La Expiación -1

El Dios de la Expiación

Por: Ángel Ml. Rodríguez

Clasifíquese: Soteriologia

Muy a menudo el principio determina el destino final. Esto ocurre particularmente cuando ahondamos en el mundo de las ideas y el análisis teológico. En nuestro caso particular, el lugar donde comenzamos el estudio de la expiación prácticamente establece dónde terminaremos. Por lo tanto, la primera pregunta que debemos abordar es la de los inicios, es decir: ¿Cuál es nuestro punto de partido y qué llevamos con nosotros al iniciar nuestro estudio del tema? Nuestra preocupación por un comienzo apropiado, sin embargo, no excluye el elemento de sorpresa o la posibilidad de encontrar lo inesperado. De hecho, un buen punto de partida podría conducirnos a través de caminos inesperados o, al menos, a través de un campo en el que nuestras ideas preconcebidas pueden ser impugnadas, profundizando así la comprensión del asunto que nos ocupa.

Punto de partida en la doctrina de la expiación

Entonces, ¿dónde debemos comenzar nuestro estudio de la expiación? Puesto que soy cristiano, comienzo mi análisis con la convicción de fe de que solo la Escritura nos proporciona la información sólida y confiable acerca de la doctrina de la expiación. Es a través del estudio de las Escrituras que podemos hacer declaraciones significativas y verdaderas acerca de este tema. Es con la Biblia en la mano que identificamos a Dios, la deidad revelada en la Escritura,  como nuestro punto de partida. Lo tomamos para que sea nuestro punto de partida porque podría declararse, sin lugar a dudas, que según la Escritura, la expiación es una obra exclusiva de Dios a través de Cristo a favor de los seres humanos pecadores. En vez de comenzar con el estado pecaminoso de los seres humanos, es decir, con nuestra necesidad de la expiación; comenzamos con un Dios que ha decidido, voluntariamente, proporcionar la salvación que necesitamos, antes, incluso, que sintiéramos la necesidad de ella. Nuestra comprensión de Dios influirá de manera directa una cantidad importante de ideas y conclusiones a las que llegaremos con respecto a la naturaleza de la expiación. Compartiré con ustedes algunos de los aspectos fundamentales de la naturaleza de Dios que influirán en nuestra comprensión de la expiación. Obviamente, lo que la Biblia enseña acerca de la expiación también afectará nuestra comprensión de Dios.

Dios: una pluralidad de personas

El concepto cristiano de Dios es muy singular, y debiéramos llevar con nosotros esa singularidad mientras estudiamos el misterio de la expiación. La Escritura declara expresamente la existencia de un solo Dios, mientras que al mismo tiempo indica la existencia de una de un solo Dios, mientras que al mismo tiempo indica la existencia de una pluralidad de personas divinas dentro de la Deidad. Los cristianos tradicionalmente se han referido a esta enseñanza como la doctrina de la Trinidad. No son tres dioses, sino un solo Dios en tres personas. Encontramos claras indicaciones de esta enseñanza en el Antiguo Testamento, pero es particularmente evidente en el Nuevo Testamento. De hecho, fue la realización del plan de salvación en el ministerio y la obra de Cristo la que reveló de una forma especial la pluralidad divina de personas dentro de la Deidad. Cristo mismo era el Hijo de Dios, la Palabra de Dios en carne humana. El Padre lo envió y en un momento particular Cristo le pidió al Padre que enviara a sus discípulos  al otro Consolador, el Espíritu Santo. Los tres trabajaron juntos en favor de la salvación de la reza humana. La primera revelación de este misterio ocurrió en el mismo principio del ministerio de Cristo cuando, durante su bautismo, las tres personas divinas tuvieron comunión entre ellas (Mateo 3:16).

Dios como tres personas. No debiéramos limitar nuestra comprensión de Dios como uno y sin embargo plural, simplemente como obra en el plan de salvación, sino también considerarlo como el misterio de su propia persona. En otras palabras, la relación intertrinataria que observamos en la obra divina de la salvación revela, en cierta medida, el misterio de las eternas relaciones intertrinitarias dentro de la Deidad. Dios es, en sí mismo, el misterio de la unión de tres personas. Por lo tanto, Dios es, por su misma naturaleza, un ser relacional. Esto es de fundamental importancia en la doctrina de la expiación. La expiación es, finalmente, relaciones. Es, de hecho, la restauración de las relaciones entre Dios  el hombre que estaban rotas. Como resultado, revela a un Dios que está dispuesto a hacer lo inimaginable con el propósito de convencer a un sector de su creación para que vuelva a la comunión con él: “Para que todos sean uno; como tú, o Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Juan 17:21).

