Principios de Interpretación de Daniel -II

La cadena de testigos cubre la era cristiana

En resumen, Dan. 2 ha sido interpretado con mucha unanimidad por los expositores judíos, católicos y protestantes durante casi 2.000 años, en lo que atañe a los cuatro poderes mundiales, de Babilonia a Roma. En los pies y los dedos de los pies del hombre metálico de la profecía se han reconocido los fragmentos del Imperio Romano que continúan hasta hoy en la forma de las naciones modernas de la Europa occidental. Las principales diferencias- además de la variación del cuarto imperio, interpretado como los reinos helenísticos o como Roma-han sido: (1) que los judíos consideran que la piedra sencillamente era el reino mesiánico venidero que ellos esperan aún; (2) que la mayor parte de los católicos sostienen que la piedra es la actual Iglesia Católica, en un proceso inexorable de convertirse en el monte que llenará el mundo, y (3) que la mayoría de los protestantes han interpretado que es el futuro reino que será establecido por Cristo cuando tenga lugar su segunda venida.

Por lo tanto, los adventistas del séptimo día concuerdan con la interpretación histórica fundamental de Dan. 2: cuatro poderes mundiales, Roma dividida en diez reinos con todas sus vinculaciones matrimoniales, sus ligas y alianzas inútiles; la mezcla del hierro y el barro que simboliza la unión del “poder estatal y el poder eclesiástico”, y el establecimiento futuro del reino de Dios, el cual será una realidad por la intervención divina en los asuntos humanos mediante la segunda venida de Cristo, cuando finalmente terminará el lapso concedido al reinado del anticristo.

III. El bosquejo de Daniel 7 amplía la profecía del capítulo 2

Desde los mismos comienzos de la iglesia se afirmaba que la profecía de las cuatro bestias simbólicas de Dan. 7, seguidas por el establecimiento del reino de Dios, sencillamente es un paralelo, una repetición y una ampliación del bosquejo profético de los cuatro metales de la gran estatua del sueño profético y de la piedra destructora de Dan. 2. Ambas visiones eran reconocidas como la descripción que hace Dios del surgimiento y la caída de las naciones y el bosquejo de la historia de los imperios mundiales. La mayoría de los sucesos eran reconocidos a medida que acontecían.

La referencia a los diez reinos y al cuerno pequeño en la Epístola de Bernabé (c. 150 d. C.), implica la comprensión de que la cuarta bestia era el Imperio Romano que entonces existía, que diez reinos pronto se desprenderían de Roma, y que tres de ellos serían desarraigados por el “rey pequeño”. A esto le sigue en la epístola citada la alusión a la inicua conducta del “negro” o “inicuo” que vendría y que sería destruido en el Juicio cuando Jesús volviera a la tierra.

Fragmentación esperada y percibida

Justino Mártir, de Samaria, primer padre anteniceno de la iglesia, relacionaba el segundo advenimiento con la conclusión de la profecía de Dan. 7, y aludía a los tres tiempos y medio. Ireneo de las Galias (m. c. 202) declaraba que Roma -el cuarto reino de la gran sucesión- terminaría fragmentándose en diez partes, y que el cuerno pequeño ocuparía el lugar de tres de las diez divisiones de Roma. Además, identificaba al “hombre de pecado” (anticristo) de Pablo con el cuerno pequeño de Daniel.

El tiempo tenía inevitablemente una perspectiva muy reducida para esos primeros expositores. Para Ireneo (siglo II), los tres tiempos y medio eran tres años y medio literales, dentro de la vida de un individuo. Pasó el tiempo. Y no fue sino hasta el siglo XII cuando Joaquín de Flora (o Floris) emite) el concepto de que los tres tiempos y medio equivalían a 1.260 años literales. Tertuliano de Cartago (siglo III) ya había añadido el concepto de que, de acuerdo con Pablo (2 Tes. 2), la continuación unificada de Roma demoraba la aparición del anticristo; y que su división en diez reinos daría lugar al aparecimiento del anticristo, el cual sería finalmente destruido por el resplandor del segundo advenimiento de Jesús.

El paralelismo de los elementos proféticos de Dan. 2 y 7 fue reconocido por lo menos ya en los días de Hipólito (c. 200 d. C.). Afirmaba éste que el alcance de ambos capítulos es idéntico, con la sola diferencia de que Dan. 7 es más amplio. Estas son sus notables palabras:

La “cabeza de oro de la imagen” es idéntica con la “leona”, con la cual fueron representados los babilonios. El “pecho y los brazos de plata” son lo mismo que el “oso”, que simboliza a los persas y a los medos. “Su vientre y sus muslos de bronce” son el “leopardo”, que representa a los griegos que gobernaron desde Alejandro en adelante. Las “piernas de hierro” son la “bestia espantosa y terrible” que simboliza a los romanos, que ahora gobiernan. Los “dedos de los pies de barro y hierro” son los “diez cuernos” futuros. El “otro cuerno pequeño” que “salía entre ellos” es el “anticristo”. La piedra que “hiere a la imagen y la desmenuza”, y que llena toda la tierra, es Cristo que viene del cielo y trae juicio para el mundo (Fragmentos de comentarios, “Acerca de Daniel”, fragmento 2, cap. 3; cf. su Tratado acerca de Cristo y el anticristo).

