¿Contiene el Sábado un Elemento Ceremonial?

Por: Héctor A. Delgado

Clasifíquese: Sábado

En un párrafo de una carta que recibió la bendición del Papa Pío XII, y que constituía una respuesta sobre el porqué la iglesia Católica cambió el día de reposo del sábado al domingo, leemos lo siguiente:

  • “Nosotros los católicos no aceptamos la Biblia como única regla de fe. Además de la Biblia tenemos la Iglesia viviente, como regla para guiarnos. Decimos, esta iglesia instituida por Cristo, tiene el derecho de cambiar las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento y por lo tanto, aceptamos su cambio del sábado por el domingo. Francamente decimos, ‘si’ la Iglesia hizo este cambio, hizo esta ley, al igual que otras leyes, por ejemplo, la abstinencia del viernes, el celibato de los sacerdotes, las leyes con relación a los matrimonios mixtos, los reglamentos de los matrimonios católicos, y miles de otras leyes”.

Muchos no han analizado esta cita con detenimiento porque se han concentrado en la admisión del cambio del día de reposo, del sábado al domingo que hace en forma franca y descabellada la Iglesia Católica. Esta es una de las ironías de la vida: una Iglesia que se gloría de usurpar la autoridad divina.

El punto que queremos analizar es este: “Decimos, esta iglesia instituida por Cristo, tiene el derecho de cambiar las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento y por lo tanto, aceptamos su cambio del sábado por el domingo”. Muchos escritores han pasado por alto un aspecto importante al usar esta cita y otras similares. El catolicismo entiende que había un elemento ceremonial en el mandamiento del sábado tal y como fue promulgado en la Ley. El cambio es admitido, pero es justificado sobre la base de un supuesto elemento “ceremonial” en el mandamiento tal y como fue dado al pueblo judío en el monte Sinaí.

Lo que ha ocurrido aquí es que un error teológico ha conducido a la iglesia de Roma a cometer otro error teológico. Expliquemos mejor este asunto.

En este aspecto la Iglesia Católica sigue (abandonando la posición de San Agustín, quien espiritualizó la observancia del sábado) el razonamiento de Tomas de Aquino (1225-1274). Él enseñó que “el mandato de guardar el sábado es moral […] en las cosas de Dios […] pero es un precepto ceremonial […] en cuanto a la determinación del tiempo”.1 En Parte I-II, Q. 122, 4 también leemos: “Hay un precepto moral en el punto que ordena al hombre consagrar parte de su tiempo a las cosas de Dios. Porque hay en el hombre una inclinación natural a dedicar tiempo para cada cosa necesaria […] Por lo tanto, de acuerdo con los dictados de la razón, el hombre aparta cierto tiempo para su refrigerio espiritual, en el cual la mente del hombre se revitaliza en Dios. Y así, tener que consagrar una parte del tiempo para dedicarse a las cosas de Dios es materia de precepto moral. Pero es precepto ceremonial en cuanto especifica el tiempo como un signo representativo de la creación del mundo. De modo que es un precepto ceremonial en su significado alegórico, como representación del descanso de Cristo en la tumba el séptimo día; pero en cuanto a su significado moral, como representación de la cesación de todo acto de pecado y del reposo de la mente en Dios, en ese sentido es un precepto general. Y es un precepto ceremonial en su sentido analógico, como anticipo del goce de Dios en el cielo” (n. 115, p. 1701).

De manera que Tomas de Aquino (basado, note bien “en los dictados de la razón”), “subdivide la ley mosaica en preceptos morales, ceremoniales y judiciales. Para él los preceptos morales del decálogo son también preceptos de la ley natural, es decir, preceptos que obligan a todo ser humano porque son accesibles a todo hombre por medio de su sola razón, sin necesidad de revelación especial”.2

  • “Uno se pregunta – nos dice el erudito Samuel Bacchiocchi, y es lo que también nos preguntamos nosotros – qué tendrá que ver el aspecto ceremonial (transitorio) del sábado con su significado de perfecta creación divina y de reposo en Dios en esta vida y en la venidera. ¿No es precisamente este significado el que provee la base para consagrar un tiempo a la adoración de Dios? Rechazar como ceremonial el mensaje original del séptimo día, concretamente que Dios es el Creador perfecto que ofrece descanso, paz y compañía a sus criaturas, implica desechar también toda razón moral para dedicar un tiempo determinado al culto divino […]  Aparentemente el mismo Tomás de Aquino reconoció la deficiencia de su razonamiento puesto que hizo una distinción entre el sábado y otras festividades del Antiguo Testamento, como la Pascua, ‘un signo de la futura Pasión de Cristo’. Para él estas festividades eran ‘temporales y transitorias […] por lo tanto sólo el sábado y ninguna otra de las solemnidades y sacrificios, es mencionado en los preceptos del decálogo’. La inseguridad de Tomás de Aquino acerca del aspecto ceremonial del sábado se refleja también en su comentario de que Cristo anuló no el precepto del sábado, sino ‘la interpretación supersticiosa de los fariseos, quienes pensaban que había que abstenerse de hacer incluso obras de caridad en sábado, lo cual iba en contra de la intención de la ley’. La incertidumbre de Tomás de Aquino fue, sin embargo, ampliamente olvidada, y su distinción entre los aspectos moral y ceremonial en el sábado se convirtió en una razón fundamental para defender el derecho de la iglesia a introducir y regular la observancia del domingo y de otras fiestas religiosas. El resultado fue un elaborado sistema legal muy semejante a la legislación rabínica sobre el sábado, pero aplicada al domingo”.3

Que triste es la historia del cristianismo, y que triste es (y será) la historia de todos aquellos que no logren diferenciar entre lo que constituye la Palabra de Dios y la palabra de los hombres que usurpan la autoridad divina. La razón y el intelecto humano tienen su uso válido sólo en la medida que se sujeta a la Palabra escrita y divinamente revelada e inspirada. La razón no puede, por más soberana que sea, ser utilizada para invalidar las Escrituras.

Vez tras vez escuchamos y leemos las aseveraciones de la Iglesia Católica, que con rematada ironía reclamar al protestantismo sus errores teológicos, pero al mismo tiempo anida en nombre de Dios (y de ser la iglesia de Cristo y la esposa del Espíritu Santo) las más horribles falsedades. Con un pretendido magisterio infalible no han podido ni siquiera dilucidar en la Biblia cosas que hasta personas sin mucha letra han podido ver. Mientras navegan hacia el más profundo de los abismos, acusan a otros de estar cayendo en él. Pero imagínense, ¿que ocurre cuando un ciego procura conducir a otro ciego? La respuesta bíblica es clara: “Dejadlos. