La Expiación -3

El Significado de la Cruz: La Expiación como Sufrimiento/ Pathema Divino

Por: Ángel Ml. Rodríguez

Clasifíquese: Soteriologia / Santuario

Jesús se dirigía a Jerusalén por última vez. Era el momento decisivo de su misión en nuestro planeta y la razón por la cual había descendido del cielo. Después de esta visita nada iba a permanecer igual. Estaba a punto de experimentar lo inimaginable en manos de los seres humanos y en el reino de las tinieblas. Estaba bajo la sombra de la cruz, anticipándola. El conflicto cósmico encontraría en la muerte de Cristo sobre la cruz su solución final. Examinaremos el significado de ese evento salvífico en términos de su significa expiatorio. La pregunta básica es: ¿Qué ocurrió en la cruz?

Cristo sufrió

El testimonio de la Escritura es claro y consistente, Cristo sufrió en forma y magnitud nunca experimentadas o que se experimentarán por ser humano alguno. Los cristianos sufren por su fe (Romanos 8:13; 1 Pedro 2:19, 20; 3:14), pero encuentran en el sufrimiento de Cristo y en la forma como él lo sobrellevó, un ejemplo para imitar (1 Pedro 2:21; 4:1; cf. 2 Corintios 1:5, 6). La vida de Cristo en un mundo de pecado fue de constantes sufrimientos mientras observaba y experimentaba los efectos del pecado y del mal sobre los seres humanos y sobre la naturaleza. También sufrió bajo la presión de las tentaciones que el enemigo puso sobre él (Hebreos 2:18) y como resultado de su sumisión a la voluntad de su Padre (5:8).

Cuando el encuentro entre Cristo y las fuerzas del mal estaba aproximándose a su clímax, Jesús sabía que era necesario “ir a Jerusalén y padecer mucho…, y ser muerto” (Mateo 16:21). El sufrimiento que culminó con su muerte también incluía ser tratado con desprecio, es decir, iba para ser tratado como nada (Marcos 9:12; del griego exoudeneo, “tratado con desprecio/burla”), y “rechazado” (Marcos 8:31; Griego, apodoquimatso). Este último verbo implica que iba a ser escudriñado por los líderes judíos e iba a ser declarado inútil, completamente indigno. Iba a ser menospreciado por los seres humanos (Isaías 53:3). Sus sufrimientos había sido predichos por los profetas de Israel (1 Pedro 1:11). Hebreos 2:9 resume la singularidad del sufrimiento de Cristo: “Pero vemos a Aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento [pathema] de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”. El pasaje comienza con una referencia al momento de la encarnación y a la glorificación del Hijo después de su ascensión. Su exaltación estaba anclada en su sufrimiento hasta le punto de la muerte. Pero lo que hizo único ese sufrimiento mortal fue lo que él experimentó por “cada uno”. La magnitud del sufrimiento fue incomprensible.

El pathema/sufrimiento de Cristo está particularmente asociado en el Nuevo Testamento con su muerte sacrificial (Hebreos 9:26; 13:12). Pedro establece que “él padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). [1] La frase en griego perihamartion, traducida “por los pecados”, se usa a menudo en la versión en griego del Antiguo Testamento para referirse a la ofrenda por el pecado. Si Pedro tenía eso en mente, estaba diciendo que Cristo sufrió por causa de nuestros pecados como una víctima sacrificial expiatoria. Esto ocurrió en el momento de su muerte sobre la cruz, cuando su sufrimiento alcanzó inimaginables dimensiones. La misión de Cristo era venir a sufrir y morir por los pecadores e hizo eso vicariamente: “el justo por los injustos”. [2] Pedro declara específicamente que Cristo sufrió en la carne, es decir, como ser humano (1 Pedro 4:1). La encarnación, el sufrimiento y la muerte de Cristo eran inseparables de su misión. Necesitamos explorar la naturaleza de ese sufrimiento.

El sufrimiento emocional y espiritual de Cristo

Poco antes de su pasión, Jesús dijo: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre!” (Juan 12:27, 28). La anticipación de su muerte en la cruz perturbó terriblemente el ser interior de Jesús. Sentía un disgusto natural hacia la muerte. El verbo tarasso traducido “estar angustiado”, se refiere al trastorno interior, a la agitación mental y espiritual, incluso confusión, [3] en anticipación a la aproximación de un evento extraordinario. En el caso de Jesús el elemento de confusión no estaba presente porque ya había hecho su decisión. Él aceptó voluntariamente su destino en cumplimiento del plan divino para la salvación de la humanidad. [4] La experiencia que él anticipaba era la cruz interpretada en forma única.