Hipólito vivió en el tiempo de la dominación de Roma y afirmó que los diez reinos “todavía habían de levantarse”. Un siglo más tarde, poco antes del Concilio de Nicea, Eusebio de Cesarea reiteró en esencia la misma interpretación que establece un paralelismo entre Dan. 2 y 7, estimando que el reino de Dios sería establecido mediante la intervención divina en su segundo advenimiento. Cirilo de Jerusalén concordó con esta interpretación: las cuatro bestias de Daniel son los imperios de Babilonia, Persia, Macedonia y Roma; el anticristo aparecerá después de la división de Roma y de la humillación de tres de los cuernos de las divisiones siguientes. Crisóstomo de Constantinopla estuvo de acuerdo con este esquema cuando escribió a fines del siglo IV.

Porfirio (232-304), filósofo neoplatónico, para tratar de desacreditar la profecía, introdujo la idea de que el cuerno pequeño de Dan. 7 era Antíoco Epífanes, del siglo II a. C. Jerónimo, traductor de la Vulgata, y el último que expuso con amplitud las profecías de Daniel antes de la oscuridad espiritual de la Edad Media, escribió en el siglo V para refutar los argumentos de Porfirio, e identificó a las bestias de Dan. 7 con los metales de Dan. 2. También mencionó por nombre a varias de las divisiones de Roma: los vándalos, los sajones, los burgundios, los alemanes, y otras. Declaró que el cuerno pequeño no era Antíoco, sino el anticristo venidero. El juicio y el advenimiento seguirían al reinado del cuerno pequeño que, según él creía, sólo duraría tres años y medio literales. Teodoreto de Ciro, teólogo de la iglesia de Oriente (c.393-c.457), añadía que el cuerno pequeño la cuarta bestia de Daniel- la bestia romana- es el mismo “hijo de perdición” mencionado por San Pablo.

Notables progresos en tiempo de Joaquín y Eberhard

La interpretación profética medieval no se caracterizó por sus progresos. En Sargis d´Aberga, obra etíope del siglo VII, donde se narra la conversión forzada de los judíos bajo Focas y Heraclio, el autor se refiere a las cuatro bestias como los cuatro reinos, seguidos por las diez divisiones de los cuernos, siendo el cuerno pequeño el “falso Mesías”. Los más antiguos dibujos que se han preservado de las cuatro bestias simbólicas fueron hechos por Beato, monje español del siglo VIII. El Venerable Beda, de Gran Bretaña – también del siglo VIII –, aludía  a esos cuatro reinos principales, los cuales nombraba. Pero para él los tres tiempos y medio también eran años literales.

El monje benedictino Berengaud trató, a fines del siglo IX, de ubicar geográficamente a algunos de los cuernos como divisiones históricas de Roma, tales como los vándalos en España, los godos en Alemania y los hunos en Panonia. Una exposición de Daniel erróneamente atribuida a Tomás de Aquino (siglo XIII), citaba la posición típica de Jerónimo acerca de los cuatro imperios, con los diez cuernos como reyes futuros del tiempo del anticristo, el que habría de gobernar tres años y medio. El escolástico Pedro Comestor (m. c. 1178) describía la trayectoria de Babilonia, Persia, Grecia, Roma, las diez divisiones del Imperio Romano, y el cuerno pequeño como el anticristo que surgiría de la tribu de Dan. Pero con Joaquín de Floris (o Flora, m. 1202) – el más notable expositor de la Edad Media – comenzó a restaurarse en su debido lugar la interpretación histórica de la profecía. Aunque hizo alusión a Dan. 7, su mayor contribución fue extender el principio de “día por año” a los 1.260 días de Apocalipsis 12. Hizo equivaler éstos a los 42 meses de Apoc. 11: 2 y a los tres tiempos y medio de Dan. 7, declarando que “un día, sin duda, debe aceptarse como un año”. Sus discípulos del siglo XIII, como Arnoldo de Villanova y Pierre Jean d’Olivi, aplicaron después este principio de día por año a los 1.290 y 1.355 días (Dan. 12: 12).

La notable obra valdense Tratado sobre el anticristo puso énfasis en que en la iglesia papal se cumplían las predicciones proféticas de Daniel, Pablo y Juan. Lo afirma así en esta abarcante declaración:

La iniquidad, pues, corresponde a todos sus ministros, grandes y pequeños, junto con todos los que los siguen con mal corazón y a ciegas. Una congregación tal, en su conjunto, es lo que se llama anticristo, o Babilonia, o la cuarta bestia, o la ramera, o el hombre de pecado, el hijo de perdición (citado en Samuel Morland, The History of the Evangelical Churches of the Valleys of Piemont [La historia de las iglesias evangélicas de los valles del Piamonte], pp. 143, 158-159). Pero el primero en declarar que el cuerno pequeño de Dan. 7 era el papado histórico un sistema anticristiano, no un individuo fue Eberhard II, arzobispo de Salzburgo, Austria, durante el Concilio de Ratisbona en 1240. Difícilmente se puede exagerar la importancia de esta declaración. Este postulado se convirtió en la convicción de Wyclef, Lutero, Cranmer y Knox, y prácticamente de todos los expositores protestantes de la Reforma y posteriores a la Reforma, en el continente europeo, en Gran Bretaña y en Norteamérica.

