La Expiación -4

Expiación y Purificación Cósmica

Por: Ángel Ml. Rodríguez

Clasifíquese: Soteriologia / Santuario

El poder expiatorio de la muerte de Jesús alcanzará dimensiones cósmicas a medida que el conflicto entre Dios y Satanás llega a su fin. La Biblia describe la extirpación final del pecado y de los poderes del mal de la creación de Dios como una purificación. En ese sentido es la consumación de la obra expiatoria de Cristo como víctima sacrificial y como sumo sacerdote. Como hemos señalado, el ritual israelita del Día de la Expiación señalaba tipo lógicamente ese importante aspecto de la obra de Cristo. Comentaremos brevemente el Día de la Expiación en el libro de Daniel, la contribución de Hebreos, y los eventos escatológicos específicos que resultarán en un cielo nuevo y una tierra nueva libres del miasma mortífero del pecado.

Visiones de purificación cósmica

En el Antiguo Testamento el libro de Daniel desarrolla en forma particular el tema del conflicto cósmico y su solución. Describe la caída y levantamiento de los reinos, su oposición a Dios y a su pueblo, y su derrota final. Estamos interesados en la forma en que la batalla espiritual concluye. Al describir la solución final del problema del pecado Daniel lleva al lector al tribunal de justicia celestial (Daniel 7:9, 10, 26, 27) y al Día de la Expiación en el templo celestial (8:13, 14). Los dos están estrechamente relacionados por el hecho de que el templo era también un lugar de juicio. La referencia al tribunal de justicia indica que la solución del conflicto cósmico toma lugar en un foro legal y público y que las decisiones adoptadas no serán arbitrarias sino legalmente defendibles. La justicia prevalecerá. El escenario del templo celestial coloca el énfasis sobre el objetivo final del proceso legal, es decir, la remoción de la impureza de la creación de Dios y la restauración de la armonía en el universo. Ambas son inseparables porque la última no se podría ganar sin la primera. De hecho, como ya hemos indicado, el Día de la Expiación en los servicios del Santuario israelita era un día de juicio.

En Daniel 7 la escena de juicio viene al final del conflicto sobrenatural y corresponde a la escena del Santuario en el capítulo 8, que también ocurre al final del conflicto cósmico. Ambas escenas nos llevan a la resolución escatológica del conflicto cósmico. El juicio vindica al pueblo de Dios, condena a sus enemigos, y clarifica completamente ante el universo como se ha involucrado Dios en el problema del pecado. Es a ese conjunto de ideas al que se refiere el Día escatológico de Expiación.

Daniel proporciona más información al poner el juicio/purificación del Santuario celestial dentro de la corriente de la historia en un momento particular. La referencia a los 2300 días en Daniel 8:14 señala al momento cuando la obra de purificación/juicio iba a comenzar, anunciando que el conflicto cósmico llegaría pronto a su culminación. El análisis contextual le permite al intérprete de la profecía determinar que el período de los 2300 días comienza en el 457 a. C. y finaliza en 1844 d. C. Muchos cristianos consideran ofensivo ese aspecto de la visión apocalíptica. Una actitud tal es comprensible aunque no aceptable. Es comprensible que aquellos que crecieron bajo la influencia del racionalismo moderno no están dispuestos a aceptar que un ser humano era capaz de hacer predicciones que recibieran su cumplimiento 2300 años más tarde.

Pero esa actitud no es aceptable porque las Escrituras deberían determinar las suposiciones y presuposiciones del lector y no al contrario. La interpretación de esa profecía no es arbitraria. Está fundamentada sobre terreno exegético y teológico. [1] Dios colocó esos períodos de tiempo profético en las Escrituras para ayudarnos a comprender dónde nos encontramos dentro de su esquema escatológico de salvación y para motivarnos a reconocer la importancia y la urgencia de los tiempos en que vivimos. El conflicto cósmico está llegando a su fin. La consumación de la obra de salvación de Cristo ha comenzado en la iniciación de su obra sumo sacerdotal de juicio en el Santuario celestial. En él está cumpliendo el servicio antitífico del Día de la Expiación.

El escatológico Día de la Expiación en Hebreos

La interpretación escatológica del Día de la Expiación también aparece en el Nuevo Testamento. La purificación como una imagen de expiación presupone que entendemos al pecado como un agente contaminador que necesita ser removido para restaurar las cosas a su estado prístino original. Este es particularmente el caso en el libro de Hebreos, en el cual la imagen de purificación alcanza un importante nivel de significación en la historia de la salvación. La idea de que Cristo ha hecho purificación por los pecados es central en la epístola a los Hebreos.

