Las 70 Semanas de Daniel 9

Por: Dr. Alberto Treiyer

Clasifíquese: Apocalíptica

A lo largo de toda la historia del cristianismo, en todos los siglos y con representantes de prácticamente todos los movimientos religiosos principales, incluyendo católicos y protestantes, la profecía de Dan 9 acerca de la fecha de la venida del Señor ha sido defendida como una prueba extraordinaria de la capacidad de Dios para anunciar eventos precisos, concretos y en una fecha determinada, con tanto tiempo de anticipación. Esto se ve al leer un estudio sobre las 70 semanas que preparó el Dr. Gerhard Hasel y que el Biblical Research Institute publicó hace poco más de una década atrás.  

Jesús mismo declaró, cuando comenzó su ministerio, “el tiempo se ha cumplido” (Marcos 1:15). Y Pablo agregó: “Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo…” (Gálatas 4:4). ¿A cuál profecía se refirieron tanto el Hijo de Dios como Pablo? La única que daba una fecha precisa para la aparición pública del Mesías prometido era la de Dan 9. De manera que la ola de fe en la palabra profética “más segura” que Dios dio a su Iglesia nunca se desvaneció desde entonces ni se volvió difusa, al menos en lo que respecta a esta profecía. Hasta hoy sigue teniendo adherentes de todas las iglesias y credos principales, aunque su representatividad ha disminuido con los años.

Los críticos

¿Por qué cada vez hay menos que se aferran a la “segura palabra profética”, a la cual haríamos bien en estar “atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro”? Por varias razones. Entre ellas mencionemos dos que, por su importancia para nuestra iglesia, convendrá tenerlas en cuenta:

a.  Crítica moderna con su típico escepticismo que no trabaja con la hipótesis de la existencia de Dios y, por consiguiente, a muchos les resulta ridículo que haya predicciones tan extraordinarias y con tanto tiempo de anticipación. Siendo que el texto hebreo no poseía vocales, éstas le fueron suplidas entre los S. VII al IX de nuestra era por los judíos Masoretas, con puntos y rayas. Para evitar desembocar en los días de Cristo, los teólogos modernos liberales, aún pretendiendo ser cristianos, retoman la puntuación viciada de los judíos para negar que se trató de una profecía mesiánica. Pero no ofrecen nada serio en cambio, de manera que se puede decir con certeza que no hay ninguna otra interpretación que se haya podido proponer que pueda aceptarse. La única cuyo cumplimiento es admirable es la que nos viene desde los días de Jesús mismo, en una línea ininterrumpida hasta hoy.

b.   Crítica de quienes procuran destruir la profecía de los 2300 días (Daniel 8), y se dan cuenta que para ello deben poder derrumbar también la profecía de las setenta semanas (Dan 9). Esto se ha visto en páginas de Internet contra los adventistas, a menudo de ex adventistas o de ciertos evangélicos que retoman las críticas de ex adventistas. En su lugar, no proponen ninguna otra interpretación de la profecía de Dan 9 o Daniel 8. Su propósito es simplemente destruir el adventismo que basa su fe profética en esos dos capítulos. Siendo que el estudio de la cronología antigua es complicada, y muchos que no están compenetrados de todos los elementos que entran en juego en su análisis se enredan fácilmente, esos adversarios que tenemos encuentran por allí cómo hacer su agosto para derrumbar nuestra fe y nuestra iglesia. (Por ejemplo, es cierto que los judíos contaban muchas veces de otoño a otoño (año civil), pero los meses los numeraban de primavera a primavera (año litúrgico). Encima debemos colocar las fechas en un calendario juliano-gregoriano).

Alguien me escribió por vía privada la semana pasada diciendo que yo era valiente y dejaba siempre una cuota de reprensión en mis contribuciones. Nunca me sentí valiente ni tampoco me esfuerzo por reprender a nadie. Cuando me expreso en forma clara sobre una interpretación u otra y quien o quienes la asumen, lo hago con la libertad de aquel que cree saber de lo que habla. Un principio académico que debimos aprender en la Universidad nos hizo ver que quien quiere escribir o hablar de algo sobre determinado tema debe dar muestras de estar enterado de otras posiciones contrarias, de lo contrario nadie tiene interés en escucharlo. Por otro lado, siendo que pocas cosas han sido atacadas tanto como estas profecías, no podemos ignorar lo que algunos han dicho y hecho minando la fe de tantos hermanos nuestros. Ellos necesitan saber que no somos santos ilusos.