Dios se caracteriza por pathos. La palabra pathos significa que Dios es un Dios de pasiones y emociones, lo que podríamos esperar en un ser relacional. Muy temprano en la historia entró en la teología de la iglesia la idea griega de que los dioses son seres tan perfectos que estaban más allá de las emociones y los sentimientos. Siendo que los dioses griegos no podían experimentar cambio, no podían poseer emociones, porque las emociones, casi por definición, implican cambio. Por lo tanto, los dioses estaban separados, eran indiferentes e inmutables, y no podían ser relacionales en el sentido bíblico. Eran impasibles. La enseñanza bíblica del Dios triuno revela un Dios que interactúa y que, por tanto, experimenta pathos. Se puede identificar, no solo con nuestro gozo y nuestra felicidad, sino también con nuestro sufrimiento y nuestro dolor. Él dijo a Moisés: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias” (Éxodo 3:7). La doctrina de la expiación revela claramente a un Dios que no está separado, sino uno que desciende a nuestro nivel con el propósito de participar de nuestra miseria, e incluso, tomarla sobre sí mismo. Sin una relación intertrinitaria dentro de Dios, difícilmente habría lugar en la Deidad para un sacrificio expiatorio.

Dios es uno. Aunque Dios es tres personas, todavía sigue siendo uno. Está más allá de nuestra capacidad racional tratar de entender a Dios en sí mismo: cómo puede ser uno en el misterio de las relaciones intertrinitarias. Sin embargo, podemos afirmar que, como Dios es Uno, la Deidad posee una unidad de voluntad, propósito, disposición, y acción. No existen tensiones dentro de la Deidad. Siendo que la expiación es la obra de Dios por nosotros, tenemos que postular que las tres divinas personas participaron personalmente en una acción. No debemos desarrollar una doctrina bíblica de la expiación que incluya elementos de venganza por parte de uno o dos miembros de la Divinidad hacia otro de Ellos. ¡Dios no puede odiarse a sí mismo!

Dios se encarnó. La pluralidad de personas en la Divinidad nos permite distinguir el papel del Hijo en la expiación, de la obra del Padre y la del Espíritu. Todos ellos están involucrados, pero cada uno tiene una función particular. El Hijo dejó la gloria eterna que gozaba con los demás miembros de la Deidad y se hizo carne (Juan 1:14). Solo Dios podía darnos la vida. El Hijo es divino y, en consecuencia, tiene y tendrá por siempre vida en sí mismo. En la expiación nos dio vida de sí mismo. Esa vida no deriva de ninguna otra fuente, de lo contrario no habría sido suya y no podría habérnosla dado. En él estaba la vida.

Dios es Amor

El Dios de la Escritura es descrito como amor (1 Juan 4:8, 16). Utilizamos el término “amor” tan casualmente que es difícil entender lo que significa cuando lo aplicamos a Dios o cuando leemos que “Dios es amor”. Dios utiliza la experiencia y el idioma humanos para comunicarnos algo sobre sí mismo. Aun así, sólo podemos decir que al utilizar el paralelo humano Dios nos está diciendo que su amor es similar y, sin embargo, diferente al nuestro. Por un lado, su amor refleja el amor humano de una madre por su hijo, o el amor de una esposa o un esposo por su cónyuge, etc. Pero, por otra parte, tiene que ser diferente, no solo porque somos criaturas finitas, sino, porque nuestro amor ha sido distorsionado por la corruptora presencia del pecado y del mal en nuestra propia existencia. En consecuencia, el amor de Dios a menudo nos sorprende en muchas formas únicas y singulares.

El amor y la acción divina. El amor de Dios constantemente caracteriza y determina sus actividades. Sin embargo, el amor humano está fundamentalmente distorsionado por intereses egoístas. Cuando leemos que Dios es amor, no nos referimos a un concepto filosófico, sino al carácter dinámico de nuestro Dios. Dado que su naturaleza es amor, cualquier cosa que haga será siempre y eternamente una expresión o manifestación de ese amor. En su interacción con sus criaturas él es lo que es. Juan, después de afirmar que Dios es amor, agrega: “En esto se mostró el amor de Dios con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Este pasaje supone que el amor pertenece a la esencia misma de Dios. Al decir: “Así es como Dios mostró su amor”, Juan indica que este amor precedió su expresión concreta, y que el acto divino es una revelación de lo que se encuentra en el centro mismo de la Trinidad.[1] No hay duplicidad en Dios, lo cual hace que su amor sea diferente al nuestro. Mientras que nosotros no siempre expresamos amor a través de nuestras acciones, eso nunca ocurre con Dios.