Mientras Jesús se aproximaba al huerto del Getsemaní su estado emocional cambió radicalmente, de uno de paz y descanso a uno de profunda agitación emocional. Una alteración emocional interna de tal naturaleza lo sobrecogió, que amenazó seriamente su misma vida. Jesús dijo a tres de sus discípulos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Marcos 14:34). Perilupos se refiere a un estado de profunda tristeza y sufrimiento y sugiere una lucha interna (cf. Marcos 6:26; Lucas 18:23). En el caso de Jesús, esta condición interna era tan dolorosa que consideró estar en el umbral de la muerte. Esta condición se describió más adelante como estar “profundamente afligido” [ekthambeo] y angustiado [ademoneo]” (Marcos 14:33). El verbo ekthambeo describe un estado o condición caracterizado por intensa excitación emocional causada por algo inesperado, o desconcertante. En el caso de Jesús, la excitación era de una naturaleza negativa y probablemente designado como un estado de alarma o asombro causado por su incapacidad para entender la naturaleza de la experiencia por la que estaba pasando. “Estaba profundamente angustiado”. El verbo ademoneo añade, de una manera más explícita, la idea de ansiedad -“estar ansioso”, “estar afligido” o “angustiado”. [5]

En el Getsemaní, el mismo ser de Jesús estaba pasando por una fuerte, destructora y amenazante tormenta emocional que ya había dejado agotado su cuerpo. Se sentía como si estuviera a punto de morir, de rendir su vida por indignos pecadores como tú y yo. Lucas dice que él “estaba en agonía” (agonias) se refiere en general a “aprensión mental, especialmente cuando se enfrenta con enfermedades inminentes, aflicción, angustia”. [6] También expresa varias ideas importantes difíciles de combinar en una sola palabra castellana. Significa “ansiedad” o “miedo” pero es la ansiedad que precede y que acompaña a un conflicto o lucha y que se propone ser victorioso. [7] El nivel de la ansiedad y la lucha fue tan intenso que su vida comenzó a escaparse como lo muestran las gotas de sudor como sangre, la tangible expresión de vida, que caían al suelo. Si no hubiera sido por un ángel de Dios que vino a fortalecerlo, probablemente habría muerto en Getsemaní (Lucas 22:43).

En esa angustiosa condición Jesús oró. Aunque no sería correcto limitar la descripción de la experiencia de oración de Jesús registrada en Hebreos 5:7 a la del Getsemaní, se aplica en forma particular a ese momento de su vida. Allí declara: “En los días de su carne ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por causa de su temor reverente”. La terminología utilizada indica la intensidad emocional y espiritual de las oraciones y la dimensión del sufrimiento por el que estaba pasando el Señor. Oraba por la liberación de la muerte, un detalle significativo en el caso del Getsemaní. También dice que “fue escuchado”. La respuesta a la oración vino el domingo de mañana como resultado de su “reverente sumisión” al Padre. Aquí, de nuevo, la relación con el Getsemaní es clara.

Razón del sufrimiento de Cristo

La narración de la pasión en los evangelios no nos dice explícitamente por qué pasó Jesús por una experiencia tan terriblemente dolorosa en el Getsemaní. Hasta ese momento de su experiencia no había experimentado ningún dolor físico, como sería el caso en las siguientes horas. Consecuentemente, tenemos que concluir que el sufrimiento fue de naturaleza emocional y espiritual. ¿Qué lo causaba?

Experimentó el juicio del mundo. En Juan 12:31 Jesús asoció el momento de su muerte con el juicio del mundo: “Ahora es el juicio de este mundo”. La cruz pronunció un veredicto contra el mundo, no simplemente en el sentido de que los seres humanos y los poderes malignos eran culpables de crucificar al Hijo de Dios; sino particularmente en que el juicio del mundo tuvo lugar en el Hijo. Él fue “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El propósito de ese juicio era la salvación del mundo: “Porque no envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (3:17). En otras palabras, “la sentencia de juicio pronunciada contra este mundo cayó sobre aquel a quien este mundo asesinó”. [8] De acuerdo con Juan, una salvación tal es otorgada a los que creen en él (versículo 18). Cuando Cristo fue levantado en la cruz, Dios reveló tanto su juicio contra el mundo como el poder salvador de la cruz (3:14; 12:32). Fue la carga de ese juicio la que produjo tan grave confusión al amante Salvador. El único Ser sin pecado sufrió en lugar de los demás, soportando el juicio que ellos merecían.

El elemento del juicio está presente en la imagen de la copa de la cual Jesús tenía que beber. Mientras pasaba a través de la indescriptible angustia y sufrimiento, Jesús oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mateo 26:39). En el Antiguo Testamento la copa del Señor se refiere en forma figurada a su poder salvador y a su juicio contra los pecadores impenitentes. En este último caso “el contenido de la copa […] es la ira judicial de Dios (Jeremías 25:14). Como una bebida intoxicante, le arrebata al que la bebe su sano juicio y lo hace tambalear y caer, tanto que no podrá volverse a levantar”. [9] Jesús percibió su inevitable muerte como directamente relacionada con el problema del pecado y la actitud de Dios hacia él. De lo contrario, su experiencia al morir no habría sido sin paralelo en su intensidad y propósito.

Enfrentando las fuerzas del mal. Jesús relacionó la cruz con la expulsión de Satanás: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). El verbo griego ekdallo, traducido como “expulsar”, es un término técnico en los evangelios, que Jesús usaba cuando echaba fuera demonios (por ejemplo, Mateo 8:16; 12:28; Marcos 1:34, 39). Su ministerio fue una constante victoria sobre los poderes demoníacos. El evangelio de Juan no contiene ningún registro de Jesús echando fuera demonios, excepto en Juan 12:31. Siendo que el pasaje no menciona el lugar del cual Satanás fue expulsado, sugiere que este fue un encuentro directo entre Cristo y Satanás. Jesús entro en el reino de las tinieblas y confrontó personalmente al poder del mal, el príncipe de nuestro mundo. En el evangelio de Juan las tinieblas se refieren a la esfera del mundo en rebelión contra la luz de Dios y contra Cristo que es la luz. La oscuridad caracteriza al mundo bajo el control del príncipe del mundo (Juan 1:5, 9; 8:12). El Nuevo Testamento identifica sin ninguna duda a Satanás con las tinieblas del pecado y la muerte (por ejemplo, Hechos 26:18).

La cruz fue la hora cuando las tinieblas reinaron (Lucas 22:53), y cuando Cristo entró voluntariamente al reino de las tinieblas. En un sentido fue el descenso de Cristo al “infierno”. [10] Él entró al reino de las tinieblas por su propia voluntad, se encontró de frente con las fuerzas del mal y las derrotó. Poco antes de la crucifixión Jesús anunció a los discípulos: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30). Las tinieblas no tenían ningún lugar en la vida de Jesús y, consecuentemente, cuando fue levantado sobre la cruz, invadió el reino de las tinieblas y destronó a Satanás (cf. Colosenses 2:15; Hebreos 2:14). Así, cuando este intenso conflicto empezó en el Getsemaní, Jesús experimentó un profundo trastorno emocional y espiritual.

Entregado a los poderes impíos y a la muerte. La Biblia utiliza el verbo que se traduce como “pasar”, “encomendar”, “entregar” (paradidomi) para referirse a lo que tuvo lugar en la vida de Cristo desde el Getsemaní hasta su muerte en la cruz. Es un verbo muy importante porque arroja luz sobre el significado de la cruz. De hecho, desempeña un papel vital en las narraciones de la pasión y en otras partes del Nuevo Testamento.

Los seres humanos entregaron a Jesús: Muy temprano en la narrativa de los evangelios se identifica a Judas como uno que iba a “traicionar” o “entregar” a Jesús (Mateo 10:4; Marcos 3:19) a los dirigentes judíos (Mateo 10:18), “entregado en manos de pecadores” (Marcos 14:41), o “entregado en manos de hombres” (Marcos 9:31; Mateo 17:22). De hecho, en el resto de la narración de la pasión “lo entregaron” desempeña un papel importante. Los dirigentes judíos entregaron a Jesús a Pilato (Mateo 27:2; Marcos 15:1), y él lo entregó a los soldados romanos para ser crucificado (Marcos 15:1; Lucas 18:32). Los seres humanos orquestaron su muerte.

Jesús percibió en su entrega a través de instrumentos humanos algo siniestro. Detrás de la perversa acción de Judas, Jesús vio la actividad de Satanás quien había “entrado en Judas” poco antes de entregarlo a las autoridades judías (Lucas 22:3). Uno de los aspectos significativos del verbo paradidomi es esa “entrega a una esfera diferente de poder”. [11] Aquí esa esfera es la del pecado y el dominio del demonio (cf. 1 Corintios 5:5; 1 Timoteo 1:10). El verbo “designa el acto por el cual algo o alguien es transferido a la posesión de otro”. [12] Esto es teológicamente muy significativo.

Jesús se entregó a sí mismo: Sin embargo, la entrega de Jesús a los poderes del mal no es un resultado sencillo de la acción humana. Junto con los perversos actos y las malas intenciones de los seres humanos y de los demonios están una acción y un propósito divinos. Jesús dijo a los judíos: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:17, 18). Las voliciones humanas y divinas coincidieron al expresarse en sus acciones mientras que diferían en sus intenciones y propósitos. Jesús tenía el control de lo que estaba pasando, no los seres humanos. “Yo conozco al Padre y pongo mi vida por las ovejas” (Juan 10:15); él vino “para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45); “se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20), y por la iglesia (Efesios 5:25). Finalmente, sobre la cruz “habiendo inclinado al cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30). Su vida no se la arrebataron ni los seres humanos ni las agencias satánicas; él la rindió voluntariamente. Los seres humanos siguen siendo responsables por haberlo matado, pero fue Jesús quien voluntariamente entregó su vida.

Dios entregó a Jesús: La Biblia también dice que el Padre tuvo una parte directa en la entrega de Jesús a los malvados y a las fuerzas del mal. Jesús declaró que al dar su vida, estaba obedeciendo al Padre (Juan 10:18). En Romanos 4:25 encontramos el uso de la forma pasiva del verbo, dando a entender que era Dios quien realizaba la acción: “Él (Cristo) fue entregado para morir por nuestros pecados”. Obviamente, los malvados no tenían la intención de llevar a Jesús a la muerte por nuestros pecados. Dios estaba haciendo eso por nosotros. El pasivo divino está probablemente presente en Marcos 9:31: “El Hijo del hombre será entregado en manos de hombres” (cf. Hecho. 24:7). Cuando en las Escrituras el sujeto del verbo “entregar” (paradidomi) es Dios, comúnmente connota un resultado y propósito negativo y presupone una experiencia negativa sobre el objeto del verbo. Permítame darle algunos ejemplos. Hechos 7:42 dice que Dios entregó a los israelitas que se rebelaron contra él a las consecuencias de sus propios pecados, o a los resultados de sus pecados. Es también el caso en Romanos 1:24, 26, 28, donde dice que Dios entregó a los gentiles a sus propios caminos pecaminosos. Este es el modo en que se reveló la ira de Dios contra ellos (Romanos 1:18). El verbo paradidomi (“entregar”) lleva en tales casos la idea de juicio divino y podría traducirse como “entregar para juicio/castigo”. Este uso es común en el Antiguo Testamento griego (por ejemplo Isaías 34:2; Jeremías 21:10; 32:28; Ezequiel 11:9). [13]

Parece que esas ideas estaban en la mente de Pablo cuando comentó: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). La oración “el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” contiene un pensamiento profundo que corresponde al que hallamos en el relato que encontramos en el evangelio. Cuando el sujeto del verbo “entregó” (paradidomi) es Dios, indica que él entregó activa e intencionalmente a Cristo al poder del pecado y de la muerte, el reino de las tinieblas (Romanos 4:25). El Antiguo Testamento colocó a quienes estaban ritualmente impuros en la esfera de la impureza/muerte. La víctima sacrificial era ritualmente transferida a esa esfera a favor o en lugar de los pecadores arrepentidos y experimentaba lo que los seres humanos debían haber experimentado. Ahora era a Jesús a quien el Padre entregó para morir en la forma en que todos los pecadores debían haber muerto.

El lenguaje usado por Pablo en Romanos 8:32 es un eco del contenido de dos pasajes del Antiguo Testamento, y ambos apoyan la idea de que fue Dios quien entregó a Jesús al sufrimiento y a la muerte. El primero es Génesis 22:16. En el último momento Dios proporcionó una víctima sacrificial como sustituto para el hijo de Abraham. Pero en el caso de Jesús Dios no lo “escatimó” sino que lo entregó como sacrificio por nuestros pecados. La frase “no escatimó a su Hijo” implica que la entrega fue una experiencia dolorosa tanto para el Padre como para el Hijo. El verbo “escatimar” [pheidomai] significa “salvar de la pérdida o el daño”. [14] Ambas ideas están presentes en nuestro pasaje: Jesús se hizo pobre por nosotros y murió por nosotros. El segundo pasaje está en (la Septuaginta) Isaías 53:6. El texto declara que fue el Señor quien dio o entregó al Siervo por los pecados del pueblo. Nótese que el versículo 12 explícitamente declara que el Siervo entregó su propia vida hasta la muerte. Ya hemos señalado que el Siervo del Señor en Isaías fue transferido a la esfera de la muerte como un sustituto de los seres humanos rebeldes quienes no merecían la misericordia divina. La entrega de Jesús está en el mismo centro de su obra redentora.

El clamor de abandono de Jesús.

El hecho de que Jesús fue entregado al poder de las tinieblas sugiere que soportó el abandono de Dios. La experiencia fue una expresión de la ira divina y consecuentemente su sufrimiento fue intenso e insoportable más allá de lo imaginable. En ese contexto, debiéramos tomar seriamente el clamor de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34; cf. Mateo 27:46). Marcos introduce el grito, “Jesús clamó a gran voz”, en la narración después de la declaración: “Hubo tinieblas sobre toda la tierra” (Marcos 15:33). Los escritores de los Evangelios no dan una interpretación explícita de la oscuridad o del grito. Las Escrituras mismas se convierten en el contexto para comprenderlas. La oscuridad es, primariamente, un símbolo de juicio divino (Isaías 13:9:16); Amós 5:18-20; Jeremías 13:16) [15] y probablemente sirve en Mateo y Marcos para indicar que la cruz fue el juicio del mundo, idea que encontramos en Juan.

Abandono divino. Fue en esa espantosa hora que Jesús exclamó: “¿Por qué me has abandonado?” Lo menos que podemos decir es que su pregunta revela la condición en que Cristo se encontraba. Experimentando el abandono de Dios, se apropió de las palabras del salmista registradas en el Salmo 22:1. En un sentido estaba soportando lo que los seres humanos a menudo experimentan en sus vidas: la aparente ausencia de Dios. Por lo tanto, Jesús estaba identificándose con la condición humana, pero más particularmente con el sufrimiento de los justos. [16] En su caso el abandono de Dios era real y único. Como ya hemos visto, en el contexto de la narración de la pasión en los Evangelio y en el resto del Nuevo Testamento, el abandono de Dios fue el resultado de la entrega de Jesús por parte del Padre a la esfera del pecado y de la muerte por nosotros. Fue una separación real de Dios. El Justo que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21).

Amor divino y juicio. El juicio de Dios contra el pecado, contra la violación de su ley, cayó sobre su propio Hijo. Como demostraremos, nunca debiéramos leer esto como si Dios castigara a su Hijo vengativamente, mientras su Hijo procura persuadir al Padre a que nos ame. Ellos no estaban uno contra el otro, más bien, estaban obrando juntos para salvarnos. “Cualquier cosa que haya ocurrido en la cruz en términos de ‘el abandono de Dios’, fue voluntariamente aceptado por ambos en el mismo santo amor que hizo necesaria la expiación”. [17] Elena G. de White añade: “Dios amó a su Hijo en su humillación. Él lo amó más cuando la penalidad por la transgresión de la ley cayó sobre él”. [18] Sin embargo, Jesús experimentó la separación eterna de Dios que experimentarán los pecadores. Sería correcto concluir que los sufrimientos de Cristo tuvieron como causa fundamental la anticipación y la experiencia de su separación del Padre.[19]

Profunda sed por Dios. El evangelio de Juan analiza este tema teológico al informar que sobre la cruz Jesús dijo: “Tengo sed” (Juan 19:28). Obviamente él estaba físicamente sediento, pero a la luz del significado de su muerte en el Nuevo Testamento, la declaración es mucho más significativa. Es probablemente una alusión al Salmo 22:16. “De acuerdo con el Salmo el Justo tuvo que soportar tanto la persecución, así como privación corporal de toda clase; uno reconoce en la experiencia de estar sediento la particular profundidad de la miseria y el agotamiento humanos”. [20] Pero la referencia pudo también ser del Salmo 42:1, 2 en la que el salmista describe el deseo de disfrutar la presencia de Dios como una profunda sed de él. Los seres humanos son caracterizados por la sed, y para ellos Jesús ofreció el agua de vida (Juan 4:7-14; 7:37), prometiéndoles que cualquiera que la beba nunca tendrá sed otra vez (Juan 4:10-14). Pero ahora era Jesús mismo quien estaba sediento y, desafortunadamente, su sed no podría ser apagada. Era una sed ocasionada por el sentimiento de la intensidad de su necesidad del compañerismo con Dios en un momento cuando no podía satisfacerla. En un sentido, “estoy sediento” es el equivalente del clamor de abandono encontrado en Mateo y en Marcos. Habla del abandono de Dios usando una imagen diferente. [21] El clamor desde la cruz revela el terror y la desesperación que el Hijo afrontaba sobre el instrumento de tortura para que otros pudieran disfrutar el agua de la vida (Juan 19:34). No significa que él abandonó al Padre. Por el contrario, su fe permaneció intacta en medio de la lucha que afrontaba. Experimentó el abandono, pero al mismo tiempo se dirigió al Padre como “Dios mío“.

La unión de dos naturalezas y el sufrimiento Pathema/ divino

No podemos separar la encarnación del Hijo de Dios de su muerte sacrificial sobre la cruz. De hecho, como ya lo señalamos, la encarnación hizo posible que el Hijo de Dios se ofreciera por nosotros. Para explorar las implicaciones de esta declaración necesitamos proporcionar un breve resumen de lo  que ya hemos dicho acerca de la encarnación y añadir unos pocos comentarios adicionales.

Implicaciones de la unión de las dos naturalezas. Hemos sugerido, primero, que la encarnación fue la unión de lo divino y lo humano en una Persona, el preexistente Hijo de Dios. Segundo, cada naturaleza retiene sus  propiedades, la humana no fue divinizada ni la divina humanizada, implicando la presencia de dos voluntades en la encarnación del Hijo de Dios. Tercer, la unión de las dos naturalezas significa que lo que la naturaleza humana también experimentaba la manifestación del poder de la divina. Lo que la naturaleza divina percibía eran las emociones y necesidades humanas.

Cuarto, la encarnación fue la unión permanente de lo divino y lo humano en una Persona. El Hijo de Dios llevó nuestra naturaleza humana ante la misma presencia de Dios (1 Timoteo 2:6). A través de toda la eternidad Jesús continuará siendo humano. La unión permanente de lo humano y lo divino en la persona de Cristo significa que sobre la cruz las dos fueron inseparables. Si reconocemos que como resultado de esa unión eterna la naturaleza divina experimentaba lo que la naturaleza humana sentía, entonces uno podría sugerir que los sufrimientos de Jesús desde el Getsemaní hasta su muerte en la cruz fueron experimentados por las dos naturalezas, tanto la humana como la divina; es decir, por la totalidad de la Persona.

Antes que desarrollemos estas ideas permítaseme clarificar algo muy importante. Cuando tratamos este asunto deberíamos ser cuidadosos para no dar la impresión de que la divinidad de Cristo murió sobre la cruz. Dios, por definición, inmortal. La expiación no requiere la muerte de Dios sino la muerte de las criaturas rebeldes pecadoras. A través de la rebelión y el pecado ellas perdieron el don de la vida y escogieron la muerte, la muerte eterna. Era la muerte de las criaturas rebeldes, como penalidad por el pecado, la que el Hijo de Dios tomó sobre sí como nuestro sustituto. Sobre la cruz la naturaleza humana pecaminosa fue, por así decirlo, ejecutada; haciendo posible para los creyentes en Cristo morir al pecado y renacer a la semejanza del Hijo de Dios.

