La Humanidad Alejada de Dios

Por: Héctor A. Delgado

Calsifíquese: Artículos Teológicos

Cuando miramos nuestra presente sociedad y los interminables problemas que sufre, nos preguntamos ¿qué está pasando? No bien ocurre un desastre o una tragedia y ya nos enfrentamos a otra nueva. Todo el mundo está en convulsión permanente. ¿Qué está sucediendo realmente? Nos damos cuenta que “algo” trabaja insistentemente para destruirnos, que “alguien” está en contra nuestra, y que procura robarnos todo lo que es para nuestro bien presente y eterno. En lo más profundo de nuestro ser sentimos miedo, pues constantemente nos consideramos amenazados. ¿Podremos realmente sobreponernos a todos estos males? Cuando logramos apreciar la verdadera dimensión de la crisis que afronta la humanidad, nos llenamos de perplejidad, pues reconocemos que ya no hay forma de que paremos lo que nosotros mismos hemos puesto en marcha.

Pero, nuestra presente civilización no es la única que ha luchado con el temor, con la angustia, con los desastres naturales, con horrorosas tragedias, contra el fantasma de guerras devastadoras. ¡No! Este es un problema muy antiguo. Lo que si pertenece a nuestra presente sociedad exclusivamente, es el “privilegio” de tener todas estas desgracias multiplicadas varias veces y actuando conjuntamente. La pregunta no debe ser: ¿qué está pasando? No, la pregunta correcta sería ¿qué sucedió? Esta dirigirá nuestra mirada al pasado, a nuestros orígenes como seres humanos. ¿Han existido el dolor y el sufrimiento siempre? ¿Son parte inseparable de la existencia humana? ¿Cuál es entonces, nuestro destino final?

Los antiguos caldeos creían “que la muerte era el resultado de la constitución natural del hombre, ley divinamente ordenada en el momento de la creación del hombre”, y llegaron a creer que aun hasta los dioses eran afectados por ella. Veían además el pecado como “una parte de la naturaleza original del hombre. Creían que el hombre fue creado de una mezcla de arcilla de la tierra, hecha de Tiamat, y de la sangre de Kingu.  Por cuanto Tiamat y Kingu habían sido dioses malos antes de ser muertos, no era sino natural que el hombre fuese malo desde el principio pues fue hecho de dos sustancias provenientes de dioses malignos. De esta manera el hombre proyectaba indirectamente sobre los dioses la culpa de su naturaleza pecaminosa” (1CBA: 167,168). Por su lado, los egipcios se aferraban a la vida en el más allá, donde ya no sufrirían más las desgracias y las penurias que experimentaban en esta vida. Esto revela en principio, que el ser humano, desde muy antiguo ha luchado con una gran carga de angustia y perplejidad, que busca desesperadamente una repuesta satisfactoria para su origen, condición actual y destino.

Pero la Inspiración nos revela que el pecado no ha existido perpetuamente, y mejor aún, que no existirá por siempre. No estaba en el Plan original de Dios para los seres humanos, y nunca lo estará. El dolor y el sufrimiento, en todas sus dimensiones, son denunciados en las Escrituras como “enemigos” del orden moral establecido por Dios, son denunciados como “intrusos” en la creación de Dios.

Todas las tragedias y desgracias que vemos en nuestra presente sociedad, tanto en la esfera moral y ética, como natural, es el resultado directo del pecado, esa desviación de la justicia que, desde que hizo su aparición en este mundo no ha dejado de azotarnos inclementemente. Pero el pecado, sólo puede ser visto en su verdadera dimensión a partir de lo que la Inspiración nos ha revelado. Lo que sucedió en el Calvario es la mayor expresión de la malignidad del pecado que jamás haya visto el ser humano. Nunca ha existido una sociedad más corrupta y miserable que aquella que tuvo el privilegio de ver el desarrollo del ministerio de Cristo, nuestro Señor.

