por medio de su propio servicio humano”, y que el sacrificio de la misa dejaba “de lado al verdadero Sumo sacerdote, poniendo en su lugar al papa” (carta a Elena de White, 17 de abril, 1906). Conradi afirmó en la misma carta haber encontrado que varios autores de la Reforma habían dicho que el sacrificio de la misa era “la abominación predicha en Daniel 8”, y que por lo tanto el suyo no era en realidad un “concepto nuevo”, sino una idea más vieja que la de Miller. Esta interpretación, de que la eliminación del “continuo” se refería al oscurecimiento de la verdadera religión -la correcta comprensión del ministerio sacerdotal de Cristo, por causa de los siglos de opresión y apostasía papal-, fue aceptada por varios dirigentes adventistas, entre ellos Arturo Daniells, W. W. Prescott y W. A. Spicer en Norteamérica.

Hubo cierta disensión entre los dirigentes adventistas que sostenían la “vieja idea” de Miller y quienes apoyaban el “concepto nuevo”. Ambos partidos le preguntaron a Elena de White cuál era la explicación acertada.  En 1910 ella reprendió a quienes estaban discutiendo esta cuestión “de poca importancia” (1MS 193). Dijo que Dios no le había dado ninguna instrucción sobre este asunto y aconsejó: “Mientras exista la actual diferencia de opiniones acerca de este tema, no se lo haga prominente. Cese toda contención. En un tiempo como éste, el silencio es elocuencia” (1MS 198).

VI. Exactitud progresiva en la ubicación de las 70 semanas

Cómputo de los primeros escritores cristianos

Ireneo aludía al “sacrificio y la libación” quitados por el anticristo durante la “media semana”. Tertuliano (m. 240) afirmaba que las 70 semanas se cumplieron con la encarnación y la muerte de Cristo. Sin embargo, comenzaba este período profético con el primer año de Darío y, curiosamente, lo continuaba hasta la destrucción de Jerusalén por . Declaraba que el período fue sellado con el primer advenimiento de Cristo al fin de 62 semanas y media.

Clemente de Alejandría (m.c. 220) también sostenía que las 70 semanas incluían el advenimiento de Cristo y que el templo fue construido dentro de las “siete semanas profetizadas”. Judea quedó en paz durante las “sesenta y dos semanas”, y “Cristo nuestro Señor, ‘el Santo de los santos’, habiendo venido y cumplido la visión de la profecía, fue ungido en su carne por el Espíritu Santo de su Padre”. Cristo fue Señor durante las sesenta y dos semanas y más una semana, decía Clemente. Durante la primera mitad de la semana gobernó Nerón, y fue eliminado durante la otra mitad, y Jerusalén fue destruida al fin del período.

Hipólito interpretaba las 70 semanas proféticas como semanas de años literales, y hacía que los “434 años” (62 semanas) abarcaran desde Zorobabel y Esdras hasta el primer advenimiento de Cristo; pero separaba la 70.a semana de las 69 precedentes, introduciendo una brecha cronológica al colocar la última semana de años, dividida en segmentos iguales, al fin del mundo. Esta interpretación parece haber hallado poco eco en la iglesia primitiva.

Más tarde Julio Africano contó las 70 semanas desde Artajerjes I hasta la cruz. Decía:

Por lo tanto, calculando desde Artajerjes hasta el tiempo de Cristo es como se completan las setenta semanas, de acuerdo con la enumeración de los judíos.

Sin embargo, computaba 490 años lunares (que hacía equivaler a 475 años solares desde el 20 a año de Artajerjes (444 a. C.) hasta el 31 d.C. Después, Orígenes de Alejandría gran deformador de la interpretación de la Biblia-, extrañamente computó las 70 semanas por décadas, haciendo así un total de 4.900 años, que él afirmaba que se extendían desde Adán hasta el rechazo de los judíos con la destrucción de Jerusalén en 70 d.C. Después de que terminó el período de los mártires, Eusebio, obispo de Cesarea, claramente presentaba los 490 años desde Persia hasta Cristo, y añadía:

Es muy claro que siete veces [las] setenta semanas computadas en años dan un total de 490. Ese fue, pues, el período determinado para el pueblo de Daniel.

Extendiendo las 70 semanas desde Ciro hasta el tiempo de Cristo, Eusebio separaba sus partes componentes e introducía una brecha; pero ubicaba la crucifixión en la mitad de la 70.ª semana con estas palabras.

Una semana de años estaría representada por todo el período de su asociación [la de Cristo] con los apóstoles, tanto el tiempo antes de su pasión como el tiempo después de su resurrección.  Pues está escrito que antes de su pasión se mostró durante tres años y medio a sus discípulos y también a los que no eran sus discípulos, al mismo tiempo que, por sus enseñanzas y sus milagros, revelaba los poderes de su Deidad a todos por igual, fueran griegos o judíos. Pero después de su resurrección lo más probable es que estuviera con sus discípulos un período igual a los años … De modo que ésta sería la semana de años del profeta, durante la cual él confirmó “el pacto con muchos”, es decir, confirmó el nuevo pacto de la predicación evangélica.

Los expositores medievales continúan las diferencias

Hubo pocos cambios o debates en la primera parte de la Edad Media. Agustín computaba los 490 años hasta la cruz, declarando que la fecha de la pasión era mostrada por Daniel. La obra anónima Sargis d’ Aberga también extendía las 69 semanas hasta Cristo. El Venerable Beda seguía la interpretación dada antes por julio Africano, quien colocaba las 70 semanas desde el 20 a año de Artajerjes hasta Cristo y su bautismo en la mitad de la 70 a semana. Los judíos medievales, Saadia, por ejemplo, entendían el período como 490 años. En una obra atribuida por muchos a Tomás de Aquino leemos que las 70 semanas eran 490 años lunares, desde el 20 a año de Artajerjes, con el bautismo de Cristo en medio de la 70.ª semana, y con la cruz cerca de la terminación del período. Arnoldo de Villanova, médico del siglo XIII, situaba la muerte de Cristo después de las 62 semanas. Claramente éste no era el suceso final, porque colocaba “la mitad de la semana” en el 4 año después de la caída de Jerusalén (año 70), o sea el 46, año después de la crucifixión.