Expositores judíos identifican al cuerno papal

Entre los expositores judíos medievales, Jefet ibn Alí (siglo X) pensaba que los diez cuernos eran romanos, pero conjeturaba que el cuerno pequeño era el mahometismo. Por el contrario, Don Isaac Abrabanel (1437-1508), brillante ministro de finanzas en los días de Fernando e Isabel de España, después de haber ubicado a Roma como el cuarto poder mundial de Dan. 7, declaraba del cuerno pequeño: Por lo tanto, he llegado a la íntima conclusión de que el cuerno pequeño era el gobierno del papa (Fuentes de salvación, fuente 8, palmera 9).

Las conclusiones de la Reforma son cada vez más exactas

John Wyclef, profesor de Oxford anterior a la Reforma (m. 1384), identificaba el cuerno pequeño con el papado que surgió en medio de los reinos simbolizados por los diez cuernos. Explícitamente declaró: “Pues así nuestros clérigos se figuran al señor papa”. Lutero y Melanchton no veían con tanta claridad si el cuerno pequeño era la Roma papal o el mahometismo. Pero Virgilio Solis de Nuremberg (m. por 1567) claramente designó al papado como la bestia triplemente (coronada, en su magnífico comentario ilustrado. Después viene toda una sucesión de expositores en Alemania y Suiza, que interpretan lo mismo. Estos llenan la segunda mitad de siglo XVI. Lo mismo sucedió en Gran Bretaña, a partir de Tyndale, en 1529. En ese momento la identificación del papado con el cuerno pequeño era virtualmente unánime entre los protestantes. El primer sermón de Knox, en 1547, fue una notable exposición de Dan. 7, de acuerdo con la Reforma. En ella nombraba a los cuatro imperios. Presentamos esta declaración:

En cuya destrucción surgió la última bestia, que él [Knox] afirmaba que era la Iglesia Romana; pues con ningún otro poder que jamás haya existido concuerdan todas las características que Dios ha mostrado al profeta (John Knox, The Historie of the Reformatioun of Religioun Within the Realm of Scotland [La historia de la reforma de la religión dentro del reino de Escocia], p. 76).

En ese tiempo era común hacer una lista de los diez cuernos con las naciones de Europa. Joye (m. 1553) da la lista típica de los imperios, de los cuales el Imperio Romano es el cuarto, que a su vez se fragmentó, y se convirtió en “Alemania, Inglaterra, España, Francia”, etc. Hay tentativas cada vez más exactas para ubicar el período de los 1.260 años. Benedic Aretius, de Berna, primero lo colocó entre 312 y 1572, y Brocardo, de Italia, de 313 a 1573. Después otros lo ubicaron de 412 a 1672, o de 441 a 1701. El obispo John Jewel, de Inglaterra, sugería que quizá arrancaba de Justiniano, en el siglo VI.

Conflictos de la Contrarreforma y del tiempo posterior a la reforma

formuló interpretaciones antagónicas, ideadas por los jesuitas Francisco Ribera (m. 159l) y Luis de Alcázar (m. 1613), los cuales procuraron restringir el anticristo a un solo individuo en vez de un sistema, individuo que dominaría durante 1.260 días literales en vez de 1.260 años. Para Ribera el anticristo era un futuro judío incrédulo, no un cristiano, que reinaría en Jerusalén y no en Roma. Ribera originó el primer contraataque católico que se convirtió en la posición católica típica. Pero entre tanto que Ribera proyectaba el anticristo en el futuro, Alcázar lo alejaba hacia el pasado, convirtiéndolo en un antiguo emperador romano pagano. Ribera fue vigorosamente apoyado en su esfuerzo por el cardenal Roberto Belarmino (m. 1621), quien atacó el principio del “día por año”, y redujo el cuerno pequeño de Daniel sólo al rey sirio Antíoco Epífanes, teoría sustentada más de mil años antes por el crítico pagano Porfirio. En los tiempos posteriores a la Reforma, entre 1603 y 1797, aparecieron numerosos expositores en Gran Bretaña, Alemania, Francia y Suiza. La interpretación de Dan. 7, de acuerdo con la escuela histórica -los cuatro imperios, las diez divisiones de Roma, el papado simbolizado por el cuerno pequeño, y la ubicación cada vez más exacta de los 1.260 años- fue predominante. Y esos exégetas incluían a algunos de los varones más ilustres de su tiempo: obispos, reyes, catedráticos universitarios, científicos y teólogos. Para la mayoría de ellos, sin ninguna duda, el papado era el cuerno pequeño.

Es digna de tenerse en cuenta la notable anticipación de Drue Cressener, hecha en 1689. Según él, los 1.260 años terminarían aproximadamente un siglo después, o “poco antes de 1800”. Fue el primero que claramente hizo arrancar los 1.260 años desde Justiniano, y esto precisamente en 1689, cien años antes de que estallara la Revolución Francesa en 1789. Esta fue su anticipación: a primera aparición de la bestia fue cuando Justiniano recuperó el Imperio de Occidente, desde cuyo tiempo hasta cerca del año 1800 habrá unos 1.260 años (The Judgments of God Upon the Roman Catholic Church [Los juicios de Dios sobre la iglesia Católica], p. 209).