El amor se extiende hacia otros. El amor de Dios está interesado en el bienestar de los demás hasta el punto de un autosacrificio supremo. Aquí podemos establecer una conexión directa e incuestionable entre el amor de Dios y la expiación. Juan comenta, al declarar que Dios es amor: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Esta es una declaración teológica muy importante. El texto describe al amor divino como autosacrificial. Dios, la Deidad, nos amó, y ese amor se reveló en el acto de Dios de enviar a su Hijo para ser nuestro sacrificio expiatorio. El uso del lenguaje sacrificial señala de inmediato la entrega que Dios hizo de sí mismo en su Hijo para el beneficio total y absoluto de sus criaturas, en particular de sus criaturas manchadas por el pecado. Aquí está fundamentada la expiación y encuentra su plataforma de lanzamiento en la naturaleza misma de la Deidad, definida por Juan como amor. Esta declaración teológica se podía leer en el sentido de que la expiación presupone el amor divino y no necesariamente la ira divina. Sí, el texto bíblico habla de la ira divina, pero no debiéramos interpretarla como si estuviera en competencia, o esencialmente diferente, del amor de Dios. Así, nuestra comprensión de la expiación debería enmarcarse dentro de la comprensión bíblica de que Dios es amor.

El objetivo del amor: los indignos seres humanos. Cuando Juan dice: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10), quiere decir que Dios nos amó cuando aún nos encontrábamos en un estado de rebelión contra él, y éramos, incluso, incapaces de responder a su amor. Si ahora estamos capacitados para amar, es “porque él nos amó primero” (4:19). Nuestro supuesto valor o la falta de él, no determinan si Dios nos ama o no. Él siempre nos ha amado. Por lo tanto, podemos decir que el amor de Dios es indiferente a nuestro valor, porque él nos amó en nuestra condición indigna. Pablo resume esta sorprendente dimensión del amor divino al comentar: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). La divina indiferencia a la falta de valor de los objetos de su amor habla de la libertad de su amor. Nadie puede manipularlo o circunscribirlo, porque supera los poderes y las expectativas de todos, y porque es inseparable de la libertad del ser divino. Por encima de todo, su amor alcanza a los pecadores. Por lo general nos referimos a este aspecto del amor de Dios, como su gracia. La gracia es el poder salvador del amor de Dios que alcanza a las indignas criaturas pecadoras. [2] El misterio de la expiación se centra en el hecho de que es un acto divino de gracia que fluye de la naturaleza misma de un Dios que es amor. Nunca deberíamos divorciar la muerte expiatoria de Cristo del amor eterno de Dios.

El amor restaura el valor. El poder del amor de Dios es tan grande que es capaz de restaurar su valor a los pecadores arrepentidos. A través del Espíritu, el amor divino es derramado en el corazón de los que encuentran en Cristo a su Salvador y que por la fe habitan en Dios y Dios en ellos (Romanos 5:5; 1 Juan 4:13). Nuestro más alto valor se encuentra en nuestra unión con Dios restaurada a través de la manifestación del amor de Dios en Cristo. En otras palabras, el amor nos hace valiosos en la medida en que nos une a Dios, la persona más valiosa en el universo. Es el objetivo de la expiación lograr ese máximo acto de reunión en el ámbito cósmico.

Dios es Santo

La santidad de Dios señala de una forma especial a su naturaleza en contraste con la creación. La Creación es la primera actividad divina revelada a nosotros sin la cual difícilmente se podría decir algo significativo acerca de Dios. De hecho, según las Escrituras, lo primero que sabemos acerca de Dios es que el Creador (Génesis 1:1). Es a partir de esta verdad bíblica fundamental que todas las demás verdades bíblicas fluyen en una forma armónica y coherente. Todo empezó en el momento en que Dios creó criaturas libres. Y es dentro del marco de referencia de la doctrina bíblica de la creación y la intromisión de la anomalía del mal que también podemos hablar de la necesidad de, y de la provisión que Dios ha hecho de la, expiación. ¿Quién es este Dios que ha creado? Él es Santo. Hablaremos de varias ideas importantes expresadas por esa fundamental comprensión de Dios.