Los portavoces de la Reforma dan varias fechas para la crucifixión

En los días de la Reforma, Lutero y Melanchton llamaron la atención a la aceptación universal de las 70 semanas como “semanas de años”. El primero las hacía arrancar del 2.º año de Darío, pero colocaba la muerte de Cristo al comienzo de la 70.ª semana. Algunos lo imitaron en esto.  Sin embargo, Melanchton las computaba desde el 2.º año de Artajerjes Longímano. Las 69 semanas llegaban hasta el bautismo de Cristo, con la crucifixión en medio de la 70.a semana, tres años y medio después del bautismo de Jesús.

Johann Funck (m. 1566), capellán de la corte de Nuremberg, escribió el más completo y cabal tratado acerca de las 70 semanas que se hubiera compuesto hasta ese tiempo; y quizá fue el primero, en los días de la Reforma, que hizo comenzar las 70 semanas en 457 a.C. y las terminó en 34 d.C. Esto marcó época. Las consideraba como 490 años solares a partir del 7.º año de Artajerjes; y esto lo computaba y lo explicaba. Georg Nigrinus (m. 1602), teólogo evangélico, ubicaba el período entre 456 a.C. y 34 d.C.; también colocaba la crucifixión cerca del fin.

Heinrich Bullinger, de Zurich (1504-1575), también contaba las 70 semanas desde el 7.º año de Artajerjes, cerca de 457 a.C., hasta cerca de 33 d.C., con la crucifixión de Cristo al final. Jacques Cappel (1570-1624), teólogo francés, también comenzaba los 490 años en 457 a. C., en el “año séptimo de Artajerjes”. Joseph Mede, en 1638, teniendo en cuenta la destrucción de Jerusalén, computaba las 70 semanas desde 421 a.C. hasta 70 d.C.; pero colocaba la cruz en 33 d.C. Por el contrario, John Tillinghast contaba 486 años hasta la crucifixión en 34 d.C.

Hay pocos cambios en el énfasis y escasos debates en el período posterior a la Reforma. Johannes Koch, teólogo alemán (1603-1669), terminaba las 70 semanas en el año 33 d.C. William Whiston (imitado por el obispo William Lloyd) extrañamente computaba el período con años de 360 días (que él suponía que eran los que usaban los persas).  De esa manera calculaba los 490 años desde 445 a.C. hasta algún tiempo después de 33 d.C. Sir Isaac Newton los hacía terminar en 34 d.C. Heinrich Horch, la Biblia de Berlenburg, Johann Bengel y Johann Petri, unánimemente colocaban la cruz a la mitad de la 70.ª semana. Petri calculaba el período desde 453 a.C. hasta 37 d.C. Hans Wood (imitado por William Hales) lo extendía desde 420 a.C. hasta 70 d.C. El alemán Christian Thube ubicaba la cruz al comienzo de la última semana, en 30 d. C., haciendo terminar las 70 semanas en 37 d.C. Tal era la diversidad de interpretaciones.

Opiniones de los expositores norteamericanos

Entre los intérpretes norteamericanos de la colonia, el primer expositor sistemático, Efraín Huit, en 1644 computaba las 70 semanas desde Artajerjes, y fijaba la cruz a la mitad de la 70.ª semana. John Davenport (1597-1670), pastor puritano de Boston, comparaba las divisiones de las 70 semanas de Daniel con los eslabones consecutivos de una cadena. Samuel Langdon (1723-1797), rector de Harvard, usaba las 70 semanas como una prueba de la solidez del principio de día por año para todos los lapsos proféticos. Samuel Osgood computaba el período desde el año 7.º de Artajerjes hasta la crucifixión.

Predominan las fechas 457 a.C. y 33 d.C.

En el despertar adventista del Viejo Mundo de las primeras décadas del siglo XIX, una veintena de expositores identificaron el año 457 a.C. el 7.º año de Artajerjes- con el comienzo de las 70 semanas. La mayoría las hacía terminar en 33 d.C. (algunos en el 34). William Hales (1747-1831), el cronólogo posteriormente citado por los milleritas, colocaba la “una semana” entre 27 d.C. y 34, situando la crucifixión en “la mitad” de esta 70.ª semana, en 31 d.C. Escribiendo en 1820, Archibald Mason de Escocia aceptaba 457 a.C. y 33 d.C., en tanto que J. A. Brown se definía por 457 a.C. hasta 34 d.C. Ambos expositores entendían que las 70 semanas eran la primera parte de los 2.300 años, lo que hacía que terminaran el período más largo en 1843 y 1844 respectivamente.

Por otra parte, unos pocos expositores, como el obispo Daniel Wilson, de la India, escribiendo en 1836, prefería 453 a.C. a 37 d.C., con la cruz en la mitad de la semana. Pero el arquitecto Matthew Habershon, Edward Bickersteth y Louis Gausen, de Ginebra, unánimemente ubicaban el período de las 70 semanas entre 457 a.C. y 33 ó 34 d.C.

Este es el comentario de Hale sobre la ubicación de la crucifixión en 31 d.C.:

Y después de las sesenta y dos semanas, antes especificadas como la división más larga de las 70, el UNGIDO [LÍDER] fue “cortado” por una sentencia judicial inicua en la mitad de la una semana, que constituía la tercera y última división, y que empezó con el bautismo de nuestro Señor alrededor del año 27 d.C. – cuando “Jesús … era como de treinta años” –  y dio comienzo a su misión, la cual duró tres años y medio, hasta su crucifixión, aproximadamente en 31 d.C.

27. Durante esta semana, que terminó en el año 34 d.C. (época del martirio de Esteban), se estableció un nuevo pacto con muchos de los judíos de todas clases, en la mitad de la cual el sacrificio del templo fue virtualmente abrogado por el sacrificio plenamente suficiente del Cordero de Dios que quita los pecados del [arrepentido y creyente] mundo.