Aun más exacta es una expresión suplementaria que aparece unas pocas páginas después:

Pues si el primer tiempo de la bestia fue cuando Justiniano recuperó la ciudad de Roma, entonces no debe terminar hasta un poco antes del año 1800.

Se reconoce la terminación del período

La suplantación temporal del gobierno papal, ocurrida en febrero de 1798, cuando el papa Pío VI fue desterrado de Roma (la entrada del mariscal francés Berthier en Roma fue el día 10, el destronamiento de Pío el día 15, y el anciano papa fue sacado de la ciudad el día 20), fue proclamada por los intérpretes de las profecías, en ambos lados del Atlántico, como la terminación obvia de los 1.260 años. Varios escritores reconocieron esto y lo proclamaron como otro progreso trascendental en la interpretación.

Expositores de Nueva Inglaterra apoyan interpretaciones del Viejo Mundo

Concordando con los expositores del Viejo Mundo posteriores a la Reforma, una cantidad de prominentes escritores, que constituían una firme sucesión de intérpretes de Dan. 7, aparecieron en Nueva Inglaterra, Estados Unidos, a partir del puritano John Cotton, en 1639, hasta el premilenarista Joshua Spalding, en 1796. Entre ellos había presbiterianos, bautistas y otros disidentes. La mayoría eran clérigos, pero varios otros eran rectores de universidades -Harvard, Princeton, Yale y otras- desde Increase Mather hasta Timothy Dwight, en los primeros años del siglo XIX. También se contaban entre ellos gobernadores, un presidente de la corte suprema de Massachusetts, un director general de correos y un secretario de Estado, así como médicos, historiadores, legisladores, educadores, autores y redactores. La petición que presentó Roger Williams al parlamento británico en procura de protección contra la persecución religiosa, estaba basada en el esquema profético de Dan. 7. Entre los expositores coloniales la nota más importante sin duda fue dada en el tiempo de Increase Mather (m. 1723), quien escribió:

Le fue revelado al profeta Daniel que habría cuatro grandes monarquías sucesivas en la tierra. Primero, la babilónico; después la persa; a continuación la griega, y Finalmente la romana. Y que ésta sería dividida en diez reinos; y que entre ellos surgiría un cuerno (o rey) que sería diferente de los otros reyes, a saber, el anticristo. Todo esto se ha cumplido. Pero además se predijo que ese cuerno haría guerra contra los santos y prevalecería sobre ellos, y continuaría durante un tiempo, y tiempos y la mitad de un tiempo, y que después de eso sería destruido; y entonces se darán a CRISTO el dominio, y la gloria, y un reino (Dan. 7:14), para que TODOS los pueblos, las naciones y las lenguas le teman (Discourse Concerning Faith and Fervency in Prayer [Discurso acerca de la fe y el fervor en la oración], p. 19).

Estos hombres designaban al papado, o sea la sucesión de obispos de Roma y sus seguidores, como el cuerno pequeño que surge entre las divisiones de Roma, que nombran con frecuencia. Por ejemplo, William Burnet (m. 1729) presenta la lista de ellos como los visigodos, vándalos, francos, burgundios, hunos, alanos, suevos, hérulos, ostrogodos y lombardos. Presentaba a los hérulos, los ostrogodos y los lombardos como los tres cuernos arrancados. Y en lo que respecta a la fijación del elemento tiempo – los tres tiempos y medio o 1.260 años –, su ubicación iba, según Cotton, de 395 a 1655, y de acuerdo a Joseph Lathrop, de 606 a 1866. De modo que virtualmente concordaron con la interpretación europea del mismo período.

Heraldos del Viejo Mundo reconocen el cumplimiento de los 1.260 años

La identificación del papado como el cuerno pequeño, hecha por muchos notables expositores europeos del despertar adventista de comienzos del siglo XIX, desde William Hales (1803) hasta E. B. Elliott (1844), fue aún más destacada y uniforme. Entre ellos había presbiterianos, congregacionalistas, bautistas y anglicanos, en Gran Bretaña, y luteranos y otros, en la Europa continental; hombres muy cultos y dirigentes capaces, obispos, decanos, vicarios, teólogos, pastores, catedráticos, redactores, abogados, arquitectos, comentadores, cronólogos, historiadores y un miembro del parlamento. En ese momento se consideró como confirmada la exposición historicista -o escuela histórica- de Dan. 7. Y la mayoría creía que los 1.260 días o años ya pertenecían a la historia, pues se los ubicaba desde los días de Justiniano hasta la Revolución Francesa. Ese grupo de intérpretes se inclinaba sobre todo a las fechas 533-1793. También hubo quienes procuraron determinar la relación de los 1.290 y 1.335 años (Dan. 12: 11-12) con los 1.260 años que ya habían terminado. Esto hizo que no fueran pocos los que añadieran el excedente de 30 años de los 1.290 (1.260+30= 1.290) y los 45 de los 1.335 años (1.290+45= 1.335), en su búsqueda de la terminación de los 1.335 años.