Purificación en el Día de la Expiación en Hebreos. El libro de Hebreos introduce rápidamente la idea de purificación. El apóstol escribe: “Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). El pasaje describe dos eventos importantes en la obra de Cristo por nosotros. Primero hay purificación y luego entronización o asiento a la diestra de Dios. El pasaje sugiere claramente la finalidad, la terminación de una tarea en particular (purificación) y la exaltación del Hijo (sentarse en el trono). Pero no aclara cómo realizó Cristo la purificación. Con respecto al segundo elemento, cuando lo leemos a la luz del resto del libro el sentarse no debe ser interpretado como descanso de todo trabajo, sino como el comienzo de una obra que está estrechamente relacionada con, y que revela la naturaleza y significado de, la actividad de purificación.

Hebreos utiliza varias expresiones para explicar la obra purificadora de Cristo en conjunción con su entronización: “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12). “[Cristo] sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2). Encontramos en ambos pasajes la combinación de los mismos dos eventos que se encuentran en Hebreos 1:3, uno relacionado con la obra sacrificial de Cristo y el otro con su entronización. En el primer pasaje (Hebreos 10:12), en lugar de utilizar el término “purificación” el apóstol se refiere al “solo (único) sacrificio por los pecados” ofrecido por Cristo. El segundo pasaje habla del sacrificio que Cristo ofreció sobre la cruz, indicando que el autor bíblico está interpretando su muerte en términos sacrificiales. Esto sugiere que su muerte es el instrumento de purificación. Podríamos decir que el sacrificio de Cristo hace posible la purificación y el perdón de los pecados (ver. Romanos 3:24-26). El sacrificio purificador/expiatorio fue ofrecido una vez y para siempre y, consecuentemente, Cristo no necesita dejar la presencia de Dios para presentar un sacrificio adicional. Puede sentarse como rey. Pero luego continúa su ministerio en el Santuario celestial (Hebreos 8:2), directamente relacionado con su obra de mediación y purificación.

Hebreos señala que el sacrifico de Cristo purifica con eficacia en tres maneras relacionadas.

Purificación de los pecados cometidos bajo el primer pacto: “Así [Cristo] es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las trasgresiones que había bajo el primer pacto” (Hebreos 9:15). El sacrificio de Cristo legitimiza la purificación simbólicamente en el tabernáculo y en el templo de Jerusalén. De este modo su sacrificio sobre la cruz perdona los pecados de los pecadores arrepentidos. Es una purificación de los pecados pasados, cometidos bajo el pacto antiguo como trasgresiones de la ley del pacto. Este efecto retrospectivo del poder purificador del sacrificio de Cristo no se registra únicamente en Hebreos, sino que está implícito en otros lugares del Nuevo Testamento (cf. Romanos 3:25; Hechos 17:30).

Purificación del pecado ahora: El sacrificio de Cristo sigue siendo efectivo para los pecadores arrepentidos. Como ya lo hemos demostrado, Cristo aplica el poder expiatorio de la cruz a aquellos que encuentran en él a su sumo sacerdote celestial: “La sangre de Cristo […] limpiará vuestras conciencia de obras muertas para que sirváis al Dios vivo” (Hebreos 9:14). Las obras muertas de las cuales somos limpiados “son las mismas obras muertas de las cuales los cristianos son llamados al arrepentimiento (6:1), y contrastan con ‘las buenas obras’ que los cristianos son llamados a realizar en amor (10:24). No son obras de la Ley, sino los pecados que contaminan la conciencia”.2 Esta purificación presente es parte intrínseca de la obra intercesora de Cristo a la diestra de Dios (Hebreos 7:25), y considera, no solamente a nuestros pecados pasados, sino también a los pecados no deliberados cometidos durante nuestro peregrinaje cristiano (Hebreos 10:26). En esa peregrinación debemos “despojarnos de todo peso y del pecado que nos asedia” (Hebreos 12:1). Es a través del poder del sacrificio de Cristo sobre la cruz, donde cargó los pecados de muchos (Hebreos 9:28), que Dios perdona nuestros pecados. El sistema israelita lo ilustraba a través de los servicios diarios. El sacrificio de Cristo cumple el significado tipológico de la purificación efectuada a través de los servicios diarios.

