Principios de Interpretación de Daniel -I

I. La comprensión progresiva de la profecía abarca siglos

La correcta comprensión o interpretación de las diversas profecías que comprende el libro de Daniel se ha ido formando progresivamente con el correr de los siglos. En realidad, comenzó en el tiempo de Daniel, quien fue el primer expositor de ciertos elementos básicos de las profecías que son como un bosquejo anticipado de la historia, que Dios dio a la humanidad por medio de él. De allí en adelante, tan pronto como los sucesos históricos han cumplido las principales épocas o acontecimientos de los grandes bosquejos proféticos, los piadosos estudiantes de la profecía han reconocido los sucesivos acontecimientos mayormente a medida que se han ido sucediendo. Este desarrollo ha sido progresivo e impresionante.

Y si bien es cierto que a veces ha habido grandes perversiones y se han repudiado los principios correctos y las interpretaciones específicas previamente reconocidas, y ha habido períodos de descuido y abandono del interés y la confianza en las profecías mismas, ningún verdadero principio de interpretación jamás se ha perdido permanentemente. Siempre, en el transcurso del tiempo, se los ha recobrado y reafirmado, y aun se ha logrado una comprensión todavía más clara y más completa de ellos. Así ha sucedido desde los días de Daniel hasta nuestro propio tiempo. Por ese motivo, la historia de la interpretación profético de este libro inspirado (2 Ped. 1: 19-21) ha sido la historia del esfuerzo humano por comprender el verdadero significado del gran bosquejo anticipado de los siglos hecho por Daniel, tan rápidamente y hasta donde podía ser entendido, dentro de la norma general expresada por Jesús acerca de tales predicciones: “Os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis” (Juan 14: 29; cf. 13: 19; 16: 4).

Teniendo ante nosotros esta declaración general introductoria, notemos ahora una serie de hechos y acontecimientos históricos que proporcionarán la base y el marco esenciales para el desarrollo de las interpretaciones específicas que se trazarán. Una visión panorámica general de esta naturaleza hará que sean más claras y más significativas las exposiciones de los temas particulares.

El libro de Daniel debe ser comprendido

Al enunciar su maravillosa profecía registrada en Mat. 24 y pasajes paralelos, Cristo mismo dijo del profeta Daniel: “El que lee, entienda” (vers. 15).  Esto justifica ampliamente el estudio de este libro profético y da la seguridad divina de que puede ser comprendido.

Sólo estaba sellada una parte del libro

Consta por declaración escrita -plenamente confirmada por la historia de la exposición progresiva de Daniel- que “el libro que fue sellado no fue el Apocalipsis, sino aquella porción de la profecía de Daniel que se refiere a los últimos días” (HAp 467). E históricamente no fue sino cuando en realidad ya había comenzado el “tiempo del fin” -a comienzos del siglo XIX- cuando surgieron simultáneamente numerosas exposiciones del más largo de los períodos proféticos: el de los 2.300 días. Sin embargo, las etapas previas abarcaron siglos.

Comienzo del bosquejo profético de Daniel

El mismo Daniel proporciona el punto de partida, aceptado como axiomático por la larga sucesión de intérpretes, con la declaración inspirada de que el gran bosquejo profético -revelado y repetido al profeta por la Inspiración- comenzó con el Imperio Neobabilónico. Dice: “Tú [el Imperio Babilónico, con Nabucodonosor como su gobernante] eres aquella cabeza de oro”. Pero “después de ti [el Imperio Babilónico] se levantará otro reino inferior al tuyo” (Dan. 2: 38-39). Después, en pasajes paralelos, Daniel señala la identidad de los imperios segundo y tercero por sus nombres específicos: el Imperio Medo-Persa y el Imperio Griego (Dan. 5: 28, 31; 6: 12, 15, 28; 8: 20-21). De modo que, fuera de toda duda, tanto el punto de partida como los sucesos que siguen inmediatamente a la profecía coherente de Daniel, quedan establecidos por la Inspiración en un grandioso bosquejo. En esta forma el mismo Daniel se constituye en el primer expositor de su libro. A partir de ese momento, los estudiantes de la profecía habrían de comparar el cumplimiento histórico con la predicción a medida que aconteciera, para determinar el cumplimiento progresivo de las etapas que se fueran sucediendo. Y buena parte del Apocalipsis es interpretación y complemento de Daniel.

Entre los intérpretes se contaron los hombres más capaces

Los registros atestiguan que entre los intérpretes de Daniel se han contado muchos de los más conspicuos y respetables eruditos de los siglos. No hay motivo alguno para avergonzarse en cuanto al origen de la interpretación históricamente establecida.