De esa manera, fueron muchos los que colocaron la terminación de este último período alrededor de 1866, 1867 ó 1868. Y de este modo surgió una posición “continuativa” acerca de los 1.260 años. Es decir, aunque la interpretación inicial quizá fue de 533 a 1793, llegó a afirmarse que podría existir una aplicación secundaria a partir de 606 (en tiempo del emperador Focas) hasta 1866. Esto causó incertidumbre.

Fue tan sólo al producirse este despertar acerca del advenimiento cuando comenzó a ser aceptada entre los protestantes la teoría futurista del anticristo iniciada por Ribera dentro de la corriente de la Contrarreforma católica. Según esta explicación, el anticristo sería un tirano que reinaría en Jerusalén, y no en Roma; que aparecería al fin de los siglos, no durante la Edad Media; que dominaría durante tres años y medio literales o 1.260 días literales, y no durante un período de más de 1.000 años. Esta teoría, primero acogida por Roffey Maitland de Inglaterra, después fue aceptada por James Todd y William Burgh, ambos de Dublín. A partir de ellos y del jesuita chileno Lacunza, lentamente se propagó el futurismo entre algunos premilenaristas europeos. De allí, se trasladó a Norteamérica y hoy se ha transformado en la explicación generalmente aceptada por los fundamentalistas. Pero el área de interés especial y de estudio en el campo de la profecía se había desplazado de Dan. 7 -con sus escenas del juicio final- a Dan. 8, el cual se examinará en la sección IV.

Notable unanimidad norteamericana, excepto con respecto a las fechas

Un estudio de 49 interpretaciones de Daniel 7, publicadas de 1800 a 1844, y hechas por intérpretes norteamericanos no milleritas, pertenecientes a una docena de denominaciones, muestra la siguiente distribución por estados: Nueva York, 10; Massachusetts, 8; Pennsylvania, 7; Connecticut, 6; New Hampshire, Ohio y Virginia, 3 cada uno; Nueva Jersey y Tennessee, 2 cada uno; e Illinois, Indiana, Michigan, Carolina del Norte y Carolina del Sur, 1 cada uno. También hubo 1 del Canadá y 1 de México. Casi todos concordaban en la interpretación de las cuatro bestias de Dan. 7 (idénticas con los cuatro poderes mundiales de Dan. 2), y también de los diez cuernos (diez divisiones del cuarto imperio, el romano) y del cuerno pequeño (el papado). Había las divergencias comunes en cuanto a la ubicación del período de los 1.260 años. Dieciséis expositores lo hacían arrancar de Justiniano hasta la Revolución Francesa, es decir lo hacían comenzar entre 529 y 538, y terminaban el período entre 1789 y 1798. Catorce eligieron de 606 (a partir de Focas) hasta 1866. Ocho computaron en forma regresiva desde 1847, de modo que terminara el período junto con los 2.300 años (Dan. 8:14), que estos expositores colocaban entre 453 a. C. y 1847 d. C.

Entre 1831 y 1844 los dirigentes milleritas -y debe recordarse que se trata de varios centenares- se aferraron con unanimidad al bosquejo típico de las cuatro potencias mundiales desde Babilonia hasta Roma, seguidas por los diez reinos europeos de la Roma occidental dividida. No hubo una sola voz que disintiera en cuanto a identificar el cuerno pequeño con el papado. Más aún: ese gran grupo de heraldos eclesiásticos y sus conferenciantes laicos asociados, en forma unánime ubicaban las fechas 538 y 1798 como el comienzo y el fin de los 1.260 años.

La interpretación que hacen los adventistas del séptimo día de Dan. 7 puede considerarse como una solemne herencia de nuestros antepasados espirituales, legada a lo largo de dos mil años de una exposición progresiva.

IV. Daniel 8: Plena comprensión en el “tiempo del fin”

Los primeros en aplicar el principio de día por año a los 2.300 años fueron judíos

Debido al significado especial de Dan. 8 para los adventistas del séptimo día, este capítulo será tratado más detalladamente. Daniel, al escribir guiado por la Inspiración, indicó que la profecía de los 2.300 días comenzaría con el Imperio Medo-Persa, en el este, tal como lo simboliza el “carnero” seguido por Grecia, el “macho cabrío” que surge del oeste, cuyo primer rey se señala como el cuerno notable (Dan. 8:20-2l). Cuenta una tradición que aproximadamente en 332,a. C., cuando Grecia estaba desplazando a Medo-Persia de su predominio, el sumo sacerdote Jaddo, ataviado con su pintoresca vestimenta sacerdotal, interpretó esta profecía ante Alejandro Magno, cuando el gran conquistador avanzaba hacia Jerusalén para someter a los judíos. Así lo registra Josefo:

Y cuando le fue mostrado [a Alejandro] el libro de Daniel, en el cual éste había declarado que uno de los griegos destruiría el imperio de los persas, él [Alejandro creyó que él mismo era el mencionado, y en su gozo despidió a la multitud por el momento; pero al día siguiente los convocó otra vez y les dijo que pidieran cualquier dádiva que desearan. Cuando el sumo sacerdote [Jaddo] pidió que ellos pudieran observar las leyes de su país y que en el séptimo año quedaran exentos de tributos, él [Alejandro] les concedió todo eso. Entonces le rogaron que permitiera que los judíos de Babilonia y de Media también tuvieran sus propias leyes, y él gozosamente prometió hacer como se lo pedían (Antigüedades xi. 8. 5).