La santidad de Dios señala su singularidad. La santidad de Dios lo distingue del universo creado y, en consecuencia, señala su singularidad. La palabra hebrea qodesh (“santo”), cuando se aplica a Dios “implica una distinción cualitativa entre lo divino, por un lado, y los seres humanos y el mundo, por el otro”. [3] La Escritura asocia el título “el Santo de Israel” con la obra creativa de Dios, a fin de hacer hincapié en la singularidad del Señor y su libertad (Isaías 45:9-12). Dado que es el Creador, es, de hecho, incomparable, por el hecho de que todo lo demás es esencialmente diferente de él. Él preguntó: “¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? Levantad en alto vuestros ojos y mirad quién creó todas estas cosas” (Isa. 40:25, 26). Dios empleó preguntas retóricas que exigen una respuesta negativa: “¡No hay nadie como tú!” Oseas insiste en el hecho de que la santidad divina separa a Dios de cualquier ser humano, porque Dios soy, y no hombre, el Santo de Israel en medio de ti” (Oseas 11:9).

Incluso los llamados dioses no son rivales para él: “¿Quién como tú, oh Jehová entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éxodo 15:11; cf. Isaías 46:5-7). Él dijo claramente: “Porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí” (Isaías 46:9). El Creador nunca debe confundirse con la criatura. Él es la expresión superlativa y suprema de la santidad: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3). Esta triada es, evidentemente, enfática y es una expresión idiomática hebrea que se emplea para expresar lo superlativo. De hecho, él no tiene parangón en el universo, porque es Dios. Él es el que “habita en la eternidad, y cuyo nombre es el Santo” (Isaías 57:15). La expiación se basa en la singular de un Dios cuya existencia es infinitamente diferente de la de las criaturas.

La santidad de Dios señala su proximidad. La santidad de Dios deja espacio para acercarse a sus criaturas. Aquel que es Santo dice: “Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu” (Isaías 57:15). Nuestro singular Dios ha escogido ser “el Santo de Israel”. De este modo es, tanto el Dios que está distante por su naturaleza y en su esencia, como el Dios que está muy cerca de nosotros. Su proximidad pone su santidad al servicio de su pueblo, que a veces se ve amenazado por las fuerzas del caos y del mal. En su santidad se aproxima a nosotros “para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (57:15). El Santo es el Rey de toda la tierra, que mora en su santo templo (Salmo 47:7-8), y que también protege a su pueblo (89:18). Es el Santo que a través de su majestuosa presencia y actos sublimes salva y redime a su pueblo de la opresión del enemigo: “Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Isaías 43:3); “Redentor vuestro, el Santo de Israel” (43:14). Su singularidad lo hace invencible.

Su amor lo impulsa a estar tan cerca como sea posible de su pueblo. Este acercamiento alcanzó su expresión más sublime en la encarnación del Hijo de Dios. Se convirtió en Emanuel, Dios con nosotros (Mateo 1:23). De hecho, el ángel informó a María que en el misterio de la encarnación “el santo ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Encontramos aquí una referencia implícita al Santo de Israel, que ahora se ha acercado tanto a nosotros que se convertido en un ser totalmente humano. El propósito de esa proximidad a nosotros es entronizarlo como el eterno Rey de Israel (Lucas 1:32, 33), y para “salvar a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). La doctrina de la expiación procura explorar cómo nos salva la encarnación del santo Hijo de Dios.

La santidad de Dios señala preocupaciones éticas. La santidad de Dios revela las preocupaciones morales y éticas de la Deidad. La percepción que tuvo Isaías de la santidad se manifestó con un poder amenazante, y exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios […] han visto mis ojos al Rey” (Isaías 6:5). Estaba refiriéndose principalmente a la impureza moral, a su pecado y culpa, así como a su necesidad de expiación (versículo 7). La unicidad de Dios no sólo implica el hecho de que somos criaturas y que él es el Creador, sino que incluye también la distancia insalvable entre un Dios santo y sus criaturas pecadoras. Cuando el Santo se nos aproxima para santificarnos esta santificación incluye la regeneración ética y moral. El llamado divino es: “Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová vuestro Dios” (Levítico 19:2). En Israel esto incluía la pureza ritual así como la moral. Él santificó un tiempo determinado (por ejemplo, el sábado) y un lugar (el sagrado tabernáculo y el templo) a fin de compartir su santidad con su pueblo y tener compañerismo con ellos.