El Dr. Mason defiende su elección del 7.º año de Artajerjes como el comienzo de las 70 semanas, en vez de los decretos de Ciro y Darío, con estas palabras:

El decreto del rey persa, mencionado en esta profecía, tiene que ser el decreto de Artajerjes dado a Esdras, en el séptimo año del reinado de este monarca. Los decretos de Ciro y de Darío fueron demasiado prematuros, y el decreto de Artajerjes, en el vigésimo año de su reinado, dado a Nehemías, fue demasiado tardío, para responder a la predicción. Artajerjes dio su decreto a Esdras en el año 457 a.C. Si añadimos a este número 33 años, que era la edad de nuestro Redentor en su crucifixión, tenemos 490 años (Two Essays on Daniel’s Prophetic Number of Two Thousand Three Hundred Days [Dos ensayos sobre la cifra profética de Daniel de los dos mil trescientos días], p. 16).

La elección de 453 a.C., hecha por William Pym y unos pocos más, se basaba en la suposición de que la 70.a semana comenzó en 30 d.C., “cuando Cristo tenía treinta años”. Esta es la fórmula de Pym:

Por lo tanto, el pacto es el pacto evangélico, y la última semana de las setenta son aquellos siete años que comenzaron cuando Cristo tenía treinta años, y terminaron en 37 d.C. cuando se convirtió Cornelio. Sesenta y nueve semanas, o 483 años, deben, pues, computarse regresivamente desde el año 30 d.C. para el comienzo de las setenta semanas. Restando 30 de 483 nos da 453 antes de Cristo, o lo que es lo mismo, 490 años, es decir 70 semanas desde 37 d.C. (A Word of Warning in the, Last Days [Una palabra de advertencia en los últimos días], p.26).

La relación de las 70 semanas con los 2.300 días o años es presentada por Bickersteth de esta manera:

Del período completo de 2.300 años, 70 semanas estaban determinadas o cortadas, a partir de la restauración del continuo sacrificio hasta que se completara el perfecto sacrificio de Cristo, cuando fue levantado el templo espiritual (Juan ii, 19-2 l) y fue ungido el Santísimo. Heb. i.9, ix.24. Tenemos aquí, pues, el período eclesiástico de 70 semanas o 490 años, nítido y perfecto (A Practical Guide to the Prophecies [Una guía práctica para las profecías], 5.ª edición, 1836, p. 191).

Los escritores norteamericanos difieren en cuanto a las 70 semanas

Por lo menos 14 expositores que no eran milleritas, o bien que eran anteriores a ellos -de 1800 a 1844- ubicaron las fechas del comienzo y la terminación de los 490 años en 457 a.C. y 33 d.C., respectivamente (con la crucifixión al fin de la 70.ª semana), o 453 a.C. y 37 a.C. (con la crucifixión en la mitad de la 70.ª semana). De modo que la fecha de la crucifixión era el meollo del problema y el factor determinante para ubicar cronológicamente las 70 semanas.

William Miller colocaba la cruz -que entonces generalmente se situaba en 33 d.C.- al fin de la 70.ª semana. Al principio sus primeros colaboradores también dieron esto por sentado, como lo, habían hecho la mayoría de los eruditos que no eran milleritas, tanto en Europa como en Norteamérica. Pero varios doctos escritores milleritas llegaron a comprender la inconsecuencia e inexactitud de esta posición. Basándose en un estudio hecho por William Hales y varios escritores en cuanto al calendario judaico, se dieron cuenta de que la crucifixión se efectuó en la primavera [entre marzo y junio] de 31 d.C., en la “mitad” de la 70.ª semana. De modo que la 70.a semana se extendía desde el otoño [entre septiembre y diciembre] del año 27 hasta el otoño del 34. Este fue un factor para trasladar la fecha terminal de los 2.300 años de 1843 a 1844. Además, por su estudio del simbolismo de las festividades judaicas, los milleritas llegaron a la conclusión de que los 2.300 años terminaban en el 7.º mes judaico, es decir en septiembre- octubre.

Este reajuste de 1843 a 1844 como el fin de los 2.300 años, se produjo porque se comprendió (1) que los 2.300 años completos debían extenderse desde 457 a.C. hasta 1844; (2) que, por lo tanto, las 70 semanas (490 años) debían terminar en 34 d.C.; (3) que la cruz debía ser ubicada en la “mitad” de las 70.ª semana (27-34 d.C.), es decir en 31 d.C. Ahora bien, si la “mitad” de la 70.ª semana era la primavera [entre marzo y junio] del 31 d. C., el fin de la 70.ª semana caía en el otoño [entre septiembre y diciembre] del 34 d.C. Por lo tanto, los 1.810 años que quedaban más allá de la terminación de los 490 años, que terminaron entre septiembre y diciembre del 34 d.C., necesariamente llevarían al otoño de 1844.

Respuesta frente a la crítica por fijar una fecha

Si bien es cierto que ha habido muchísimas críticas y mofas debido al completo fracaso de la expectativa de los milleritas que aguardaban la segunda venida de Cristo en 1844, y una acre censura por el atrevimiento de fijar esa fecha, esta es una apreciación parcial. El error de ellos no fue mayor ni más digno de censura que la fijación de una fecha por muchos prominentes clérigos de diversas iglesias principales, de Europa y América, que creían firmemente que el año 1843, 1844 ó 1847 señalaría el comienzo de un milenio terrenal o de algún importante suceso que conduciría a él, tal como la caída del papa o de Turquía, el regreso de los judíos o la purificación de la iglesia.

Muchos fijaron aproximadamente la misma fecha de los milleritas, esperando que aconteciera algún suceso trascendental; y lo hicieron empleando como base la misma profecía inspirada de Dan. 8: 14: los 2.300 días o años hasta la purificación del santuario, confirmados por los acontecimientos de las 70 semanas. Sin embargo, todos estaban igualmente equivocados en cuanto a lo que debería acontecer.

Los que criticaban a los milleritas, pero al mismo tiempo abandonaban la antigua plataforma apostólica del premilenarismo, auspiciando la falacia del postmilenarismo de Whitby, del siglo XVIII -y sin embargo procuraban vincularla con una profecía cronológica invulnerable a fin de darle firmeza-, no debieran quedar ilesos. El registro histórico no permite que estos que fijaron fechas critiquen a otros que también lo hicieron, o asuman frente a ellos la actitud de ser mejores.