Cumplimientos reconocidos por muchos

Cada una de las principales aplicaciones de la profecía ha sido discernido, no por una sola persona, sino por una cantidad de hombres, generalmente de diferentes países, los cuales han dejado para la posteridad el registro de lo que entendieron, y esto en diferentes idiomas. Dios siempre ha tenido una cantidad de personas que han dado testimonio del desarrollo de la verdad divina.

El tiempo y los acontecimientos corrigen inexactitudes

El tiempo, junto con la perspectiva histórica que proporciona, ha permitido que los investigadores posteriores corrigieran las inexactitudes propias de las primeras exposiciones, aquejadas de limitaciones inevitables. Pero esos primeros expositores deben recibir la debida honra por esa obra inicial que hemos recibido como herencia. Y es sumamente conveniente conocer ese marco histórico y esos antecedentes.

Se reconoce el cumplimiento de las profecías cronológicas

Hace mucho tiempo se reconoció que las 70 semanas representaban “semanas” de años; pero el 43 tiempo para la comprensión de las 2.300 tardes y mañanas y su relación con las 70 semanas estaba entonces en un futuro muy distante. Y el tiempo para que se entendieran los períodos que atañen a nuevos acontecimientos en la subsiguiente era cristiana -es decir los 1.260 días-años de la gran apostasía y su equivalente de tres tiempos (años) y medio, o 42 meses-  no llegaría hasta que en realidad se hubiera desarrollado esa gran desviación de la fe cristiana, y hasta que la perversión predicha y la represión de la verdad y de sus paladines, hubieran aumentado lo suficiente como para que se las discerniera con claridad. Por eso, el cuerno pequeño de Dan. 7 no fue reconocido hasta siglos después de que surgió.

Se eclipsa la exposición de la iglesia primitiva

La clara exposición de los primeros siglos de la era cristiana fue progresivamente tergiversada y mal aplicada a medida que aumentaba la apostasía. Las profecías comenzaron a ser consideradas como alegorías o verdades espirituales debido a la Influencia de Orígenes (c. 185-c. 254), el ilustre teólogo y filósofo de Alejandría. Ciertamente, en ese tiempo toda la Escritura fue sometida a este mismo proceso de interpretación en forma espiritualista, alegórico y mística.

La resurrección también fue espiritualizada por Orígenes, al convertirla en una serie de reencarnaciones. El reino de Dios fue considerado como material y terrenal por Eusebio Pánfilo (c. 265-c. 340), obispo de Cesarea e historiador eclesiástico, después de la supuesta conversión de Constantino el Grande y de su consecuente reconocimiento y protección de la iglesia cristiana, a la cual enriqueció materialmente.

A las desviaciones de Orígenes y de Eusebio se añadió un tercer concepto revolucionario, popularizado por Agustín (354-430), influyente obispo de Hipona. Agustín sostenía que la primera resurrección era espiritual, o sea, que las almas muertas resucitaban a vida espiritual; afirmaba que el reino de Dios no era otra cosa que la Iglesia Católica, la piedra de Dan. 2: 34, 45, que entonces se hallaba en proceso de convertirse en el monte destinado a llenar toda la tierra; que el diablo ya estaba atado y la humanidad ya vivía en el período de los mil años del Apocalipsis. Todo esto se convirtió en la creencia de la iglesia predominante en la Edad Media.

Estos falsos conceptos derivados de la tendencia a la alegorización casi extinguieron, durante siglos, la luz de la verdadera interpretación.

Se restaura la interpretación correcta

El reavivamiento medieval de la interpretación histórica no surgió con los valdenses y otros grupos que estaban fuera de la Iglesia Católica  -y que no reconocían la supremacía del obispo de Roma-, sino que procedió de intrépidos católicos, algunos de los cuales se sintieron constreñidos a clamar contra las perversiones inconcebibles de esa iglesia y a aplicarle algunos de los símbolos proféticos de las Escrituras. Aplicaciones similares también fueron hechas por ciertos escritores judíos. El número creciente de disidentes, a partir del Renacimiento, casi siempre fundamentó las críticas que hacía a la iglesia en las profecías de Daniel y Apocalipsis. En la mente de hombres pensadores, estas profecías fueron recuperando gradualmente el lugar que les correspondía.