La purificación y el Día antitífico de la Expiación: El poder purificador del sacrificio de Cristo tiene también una expresión futura, representada por la limpieza ritual durante el Día de la Expiación, tipología que está presente en Hebreos: “Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos” (9:23). Es verdad que el libro no desarrolla completamente el significado de esa declaración, pero la mención indica que el apóstol tenía en mente un Día escatológico de la Expiación. Muestra continuidad con el Antiguo Testamento en el cual, como ya lo hemos comentado, el ritual del Día de la Expiación señala a un futuro Día escatológico de la Expiación.

El sacrificio de Cristo y el Día de la Expiación. El contexto inmediato de Hebreos 9:23 discute la cuestión del sacrificio que se debía emplear en el Día antitípico de la Expiación. En los versículos 25, 26 el pensamiento cambia brevemente del Santuario a ese sacrificio, para explicar por qué el sacrificio de Cristo es superior a aquellos empleados en la purificación del Santuario terrenal. El sacrificio es mejor porque este es único, lo cual el escritor demuestra contrastando el sacrificio de Cristo con los que ofrecía el antiguo sumo sacerdote. El sumo sacerdote Aarónico ofrecía cada año la sangre de diferentes víctimas sacrificiales, pero Cristo no aparece ante Dios para ofrecerse a sí mismo vez tras vez. Eso sería absurdo porque requeriría que Cristo sufriera sacrificialmente muchas veces desde la fundación del mundo. Así el autor establece que el sacrificio de Cristo es eficaz para tratar con todos los pecados cometidos desde el comienzo del mundo.

La conclusión es que Cristo “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (vers. 26). Él no entró al Santuario celestial para ofrecerse vez tras vez, sino para representarnos ante el Padre. Cristo se ofreció a sí mismo por nosotros sobre la cruz para quitar la barrera que nos separaba de Dios –la purificación mencionada en Hebreos 1:3- y del acceso al  Santuario celestial. Eso sucedió cuando tomó nuestros pecados sobre sí y murió por nosotros (vers. 28). Es importante observar que el versículo 26 no describe le sacrificio de Jesús en términos del ritual del Día de la Expiación sino, más bien, como una manifestación pública, el propósito de la cual era quitar o “erradicar el pecado”.3 El contraste no es entre la entrada de Cristo en el Santuario celestial para iniciar el ritual del Día antitípico de la Expiación y la entrada del sumo sacerdote al Lugar Santísimo del Santuario terrenal durante el Día de la Expiación. Es, más bien, entre el sacrificio no repetitivo de Cristo sobre la cruz como una demostración pública y la multiplicidad de sacrificios ofrecidos por el Sumo Sacerdote año tras año durante el Día del a Expiación. El apóstol comenta aquellos sacrificios para ilustrar el hecho de que el sacrificio de Cristo es superior  a los ofrecidos en esas ocasiones porque este nulifica al pecado una vez y para siempre, haciendo innecesario presentar otro sacrificio por el pecado. La implicación es que, siendo que el sacrificio de Cristo es único y final, no hay necesidad de ofrecer otro sacrificio para limpiar el Santuario celestial. Su sacrificio es mejor y más eficaz que aquellos traídos por los sacerdotes Aarónicos. Ese único sacrificio es efectivo en la solución final del problema del pecado.

Propósito del Día de la Expiación en Hebreos 9:27, 28. Los versículos 27, 28 hablan del propósito final de la purificación del Santuario celestial. Es escritor utiliza una ilustración para dar énfasis a la obra final de Cristo como víctima sacrificial, y al hacerlo introduce una idea central con el ritual del Día de la Expiación. “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos”. El sacrificio de Jesús es tan final como la muerte de un ser humano. Él murió una vez llevando los pecados de muchos”. El sacrificio de Jesús es tan final como la muerte de un ser humano. Él murió una vez llevando los pecados de muchos (véase Isa. 53). El autor bíblico relaciona implícitamente esto con la purificación del Santuario celestial cuando nos dice que el Hijo de Dios tomó nuestros pecados sobre sí mismo, es decir, asumió la responsabilidad por ellos.