La cuestión en disputa era el significado de la expresión profético: “Luego el santuario será purificado” (Dan. 8: 14). Los primeros milleritas habían creído que la purificación del santuario equivalía a la purificación de la tierra con fuego, en el esperado regreso de su Señor en 1843.  Por el contrario, los expositores no milleritas, por lo general habían considerado el santuario como la iglesia, destinada a ser purificada de las contaminaciones de la apostasía, falsas doctrinas y apartamiento de Dios o como la tierra santa, que debía ser liberada de los mahometanos para permitir la restauración de los judíos. Muchos de ellos pensaban que esa purificación comenzaría en torno de 1843, 1844 0 1847, y que se propagaría triunfalmente durante el milenio. Pintaron así en cuadro brillante.

El sueño de los postmilenaristas que fijaron fechas, su acariciada esperanza de la conversión y transformación pacífica de toda la humanidad, no se realizó, y desde entonces esperanzas similares han sido destruidas por los indecibles horrores de dos guerras mundiales y los paralizantes temores de una tercera. Así también fueron chasqueados los que esperaban que Cristo viniera al comienzo del milenio y estableciera un reino terrenal. El completo fracaso de esos fijadores de fechas no milleritas debiera silenciar las críticas dirigidas a un grupo que creía en las Escrituras, y que salió de una verdad parcial para llegar a una luz mayor acerca de la purificación del santuario celestial.

Tanto los milleritas como los que no lo eran estuvieron equivocados en cuanto a la naturaleza del acontecimiento que sucedería. Y sólo podría entenderse el verdadero significado del movimiento de 1844 como heraldo del juicio, a medida que brillase mayor luz sobre la fase final del ministerio de Cristo como sumo sacerdote en el verdadero santuario celestial, y sobre la profetizada purificación de ese santuario en el verdadero día de la expiación. La expectativa de los milleritas era defectuosa en cuanto a la naturaleza del suceso anticipado. Pero ciertamente algo trascendental ocurrió en el otoño (septiembre-noviembre) de 1844.

En la fase final o del “séptimo mes” del movimiento millerita de 1844, se aclaró en el entendimiento de los milleritas un nuevo concepto de la purificación del santuario (Lev. 16: 29-30). Un estudio más detenido de los símbolos mosaicos de las ceremonias del santuario terrenal les hizo ver que eran la sombra de las realidades celestiales (Heb. 8-9).  Este fue un gran adelanto. En esta fecha del movimiento de 1844, los milleritas vieron a Jesucristo como divino Sumo Sacerdote -ministrando en el lugar santísimo celestial, el cielo de los cielos, como al principio comenzaron a concebirlo-, quien según creían ellos, saldría del cielo al terminar su servicio de expiación en el día décimo del séptimo mes, para bendecir a su pueblo que lo aguardaba. Y esto implicaría y constituiría su segundo advenimiento, pues aparecería “por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Heb. 9: 28).

El concepto del “séptimo mes” fue un paso de transición esencial para la verdad más plena que alboreó después del gran chasco del 22 de octubre: que en vez de que Jesucristo viniera del cielo en ese día para bendecir en su segundo advenimiento a su pueblo que lo esperaba, el Señor se había ocupado por primera vez de la segunda fase de su ministerio como Sumo Sacerdote simbolizado por el servicio en el lugar santísimo-, y que él tenía que realizar la obra de la hora del juicio antes de venir a esta tierra en su segundo advenimiento.

VII. Parte final de Daniel 11; períodos proféticos del capítulo 12

Considerados durante siglos como días literales

La exposición precristiana de Dan. 11 comenzó con la comprensión de que esta profecía repetía con detalles literales el desarrollo de los mismos tres poderes descritos en Dan. 8: Persia, Grecia y Roma. El Comentario de Habacuc, uno de los documentos esenios hallados entre los Manuscritos del Mar Muerto, compuesto antes de la era cristiana, señala a los romanos como Quitim. En el manuscrito Quisiano de la LXX, del siglo IX, la palabra “Quitim” no aparece; se usa directamente la designación “romanos”. Sin duda este manuscrito representa un parecer bastante anterior a la fecha de la copia que se conoce. Conociendo la interpretación de su tiempo, el traductor o copista sencillamente puso “Quitim”.

Sin duda el primer escritor cristiano que intentó identificar un elemento específico de este capítulo fue Hipólito, quien declara que el “rey descarado” de Dan. 11: 36 es el anticristo, una persona maligna que debía reedificar a Jerusalén, restaurar el santuario y aceptar que lo adoraran como a Cristo. Para Hipólito, los 1.290 y 1.335 días de Dan. 12, relacionados entre sí, eran meramente días: los 1.290 días representaban el período de la guerra del anticristo contra los santos, y el reino de los cielos vendría para los que sobrevivieran a los 45 días posteriores a los 1.290, es decir hasta el fin de los 1.335 días. Cirilo de Jerusalén (c. 315-386) menciona que algunos han aplicado los 1.290 y 1.335 días al período del anticristo. Y Jerónimo (c. 340-420) escribió: “Pero nuestro [pueblo] piensa que todas estas cosas se profetizan acerca del anticristo, quien existirá en el último tiempo”.

Teodoreto de Ciro (c. 386-457), teólogo griego de Antioquía, hacía aquí valer los tres tiempos y medio, o años, con los 1.290 días. Y Aimón de Halberstadt (obispo de 840 a 853), sostenía que después de los 1.260 días y de la muerte del anticristo, 45 días -la diferencia entre los 1.290 y los 1.335 días- son dados para que se arrepientan los elegidos, y son días de gracia. El Venerable Beda (c. 673-735), historiador inglés, creía que el segundo advenimiento seguiría a los 1.335 días -45 días después de 1.290-, cuando Cristo vendría en majestad, después de la destrucción del anticristo. Y sus tres tiempos y medio son años literales.

El principio de día por año aplicado en el siglo XIII

En 1297, Arnoldo de Villanova declaró que el anticristo vendría aproximadamente al fin de los 1.290 años, “desde el tiempo cuando el pueblo judío perdió la posesión de su tierra” (después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos). Parece haber sido el primer escritor cristiano (si no lo fue Olivi antes) que aplicó específicamente el principio de día por año a estos períodos más largos, y hacía terminar los 1.290 años en 1376 ó 1378, y los 1.335 años en el siglo XV, en la era de la tranquilidad universal de la iglesia.