La Reforma se basó en las profecías

Todos están de acuerdo en que la gran Reforma protestante fue un redescubrimiento de las verdades evangélicas de la iglesia primitiva, las cuales predominaron en el tiempo de su mayor pureza. Pero esto pudo lograrse gracias a un nuevo énfasis en el propósito de las profecías bíblicas acerca del anticristo. Durante dos siglos antes de Lutero, hombres de inclinación espiritual habían dado énfasis, con creciente claridad, a la salvación por medio de Cristo, protestando por las grandes perversiones de Roma, entre tanto que permanecían dentro de la Iglesia Católica. Pero cuando Lutero captó la verdad de la identidad profética del anticristo,* esto lo alentó a él, y a centenares más en diferentes países, a romper con Roma. A la luz de las repetidas y explícitas representaciones y admoniciones proféticas, se sintieron impelidos a “salir” de la Babilonia papal. Estuvieron dispuestos a ir a las mazmorra o a la hoguera antes que claudicar en su obediencia a los designios divinos que ahora discernían claramente. Y esto fue usado como un grito de guerra, porque las descripciones proféticas fueron predominantes en el pensamiento de la Reforma, y ahora se discernían y aplicaban con claridad.

La contrarreforma estimula interpretaciones contrarias

La acusación virtualmente unánime de que el papado es el anticristo de la profecía, acusación lanzada por todos los grupos protestantes en todos los países, indujo a los dirigentes católicos romanos a procurar que se desviara el dedo acusador, y que se alejara la atención de los protestantes del sistema católico medieval. En esto alcanzaron mucho éxito. Francisco Ribera y Luis de Alcázar jesuitas españoles del siglo XVI, se levantaron para hacer frente al desafío, formulando interpretaciones aparentemente razonables, aunque contrarias a las de la Reforma.

Ribera sostenía que el anticristo era un individuo aún por aparecer, un gobernante impío de Jerusalén que ejecutaría sus designios al fin de los siglos en tres años y medio literales. En esto contaba con el pleno apoyo del gran polemista católico, el cardenal Roberto Belarmino. Esta interpretación que coloca al anticristo en el futuro, recibe con justicia el nombre de futurista. Esta idea futurista pronto se convirtió en la interpretación habitual católico-romana en cuanto al anticristo, y es ahora la más difundida entre los católicos.

Por otra parte, Alcázar sostenía lo que recibió el nombre de preterismo, con lo cual se afirma que prácticamente todas las profecías terminaron con la caída de la nación judía y con la destrucción de la Roma pagana; y que el anticristo había sido algún emperador romano como Nerón, Domiciano o Diocleciano. La enunciación de estos dos puntos de vista -futurismo y preterismo- mostraba el espectáculo anómalo de dos explicaciones opuestas y mutuamente excluyentes que surgieron de la misma Iglesia Católica; pero lograron su propósito: confundir la interpretación profético protestante.

El restablecimiento provocado por la Reforma, dañado por desviaciones posteriores

La interpretación antagónica del jesuita Alcázar comenzó a ser adoptada por protestantes declarados como Hugo Grocio (1583-1645) de Holanda y Henry Hammond (1605-1660) de Inglaterra, lo cual causó división y pérdida de confianza en el enfoque histórico continuo de las profecías por parte de muchos protestantes. El resultado fue una segunda desviación de la interpretación correcta, esta vez entre los protestantes. Sin embargo, hubo algunos como Joseph Mede, que no sólo permanecieron firmes frente a las perversiones, sino que fueron impelidos a estudiar de nuevo todo el campo de la profecía, y a introducir de nuevo el milenarismo futuro y la escuela histórica de interpretación. Esto dio como resultado una exposición cada vez más clara y correcta. El preterismo penetró en la escuela racionalista de los teólogos alemanes del siglo XVIII; el futurismo halló cabida entre los protestantes del siglo XIX, y en décadas recientes generalmente ha sido aceptado por los fundamentalistas.

La teoría de Porfirio referente a Antíoco Epífanes

La aplicación profético, hoy frecuente, del cuarto reino de Dan. 2 y 7 al período helenístico, y por consiguiente del cuerno pequeño de Dan. 7 a Antíoco Epífanes, generalmente se remonta a Porfirio (233-c. 304), neoplatónico y defensor del paganismo. Alarmado por la difusión creciente del cristianismo, y comprendiendo que la profecía ocupaba un puesto clave en el pensamiento de los cristianos primitivos, Porfirio trato de contrarrestar la fuerza de la profecía de Daniel argumentando que el libro no era una profecía escrita por Daniel en el siglo VI a. C., sino un bosquejo histórico engañoso, redactado por un autor posterior al tiempo de los Macabeos. Esto es, Porfirio afirmaba que el libro había sido fraguado después de que los sucesos históricos tuvieron lugar, pero que habían sido puestos en tiempo futuro como una predicción.