En aquellos días la humanidad había llegado a un nivel muy bajo. Y no podía ser menos, pues había desterrado a Dios de su vida. Bien expresó William Barclay: “El que destierra a Dios no pierde sólo la piedad; pierde también la humanidad”. Y ciertamente es así, aun cuando no lo entendamos plenamente o rehusemos aceptarlo. Los mismos fundamentos de la religión eran ya un cimiento de iniquidad. Es por esto que vemos a gente muy religiosa oponiéndose a Cristo y rechazándolo por el solo hecho de que su santidad denunciaba su pecado. Elena de White, describiendo aquella sociedad, nos dirá: “El engaño del pecado había llegado a su culminación. Habían sido puestos en operación todos los medios de depravar las almas de los hombres. El Hijo de Dios, mirando al mundo, contemplaba sufrimiento y miseria. Veía con compasión cómo los hombres habían llegado a ser víctimas de la crueldad satánica… Aturdidos y engañados avanzaban en lóbrega procesión hacia la ruina eterna, hacia la muerte en la cual no hay esperanza de vida, hacia la noche que no ha de tener mañana. Los agentes satánicos estaban incorporados con los hombres. Los cuerpos de los seres humanos, hechos para ser morada de Dios, habían llegado a ser habitación de demonios. Los sentidos, los nervios, las pasiones, los órganos de los hombres, eran movidos por agentes sobrenaturales en la complacencia de la concupiscencia más vil. La misma estampa de los demonios estaba grabada en los rostros de los hombres, que reflejaban la expresión de las legiones del mal que los poseían. Fue lo que contempló el Redentor del mundo. ¡Qué espectáculo para la Pureza Infinita!”.[1]

El gran apóstol Pablo también nos da su definición de aquella sociedad sin Dios en los siguientes términos: “Como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia” (Rom. 1:28-31).

Una breve mirada a los términos que Pablo usa para hacer esta dramática descripción del mundo antiguo, nos revelará la realidad que el Apóstol trató de describirnos. Sólo miraremos algunos de los más interesantes por causa del tiempo.[2]

La injusticia o la maldad. La justicia o la integridad es la práctica del bien, es “darle a Dios y al hombre lo que le corresponde”. En oposición, injusto o malvado es el que le roba a Dios y al prójimo sus derechos, pero erige “un altar a sí mismo en el centro de todo, de manera que se rinde culto a sí mismo” y deja fuera a Dios y su prójimo.

La perversidad o villanería. Se dice que los griegos definían la perversidad “como el deseo de hacer daño”. La villanería “es una maldad destructiva”, recalcitrante y deliberada. Así que, un villano o perverso es aquel que no sólo es malo, sino que quiere hacer a los otros tan malo como él”, y quien despeadamente “ataca la bondad para destruirla”. El hombre perverso refleja mejor que cualquier otro el carácter de Satanás.

Avaricia o el ansia de poseer. Se dice que los griegos definían la avaricia como “un maldito amor a tener”. El ansia de poseer se describe “como el espíritu que persigue el interés propio sin tomar en cuenta en absoluto los derechos de los demás, y hasta sin la menor consideración” para “con la humanidad”. Este tipo de descripción nos hace pensar en los grandes escándalos financieros que vemos en la prensa. Hombres que lo tienen todo, y todavía quieren más. Esta clase de persona opera en todas las esferas de la vida humana. En los gobiernos, las empresas y hasta en la iglesia. En al ámbito material, el avaricioso se apropia “del dinero y los bienes sin ningún respecto; en la esfera ética” el ambicioso “lo pisotea todo para ganar algo que no le corresponde”. La avaricia es “el deseo que no respeta ninguna ley”.

La envidia. La envidia, o el deseo de poseer lo que otros tienen, no para imitarlo y así crecer ética y moralmente, sino para poseerlo egoístamente, ha sido descrita como “la más destructiva y retorcida de las emociones humanas”. Puede incluso conducir al asesinato. Bien expresó un antiguo poeta: “La envidia de la virtud – hizo a Caín criminal. ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio es lo que se envidia más”. Una palabra que tiene estrecha relación con esta es “contienda”. Cuando Pablo incluyó esta palabra en su lista, no lo hizo fortuitamente. La contienda “indica la rivalidad que nace de la envidia, de la ambición, el deseo de prestigio, puestos o superioridad”. En la iglesia, desgraciadamente se ven continuamente contiendas entre los líderes y los hermanos producto de la envidia que aunque no se ve, ni se admite muchas veces, pero que está activa en el corazón de muchos miembros y líderes.

Engañosos y malignos. En hombre engañoso es aquel que tiene “inteligencia tortuosa y retorcida, que no sabe actuar con rectitud y que se escora hacia métodos astutos y disimulados para salirse con la suya; que siempre actúa con segundas”. Por su lado, el maligno puede ser considerado el más común de todos los pecadores. La palabra original significa: de mala naturaleza. La malignidad hace que quien la posee tome todas las cosas por el lado malo, y atribuya a “todo la peor intención”. La malignidad del ser humano ha deshecho y destruido enormes cantidades de reputaciones, porque “se ha atribuido la peor intención a una acción completamente inocente”.