Pierre Jean d’Olivi (1248-1298), franciscano francés, jefe de los “espirituales” (grupo rigorista en la orden de franciscanos), también aplicaba el principio de día por año a los 1.290 y 1.335 días.  Pensaba que los períodos de 1.260 y 1.290 años eran lo mismo, pero calculados de diferente manera. Los 1.290 años se extendían -según él- desde la muerte de Cristo hasta el anticristo, y los 1.335 años, 45 años más allá, llegaban al jubileo de paz, al séptimo estado de la gracia.

Tentativas de los judíos para ubicar los períodos

Numerosos expositores judíos -desde Benjamín ben Moisés Nehavendí, caraíta persa del siglo IX, hasta Naftalí Herz ben Jacob Elhanan, cabalista del siglo XVI- aplicaban el principio de día por año a los lapsos proféticos de Daniel de 1.290 y/o 1.335 días. Por lo menos siete lo interpretaron así antes de que el católico Joaquín de Floris aplicara la fórmula del principio de día por año a los 1.260 días, y antes de que sus seguidores, en el siglo XIII, lo extendieran hasta incluir los otros lapsos proféticos de Daniel. Nehavendí extendía los 1.290 años desde la destrucción del segundo templo hasta 1358 d.C.

Una sucesión de eruditos judíos, desde Saadías de Fayum (882-942) en adelante, declararon que esos lapsos eran años. Algunos no les aplicaron fechas; otros lo hicieron desde el siglo I -quizá partiendo de la destrucción de Jerusalén hasta la era mesiánica, que tal vez terminaría por 1358 y 1403-, y otros terminaban los 1.290 por 1462, los 1.335 en 1575 ó 1594. Estos expositores estaban esparcidos por Francia, España, Alemania, Bulgaria, Argelia y Turquía.

El estadista Isaac Abravanel esperaba el fin de los 1.335 años por 1503, y sostenía que las naciones de Dan. 2, 7 y 8 eran también el tema de Dan. 11. Pensaba que tal vez los reyes del norte y del sur eran un símbolo de los cristianos y los turcos, y hacía terminar los 1.290 (1.390) años con la conquista de Constantinopla en 1453.

Diversas opiniones anteriores a la Reforma y en tiempos de ella.-

Durante la Edad Media, Juan Milicz (m.1374), precursor de la Reforma en Bohemia, combinando Dan. 12:12 con Mat. 24:15, computaba los 1.335 años desde la crucifixión hasta el anticristo, alrededor de 1363-1367.  El erudito Nicolás de Lira (m. 1340) también creía que los 1.290 y 1.335 días de Daniel eran años. Y Juan Wyclef (c. 1324-1384) interpretaba la “abominación desoladora”, a que se refirió Cristo, aplicándola a la contaminación del santuario en Dan. 11, como la doctrina de la transubstanciación. Basándose en su entendimiento de las profecías acerca de los 1.260 y 1.335 años, escribió en 1356 que el fin estaba muy cerca.

John Purvey (c. 1354-1428), colaborador de Wyclef y autor del primer comentario protestante, creía que él vivía en los 45 años (evidentemente entre los años proféticos 1290 y 1335) dados a los elegidos para arrepentirse. Y Walter Brute (siglo XIV), erudito lolardo, hacía comenzar los 1.290 años en el año en que Adriano colocó la abominación (ídolo) en el lugar santo y los extendía hasta que se manifestara el anticristo.

Martín Lutero (1483-1546) consideraba que el rey que “hará su voluntad” (Dan. 11: 3) era el papa, el cual llegaría a su fin entre los mares Tirreno y Adriático sin que nadie lo ayudara.

Aquí, en Daniel 11: 37, tenemos una descripción del anticristo . . . Este reinará entre dos mares, en Constantinopla, pero ese lugar no es santo; ellos [los turcos] tampoco prohiben casarse; por lo tanto, créaseme, el papa es el anticristo.

Al igual que veintenas antes que él, Lutero también sostenía que los 1.290 y 1.335 eran años, pero los hacía terminar por 1372. Por el contrario, Melanchton (1497-1560) destacaba las perversiones mahometanas y papales del culto verdadero, y decía que Dan. 11: 45 podría referirse no sólo a Turquía, que tiene su sede entre los dos mares, sino también a la sede del papa de Roma, también ubicada entre dos mares. Procurando ubicar este período, Funck, de Nuremberg, tomaba el año 261 d.C. como punto de partida de los 1.290 años, y los hacía terminar en 1550; además, extendía los 1.335 años a 1595, 45 años más tarde. Ecolampadio (1482-1531) sostenía que Dan. 11 culminaría con el anticristo.

Desde Nicolás Selnecker, de Nuremberg (1530-1592), en adelante, numerosos eruditos bien conocidos -incluso el arzobispo inglés Thomas Cranmer y el obispo John Jewel- consideraban al papa como el poder de la última parte de Dan. 11. Por el contrario, unos pocos creían que se refería a Turquía.

Lord John Napier (principios del siglo XVII), primer expositor escocés del Apocalipsis, al considerar los 1.290 y 1.335 días como años, creía que los 1.335 podrían ir desde la supresión de las ceremonias judías en tiempo de juliano, 365 d.C. y, por lo tanto, terminarían en 1700, tiempo en que esperaba el día del juicio. Por el contrario, el cardenal Belarmino, de la Contrarreforma católica, como era futurista procuraba limitar los 1.290 días a una sola persona maligna. Además, opinaba que los 45 días entre los 1.290 y los 1.335, serían días literales antes de que el anticristo fuera muerto.

Las fechas finales ubicadas cada vez más tarde

En la era posterior a la Reforma, numerosos voceros europeos, entre George Downham (1603) y James Bicheno (1794), nos han dejado explicaciones de Dan. 11 en las que tratan de ubicar los 1.290 y los 1.335 días. Algunos dicen sencillamente que el período más largo lleva hasta el segundo advenimiento, la resurrección, el fin, el día del juicio o la nueva Jerusalén. En otros casos, se sugirieron fechas específicas, calculadas sobre el principio de día por año. El obispo Downham, de Derry, identificaba al papado como el “rey del norte”, destinado a llegar a su fin con el período más largo de 1.335 días o años, concluyendo con lo que él llamaba el “glorioso estado de la nueva Jerusalén”.