Esta interpretación antagónica no fue aceptada por los cristianos de Occidente, sino que su aceptación se limitó a unos pocos del Cercano Oriente. En términos generales, la teoría de Porfirio quedo latente hasta los tiempos posteriores a la Reforma, cuando fue exhumada de su oscuridad por Hugh Broughton (1549-1612) de Inglaterra. Pero desde entonces se Ira difundido mucho (sin duda por ignorarse su origen y verdadero propósito) en el Viejo y en el Nuevo Mundo, para contrarrestar la escuela de interpretación histórica que afirma que el cuerno pequeño de Dan. 7 es el papado histórico que surgió de entre las diez divisiones del cuarto poder – el romano-, y que floreció durante la Edad Media. Esta teoría de Antíoco Epífanes se ha difundido mucho ahora entre los modernistas y se encuentra en la mayoría de los comentarios críticos.

La interpretación del Nuevo Mundo con frecuencia es más clara

Los que emigraron al Nuevo Mundo trajeron consigo la interpretación de Daniel, común entre los protestantes del siglo XVII en Gran Bretaña y el continente europeo. La profecía ocupó un lugar prominente en el pensamiento de los colonizadores desde el tiempo en que llegaron a Norteamérica. Surgieron expositores de todos los estratos sociales. El primer comentario norteamericano acerca de Daniel  -publicado en 1644-  fue obra de Efraín Huit, The Whole Prophecie of Daniel Explained (Toda la profecía de Daniel explicada). El alejamiento físico del escenario del Viejo Mundo y de sus relaciones dio como resultado un tipo de exposición independiente, con frecuencia más clara que algunas interpretaciones de los círculos del Viejo Mundo, porque el preterismo, el racionalismo, etc., todavía no habían hecho impacto en Norteamérica.

El despertar del siglo XIX

En un tiempo cuando el postmilenarismo prevalecía en las iglesias y el preterismo iba ganando el favor de la crítica erudita, y antes de que se desarrollara el futurismo, ya florecía el premilenarismo histórico.

La interpretación profético histórica ha tenido predominio en tres períodos: primero, en los comienzos de la era cristiana; después en los períodos de la Reforma y de la época posterior a la Reforma; y finalmente, a comienzos del siglo XIX. En su conjunto, éste es el marco de fondo del despertar adventista del siglo XIX en el Viejo Mundo y del movimiento adventista del Nuevo Mundo, en los cuales muchos expositores independientes fueron pioneros en la presentación de interpretaciones paralelas.

Antecedentes de la interpretación adventista

Las interpretaciones de 25 siglos demuestran que nuestra tarea – como  adventistas del séptimo día – es la de recuperar y continuar las honrosas y ortodoxas exposiciones proféticas mantenidas a través de los siglos, las cuales se han ido acumulando y desarrollando, y ahora han sido restauradas y perfeccionadas y han adquirido una nueva importancia a la luz de estos últimos tiempos. Es lógico y natural que nuestro énfasis especial se enfoque ahora sobre estos segmentos de las profecías que atañen a los últimos días y que hasta ahora no se habían percibido o hecho resaltar. En el pasado aún no había llegado el tiempo para su cumplimiento y reconocimiento natural, su aplicación y énfasis.

Interpretaciones básicas recibidas de otros

Todas nuestras interpretaciones básicas de hoy, correspondientes a todas las grandes profecías cronológicas (tales como la terminación, en 1844, de los 2.300 años de Dan. 8: 14, y su comienzo que coincide con el de las 70 semanas de Dan. 9: 25), pueden remontarse hasta distinguidos expositores de antaño. De modo que nosotros, los adventistas del séptimo día, tan sólo estamos en la misma corriente de los expositores correctos de los siglos, y reconocemos, agradecidos, nuestra deuda con los nobles pioneros. Somos los herederos de las verdades proféticas de los expositores del pasado y los heraldos especiales de los cumplimientos de los últimos días.

Teniendo tal marco histórico ante nosotros, nos hallamos preparados para seguir el desarrollo progresivo y específico tanto de la interpretación de la simbólica estatua de metal de Dan. 2, como de las cuatro bestias, de los diez cuernos, del cuerno pequeño de la cuarta bestia y de los tres tiempos y medio de la profecía de Dan. 7; así como también del carnero, del macho cabrío y sus cuernos respectivos, y del más largo período profético de Daniel, cap. 8; de las 70 semanas que llegan hasta el Mesías Príncipe de Dan. 9, a la vez que de la profecía paralela y literal de los cap. 11 y 12 del libro de Daniel.