Pero el cuerno “que creció mucho”, que había de surgir más tarde, fue considerado por Josefo como Antíoco Epífanes. Sin embargo, otros judíos posteriores como Nehavendí de Persia (siglo IX), consideraban que los 2.300 “días” eran años que se debían contar a partir de la destrucción de Silo, en 942 a. C. Jefet ibn Alí (siglo X), de Palestina, consideraba que el cuerno “que crecía mucho”, que echa por tierra la verdad, era el mahometismo, y que los 2.300 “días” eran años; pero computaba las 2.300 “tardes y mañanas” como 1.150 días [la mitad de 2.300] años completos. En el mismo siglo, Saadías de Fayum, que escribió en Babilonia, también interpretaba los 2.300 como 1.150 años. Pero el célebre Rashi, de Francia, y otros eruditos judíos, estimaban que los 2.300 “días” proféticos eran años completos, aunque comenzaban el período en fechas diferentes, tales como la entrada de Israel a Egipto o la erección del primer templo.

Nahmánides, notable talmudista y rabino catalán (1194-1260), hacía arrancar los 2.300 años del reinado de David; Simón ben Zema Durán (1361-1444), médico y rabino en Argel los ubicaba desde la destrucción del reino de Israel, de 450 a. C. a 1850 d. C., aproximadamente. Pero el gran expositor español Isaac Abrabanel interpretaba que los 2.300 años representaban la duración del exilio bajo el poder romano, y los hacía terminar significativamente en “días muy lejanos” en el “tiempo del fin”.

Concepto limitado de los primeros escritores cristianos

Entre los primeros escritores cristianos, Clemente de Alejandría Aire concordaba con todos los primeros expositores de la iglesia que se ocuparon de los lapsos proféticos más largos de Daniel- consideraba los 2.300 “días” sencillamente como un período de seis años y cuatro meses, quizá en el tiempo de Nerón o más tarde. Julio Africano sugería que podrían ser meses, los que daban un total de unos 185 años a partir de la captura de Jerusalén hasta el año 20.º de Artajerjes. Pero en esta interpretación estuvo solo. Ireneo de las Galias (siglo II), contemporáneo de Julio Africano, consideraba el cuerno “que creció mucho” y el tiempo que le correspondía como el reinado del anticristo. Efrén el sirio (c. 306-373), como Hipólito, limitaba este cuerno a Antíoco. Y Policronio (c. 374-430), también de Siria y discípulo de Porfirio, hacía equivaler los tres tiempos y medios de Daniel con las 2.300 tardes y mañanas literales, las cuales interpretaba como 1.150 días completos. Algunos aplicaban el cuerno pequeño a Antíoco y al anticristo.

Expositores del siglo XIII aplican el criterio día por año

La interpretación de Jerónimo acerca de Daniel fue la norma durante los siglos de la Edad Media. Después aparece un comentario sobre el libro de Daniel, erróneamente atribuido a Tomás Aquino, en el cual, como en la obra de Efrén y Policronio, se hace corresponder al cuerno pequeño de Dan. 8 con Antíoco y a los 2.300 días con el tiempo cuando oprimió a Jerusalén. Sin embargo, esa obra también igualaba al cuerno con el anticristo. Por otro lado, el notable Joaquín de Floris, a fines del siglo XII, creía que Antíoco correspondía a este cuerno anticristo. Y en el siglo XIII, en el tratado denominado De Semine Scripturarum, atribuido a un monje de Bamberg, aparece la primera interpretación cristiana de los 2.300 días como 23 siglos (partiendo del tiempo de Daniel para llegar al siglo XVI). En 1292, el médico español Arnoldo de Villanova escribió una interpretación o comentario sobre esa obra. Claramente computaba los 2.300 años mediante el principio de día por año, contando desde Daniel hasta el segundo advenimiento, o la “tarde” del mundo:

Cuando [Daniel] dice “dos mil trescientos días” debe decirse que por días entendía años. Esto es claro por la explicación del ángel, cuando dice que en el fin se cumplirá la visión; con lo que da a entender con una expresión clara que en esa visión los días deben entenderse como años.

Villanova reitera lo mismo en un tratado posterior (1305). Olivi, seguidor de Joaquín de Floris, a fines del siglo XIII interpretó los 2.300 días como días literales, aplicándolos al tiempo cuando Antíoco holló a Jerusalén, o como años, desde Antíoco aproximadamente hasta el año 2000 d. C. Ubertino de Casale (n. 1259) hizo la misma aplicación en cuanto al tiempo: desde Antíoco hasta el año 2000 d.C.

Nicolás de Cusa hace concluir los 2.300 años en el siglo XVIII

Después surgió Nicolás Krebs, de Cusa (c. 1400-1464), cardenal católico, erudito, filósofo, que no sólo divulgó la aplicación del principio profético de día por año a los 2300 años, sino que en 1440 les dio un punto de partida más definido. Luchó por conseguir que los concilios tuvieran más autoridad que el papa; instó para que hubiera una reforma de los abusos eclesiásticos; expuso el fraude de la llamada “donación de Constantino”, y, en parte, anticipó en un siglo la teoría copernicana de los movimientos de la tierra.  En su libro Conjeturas acerca de los últimos días (1452), declaró que se revelan vislumbres del futuro por medio de la profecía. Sostenía que los 2300 años se extendían desde el tiempo de la visión de Daniel del cap. 8, en el primer año de Persia, hasta la venida de Cristo -quizá entre 1700 y 1750- para castigar y consumir el pecado con su segundo advenimiento. He aquí sus palabras:

En la misma manera se le mostró a Daniel en qué forma sería la última maldición después de que el santuario sea purificado y la visión cumplida; y estos 2300 días desde la hora de salir la palabra. Por consiguiente, en el tercer año del rey Belsasar se le hizo a él la revelación, en el primer año de Ciro el rey que, de acuerdo con Jerónimo, Africano y Josefo, vivió por el año 559 antes de Cristo.  Entonces queda establecido que la resurrección de la iglesia, de acuerdo con el número predicho, computando un día por un año de acuerdo con la revelación hecha al profeta Ezequiel [ocurrirá] 1700 después de Cristo y antes de 1750, lo que concuerda con lo que ha sido presentado.

Retroceso en el siglo de la Reforma

Es evidente que sólo unos pocos expositores del siglo de la Reforma se ocuparon de Dan. 8. Martín Lutero, después de identificar al carnero con el Imperio Medo-Persa y al macho cabrío con Grecia en los días de Alejandro (lo que sería seguido por una cuádruple división), dijo que el “cuerno grande” parecía ser Antíoco -un símbolo del anticristo papal- en su persecución a los judíos durante 2300 días literales, o unos seis años y tres meses.  Melanchton prácticamente repite la posición de Lutero. John Napier, expositor escocés a comienzos del siglo XVII, también consideraba los 2300 días como literales.

Progreso después de la Reforma

Durante la Reforma, y después de ella, por lo menos 21 expositores, desde George Downham (m. 1634), teólogo inglés, hasta Edward King, abogado (escribió c. 1798), explicaron Dan. 8 considerando que el número 2300 implicaba años. Puede advertirse que Downham creía que el cuerno que creció mucho era el papado-el cual quitó el “continuo”-, y pensaba que este período llegaba hasta la Reforma. John Tillinghast (m. 1655) hacía terminar los 2300 años, junto con los 1335 años, en 1701, al comienzo de la anticipada venida personal de Cristo y el reinado de los santos durante los 1000 años.  Daba comienzo a los 2300 años con el primer año de Ciro, al comienzo de Persia, y los extendía hasta el segundo advenimiento, con el consiguiente destronamiento de la bestia. Y, lo que es más significativo, incluía las 70 semanas dentro de los 2300 años:

Estas setenta semanas son un período menor comprendido dentro del mayor de los dos mil trescientos años, el cual consta de cuatrocientos noventa días; pues cuando se reducen 70 semanas a días, dan la cifra antedicha, lo que de acuerdo con la forma profético de hablar corresponde con ese número de años, a saber cuatrocientos noventa (Knowledge of the Times [Conocimiento de los tiempos], pp. 152-153).

William Sherwin extendía los 2300 años desde el cautiverio de Babilonia hasta el “tiempo bienaventurado”, haciéndolos terminar hacia 1700 junto con los 1335 años.  Thomas Beverley, a fines del siglo XVII, extendía los 2300 años desde Persia hasta una cantidad de acontecimientos simultáneos: la “purificación del santuario de Jerusalén, y el quebrantamiento del anticristo” mediante la piedra que el profeta Daniel vio que, sin mano, era cortada de la montaña.

En un folleto anónimo de 1699 titulado The Mysteries of God Finished [Los misterios de Dios consumados], se calculaban los 2.300 años desde el primer año del Imperio Medo-Persa hasta el tiempo de la “liberación de las iglesias”, es decir alrededor de 1699. William Lowth (1660-1732) hacía terminar los 2.300 años con la destrucción del anticristo. Por ese mismo tiempo, William Whiston hacía concluir los 2.300 años en 1716. Theodore Crinsoz de Bionens, teólogo suizo protestante, anticipaba la terminación del abatimiento de la iglesia en 1745. El obispo Thomas Newton, de Bristol, Inglaterra, sencillamente ubicaba el término de los 2.300 años “todavía en el futuro”. De la Fléchère, colaborador de Wesley, creía que terminarían en su generación o en la próxima, quizá por 1770. “R. M.” (1787) los ubicaba como posibles desde 558 a. C. hasta 1742 d. C. John Purves, pastor escocés, señalaba su terminación en 1766.

Heinrich Horch (1652-1729), teólogo reformado, colocaba los 2.300 años desde Ciro hasta la destrucción del anticristo y el establecimiento del reino de Cristo, añadiendo que los 2.300 años abarcan todos los otros lapsos proféticos. Georg Hermann Giblehr, pastor pietista alemán, anticipaba el juicio a la terminación de los 2.300 años, alrededor de 1700; y la Biblia con anotaciones de Berlenburg, declaraba, antes de 1743, que ese período llegaba hasta el establecimiento del reino de Cristo, y lo relacionaba con las 70 semanas.