Por el otro lado, el educador disidente Henry More (1614-1687) creía que no sólo el anticristo (sin duda el papado) estaba indicado en Dan. 11: 37-38, sino que el último rey del norte que llegará a su fin sin recibir ayuda representaba a los turcos. De modo que estas dos opiniones se desenvolvían entonces paralelamente.

Las dos posiciones fueron combinadas por John Tillinghast, quien pensaba que tanto el papado como los turcos estaban indicados desde Dan. 11: 40 en adelante. Ambos, según él, habían de ser destruidos por la venida de Cristo. Y calculaba los 1.290 años desde Juliano (366 d.C.) hasta 1656, computando también los 1.335 años desde 366 hasta 1701 -el fin de los 2.300 años-, con el reinado personal de Cristo y el milenio. Pero William Sherwin (1607-1687) aplicaba a los turcos la identidad del último rey del norte, destinado a llegar a su fin sin ayuda. Y terminaba los 1.290 años en 1656 (computados desde Juliano el Apóstata), y los 1.335 y 2.300 años en 1700, comienzo del “tiempo bienaventurado”. De modo que las fechas finales fueron proyectadas hacia adelante en forma gradual.

Thomas Beverley, en 1684, también consideraba que Turquía era el rey del norte, que pronto llegaría a su fin predicho. Decía que el “fin de todo” se aproximaba y que ocurriría en 1772 cuando terminaran los 2.300 y los 1.335 años. El autor anónimo de The Mysteries of God Finished [los misterios de Dios consumados] (1699) pensaba que los 1.335 años terminarían simultáneamente con los 2.300, quizá en 1699, al fin del reinado del anticristo, y los 1.260 y 1290, en 1685. William Lowth, comentador bíblico (1660-1732), interpretaba al papado como el rey de Dan. 11 “que hará su voluntad”, y decía que los 1.335 años llevarían a la purificación del santuario y terminarían junto con los 2.300 años.

En el siglo XVIII, exégetas de Gran Bretaña, Suiza y Alemania procuraron otra vez resolver el misterio de las fechas de estos dos períodos. Unos los hacían terminar en 1745 y 1790, respectivamente; otros los extendían hasta 1860.  Hacían corresponder su terminación siempre con las “últimas cosas”: el juicio final, la resurrección y el advenimiento o establecimiento del reino de Dios.

El pastor reformado Johann Petri (Fines del siglo XVIII) extendía los 1.290 años hasta 1847, cuando comenzaría el reinado del milenio; y concluía los 1.335 años en 1892, como preparación para el descanso eterno. Posteriormente, Hans Wood, de Irlanda, veía a Turquía en Dan. 11: 44-45, y el fin de los 1.290, los 1.335 y los 2.300 años en 1880. El disidente James Bicheno (m. 183l) hacía comenzar los 1.290 y los 1.335 años en 529, por lo que terminaban en 1819 y 1864.  Esta última fecha era el año del “Bienaventurado”, y Turquía era el rey del norte. Sin embargo, Christian G. Thube, de Alemania, a fines del siglo XIX, creía que el papado era el poder de Dan. 11: 36-45.

Los primeros intérpretes norteamericanos dan explicaciones parecidas a las de los europeos

Los escritores norteamericanos, desde Roger Williams (m. 1683) hasta Joshua Spalding (1796), dieron explicaciones muy parecidas de los poderes de la última parte de Dan. 11 y de los lapsos proféticos del cap. 12.  Roger Williams, pionero de la libertad religiosa en Norteamérica, declaraba que el poder de Dan. 11: 36 era igual al cuerno pequeño papal de Dan. 7: 25.  Ephraim Huit (m. 1644), primer expositor colonial sistemático de Daniel, decía que el cap. 11 era paralelo con las profecías precedentes de los cap. 2, 7 y 8. También afirmaba que el rey blasfemo del cap. 11: 36 era el “anticristo romano”, pero que Turquía era el “rey del norte”; y terminaba los 1.290 y 1.335 años en 1650 y 1695, respectivamente, haciendo comenzar ambos en 360, cuando los sacrificios judaicos fueron eliminados por Juliano el Apóstata.

También Thomas Parker (mediados del siglo XVII) aplicaba los vers. 36-40 al papado, y creía que Turquía era el rey del norte, pero terminaba los 1.290 años en 1859. Samuel Hutchinson también creía que Turquía era el último poder del cap. 11, cuyo Fin llegaría con el segundo y glorioso advenimiento de Cristo, junto con la destrucción del hombre de pecado, pero no establecía fechas para los períodos proféticos. Increase Mather, rector de la Universidad de Harvard, también sostenía que el papado era el poder del vers. 36, y que después venía la “familia turca otomana”. Hacía comenzar los 1.290 y 1.335 años en 440 ó 450. Su famoso hijo, Cotton Mather (m. 1728), también comenzaba ambos períodos -1.290 y 1.335 años- en 440 ó 450 d.C. De esta manera hacía concluir el último período en 1785, dándole una terminación escatológico.

Por el contrario, William Burnet, gobernador de Nueva York y Massachusetts, creía que el papado era el poder principal de la última parte del capítulo, y extendía los 1.290 años hasta 1745, y los 1.335 hasta 1790, cuando ocurriría la primera resurrección y estaría muy próximo el reino de Dios. El párroco episcopal Richard Clarke (m. 1780), de Carolina del Sur, finalizaba los 1.335 años en 1765, fecha en que esperaba la “medianoche” del mundo y la caída de Babilonia. Samuel Hopkins (m. 1803), teólogo congregacional, no asignaba fechas específicas a los períodos; pero comenzaba los 1.260 años en 606, y pensaba que este período profético podría comenzar junto con los 1.290 y conducir a la restauración de la iglesia.

En esta forma, el siglo XIX alboreó con Samuel Osgood, director general de correos, que interpretaba al poder otomano como la figura central de Dan. 11:40 en adelante, el cual llegaría a su fin con el segundo advenimiento; pero rehusaba señalar con precisión los 1.290 ó 1.335 años. James Winthrop, bibliotecario de la Universidad de Harvard, comenzaba en 532 los 1.260 y los 1.290 años, concluyendo los primeros en 1822 con el juicio, y los 1.335 con el comienzo del milenio, sincrónicamente con el fin de los 2.300 años.