Amplitud progresiva de los bosquejos cronológicos de Daniel

A medida que avanzamos debe tenerse en cuenta un punto: las profecías de Daniel son únicas en el AT. Los escritos de los profetas anteriores no suministraron una cronología de sucesos futuros. A veces el primer advenimiento de Cristo y su segunda venida parecían presentarse juntos sin indicar el tiempo que habría de separarlos y sin hacer una diferencia entre los triunfos espirituales de la iglesia en el mundo presente y las glorias del reino eterno de Dios en la tierra renovada. Por otro lado, los bosquejos proféticos de Daniel presentan la secuencia y continuidad cronológica del plan divino de los siglos. Cubren las centurias en ininterrumpida progresión desde el tiempo de Daniel hasta el establecimiento del reino de Dios y la tierra nueva. Presentan el marco del reino, dentro del cual se lleva a cabo el glorioso plan divino de la redención, en la primera y la segunda venida de Cristo. Este itinerario inspirado de los siglos revela el tiempo del primer advenimiento, y el “tiempo del fin” que precede al segundo advenimiento. Las profecías de Daniel revelan claramente la mano decisiva de Dios en la historia y su dominio de los asuntos mundiales; presentan la filosofía divina de la historia y su significado; despliegan el proceso del gran plan de redención de Dios, con la terminación catastrófica de los siglos en el futuro; y por último presentan la única esperanza del mundo y su final glorioso. Lo que fue revelado a Daniel en visión podría compararse con una película cinematográfica silenciosa, pues Daniel veía transcurrir la sucesión de los hechos, como en el caso de la piedra que fue arrojada y golpeó a la imagen metálica de Dan. 2, pulverizando sus componentes y convirtiéndose en una montaña que llenó para siempre toda la tierra. En otros casos, sus visiones podrían compararse con una película con sonido o una transmisión por televisión, en las cuales Daniel escucha las palabras blasfemas pronunciadas por el cuerno pequeño del cap. 7, o contempla la sucesión de las bestias simbólicas, el surgimiento de los diez cuernos, el desarraigo de tres de éstos y el crecimiento desafiante del cuerno pequeño, a lo cual siguen las escenas del juicio. De modo que Daniel proporciona un nuevo tipo de profecía: el bosquejo profético cronológico con sus diferentes períodos. Ahora nos ocuparemos de esta serie de cuadros proféticos de Daniel, en la forma como sus diversos elementos fueron comprendidos por los expositores a través de los siglos.

II. Unanimidad general a través de los siglos en cuanto a Daniel 2

Los judíos identifican a Roma como el cuarto poder

Daniel 2 ha sido catalogado a través de los siglos como el abecé de los grandes esquemas proféticos. Como es la primera profecía que se explica, se la ha considerado como la base de las cuatro profecías subsiguientes de Daniel. Hacia el comienzo de la era cristiana, los judíos fueron sus primeros expositores. Creían que presentaba la secuencia de los cuatro imperios desde el tiempo de Daniel, seguidos por el reino mesiánico. Basados en declaraciones del mismo profeta (2: 38-39; 5: 28; 8: 20-22), concluyeron correctamente que el primer imperio era Babilonia, Medo-Persia el segundo, y el tercero Grecia, o sea el imperio grecomacedónico de Alejandro y sus sucesores.

En los comienzos de la era cristiana, Flavio Josefo, notable historiador y sacerdote judío del siglo I, contemporáneo de los últimos apóstoles, reitera la reconocida interpretación judía de los cuatro imperios. Para no ofender a Roma, que no toleraba rivales, fue muy cauto en cuanto a nombrar al reino de “hierro” que sería destruido y sustituido por el de “piedra” que llenaría el mundo. Vaciló aún más en identificar la piedra, o sea el reino mesiánico que pondría fin al Imperio Romano. Pero el judío Johanán ben Zakkai, también del siglo I d. C., explícitamente identificó a Roma- entonces en su máximo poderío- con el cuarto imperio de la profecía.