Cristo y el sufrimiento/pathema divino. Desde que Dios, en su Hijo, asumió la responsabilidad por nuestro pecado, voluntariamente decidió experimentar en su propia persona nuestra penalidad eterna por el pecado. Esto habría requerido más que saber, a través de la encarnación, lo que los pecadores no arrepentidos sentirán cuando enfrente y experimenten el juicio de la muerte eterna. Nosotros no fuimos salvados a través del sufrimiento humano, sino a través del sufrimiento/pathema divino. De otra manera, Dios mismo no habría asumido la responsabilidad por nuestro pecado. Con el propósito de tener una vislumbre de lo que estaba involucrado en esa experiencia, tendríamos que conocer lo que estaba pasando en el interior de la relación intertrinitaria mientras Cristo moría sobre la cruz. Aquí nos estamos aproximando al campo de la especulación humana y la precaución es de importancia extrema.

Dos importantes declaraciones de Elena G. de White nos ayudarán a explorar este tema. Lo que ella dice encuentra apoyo en la comprensión bíblica de la encarnación del Hijo de Dios, particularmente en la unión permanente de las dos naturalezas. Aquí está la primera: “En la hora más oscura, cuando Cristo estaba soportando el mayor sufrimiento que Satanás podía producir para torturar su humanidad, su Padre escondió su faz de amor, consuelo y compasión. En esta lucha su corazón se quebrantó. Él clamó: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?'”, [22] Varios aspectos de su declaración necesitan destacarse.

Primero, ella localiza a Cristo en el reino de las tinieblas, exactamente lo que el Nuevo Testamento indica a través del uso del término “entregó”. Implica aumento del distanciamiento entre el Padre y el Hijo. Él estaba entrando en el reino de las tinieblas. Segundo, parte del sufrimiento del Hijo era resultado de la tortura infligida sobre su naturaleza humana por Satanás. Esto incluía no solo su dolor físico, sino también las constantes tentaciones con las cuales Satanás lo asaltaba. Tercero, una fuente más de sufrimiento afligía intensamente al Hijo: ¡el abandono divino! El Padre retiró su amor, consuelo y compasión del Hijo. Esto no significa que Dios no amara a Jesús, sino que no había un mediador disponible a través de quien el amor del Padre pudiera alcanzar al Hijo. Él estaba ciertamente separado del Padre por causa de nuestro pecado. Cuarto, el retiro del favor divino resultó en un dolor insoportable en el mismo ser del Hijo de Dios. Esa remoción “rompió” o, quizás mejor, “suspendió” la relación personal y amante que había existido desde la eternidad entre el Padre y el Hijo. No podemos ni siquiera comenzar a imaginar la magnitud de la intensidad del dolor que Cristo experimentó sobre la Cruz. Él conoció el abandono en la plenitud de su profundidad abismal, y esto es lo que causó que clamara preguntándose qué le pasaba al Padre que así lo estaba abandonando. De esta manera el divino Hijo de Dios experimentó en su propio ser, como nuestro sustituto, la penalidad por nuestro pecado. nuestra eterna separación de Dios.

El pathema/sufrimiento de Dios. La segunda declaración trata más directamente con la cuestión del sufrimiento en el interior de la Divinidad. “Su [la de Cristo] alma fue hecha una ofrenda por el pecado. Fue necesario que las horrendas tinieblas rodearan su alma porque se le retiró el amor y el favor del Padre; porque él estaba en lugar del pecador; y cada pecador debe experimentar esas tinieblas. El Justo debió sufrir la condenación y la ira de Dios, no como venganza; porque el corazón del Padre clamaba con gran dolor cuando su Hijo, el inmaculado, estaba sufriendo la penalidad del pecado. Este desgarramiento de los poderes divinos nunca más volverá a ocurrir por las edades eternas”. [23]

Se imponen unos pocos comentarios. Primero, ella interpreta la muerte de Cristo en términos de una ofrenda por el pecado, insinuando que es sustitutiva y que expía el pecado. Segundo, ella declara explícitamente que la entrega de Jesús al reino de las tinieblas fue el resultado del abandono divino. El Padre retiró su amor y su favor del Hijo. Tercero, ella da la razón para esto: El Hijo estaba muriendo como sustituto por los pecadores. En otras palabras, los rebeldes seres humanos debieran haber experimentado el retiro del amor y el favor de Dios, pero él proporcionó un sustituto quien sufrió todo eso en lugar de ellos. Cuarto, el Hijo estaba sufriendo la ira y la condenación de Dios, pero no vengativamente. No era que el Padre, controlado por un espíritu de revancha contra el Hijo, se regocijara en infligir dolor sobre él. Al contrario, el Padre nunca dejó de amar a su Hijo, incluso cuando estaba muriendo por nuestro pecado. Era sencillamente, porque él estaba cargando nuestro pecado que ese amor no podía alcanzarlo.

Quinto, la Deidad sufrió con el Hijo cuando cargó la penalidad del pecado. Nosotros sabemos muy poco acerca de la naturaleza del pathema/sufrimiento divino. Del único sufrimiento que tenemos algo de experiencia y comprensión es del nuestro. Pero sabemos que “Dios sufrió con su Hijo, como solamente el ser divino podría sufrir, para que el mundo pudiera reconciliarse con él”. [24] Tal pathema/sufrimiento divino tiene una relación directa con el retiro del amor y el favor de Dios del Hijo. Esto es lo que Elena G. de White procede a desarrollar.