El juicio final sigue a la muerte de una persona, y en modo similar la muerte sacrificial de Jesús sería seguida por algo que es también inevitable: la segunda venida. La referencia al juicio puede  arecer casual pero no lo es. El juicio está estrechamente relacionado con el significado teológico de la purificación del Santuario, como indicó Daniel, y con la segunda venida. De acuerdo con Hebreos el juicio final es un evento futuro. Hebreos claramente establece que “el Señor juzgará a su pueblo” (Hebreos 10:30). Es precisamente en la segunda venida que Dios revelará a todos las decisiones que se adoptaron durante el juicio celestial (cf. Romanos 2:5). El juicio del pueblo de Dios resultará en su salvación o vindicación,4 como lo encontramos establecido inequívocamente en Hebreos 9:28: “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado para salvar a los que le esperan”.

Ese pasaje nos lleva del evento de la cruz (Cristo cargando nuestros pecados) al tiempo del fin (segunda venida). Cristo llena ese vacío temporal con su ministerio sumo sacerdotal “por nosotros” en el Santuario celestial. Hebreos expresa la consumación de su obra de salvación a través de dos ideas importantes. Primero, en el momento de su retorno en gloria su relación con el pecado terminará: aparecerá “sin pecado”. Él trató con el problema del pecado sobre la cruz, como nuestro sacrificio, y sigue tratando con él en el Santuario celestial como nuestro Mediador; pero esa mediación concluirá después que termine su función mediadora ante el Padre. Segundo, él viene a “traer salvación a aquellos que lo están esperando”. Este es el momento cuando la salvación del pueblo de Dios será consumada. En la segunda venida su pueblo estará esperando a su Sumo Sacerdote cuando salga del Santuario celestial con la salvación eterna para ellos. A la luz del resto de la epístola, esta purificación también señala hacia el establecimiento del reino de Dios (Hebreos 12:28; cf. Daniel 7), y al momento cuando todos los enemigos de Cristo, que ya han sido derrotados (Hebreos 2:14) sean “puestos por estrado de sus pies” (Hebreos 10:13). La última frase señala a la “vindicación final de Cristo donde sus enemigos son completa  y finalmente sometidos a él”.5 Esta purificación resultará en un juicio ejecutivo que “consumirá a los enemigos de Dios” (vers. 27). Esa será la purificación final del universo de la presencia del pecado y de todas las potencias malignas.

En Hebreos la purificación del Santuario celestial se refiere a las realidades del juicio final, a la consumación de la salvación del pueblo de Dios, y a la derrota final de las potencias del mal. De esta manera la epístola revela el significado tipológico del Día de la Expiación, enriqueciendo nuestra comprensión de la obra de Cristo por nosotros.

La consumación de la salvación del pueblo de Dios

La solución del problema del pecado es compleja y se realizará a través de eventos escatológicos específicos, estrechamente relacionados. Tiene tanto una dimensión terrena como una cósmica. La terrena trata con el pueblo de Dios mientras el problema de los impíos se resuelve junto con el destino de las fuerzas malignas cósmicas. Comentaremos ambos eventos.

La salvación del pueblo de Dios. El regreso de Jesús en gloria es para los creyentes el momento más esperado en su peregrinación cristiana. Es su única esperanza en un mundo de maldad omnipresente. Viven en constante expectación de la realización de esa esperanza maravillosa. Para ellos, existir es esperar confiando en la fiabilidad de la palabra de aquel que dijo: “Vendré otra vez” (Juan 14:3). Para los hijos de Dios ese momento no es un momento de juicio en el sentido de la determinación de su destino final, sino de vindicación y revelación de la salvación. Incluso antes de la aparición del Hijo de Dios en las nubes de los cielos ellos están vindicados en el tribunal celestial. Allí su amante Salvador testificará de su fe y su profundo compromiso con él en medio de las más adversas y conflictivas circunstancias. El tribunal celestial llamará sus nombres para demostrar que Dios, a través de Cristo, fue justo y misericordioso al otorgarles el perdón de los pecados y la vida eterna. El universo reconocerá que sus obras de amor fueron ciertamente la encarnación de una vida de fe en la sangre expiatoria de Cristo. La sentencia del tribunal celestial será a favor de ellos, consumando su salvación en Cristo (Daniel 7:22). El momento del regreso de Cristo es, incuestionablemente, un momento de salvación para ellos. El Señor viene, no a juzgarlos sino a darles su recompensa de la vida eterna.