Otro punto a destacar es que todas las escuelas de interpretación, inclusive las críticas modernas, reconocen en esta profecía el principio día por año. La intención de Daniel les resulta clara a todos en este respecto. Mientras que los críticos preteristas han buscado infructuosamente hacer desembocar su cumplimiento en el Siglo II a.C. (con el general seléucida Antíoco Epífanes), y los futuristas dispensacionalistas se han enredado en sus interpretaciones queriendo despegar la última semana para el fin del mundo con la Segunda Venida de Cristo, la posición adventista mantiene la línea tradicional historicista que concluye las 70 semanas de años el año 34 d.C.

Estima especial del cielo hacia Daniel

Varios años pasaron desde que Daniel tuvo la visión anterior y ésta del capítulo 9. Esto nos muestra que aún los profetas no reciben toda la información de una vez al recibir una visión, por más que se enfermen por querer comprenderla (Daniel 8:27). Y Dios tampoco satisface en el acto su genuino deseo de entenderla. Esto nos enseña también a ser pacientes cuando no podemos encontrar todas las respuestas, y esperar por más luz, sin renunciar a lo que aparece claro en la Palabra de Dios.

Cae finalmente el reino de Babilonia. Sube un nuevo rey extranjero y todos los judíos se agitan. Saben que llega el tiempo predicho de regresar a la tierra prometida. Daniel decide estudiar lo que Dios había revelado a través del profeta Jeremías sobre su pueblo, y entiende que, efectivamente, había llegado la hora de regresar al hogar. Pero, ¿por qué tendría que venir luego el terrible y largo cuadro de desolamiento sobre el pueblo de Dios que se le había revelado en el capítulo 8? Siendo que la visión de los 2300 días debía comenzar en el período persa, y conforme a lo que Dios le había revelado cerca de 70 años antes ya habían asumido el poder los medos y persas, ¿qué es lo que debían esperar ahora los judíos de ellos? Viendo la apostasía de muchos judíos que fueron asimilados a las costumbres de Babilonia y prosperado grandemente en el comercio, ¿continuaría Dios airado contra su pueblo o cumpliría realmente la promesa de regresar?

Daniel se angustia e intercede por su pueblo. Como Moisés y Esdras más tarde, se identifican con el pecado de su pueblo aunque ellos mismos no hubiesen sido culpables de su desvarío. ¡Qué noble ejemplo para los movimientos contrarrevolucionarios que pretenden provenir de la extrema-derecha, radicales, de nuestra iglesia! En lugar de levantarse con el dedo acusador como el “acusador de los hermanos” (Apocalipsis 12:9), harían bien en identificarse con su pueblo y confiar pacientemente en la intervención divina. Esto no significa que no se mencionen los pecados y se los denuncie, pero en una actitud que no produzca un cisma y lleve a una acción de tipo revolucionaria. ¡Reforma y reavivamiento sí, no revolución!

Aunque el templo estaba destruido y no se efectuaban sacrificios allí, Daniel continuaba orando hacia ese lugar (6:11), y a la hora misma en que debía efectuarse el sacrificio de la tarde (9:21), Dios respondió a su clamor enviándole a Gabriel. ¿Por qué a esa hora? Tal vez para hacerle notar que aunque la sombra terrenal no estuviese en operación, las realidades celestiales no pueden ser destruidas, y Dios mantiene un permanente contacto con sus hijos que claman a él confiando en la obra que se lleva a cabo en el templo celestial. Era evidente que con la destrucción de su templo terrenal y el cautiverio, Dios estaba llevando a su pueblo a poner más su mira en las realidades celestiales que en las sombras terrenales.

Interesa destacar aquí algo en especial. El ángel dice al profeta: “Tú eres muy amado” por todo el cielo. Como lo explica la Biblia de Jerusalén, no se trata aquí de los deseos de Daniel, como lo entendió la Vulgata, sino del reconocimiento que el Cielo tiene para con un hombre que se preocupa por su pueblo, y por entender los misterios de la palabra profética. ¿No debía servirnos esto de estímulo para preocuparnos más por entender en forma clara lo que Dios tiene para decirnos hoy en forma específica, con respecto a nuestra época? ¿No se sentirán tristes los ángeles de Dios, y Dios mismo, al notar indiferencia hacia una revelación tan maravillosa, única y exclusivamente dada a entender al pueblo adventista, en lo que tiene que ver con el juicio investigador y todo lo implicado en él, en una época en la que toda suerte de teorías quiere destruir una fe tan preciosa como la que se nos legó?