Sexto, ella describe el desamparo del Hijo de Dios como una “fractura (rompimiento) de los poderes divinos” la frase “poderes divinos” se refiere a los miembros de la Deidad. Ella escribió: “Hay tres personas vivientes en el trío celestial; en el nombre de estos tres grandes poderes, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son bautizados los que reciben a Cristo mediante la fe”. [25] En el momento en que Cristo estaba experimentando el abandono de Dios sobre la cruz, algo extremadamente “doloroso” le estaba ocurriendo a la Deidad. Yo lo llamo “pathema/sufrimiento divino”. Hubo una “fractura de los poderes divinos”. “Fractura” no significa una sencilla “separación”, tiene un grandísimo sentido de “separar por rompimiento”, implica voluntad de separa lo que de otra manera debería permanecer unido. El pensamiento expresado aquí es profundo y difícil de comprender plenamente. Cuando Cristo colgaba de la cruz la Deidad experimentaba una “fractura”, ¡un rompimiento!” Ese fue el precio pagado por nuestra redención, sin el cual no habría existido un medio de expiar nuestros pecados. la eterna separación de Dios de las criaturas pecadoras fue experimentada por la Deidad con la exclusión del Hijo del amor y el compañerismo con los otros miembros de la Deidad.

¿Cómo fue posible el rompimiento de la Deidad? A través de la encarnación del Hijo de Dios. Siendo que la unión de las naturalezas humana y divina del Hijo de Dios era permanente, cuando la naturaleza humana experimentó la separación de la Deidad a un nivel infinitamente más elevado. Fue a causa de esa separación que lo humano murió. Pero como lo divino no podía morir, quedó separado del círculo del amor y del favor de Dios en una dimensión que nosotros como seres humanos no podemos comprender. En este punto, el despojo de sí mismo (kenosis) del Hijo de Dios alcanzó insondables dimensiones. La naturaleza permanente de la encarnación no nos permite sugerir que fue suspendida cuando Cristo estaba muriendo sobre la Cruz. Yo sugeriría que la separación consistía en la exclusión del Hijo de la interacción de amor que reposa en el mismo corazón de las Personas de la divinidad, algo que era imposible que ocurriera aparte de la encarnación. Tal exclusión tuvo que ser un dolor inmensurable para los tres miembros de la Deidad, no solo para el Hijo.

El rompimiento de la Deidad, el divino pathema, fue la penalidad por los pecados de la raza humana que Dios experimentó sacrificialmente por nosotros para volver a reunirnos con él. Fue posible a través de Cristo, quien, como sustituto, cargó nuestros pecados y como consecuencia fue excluido del círculo del amor y el compañerismo divino en nuestro lugar. Yo sugeriría que el sufrimiento experimentado por la Deidad sobrepasó la totalidad de la penalidad del pecado de toda la raza humana si todos hubieran perecido. En otras palabras, el divino pathema fue más intenso que la magnitud de la muerte eterna de todos los pecadores. Consecuentemente, hay ahora abundancia de gracia divina (Romanos 5:21).

En este punto alguien podría suscitar una pregunta: ¿no sacrifica este punto de vista la unidad de la Deidad para preservar la unidad de las dos naturalezas de Cristo? No, no lo hace. El hecho de que el abandono del Hijo significó el alejamiento del favor y el amor de Dios de su Hijo y su consecuente pathema/sufrimiento divino, no se debiera interpretar diciendo que significa que  el Trío Divino ya no era Uno. Ellos misteriosamente continuaron siendo uno, unidos alrededor de un objetivo común, concentrados en la salvación de los pecadores. No hubo egoísmo en ellos. Lo que estaban haciendo era exclusivamente en beneficio de los indignos pecadores a un alto costo para la Deidad. Hubo también unidad en el sufrimiento (pathema divino). Se podría decir, sin oscurecer o empañar los papeles distintivos de cada miembro de la Divinidad en el plan divino, que “Dios mismo fue crucificado con Cristo; porque Cristo era uno con el Padre”. [26] No es simplemente que la persona de Cristo, sus naturalezas divina y humana, sufrió sino que los otros miembros de la Divinidad también agonizaron con él. Podemos decir con seguridad que sobre la cruz “el Dios Omnipotente sufrió con su Hijo”. [27] Lo asombroso es que “la justicia demandaba el sufrimiento del hombre; pero Cristo ofreció el sufrimiento de Dios”. [28] Un sacrificio de amor se produjo en el interior de las relaciones intertrinitarias. Esa experiencia común en la Deidad preservó la unidad de las tres personas, fue la unidad en una autoentrega divina total.

Conclusión

Sobre la cruz el Hijo de Dios encarnado experimentó el abandono de Dios. La unión permanente de las dos naturalezas hizo posible que el hijo de Dios cargara, como nuestro sustituto, nuestro pecado y culpa. El desamparo divino resultó en la muerte de la naturaleza humana y, a causa de la unión de las dos naturalezas, causó un intenso, indescriptible, sufrimiento dentro de la Deidad. La fractura de la Trinidad, que yo llamo “pathema/divino”. El Hijo de Dios fue, durante un período de tiempo, excluido del círculo amoroso y de comunión de la Trinidad, pero sin destruir la unidad de la Deidad. Dios, ciertamente, aceptó la responsabilidad por nuestros pecados a través de su Hijo. Tal rompimiento nunca más volverá a ocurrir.