Difícilmente podemos imaginar lo que sienten los redimidos mientras ven a su Salvador acercarse con esplendor celestial para llevarlos al hogar. Aquello que durante muchos siglos el pueblo de Dios solo podía ver con los ojos de la fe, será una realidad maravillosa que disfrutarán con gozo. Serán glorificados por el poder del Señor resucitado y glorificado. La gloria que Adán y Eva perdieron será, finalmente, restaurada a la raza humana en cuerpos libres de la influencia corruptora del pecado y de la muerte. Los muertos resucitados, miembros de la familia terrenal de Dios, se unirán con aquellos que todavía viven y, revestidos de inmortalidad, Dios los sacará a todos de este mundo donde el pecado y el mal reinaron. Los portales de la eternidad se les abrirán mientras la presencia y la influencia corruptora del pecado y de la muerte cesarán para siempre. Para ellos, personalmente, el conflicto cósmico ha llegado a su fin. Están, finalmente, en su hogar.

Los redimidos participarán en la solución de los aspectos cósmicos del problema del pecado. Durante mil años juzgarán a los impíos e incluso a los ángeles caídos (1 Corintios 6:3; Apocalipsis 20:4). Mientras examinan los registros celestiales serán testigos de la justicia del veredicto legal de Dios contra las fuerzas del mal. Ese juicio cósmico vindicará el carácter de Dios ante los ojos de aquellos que permanecieron fieles a él a través de la historia del pecado y la muerte en el universo. Si hubiera habido alguna duda en sus mentes con respecto al amor y la justicia de Dios, ahora quedan disipadas para siempre mientras ellos alaban a Dios por sus justos juicios contra el mal.

Solución de la dimensión cósmica del pecado. Dios todavía tiene que resolver otra dimensión del problema del pecado antes que se produzca la reconciliación cósmica. Satanás, sus ángeles caídos y sus seguidores de la tierra deben unirse a la familia celestial en el reconocimiento del amor y la justicia de Dios al tratar con el problema del pecado. Mientras los malvados están muertos como resultado del retorno de Cristo (2 Tesalonicenses 2:8; Apocalipsis 19:21), Satanás y sus ángeles tienen mil años sobre nuestro planeta para reflexionar en su participación personal en la crisis del pecado (Apocalipsis 20:2, 3). El milenio es un período de tiempo extremadamente importante en el plan divino para restaurar la paz del universo. Es un período de transición de un mundo de muerte a uno de vida, de un mundo de rebelión a uno de armonía total. Mientras los poderes del mal reflexionan sobre todo lo que ha sucedido, comienza un proceso que los llevará finalmente a comprender que ellos estaban equivocados y que erróneamente proyectaron en Dios su propia maldad y su falta de amor. Pero al final del milenio, en el momento cuando Dios traiga de regreso a la vida a los malvados (Apocalipsis 20:5), todavía no están listos para reconocerlo públicamente.

En un intento desesperado para volver a obtener el control sobre la tierra como su centro de gobierno, Satanás y los impíos lanzarán un ataque contra la ciudad de Dios que ha descendido del cielo (Apocalipsis 20:7-9; 21:2). Mientras se apresuran para atacarla se encuentran confrontados con su propio pasado. Los libros del cielo se abren ante ellos, y ven sus propias vidas y el papel que desempeñaron en el conflicto cósmico (Apocalipsis 20:11-13). Incapaces de defenderse contra los cargos y la evidencia, se dan cuenta que lo único que les queda es reconocer que son culpables de los cargos. La guerra cósmica llega a su fin: no solo a través de la persuasión, sino particularmente a través de la rendición de las fuerzas del mal ante el victorioso Rey, Jesús el Señor. Es en ese momento que sus rodillas se doblan mientras confiesan que incuestionablemente Cristo es el Señor (Filipenses 2:9-11). Ahora la gran controversia cósmica puede clausurarse. El carácter de Dios vindicado aun ante los ojos de sus enemigos.

Satanás, sus ángeles, sus seguidores pueden entonces justamente ser removidos del universo. Aunque por un momento se resisten a rendir su vida, finalmente lo hacen, y Dios se las quita. Experimentarán el desamparo y abandono total de Dios mientras sucumben a la muerte segunda. El conflicto cósmico está resuelto en sus propias mentes mientras entran a la muerte eterna, completamente persuadidos de que Dios ciertamente era amor y que son culpables de todas las cosas de las que Dios los acusa.