Petri: comienzo conjunto de las 70 semanas y los 2.300 días

Johann P. Petri (1718-1792), pastor reformado alemán, que ejercía su ministerio cerca de Frankfurt am Main, fue el primero en hacer comenzar al mismo tiempo las 70 semanas de años y los 2.300 años. Afirmaba que las 70 semanas son la clave de la apertura del cómputo y del término de los 2.300 años; y que el reino milenario de Cristo comenzaría con el segundo advenimiento, cuando terminarían los 2.300 años. He aquí sus palabras tal como están registradas en dos tratados:

El ángel mostró el trigésimo año de Cristo o el 483er año de las 70 semanas, y por lo tanto el 453er año, como el nacimiento de Cristo, así que ésa fue la correcta explicación de la visión sellada de los 2.300 días. Habían pasado 453 años de los 2.300 cuando nació Cristo, y el resto de ese número continúa desde esa fecha en adelante hasta 1847 d. C., puesto que 1847 más 453 dan 2.300 (Aufschlusz der Zahlen Daniels, p. 9).

Puesto que 453 años de los 2.300 han pasado hasta el nacimiento de Cristo, así el resto nos lleva al año 1847, cuando será dedicado el santuario. Hasta donde sea correcto el calendario, hasta allí será correcto el fin de los 2.300. La prueba aquí no descansa sobre tambaleantes fechas persas o griegas, sino sobre la Palabra de Dios (Aufschlusz der drey Gesichter Daniels, p. 30).

Hans Wood, de Irlanda, cerca del fin del siglo XVIII, también consideró que las 70 semanas son la primera parte de los 2.300 años, pero las comenzó en 420 a. C. De ese modo extendió las 70 semanas hasta el año 70 d. C., y por lo tanto terminó los 2.300 días en 1880. James Bicheno, escolástico disidente, los ubicó entre 481 a. C. y 1819 d. C. Y el abogado Edward King computó el tiempo de los 2.300 años desde el pleno establecimiento del “carnero” (el Imperio Medo-Persa) en 538 a. C. hasta 1762 d. C., o quizá desde 525 a. C. hasta 1775 d. C.

Poco interés de parte de los norteamericanos de la colonia

Durante el período colonial, y en los comienzos de la época de la independencia, los expositores de Dan. 8 -que hacían una interpretación idéntica a la de los expositores europeos posteriores a la Reforma- aún concentraban su interés en Dan. 7; pero varios de ellos se ocuparon de Dan. 8. Thomas Parker, de Massachusetts, pastor calvinista, en 1645 poseía un claro concepto del carnero persa, el macho cabrío griego y el gran cuerno romano, y tenía en cuenta las guerras del papado contra el “culto verdadero”. Como ciertos escritores europeos de sus días, pensaba que las 2.300 tardes y mañanas representaban “sólo la mitad de días completos, a saber 1.150”, computados de acuerdo con el principio día por año. Sugería que ese lapso podría extenderse desde 367 d.C. hasta cerca de 1517, o desde 360 hasta 1510.

Samuel Hutchinson, laico erudito (1618-1667), creía que los 2.300 años no se habían terminado todavía. El notable teólogo Cotton Mather (1663-1728) sostenía que los 2.300 años se extendían hasta la nueva Jerusalén, la caída de la Babilonia simbólica, y el “descanso que queda” al pueblo de Dios.

El estudioso gobernador de Massachusetts, William Burnet (1688-1729), creía que el papado es el poder que profana el santuario; y extendió los 2.300 años de 555 a. C. a 1745 d. C., y consideraba que el reino de Dios estaba a las puertas. David Imrie afirmaba en su Letter (Carta) de 1756 que él esperaba que el “gran día” comenzaría en torno del año 1794, y hacía partir los 2.300 años en el primer año de Persia o sea 538 a. C. El clérigo episcopal Richard Clarke, de Carolina del Sur, a fines del siglo XVIII, consideraba que los 2.300 años, cuando la verdad había de ser hollada y exaltada la religión falsa, comprendían de 538 a. C. a 1762 d. C: la “media noche” del mundo y la caída de Babilonia.

Samuel Gatchel, diácono congregacionalista de Massachusetts, creía que el oscurecimiento del sol, el 18 de mayo de 1780, era una señal de los tiempos relacionados con los 2.300 y los 1.335 años y la proximidad del fin del mundo.

El teólogo congregacionista Samuel Hopkins era, en 1793, tan expositor del postmilenarismo. Sostenía que el cuerno “que creció mucho”, salido de una de las divisiones griegas, abarcaba tanto a la Roma pagana como al poder del anticristo en la iglesia de Roma, y que el reino de Cristo prevalecería después de la destrucción de ese cuerno. Aunque no precisaba el año, creía que el reino milenario comenzaría cuando terminaran las 2.300 años, alrededor del año 2000 d. C. Y el director general de correos Samuel Osgood (1748-1813) computaba así los 2.300 años:

Es sumamente probable que los 2.300 días comenzaron con el fin del imperio persa y el comienzo de Alejandro, y terminen cuando la imagen (de Dan. 2) sea quebrada y esparcida como tamo por el viento (Remarks on the Book of Daniel [Observaciones acerca del libro de Daniel] p. 63).

James Winthrop (1752-1821), bibliotecario de la Universidad de Harvard, en 1795 hacía terminar los 1.335 y los 2.300 años con el milenio (en 1866).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s