Aborrecedores de Dios. Esta frase generalmente se usaba con un sentido pasivo. Desde este punto de vista significaría sencillamente “aborrecido por Dios”. Pero en esta lista de descripciones tan perversas y retorcidas deberíamos verla en su sentido activo: Aborrecedores de Dios. “Esta palabra describe al que odia a Dios porque sabe que le está desafiando. Dios es la barrera que se interpone entre él sus placeres, la cadena que le impide hacer lo que a él le da la gana. De buena gana eliminaría a Dios si pudiera”. En la esfera espiritual, Satanás se convirtió en un aborrecedor de Dios y pensó matarlo para ocupar su lugar según Cristo reveló en Juan 8:44. En el plano humano, un buen ejemplo de esto es el impío Caín (Gén. 4:5-9), y los sacerdotes que instigaron la crucifixión de Jesús. Naturalmente, el que es capaz de aborrecer a Dios, tampoco respetará a los seres humanos.

Injuriosos o insolentes y soberbios. Aristóteles definía la insolencia como “el espíritu que hiere y ofende a los demás, no por venganza”, sino “simplemente por el placer de hacer daño”. Es increíble pero existen individuos que “sienten un placer diabólico al infligirle a otros un dolor mental o físico”. El insolente es sádico y se deleita haciendo daño a los demás solamente por hacer daño”. Ya usted puede imaginarse como fue posible que un día se establecieran los tribunales de la Inquisición, y que millones de cristianos murieran en manos de otros “cristianos”. Por su lado, la persona arrogante o altiva es aquella que “está rodeada de una atmósfera de desprecio, y se complace en hacer que los demás se sientan insignificantes”.

Inventores de males. Esta frase describe a una clase de persona que no se contenta con las cosas malas que hace, sino que se esfuerza por inventar nuevas formas de mal. Un buen ejemplo de ello fue Nerón quien se hundió en el vicio y la corrupción moral. “Nerón padecía de obsesiones” y aunque “temía a su madre” terminó asesinándola. Disponía a su vez de envenenadores para eliminar de su camino a todos los que se les obstaculizaban. Nerón llegó a ser uno de los hombres más arrogantes y egocéntricos de su tiempo, pero débil y vacilante al mismo tiempo. En el colmo de su extravío, “se entregaba cada vez más a las disipaciones más públicas y corruptas. Inducía a esos desenfrenos tanto a nobles como plebeyos mediante escenas públicas en la que se practicaban y se estimulaba una inmoralidad descarada”.[3]

Desobedientes a los padres y desleales. Pablo no podía dejar de incluir en esta lista de gravosos pecados a los “desobedientes a los padres”, porque es claro que “una vez que se relajan los lazos familiares, se produce una reacción en cadena”, que repercute directamente en la sociedad. Pero está también la deslealtad, o más bien, ser sin palabras. En los buenos tiempos de Roma, la honradez era tenida en gran estima, y era practicada. A diferencia de los griegos que eran – según se nos ha dicho – unos tramposos redomados. Los mismos griegos llegaron a decir que “si se confiaba un talento – una suma importante de dinero – a un gobernador o funcionario, aunque estuvieran presentes diez secretarios o contables, ya se las ingeniaría para hacer un desfalco”. No así de los funcionarios romanos, por lo menos durante los llamados “buenos tiempos de Roma”, pues podía “hacerse cargo de miles de talentos con la sola garantía de su palabra, sin que faltara luego ni una blanca”.

Sin afecto natural. La expresión “sin afecto natural” apunta a la crisis en las relaciones familiares. La palabra original es “astorgos”, “a”, significa “negación” y “storge” amor de parentesco, especialmente de los padres a los hijos” y viceversa.  Se nos dice que aquella época que Pablo nos describe “el amor familiar estaba desapareciendo”. “Nunca ha sido la vida de un niño tan precaria para entonces”. Es terrible lo que voy a decir: cuando un niño nacía “era puesto a los pies del padre: si le levantaba, eso quería decir que lo reconocía; pero si se marchaba dejándolo ahí, se le echaba a la basura literalmente. Todas las noches habían 30 o 40 bebés abandonados en el foro romano”. Con razón encontramos a Cristo dándole una bienvenida amorosa a los pequeñitos que se le acercaban. Él sabía por lo que pasaban aquellos pequeños.