Joshua Spalding, “estrella matutina” de la esperanza premilenarista y cuyo opúsculo fue reimpreso por los milleritas-, explícitamente aplicaba Dan. 11: 44-45 al anticristo papal que saldría con gran furia para destruir y aniquilar por completo a muchos, y que entonces llegaría a su fin. Entendía que los períodos de 1.290 y 1.335 años de Dan. 12 llegaban hasta la primera resurrección y la nueva Jerusalén, con la liberación de la iglesia, la cosecha y el juicio inminentes. Este fue el marco histórico inmediato de la interpretación millerita.

La interpretación europea en el despertar adventista del siglo XIX

Los intérpretes del despertar adventista europeo del siglo XIX estaban divididos en cuanto a las potencias indicadas en la última parte del capítulo: el rey que “hará su voluntad”, el “rey del norte”. etc. Algunos interpretaban que el papado era uno de ellos, o ambos; otros creían que se trataba de Turquía; algunos incluían a la Francia revolucionaria o a Napoleón. Otros de este mismo período veían a Antíoco como el rey que “hará su voluntad” (opinión que más tarde llegó a predominar entre los comentadores modernos). Sin embargo, en los comienzos del siglo XIX hubo una mayor unanimidad en cuanto a la ubicación de los 1.290 y los 1.335 años que en cualquier período previo. Muchos colocaban la fecha final de los 1.335 años en 1867 ó 1868.

Estos expositores eran eruditos y prominentes, y hacían destacar sus opiniones. Era frecuente calcular que los 1.260, 1.290 y 1.335 años comenzaban en el mismo tiempo: en 533 d.C. De esa manera se hacía terminar los 1.335 años en 1867. De acuerdo con este cálculo, la secuencia de las fechas finales era 1792, 1822 y 1867 (ó 1793, 1823 y 1868). La mayoría de ellos creía que la terminación de los 1.335 años sería el comienzo del milenio y del período de bienaventuranza. Algunos esperaban la purificación de la iglesia; otros, la batalla de Gog y Magog o el gran día de Dios, el juicio final, el descenso de Cristo del cielo, la resurrección y la transformación de los santos que estuvieran vivos, la destrucción de todos los poderes terrenales adversarios de Cristo y de su pueblo, y el comienzo del glorioso reinado de Cristo.

No fueron pocos los que hicieron terminar uno u otro de los períodos proféticos en 1844. Pero predominaba 1867 como el punto céntrico que marcaba el comienzo de la era bienaventurada y el anuncio de la esperanza para el mundo.

Vacilación norteamericana en ubicar los períodos de 1.290 y 1.335 años

En lo que respecta a los 1.290 días o años de Dan. 12: 11, hubo relativamente pocos expositores norteamericanos fuera del movimiento millerita entre 1800 y 1844, que intentaron ubicar cronológicamente este período. La mayoría de ellos hacían comenzar simultáneamente los 1.260, 1.290 y 1.335 años. Los que eligieron 533 (fecha del edicto imperial de Justiniano) como el punto de partida común, terminaban los 1.290 años en 1823. Algunos escogieron 606 (desde Focas o el surgimiento del mahometismo) para el comienzo conjunto, y hacían terminar los 1.290 años en 1896. Otros ubicaban los 1.290 años entre 587 y 1877. Los restantes propusieron fechas variadas. Había más divergencias en cuanto a estas cifras que en relación con cualquier cálculo profético de Daniel.

También había falta de concordancia respecto al período de 1.335 años. Los que no pertenecían al movimiento millerita, y que intentaron hacer un cálculo, por lo general lo ubicaban entre 533 d. C. y 1866 ó 1868 (aproximadamente 45 años más tarde de la terminación de los 1.290 años). Unos pocos eligieron el período que va de 587 a 1922, y más o menos el mismo número de expositores lo fijaron entre 606 y 1941. El resto se caracterizó por la diversidad de fechas. Sin embargo, la mayoría de los intérpretes norteamericanos consideraban que los 1.335 años llegaban hasta la primera resurrección y el tiempo “bienaventurado” que seguiría durante el milenio. No pocos entendían que el segundo advenimiento daría comienzo a esto; por lo tanto, había una estrecha relación entre las fechas para los períodos de 1.335, 1.290 y 1.260 años, ya fuera que se los hiciera comenzar en 553, 587 ó 606 d.C.

En la primera fase, la de “1843”, del movimiento millerita, todos concordaban con Miller, y hacían arrancar tanto los 1.290 como los 1.335 años de 508 d.C. -fecha que indicaba Miller para la supresión del paganismo-, haciendo terminar simultáneamente los 1.290 con los 1.260 años del dominio espiritual del papado en 1798. Y prolongaban los 1.335 años hasta 1843, en que terminaban junto con los 2.300 años. Pero en la fase del “séptimo mes”, o de 1844, del movimiento millerita -cuando se llegó a creer que los 2.300 años se extendían desde el otoño [septiembre-diciembrel de 457 a.C. hasta el otoño de 1844-, muchos cambiaron la terminación de los 1.335 años de 1843 a 1844, haciéndolos concluir simultáneamente con los 2.300 años.

Evidentemente se creían justificados al hacer ese cambio porque no habían determinado un acontecimiento para la fecha de comienzo de los 1.335 años, la que más bien había sido computada en forma regresiva desde “1843” hasta aproximadamente 508. Pero creían que el tiempo era corto, y tenían poco interés en reajustar los detalles de puntos poco importantes.

Divergencia en interpretar los últimos poderes

En el tiempo de William Miller, los expositores concordaban casi siempre en la aplicación de la primera parte de Dan. 11 a los Tolomeos y Seléucidas (incluso Antíoco Epífanes); pero diferían en cuanto a qué partes de la profecía se aplicaban a Roma, y exhibían interminables divergencias en la identificación del poder o de los poderes que aparecen en la última parte del capítulo. Miller entendía que el rey de Dan. 11:36 que “hará su voluntad” es el papado, y el rey del norte (vers. 40) Inglaterra.  Sin embargo, aplicaba los vers. 40-45 a Napoleón, quien había de plantar las tiendas de su palacio en Italia, y más tarde iba a llegar a su fin (Evidence From Scripture and History of the Second Coming of Christ [Evidencia de la segunda venida de Cristo tomada de las Escrituras y de la historia], edición de 1842, pp. 97-98, 104-107).