El Talmud, los tárgumes y la Midrash concordaban en que Roma era el cuarto imperio de la serie profético. La Midrash y el Talmud también incluían la fase eclesiástica posterior de Roma. Después los rabinos Eliezer, Saadía, Jefet ibn Alí, Rashi, Abrahán ibn Ezra, Maimónides Gersónides (o Leví Ben Gersón), Abravanel, Josef  ben David y, especialmente, Manasés ben Israel, situados en los siglos IX-XVII, concordaron con los escritores cristianos de esos siglos en identificar a los cuatro imperios de Daniel, y la piedra como el reino mesiánico venidero. Varios, como Abrahán ibn Ezra, Jefet ibn Alí e Isaac Abravanel, pensaron que el hierro mezclado con barro podría ser el cristianismo y el mahometismo. Pero el reino de piedra no había llegado todavía, y es obvio que para ellos no era la iglesia cristiana, como sostenía la mayoría de los católicos. El más explícito de todos fue Manasés ben Israel (murió en 1657), que estableció la primera imprenta judía y también sirvió como principal rabino en Amsterdam.  Presentaba los cuatro imperios en la secuencia reconocida. Para él las dos piernas eran el romanismo y el mahometismo, los diez dedos de los pies, las divisiones de Roma, y “la quinta monarquía de Dios” completaba la serie.

Los cristianos primitivos esperaban la división de Roma

Entre los primeros escritores cristianos, Ireneo de las Galias (siglo II), recurriendo a la profecía para demostrar la veracidad de las Escrituras, enseñaba la misma secuencia de los cuatro reinos y la división del cuarto reino -el romano- en diez partes. Para él, Cristo era la “piedra” profética que descendía del cielo y que hería a la imagen después de la división de Roma. Tertuliano de Cartago (siglo III) también enseñaba que, en su segunda venida, Cristo destruirá los reinos seculares de la imagen de cuatro partes, y declaraba que lo que se había cumplido en el pasado aseguraba la certeza de los sucesos futuros.

Un clásico expositor primitivo, Hipólito (muerto c. 236), obispo de Puerto Romano, y autor de un notable comentario de Daniel, afirmaba que los cuatro poderes mundiales eran Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Declaraba que su generación vivía en el período de este último reino. También afirmaba que los dedos de los pies de hierro y de barro “que han de venir”, en sus días todavía eran futuros, e interpretaba que la piedra que golpeaba a la estatua era Cristo, “quien viene del cielo y trae el juicio del mundo”.

Eusebio Pánfilo (siglo IV) obispo de Cesarea y famoso “padre de la historia eclesiástica”, también enumeraba los cuatro imperios generalmente reconocidos, y añadía que “después de esos cuatro se presenta al reino de Dios como una piedra que destruye toda la imagen” mediante la intervención divina. Así también su contemporáneo Afraates, el sabio persa, enseñaba lo mismo: que la piedra destructora de la imagen era el reino de Cristo, todavía futuro y eterno.

Se reconoció la división mientras se estaba efectuando

Después, mientras Roma estaba en el proceso de dividirse, Sulpicio Severo (siglo V) de Aquitania, se convirtió en el heraldo de un nuevo cumplimiento: que en sus días el barro ya se estaba mezclando con el hierro. “Esto también se ha cumplido”, declaraba. Jerónimo (c. 340-420), el ilustre doctor de la iglesia latina, también enseñaba la división progresiva del Imperio Romano en fragmentos, como algo “muy manifiestamente reconocido” en su tiempo, y nombra los primeros invasores bárbaros que dividieron a Roma. Teodoreto (c. 386-457), obispo de Ciro en el siglo V, también afirmaba que la fuerza férrea de Roma ya se había debilitado por la mezcla de barro; y que la piedra eterna (Cristo) estaba destinada a destruir a las naciones en su segundo advenimiento.

San Agustín aplica a la iglesia la piedra que se transforma en una montaña.-

Luego aparece San Agustín (354-430), quien erróneamente enseñaba que el profetizado reino eterno de Cristo era el reino de la Iglesia Católica, la cual, según él, se hallaba en un claro proceso de transformarse en una montaña que llenaría el mundo.

Intérpretes anteriores a la Reforma ubican la piedra en el futuro

Transcurrieron los siglos. Joaquín de Floris (o Flora, m. 1202), destacado expositor medieval, de nuevo se ocupó de la exposición de Dan. 2 en una forma un poco confusa. Para él, los cuatro imperios son: (1) Los caldeos y medos-persas, (2) los macedonios, (3) los romanos y (4) los sarracenos. La piedra que llena la tierra era todavía futura. Poco después Juan Wyclef, profesor de Oxford y “la estrella matutina de la Reforma”, afirmó en el siglo XIV que las “cuatro monarquías” de Dan. 2 claramente comprendían a Asiria-Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. Walter Brute, erudito lolardo contemporáneo de Wyclef, afirmaba que los “pies [de hierro y barro] de la imagen” representaban al dividido “Imperio de Roma” que “aún perdura”; en tanto que la piedra representa el venidero reino de Cristo.