Sin misericordia o despiadados. Esta palabra señala a la persona que no tiene ninguna piedad o compasión hacia los demás. Nunca tuvo menos valor la vida humana. El valor de la vida humana había desaparecido de la faz de la tierra. La muerte era un motivo de gozo y alegría. Un espíritu infernal se había apoderado de los seres humanos. En el plano de la esclavitud, un amo podía matar o torturar a un esclavo suyo por cualquier cosa. Al fin y al cabo, no era más que una cosa. Es en este contexto que podemos valorar plenamente la gratitud del corazón de la mujer encontrada en adulterio y que fue traída ante Cristo. Según el orden de las cosas y la impiedad reinante, ¿dónde encontraría una expresión, aunque fuera mínima de misericordia, para su pecado? Pero fue traída ante aquel que vino con todo el amor acumulado desde la eternidad. “yo no te condeno, vete y no peques más”. ¡Maravilloso! El amor y la verdadera misericordia no se habían extinguidos, existían y moraban por entero en un maravilloso Ser: el Hijo de Dios.

Aquí radica precisamente la verdadera razón por la que aquella generación no pereció bajo los juicios divinos, de la misma forma que pereció el mundo antediluviano o como perecieron Sodoma y Gomorra. En medio de toda aquella infección asquerosa, había un amor infinito restaurando vidas, sembrando la esperanza de una nueva vida. Y de forma casi imperceptible, como la levadura, se estaba sembrando una influencia poderosa que cambiaría la historia de la humanidad para siempre. La misma muerte de Cristo fue el mayor freno que alguna vez fuera ejercido contra el pecado. Su muerte fue como una explosión nuclear, que se expandió sobre toda la raza humana, arrojando sobre ella una segunda oportunidad, un manto provisorio para su condenación. Así lo expresa Pablo: “Por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Rom. 5:18). Es sólo en este contexto que podemos apreciar el alcance de la declaración de cristo: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:14). ¿Pero no merecía aquel mundo malvado, degenerado e impío condenación inminente? ¡Si!, pero Alguien tomó su lugar: “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, al hacerse maldición por nosotros…, Para que en Cristo Jesús, la bendición de Abrahán llegara a los gentiles, para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu” (Gál. 3:11,12). En otras palabras: “Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). En los vv. 14 y 15, leemos el resultado de esta maravillosa obra sustitutiva: “El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, luego todos han muerto. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió, y resucitó por ellos”. Dicho de otra forma: ¡Para que dejen de vivir esclavizados por el pecado!

La inmensidad de este amor ignorado, menospreciado y mal comprendido fue el originador de las buenas nuevas de salvación, el Evangelio que el apóstol Pablo deseaba predicar personalmente en Roma (Hech. 19:21; 23:11). Él había experimentado la libertad de su “insolencia” y actitud blasfema (1 Tim. 1:13), de su altivez y arrogancia contra los santos a quienes perseguía (Hech. 8:3; Fil. 3:6), y de su aborrecimiento contra Cristo a quien se le oponía en la persona de sus discípulos (Hech. 9:5). El poder del Evangelio transformó a Pablo en una nueva criatura, y los reconcilió con sus enemigos. Este era el remedio que Pablo quería darle a la sociedad romana podrida en los vicios y pecados más degradantes. “Porque… el Evangelio es poder de Dios para salvación a todo el que cree; primero al judío y también al griego” (Rom. 1:16).

Pero los mismos males que degradaron la sociedad romana volverán a conformar la vida de los hombres y mujeres que existan en la etapa final de este mundo. “Se me indicó Romanos 1:18-32 – dice Elena White – como un cuadro que describe al mundo antes de la segunda venida de Cristo”.[4] Pero el remedio de Dios sigue siendo el mismo: “El es poder de Dios para salvación a todo aquel que creer”. ¿Estamos dispuestos a creerlo? Porque “si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Mar. 9:23).

Que Dios nos bendiga y nos de el privilegio se ser transformados y salvados de este presente mundo malo por el poder desbordante del Evangelio.

Notas y Referencias:

1- Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, pp. 27,28, cf. Conducción del Niño, p. 414.

2- En el comentario de estos términos tomamos en cuenta en forma especial la opinión de William Barclay, Romanos, Comentario al Nuevo Testamento, vol. VIII, pp. 52-58.

3- Para un comentario más completo sobre la vida de Nerón, véase el Comentario 0íblico Adventista, tomo VI, pp. 83-86.  

4- Elena White,  Appeal to Mothers, p. 27.

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