¿Hacia el Nuevo Milenio con un Mensaje de 1888?*

*Este breve Artículo fue escrito en Diciembre del año 1999

Por: Héctor A. Delgado

Clasifíquese: Sobre 1888

El nuevo milenio está sobre nosotros, y los temores de la gente van en aumento a medida que la manecilla del reloj avanza. Para muchos, la llegada del año 2000 marca el fin de todas las cosas, o un año en el que pasarán grandes cataclismos sociales creados tal vez, en parte, por el desequilibrio que se espera suceda en las computadoras, o fallo del año 2000, como se le ha llamado.

¿Qué pasará en el 2000? Tal vez tengamos que verlo llegar para saber lo que realmente sucederá. Por nuestra parte le aseguramos una cosa: el mal seguirá en aumento, los problemas sociales, la corrupción política y los desastres naturales tomarán nuevas fuerzas. No hay duda de que estamos viviendo en los albores mismos de la eternidad. Dentro de poco “el misterio de Dios”, su precioso Evangelio de gracia, se “consumará” (Apoc. 10:7) y entonces la Tierra será iluminada con la gloria del mensaje de la cruz.

Ante todos estos desafíos que se levantan sobre nosotros ¿cómo y qué hemos de predicar al mundo?

Hace más de un siglo, en el año 1888, el Señor envió en “su gran misericordia” un “preciosísimo mensaje” a este pueblo por medio de dos pastores: Waggoner y Jones. “Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero”.1 Este “precioso mensaje […] invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los Mandamientos de Dios”.2

Para aquella época, como ahora, la verdad central del mensaje del tercer ángel – la Justificación por la Fe – estaba siendo descuidada. Por esta razón, el Espíritu de Profecía amonestó diciendo que Dios había entregado “a sus siervos [Waggoner y Jones] un testimonio que presentaba en contornos claros y distintos” la “verdad como es en Jesús, que es la verdad del tercer ángel”.3

El Señor aun espera que nosotros nos volvamos a este “precioso mensaje” que fue descrito como “la verdad presente” cuya “luz ha de llenar toda la Tierra” con la gloria del amor de Dios.4

Como el tiempo pasa y las condiciones en la sociedad varían constantemente, muchos han abandonado el enfoque sencillo del Evangelio de Cristo para presentar un tipo de “evangelio social” que pueda satisfacer las necesidades de las mentes modernas. Pero si el mensaje de1888 es un mensaje que como afirmó el Espíritu de  Profecía “tiene las credenciales divinas” y “que su fruto es para santidad”5 ¿Qué deberíamos predicar al mundo? La respuesta es una sola: ¡Ese mensaje!

Ahora, ¿lo conoce usted? Porque si no lo conoce es imposible que lo predique a un mundo que perece en el pecado. No importa el año que estemos viviendo, la necesidad espiritual de la gente  siempre  es  la misma.

Siendo que la “Justificación por Fe” y la “justicia de Cristo” constituyen “las melodías mas dulces que labios humanos” puedan enseñar,6 – que es precisamente el mensaje de 1888 – ¿Cómo es posible que nosotros no oigamos hablar de él?

El fin vendrá, pero  sólo como un resultado de la terminación de la obra de Dios por medio de su pueblo en la predicación del Evangelio eterno (Mat. 24:14), un Evangelio de pura gracia, un Evangelio que en lugar de desestimar el la obediencia a los Mandamientos de Dios, la coloca en el centro mismo del corazón, cumpliendo así la promesa del nuevo pacto (Heb. 8:10-11).

Nótese, que es precisamente en las profecías relacionadas con el tiempo del fin que el Evangelio es designado única vez “Evangelio eterno” (Apoc. 14:6). No hay otro, y si  apareciera alguien con un evangelio diferente a este, el Señor nos ordena: “¡Condénalo!” (Gál. 1:7-9).

Démosle lugar al mensaje de 1888 en nuestro corazón y veremos como  desaparecen  todos nuestros temores y fracasos espirituales.

Referencias:

1) Elena G. White, El Evangelismo, p. 143.

2) ——–, Ibíd.,

3) ——–, Ibíd., p. 144.

4) ——–, Ibíd., Review and Herald, 12-11-1892.

5) ——–, El Evangelismo, p. 143.

6) ——–, Joyas de los Testimonios, tomo II, p. 25.

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