Lo que Daniel no había entendido

Hasta ese momento, Daniel había estado pensando solamente en su pueblo judío. No conocía el momento exacto en que comenzaría la visión de los 2300 días, ni tampoco la rebelión que quitaría el continuo ministerio intercesor del príncipe celestial. Para satisfacer su inquietud con respecto a su pueblo judío, Dios envió Gabriel, el mismo ángel intérprete de la visión anterior (Daniel 8:16; 9:21), quien expresamente viene a responder a su inquietud de una década atrás (Daniel 8:27; 9:23).

En lo que respecta a tu pueblo judío, debes saber que “setenta semanas han sido cortadas [de los 2300 años] para tu pueblo y tu santa ciudad…” (Daniel 9:24). ¡Qué oportunidad preciosa daba Dios a su pueblo de construir una sociedad justa, santa y fiel durante 490 años! Pero de nuevo, todo lo que pudiera poner el orgullo en el hombre, en el propio pueblo de Dios, se ve sacudido por el hecho de que “el pueblo de un príncipe que vendrá destruirá la ciudad y el santuario” (9:26). ¿Quién es ese príncipe? Tradicionalmente se ha pensado en el general romano que destruyó Jerusalén en el año 70, pero se ha sugerido recientemente que los responsables de la destrucción de Jerusalén habrían sido los judíos mismos por entregar a muerte a su príncipe (Cristo Jesús).

En una época en la que tanta gente está desilusionada por los más altos dignatarios de la Iglesia Romana por el escándalo sexual del que se hicieron protagonistas, ¿qué debemos hacer? ¿Destacar nuestra alta moralidad? Es el momento de dejar de poner nuestra confianza y orgullo en figuras humanas, y de buscarla en el único hombre fuerte que se nos dio, ese príncipe que torpemente los judíos entregaron para ser crucificado destruyéndose a sí mismos. Es el momento de llevar la vista de la gente al Señor, el único Salvador, y quitarla de tantos presuntos santos y vicarios que distraen la atención del Único que puede perdonar nuestros pecados.

La inauguración del templo celestial

Así como la profecía de los 2300 días al concluir el más largo período profético que Dios dio a su pueblo en toda la historia humana, sería revelada a través de un chasco (véase Apocalipsis 10), también la profecía de las 70 semanas no podrían comprenderla los judíos sino mediante el chasco de ver muerto a su príncipe ungido. La gloria de Dios descendió cubierta no en una nube, sino en la carne humana, y no para inaugurar el templo terrenal de Jerusalén, sino para retirarse para siempre de allí. En lugar de mirar hacia Jerusalén, como desde la época de Daniel, todos debían comenzar a mirar hacia la Nueva Jerusalén y su templo, que ahora era inaugurado mediante la sangre del Cordero de Dios.

¿Dónde ascendió Jesús luego de morir? Al lugar santísimo para ungirlo, junto con los demás muebles del santuario celestial, y efectuar la purificación inaugural que Moisés había prefigurado en el templo terrenal aún sobre el arca del pacto, símbolo del lugar del trono de Dios (Éxodo 30:26; véase Hebreos 3:1-6). ¿Cuándo? Cuando fuese coronado como sacerdote y rey, en un reino de mediación, a la diestra de Dios (Hechos 2:30-36; Hebreos 5:5-10; 8:1-2; 10:11-14). En efecto, el mismo aceite que debía ungir el arca en el lugar santísimo, y los demás muebles en el lugar santo, era el que debía ponerse en la misma ocasión sobre la cabeza de los sacerdotes que iban a ser ungidos (Éxodo 30:22-33). Al ser ungido Jesús a la diestra del trono de Dios sobre el arca del pacto, iba a ungir al mismo tiempo y por el mismo acto ese mueble. Una vez terminada la ceremonia de ungimiento, comenzaría su ministerio en el lugar santo, conforme a lo predicho por el ritual simbólico, y confirmado además por Dan 8 (versículo 11: “continuo”), la Epístola a los Hebreos (6-12), y el Apocalipsis (1-3; 8:4-5; 11:19). Por detalles, véase mis libros: Seminario II, Los Cumplimientos Gloriosos del Santuario (lecciones 1-3, 7); La Crisis Final en Apocalipsis 4 y 5 (capítulo 3).

Qodes qodasim

Este término tradicionalmente rendido por “santo de los santos” se usa en la Biblia para referirse a cosas. Rara vez se lo usa para referirse al “lugar santísimo”, ya que el Antiguo Testamento usa diferentes términos para diferenciar ambos compartimentos del templo terrenal. Si Daniel no usa el artículo aquí para referirse al lugar santísimo, se debe probablemente porque tuvo en mente que en la inauguración del santuario, se ungían también los demás muebles del lugar santo, ya que ambos compartimentos estaban aún unidos (en ocasión de la inauguración), sin velo que los separase.