Un universo en paz. La nueva creación que comenzó con la encarnación del Hijo de Dios y que continuó con la regeneración a través del nuevo nacimiento de aquellos que pusieron su fe en la muerte expiatoria de Cristo, ahora llega a su consumación con la recreación de la tierra. Dios quitará permanentemente de ella todas las huellas del pecado y de la muerte a través del poder limpiador del fuego purificador. Juan dice: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21:1). Las palabras del profeta Isaías se cumplen ahora: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará” (Isa. 11:6). Ahora el universo tiene perfecta armonía: en su centro se encuentra el amor de Dios demostrado en la vida sacrificial y en la muerte expiatoria de Cristo.

Es, ciertamente, la cruz de Cristo la que hará el universo seguro para siempre y que hará imposible el resurgimiento del pecado. El poder de la muerte expiatoria de Jesús, lejos de disminuir con el paso de las edades eternas, continuará aumentando, revelando nuevas dimensiones de significado de la insondable profundidad del amor de Dios hacia sus criaturas. Los redimidos se regocijarán en el estudio de ese tema y continuarán alabando a Dios y a Jesucristo por el magnífico don de la vida eterna conseguido para ellos al costo de un divino sufrimiento/pathema que nunca serán capaces de comprender plenamente.

Conclusión

El significado tipológico del Día simbólico de la Expiación señalaba al momento cuando la obra redentora de Cristo resultaría en la purificación del templo celestial y del universo. La purificación del Santuario consuma la salvación del pueblo de Dios, revelando que él ciertamente había sido justo y misericordioso al perdonar sus pecados y borrarlos para siempre de los registros del cielo. La obra de expiación a través de Cristo hizo posible que ellos literalmente se unieran a la familia celestial. El Señor vuelve en gloria para llevarlos al hogar celestial.

La purificación del universo del miasma mortal del pecado no puede realizarse hasta que las fuerzas del mal mismas reconozcan que son culpables de todo lo que se les acusa y voluntariamente le pongan fin a su guerra contra Dios. El milenio prepara el camino para la clausura del conflicto y conducirá al reconocimiento de la justicia de Dios, incluso de parte de los poderes del mal. En ese momento el pecado y la rebelión llegan a su fin, sobrecogidos por el incomprensible amor del Crucificado. El resto de la historia todavía está por experimentarse en el contexto de la eternidad. Por lo menos sabemos una cosa: que será una experiencia de gozo eterno en la presencia de nuestros seres amados y en compañía del que nos amó tanto que cargó nuestra culpa y nuestra muerte en la cruz.

Notas y Referencias:

1. La mejor fuente de información aparece en la serie de Daniel y Apocalipsis del Commitee Series que incluye títulos como Frank B. Holbrook, ed., Symposium in Daniel (Washington: BRI, 1986); ídem., 70 Weeks, Leviticus, Nature of Prophecy (Washington: BRI, 1986); ídem., Issues in the Book of Hebrews (Washington: BRI, 1989); Arnold V. Wallenkampf and Richar Lesher, eds., The Sanctuary and the Atonement (Silver Spring: BRI, 1989), y los artículos sobre “Divine Judgment” y “Sanctuary” en Raoul Dederen, ed., Handbook of Seventh-day Adventist Theology (Hagerstown: Review and Herald, 2000)

2. Harold W. Attridge, Hebrews (Filadelfia: Fortress, 1989), p. 252.

3. El griego eis athetesis (literalmente, “para la remoción /anulamiento”), es una frase con significado legar, “declaración de anulación” (M. Limbeck, Athetheo, “invalida, declara invalidado”, EDTN, tomo 1, p. 35). La preposición eis expresa una meta o propósito deseado. “El autor reconoce que el pecado permanece como una fuerza (12:1), pero su condición dominante ha sido abolida” (Craig R. Koester,  Hebrews [Nueva York: Doubleday, 2001], p. 422). Hay una condición de “todavía no” en la remoción del pecado. Aunque su remoción ya es una realidad, su consumación todavía está en el futuro. Podríamos sugerir que la “remoción del pecado” es el equivalente de la redención que Cristo obtuvo por nosotros (Hebreos 9:12) y su victoria sobre los poderes del mal (Hebreos 2:14, 15).

4. En Hebreos, “el pueblo de Dios no está exento de juicio (10:30), y en la Nueva Jerusalén encontrarán que Dios es el juez de todos (12:23). Sin embargo, el autor puede impulsar a los oyentes a permanecer fieles en la segura esperanza de que el juicio de Dios les traerá salvación (4:9, 10, 22-24) en lugar de condenación” (Koester, Hebrews, p. 429).

5. Donald A. Hagner, Hebrews (Nueva York, Harper and Row, 1983), p. 141.

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