Las antiguas divergencias dé interpretación entre el papado y Turquía, en la última parte de Dan. 11, continuaron reflejándose en las opiniones de los adventistas del séptimo día. Algunos, como Jaime White, veían al anticristo papal en el rey que “hará su voluntad” y también en el poder que iba a llegar a su fin; otros incluían a Francia y a Napoleón en su interpretación. Posteriormente, muchos siguieron a Uriah Smith al identificar a Turquía como el rey del norte (vers. 41-45) y también como el poder de la sexta trompeta y la sexta plaga.

VIII. En conclusión

Por las pruebas presentadas, es claro que los adventistas del séptimo día en ningún sentido son los originadores de la interpretación básica de la profecía, que es uno de los más antiguos y más nobles campos de exégesis bíblica. Ha habido un despliegue progresivo del rollo, sección tras sección. Estamos en el fin de la notable sucesión de fieles testigos esparcidos a través de los siglos en el transcurso de 2.000 años. Nos han precedido centenares de expositores pioneros. Podemos decir humildemente que hemos recuperado y restaurado los principios más firmes y las aplicaciones más seguras de los eruditos más piadosos y serpientes del pasado en este aspecto vital del estudio de la Biblia.

Como continuadores y consumadores de principios claramente enunciados y firmemente establecidos en la interpretación a través de los siglos, somos en realidad intérpretes firmemente ortodoxos de la profecía. Los descollantes expositores de la fe judía, católica y protestante son nuestros antepasados en las interpretaciones. Por lo tanto, la nuestra, en ningún sentido, es una plataforma aislada y sectaria. Es la más amplia y más firme, la más lógica y mejor comprobada de cualquiera de las plataformas empleadas para explicar las profecías en la historia de la iglesia cristiana.

Hemos retenido lo que otros han dejado que se les escape. En resumen, esto expresa nuestra relación con la sucesión de testigos de la profecía de Dios a través de todos los siglos pasados.  Hemos reunido las gemas de verdades proféticas de Daniel, cap. 2, 7, 8, 9, 11 y 12, que han estado sepultadas debajo de los escombros de lo que abandonaron y descuidaron otras iglesias.  Tan sólo hemos colocado de nuevo esas respetables interpretaciones dentro del marco del “Evangelio eterno”: el mensaje de Dios para hoy día.

Nuestros antecedentes inmediatos han de buscarse en el reavivamiento mundial y movimiento adventista de las primeras décadas del siglo XIX, primero en el Antiguo y después en el Nuevo Mundo, donde el movimiento característico fue conocido como millerismo.

La mayor parte de nuestras principales definiciones en cuanto a las profecías de Daniel vinieron directamente de los expositores milleritas, pues ésa fue la principal área de su estudio en las líneas proféticas. La mayor parte de nuestros principales progresos y el área de nuestro estudio más intenso se hallan en las profecías complementarias del Apocalipsis, profecías que atañen a los últimos días. Esto es especialmente verdadero respecto a Apoc. 13-18, capítulos que se refieren a las últimas cosas o sucesos del fin, para cuya comprensión los expositores de la iglesia primitiva no estaban preparados, como tampoco lo estaban los de la Reforma, sencillamente porque esta parte del Apocalipsis no tenía entonces aplicación (Comentario Bíblico Adventista,  Tomo IV, pp. 42-83).

Bibliografía / Colecciones.

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Adventual Collection. Aurora College (Illinois). Colección de documentos acerca de los milleritas: periódicos, folletos y libros, especialmente cartas manuscritas de Miller, artículos, diarios, bosquejos de sermones y diagramas.

Obras individuales.

Los documentos norteamericanos se han de hallar principalmente en la Biblioteca del Congreso, Union Theological Seminary, la Biblioteca Pública de Nueva York, la Universidad de Harvard, American Antiquarian Society, Andover Newton Theological Seminary, Biblioteca Congregacional de Boston, General Theological Seminary de la ciudad de Nueva York, y Western Reserve Historical Society of Cleveland.

Las obras británicas y de Europa continental sobre profecía están principalmente en el Museo Británico y las bibliotecas de Oxford, Cambridge, Glasgow y Dublín; las obras de profecía de la Europa continental están principalmente en la antigua Preussische Staatsbibliothek de Berlín, Bibliothéque nationale de París y la Bibliothéque publique et universitaire de Ginebra; también en bibliotecas de Wittenberg, Viena y Roma.

Bickersteth, Edward. A Practical Guide to the Prophecies. Londres: R. B. Seeley & W. Burnside, 1836. 384 pp. Catálogo condensado de expositores británicos.

Birks, Thomas R. First Elements of Sacred Prophecy. Londres: William Edward Painter, 1843.

438 pp. La respuesta clásica del despertar adventista británico al futurismo.

Brooks, Joshua W., compilador. A Dictionary of Writers on the Prophecies. Londres: Simpkin Marshall and Co., 1835. 114 pp. El catálogo más completo y útil de las interpretaciones del Viejo Mundo.

Croly, George. The Apocalypse of St. John. Londres: C. & J. Rivington, 1827. 372 pp. Estudio histórico del principio de día por año, especialmente en su aplicación al período de los 1.260 años.

Döllinger, Johann J. Ignaz von. Prophecies and the Prophetic Spirit in the Christian Era. Londres: Rivingtons, 1873. 226 pp. Valioso estudio desde los comienzos de la Edad Media hasta 1519, con interpretación de los tiempos.

Elliott, Edward Bishop. Horae Apocalypticae; or, A Commentary on the Apocalypse (5.a ed.). Londres: Seeley, Jackson y Halliday, 1862. 628+576+632+738 pp. Amplísimo estudio del Apocalipsis, que también abarca escritos paralelos acerca de Daniel.

Evans, Charles. American Bibliography (12 t.). Chicago: El autor, 1903-1934. De suma utilidad para apreciar las obras publicadas en Norteamérica antes del siglo XIX.

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Guinness, H. Grattan. The Approaching End of the Age. Londres: Hodder y Stoughton, 1880. 372 pp. Este y los dos títulos que siguen, son obras muy amplias del siglo XIX referentes a profecía.

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Valioso esbozo del futurismo.

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