Es cierto que E. de White aplica la profecía de las 70 semanas para referir el ungimiento de Jesús en el río Jordán, en ocasión de su bautismo. Pero jamás usa ella la expresión “santo de los santos” para describir ese evento, sino “Mesías”, que significa “Cristo”, “Ungido”.

Algunos términos

El término por “príncipe” en Daniel 9, es nagid, el que en la Biblia hebrea se aplica siempre a un príncipe terrenal, nunca a uno celestial. Esto contrasta con el término sar seba’ de Daniel 8:11, y sar sarim de Daniel 9:25, ya que sar se refiere, en ocasiones, a un “príncipe” celestial (Josué 5:13-14). Véase Alberto R. Treiyer, “The Priest-King Role of the Messiah”, in JATS 7 (1996), p. 64 ss. Mientras que en Daniel 8 el “Príncipe” sacerdote oficia en el templo que está en el cielo, en Dan 9 se lo vincula con su labor terrenal.

A menudo se recurre a los evangelios y las epístolas para hablar de la misión del Hijo de Dios en su encarnación. Pero la síntesis dada por Daniel en este pasaje profético es extraordinaria. Vendría “para hacer cesar las transgresiones” o “rebeliones” (pesa’im), para “poner fin a los pecados” (hatam) y “para expiar la iniquidad” (‘awon), todo en un contexto inaugural. Ese sería el fin, el propósito de su venida, y eso lo logró al morir una sola vez y para siempre en expiación por el pecado (Hebreos 10:10-12).

También debía “traer la justicia eterna” o “la justicia de las edades”, “sellar la visión y el profeta” (en sentido genérico este último, algo que se cumplió con la muerte de Esteban ya que de allí en adelante Dios nunca más se dirigiría a la nación de Israel como lo hacía mediante los profetas de antaño. Fue entonces que llamó a Pablo para ser apóstol de los gentiles). La visión (hazon) del capítulo anterior que iba desde el imperio Persa hasta el fin de los 2300 días-años, quedaría así sellada por su cumplimiento inicial, de tal manera que nadie podría removerla. Esto quiere decir que si alguna duda quedase sobre la fecha exacta del comienzo de ese período, su cumplimiento la quitaría. La fecha quedaría así, inamovible.

En esa última semana haría el Mesías “una alianza fuerte”, lo que implica la confirmación del pacto que el Hijo de Dios hizo con la iglesia, los únicos herederos de las promesas antiguamente dadas a Israel. Al morir a la mitad de la semana, en el año 31, quitó validez al sistema antiguo de sacrificios, lo que se confirmó al rasgarse el velo que separaba el lugar santo del santísimo.

Finalmente, Daniel habla de las “abominaciones”, en plural. Sin duda Jesús se refirió a este pasaje cuando habló de la abominación de la que habló el profeta Daniel, en referencia a los estandartes idolátricos que se pusieron sobre Jerusalén. Pero agregó, “el que lee entienda”. Es decir, la “abominación” romana pagana en suelo sagrado debía servir de parábola o ilustración de la “abominación” más espantosa del papado que tendría lugar después (Daniel 11:30; 12:12; Apocalipsis 11:2). De allí que Daniel, al hablar sobre lo que ocurriría después de las 70 semanas, menciona “abominaciones” en plural, sin especificar los detalles que dará después al describir la abominación papal en singular.

Conclusión

El tema es abarcante. Estoy impresionado por la justeza del folleto en este sentido, que combina la erudición con mínimo indispensable para que el estudio no se haga demasiado pesado para las personas que no están entrenadas en la historia profética de la Biblia.

Siendo que esta profecía tiene que ver con la inauguración del reino espiritual de Cristo prometido, la actitud de Daniel es sumamente significativa. Debía mostrar cuál es la actitud que todo el cielo esperaba de los que viviesen en la época del cumplimiento de los eventos tan importantes para el plan de redención. Así también, la historia de los clamores, súplicas e intenso estudio de la palabra profética de Daniel, fue incluida para que nosotros entendamos que las profecías tocan a nuestra salvación, y que el Cielo considera “muy amados” a quienes se dedican a estudiarla, enseñarla y compartirla a los demás.

Cortesía de: www.eListas.net/lista/EscuelaSabatica

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2 thoughts on “Las 70 Semanas de Daniel 9

  1. Gracias otra vez. El Dr. Treiyer es uno de mis escritores favoritos.
    Hace mucho que no leía algo por escrito él.
    Love, Cynthia

  2. Es importante saber la manera maravillosa de como Dios guia a su pueblo.
    Gracias por este documento.

    Dios le continúe bendiciendo.

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