Los reformadores virtualmente unánimes en la exposición típica

Cuando alboreó la Reforma del siglo XVI, el dinámico Martín Lutero, después de presentar la reconocida secuencia de los cuatro imperios -Babilonia, Persia, Grecia, Roma-, afirmaba: “Todo el mundo concuerda en esto”. También declaraba que la piedra es el reino venidero de Dios. En esta interpretación recibió el apoyo de Melanchton, de Virgilio Solis, Selnecker y Ecolampadio. En Suiza, Tobías Stimmer, y en Gran Bretaña, George Joye, Hugh Latimer, Thomas Becon y Thomas Brightman -todos del siglo XVI-, siguieron la misma interpretación como la creencia común de los reformadores.

La contrarreforma niega que Roma ha caído

La presión de la acusación unánime de todos los grupos protestantes, de que la Iglesia Católica era el anticristo profetizado, fue vivamente sentida por el papado, y dio como resultado una interpretación contradictoria de las profecías durante la Contrarreforma y después de ella. El cardenal Belarmino (m. 162l), el más capaz de los polemistas jesuitas, para apartar de las mentes que dicha profecía se aplicaba a la iglesia de Roma, argumentaba, basado en Dan. 2, que el anticristo no podría aparecer, de acuerdo a la demanda profética, hasta que se efectuara la división del Imperio Romano.

Insistía en que esa especificación inspirada todavía no se había realizado, argumentando que las dos piernas del coloso metálico representaban a la Roma Oriental y a la Roma Occidental; y que cuando cayó la Roma Occidental, la pierna [parte] Oriental continuó todavía; y cuando sucumbió el Imperio Romano Oriental, en 1453, para ese entonces la pierna Occidental había sido restaurada en la forma del Santo Imperio Romano. Por lo tanto, Roma, según él, siempre había tenido una pierna para sostenerse; y Roma debía dividirse antes de que apareciera el anticristo. De esta manera insistía en que el papado no era el anticristo.

Los expositores posteriores a la Reforma colocan la piedra en el futuro

Algunos credos -como A Short Catechisme [Catecismo breve] de la Iglesia Anglicana, autorizado por Eduardo VI en 1553- declaraban que el reino pétreo todavía era futuro. Sin embargo, Calvino apoyaba el concepto de que la piedra era el reino espiritual de la iglesia que habría de quebrantar a todos los reinos terrenales. Esto explica su proceder autoritario.

En los tiempos posteriores a la Reforma, concordando con el erudito Joseph Mede (m. 1638), surgieron John Tillinghast, párroco independiente; Thomas Beverley, clérigo independiente; William Sherwin; Pierre Jurieu, hugonote francés; Sir Isaac Newton; Thomas Newton, obispo anglicano; Heinrich Horch; Jean de la Fléchère, colaborador suizo de Wesley; Hans Wood, laico irlandés; John Willison, teólogo escocés; James Bicheno, disidente inglés; y Christian G. Thube, pastor alemán, todos los cuales enseñaron la secuencia de Babilonia, Persia, Grecia y Roma, la que entonces era considerada comúnmente como irrefutable. Los pies y los dedos eran las naciones en que se había dividido Roma. Y con suma frecuencia se afirmaba que la piedra era el venidero reino de Cristo.

Los colonos norteamericanos sostienen las interpretaciones tradicionales

Los escritores norteamericanos de la colonia y de los comienzos de la república (siglos XVII y XVIII) concordaron con las interpretaciones del Viejo Mundo. Ephraim Huit, de Connecticut, primer expositor sistemático de Daniel (1644) en el Nuevo Mundo, mantuvo los cuatro imperios tradicionales, y la piedra como el reino venidero de Cristo, destacando que la mezcla de barro y hierro en los pies era la mixtura de la Iglesia Católica con los estados seculares de Europa. Al mismo tiempo, el erudito Thomas Parker, de Massachusetts, insistía en que el reino pétreo no se establecería hasta el segundo advenimiento de Cristo, advenimiento que provocaría la destrucción de los reinos y la caída del anticristo. Y Samuel Hutchinson, laico de Boston, declaraba que la piedra “todavía no” había sido cortada del monte.

Increase Mather, comentador prolífico de las profecías y rector de Harvard (m. 1723), mencionaba las cuatro monarquías y especificaba las divisiones, afirmando asimismo que la piedra todavía no se había convertido en la montaña que llenaría todo el mundo. Su hijo, Cotton Mather, teólogo congregacional, sostenía lo mismo. Y Nicholas Noyes, pastor de Salem, afirmaba que la imagen metálica se sostenía sobre sus “tambaleantes piernas”, como si hubiera recibido un golpe demoledor de la “Piedra”. Ezekiel Cheever, maestro de escuela del mismo período en la Nueva Inglaterra, también afirmaba que el reino de Cristo no se establecería antes de que pasaran las cuatro monarquías.

Benjamín Gale, médico de Connecticut, sostenía que los pies y los dedos de los pies de la imagen eran la última forma de la tiranía romana, en la cual “los poderes civiles y eclesiásticos se unen y se mezclan”. Samuel Osgood, director general de correos de 1789 a 1791, enseñaba que el período de los pies estaba terminando rápidamente y que la piedra representaba el segundo advenimiento de Cristo. Joshua Spalding, premilenarista de Salem, también enseñaba la típica sucesión de los cuatro imperios, y hacía corresponder el segundo advenimiento con la piedra que hiere a la imagen. Y finalmente David Austin, que fue pastor presbiteriano, interpretaba que la arcilla y el hierro representan el poder estatal y el poder eclesiástico, y afirmaba que su destrucción se realizaría mediante el impacto predicho de la piedra.

El siglo XIX presenta un cuadro impresionante

En el siglo XIX, Manuel Lacunza, jesuita y escritor chileno, interpretó que los diez dedos de las piernas de hierro de la imagen metálica representaban a los reinos romano-góticos de Europa occidental, los cuales eran nominalmente cristianos; y que la piedra era el reino de Cristo. Destacaba la persistente división a pesar de los vínculos establecidos mediante los matrimonios de la realeza, y afirmó que la iglesia de la Edad Media no era el reino representado por la piedra.

En Gran Bretaña hubo muchos prominentes expositores -anglicanos, presbiterianos, bautistas y otros no conformistas- que propagaron la misma enseñanza entre 1805 y 1822, haciendo destacar los mismos cuatro poderes mundiales y los pies y sus dedos de hierro y de barro de la Europa dividida -no pocos de ellos los presentaron por nombre-, y la piedra como el reino venidero de Cristo, de Dios o del Mesías. Además, el obispo Daniel Wilson, de la India, François Samuel Robert Louis Gaussen, de Suiza y J. H. Richter, de Alemania, difundieron la misma enseñanza.

Los norteamericanos del siglo XIX casi unánimes

No sólo los milleritas, sino también la mayoría de los expositores de Daniel en Estados Unidos -que escribieron entre 1798 y 1844-, por lo general concordaron en que las cuatro partes metálicas de la imagen profética simbolizaban a Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma, y los pies y sus dedos, donde se mezclaban el hierro y el barro, como las naciones de la Europa dividida. Algunos hasta llegaron a decir que la mezcla también representaba la unión del poder eclesiástico y el poder estatal. Y todos ellos declaraban que la piedra que había de destruir a las naciones y llenar la tierra era el reino venidero de Cristo.

Tal fue también el caso de los centenares de heraldos milleritas que escribieron y predicaron ampliamente en los comienzos de la década de 1840. Las conclusiones que en términos generales los milleritas aceptaron en cuanto a la profecía, fueron definidas principalmente mediante una serie de unas 18 asambleas generales de clérigos y otros dirigentes que propiciaban la causa millerita. Provenían de todos los grupos religiosos: bautistas, congregacionalistas, presbiterianos, metodistas, episcopales, cristianos, reformados holandeses y otros. En esas asambleas llegaron a conclusiones que después proclamaron al mundo mediante opúsculos, folletos y libros, y a través de su cadena de periódicos que iban desde los Estados de Maine a Ohio, y desde Montreal, Canadá, hasta Baltimore y Washington D.C. Entre ellos había más de 30 publicaciones periódicas, nacionales y locales, permanentes y temporales, con una circulación extraordinariamente grande para esa época. Su pronunciamiento fue virtualmente unánime, pues concordaban en todo lo esencial respecto a los grandes bosquejos proféticos de Daniel y sus correspondientes períodos cronológicos.

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Un Comentario en “Principios de Interpretación de Daniel -I”

  1. Josué Dice:

    Busco un lugar donde congregarme que entiendan Preterismo.

    Gracias por leer esto.


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