Notas y Referencias:

[1] En varias versiones de la Biblia se lee “Cristo murió” (apethanen) en lugar de “padeció” (epathen). Pero sobre la base de los manuscritos y el contexto del pasaje la mejor lectura es “padeció”.

[2] La gente usaba la preposición huper, traducida “para”, durante el tiempo del Nuevo Testamento, y significa “en lugar de”. Esta aparece ocasionalmente en el Nuevo Testamento (ver M. J. Harris, “Appendix. Prepositions Theology in the Greek NT”, en New International Dictionary of NT Theology, tomo 3, pp. 1196-1197; y H. Patsch, “Huper for, for the sake of, in place of”, en EDNT, tomo 3, pp. 396, 397).

[3] Danker, Greek-English Lexicon, p. 990.

[4] H. Balz, “Tarraso stir up; confuse, trouble, disturb”, en EDNT, tomo 3, p. 335.

[5] Danker, Greek-English Lexicon, p. 19.

[6] Ibíd., p. 17.

[7] Ehtelbert Staufer, “Agonía”, TDNT, tomo 1, p. 140..

[8] George R. Beasley-Murray, John (Nashville: Thomas Nelson, 1999), p. 213.

[9] Leonhart Goppelt, “Poterion”, en TDNT, tomo 6, p. 149.

[10] C. F. John R., W. Stott, The Cross of Christ (Downers Grove: Inter Varsity, 1986), p. 79.

[11] W. Popkes, “Paradidomi hand over; pass on“ en EDNT, tomo 3, p. 20.

[12] Ibíd., p. 18

[13] Ver Peter G. Bolt, The Cross form the Distance: Atonement in Mark’s Gospel (Downers Grove: Inter Varsity, 2004), p. 53.

[14] Danker, Greek-English Lexicon, p. 1051

[15] Ver Dale C. Allison Jr., Studies in Matthew: Interpretation Past and Present (Grand Rapids: Baker, 2005), p. 97; también, Donald A. Hagner, Matthew 14-28 (Dallas: Word, 1995), p. 844.

[16] Ver Rikk Watts, “The Psalms in Matthew’s Gospel”, en The Psalms in the NT, eds. Steve Moyise y Maarten I. J. Menken (Nueva York: T & T Clark, 2004), pp. 41-44; y Maarten I. J. Menken, “The Psalms in Matthew’s Gospel”, Ibíd., pp. 78, 79.

[17] Stott, Cross, p. 151.

[18] Elena G. de White, “A Crucified and Risen Saviour”, Signs of the Times, 12 de julio de 1899.

[19] Raoul Dederen comenta: “En su muerte Jesús tomó nuestro lugar, identificándose con los pecadores. De esta identificación, sin embargo, su alma se retrajo (Mateo 26:36-39, 42-44; Lucas 21:41-44). Esto da significado a su clamor de abandono. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ (Marcos 15:34). ¿Por qué tuvo temor Jesús cuando afrontó la muerte? ¿Era temor a la tortura que afrontaría? Muchos que son inferiores a él han afrontado la muerte tranquilamente. Lo que lo hacía vacilar no era la muerte como tal, sino la muerte que era la muerte de los pecadores, esa muerte en la cual Él, el Inmaculado, experimentaría el horror de ser separado del Padre, abandonado por Él. A esto parece referirse Pablo cuando escribió que Dios, por nuestra salvación (hyper), ‘al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él’ (2 Corintios 5:21). Cristo llegó a ser algo que nunca había sido. Debe significar que en una forma inimaginable tomó el lugar de aquellos que de otra manera sufrirían la muerte. El apóstol no quiso decir que Jesús fue un pecador, sino que llegó tan cerca como era posible, dándonos a entender que Dios lo consideró a Él en la misma forma como consideraba a los pecadores” (“Christ”, p. 177).

[20] H. J. van der Minde, “Dipsao thirst”, en EDNT, tomo 1, p. 337.

[21] Ver George R. Beasley Murray, John (Nashville; Thomas Nelson, 1994), p. 351

[22] Elena G. de White, Manuscript Releases, tomo 12, p. 407.

[23] Elena G. de White. Comentarios, en Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, p. 924.

[24] Elena G. de White, “Satan’s Malignity Against Christ and His People”, Review & Herald, 22 de octubre de 1895 (las cursivas son añadidas).

[25] Elena G. de White, El evangelismo (APIA, 1975), p. 446. En la página 448, ella añade: “Debemos cooperar con los tres poderes más elevados del cielo: El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, y estos poderes trabajarán mediante nosotros…”.

[26] Elena G. de White; “Christ Victory Gained Through Pain and Death”, Signs of the Times, 26 de marzo de 1894.

[27] Elena G. de White, Upward Look (Washington: Review and Herald, 1975), p. 223.

[28] Elena G. de White, Faith We Live By (Washington, Review and Herald, 1958), p. 102.

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