El hecho de que la santidad de Dios es incompatible con el mal y el pecado hace que sea imposible para los seres humanos pecaminosos relacionarse con ella por sus propios medios. Dios reacciona a la presencia del pecado en el mundo que él creó. El profeta dice que es “muy limpio de ojos para ver el mal” y que él “no puede ver el agravio” (Habacuc 1:13). Es el responsable de la preservación y restauración del orden cósmico que estableció al principio. Como se ha indicado, su santa presencia trae la salvación a su pueblo, pero que también se convierte en una experiencia que amenaza la vida a los que persisten en el pecado y el mal. Este último grupo está formado por aquellos que “dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás” (Isaías 1:4). Su santidad se expresa en actos de juicio (5:24, 25; 10:16-19). Pero el propósito final de esa manifestación de santidad es la salvación (Isa. 52:10). La doctrina de la expiación debe estudiar la forma en que ese Dios santo es capaz de salvar a los seres humanos a pesar de su estado pecaminoso.

Conclusión

Comenzamos el estudio de la expiación con la comprensión bíblica de Dios. Nuestro Dios es único. El hecho de que es un Dios triuno en sí mismo será de gran importancia en la comprensión de la expiación. El reconocimiento de que él es amor en su misma naturaleza, proporciona la razón para salvar a los pecadores en una decisión divina, libre de intereses egoístas. La santidad de Dios lo distingue de sus criaturas y explica su reacción contra el mal y el pecado. Pero el hecho de que él es santo, no significa que es tan absolutamente diferente que no podemos aproximarnos a él. La santidad de Dios se manifiesta en su acercamiento a sus criaturas inteligentes para santificarlas. Él mora con ellos. Fue este maravilloso Dios quien, antes de la creación del mundo, decidió sacrificarse a sí mismo por la salvación de sus criaturas pecadoras.

Notas y Referencias:

[1] Geoffey Grogan comenta en el mismo sentido: “Se dice que la actividad de Dios es mostrar amor. De hecho, lo que se muestra existe antes de ser mostrado. Así que el amor debe ser una cualidad en el carácter y la naturaleza de Dios, que luego se revela en sus amantes hechos, y especialmente en la obra expiatoria de Cristo” (“A Biblical Theology of the Love of God”, en Nothing Greater, Nothing Better: Theological Essays on the Love of God, ed. Kevin J. Vanhoozer [Gran Rapids: Eerdmans, 2001], p. 65).

[2] D. Guthrie y R. P. Martin escribe con respecto al concepto de la gracia en Pablo: “El concepto total de la gracia yace en el corazón de la soteriología paulina y en esa conexión notamos que “la gracia de Dios” denota un rasgo esencial del amor de Dios. Cuando se aplica a Dios, la palabra gracia denota el favor de Dios hacia aquellos que no merecen su favor y, por lo tanto, son los beneficiarios de la obra salvadora de Dios en Cristo. Se ha convertido en una suposición fundamental, particularmente como ocurre con frecuencia, en los saludos y en las bendiciones al final de las cartas paulinas. Dios es considerado como quien otorga favores inmerecidos sobre los que son objetos de su amor. La gracia de Dios es más que sus actos de gracia, aunque los incluye. Implica su naturaleza. Su amor es de tal calidad que se da a todos sin distinción. La gracia es otro nombre para el carácter extrovertido del amor de Dios, especialmente para los pecadores y para su pueblo elegido” (D. Guthrie y R. P. Martin “God”, en Dictionary of Paul and His Letters, ed. Geral F. Hawthorne y Ralph P. Martin [Downer Grove, Ill.: InterVarsity, 1993], p. 364 [DPL]. No deberíamos ver eso como si el pecado activara la gracia de Dios, sino, más bien, que la violación del pacto “proporciona la oportunidad para su demostración” (Michael S. Horton, Lord and Servant: A Covenant Christology [Lousville: Westminster John Knox, 2005], p. 60).

[3] 3. W. Kornsfield, “Qds: 1.1 Etimology”, en Theological Dictionary of the Old Testament, tomo 12, eds. G. Johannes Botterweck, Helmer Ringgren, y Heinz-Joseph Fabry (Grand Rapids: Eerdmans, 2003), p. 532.

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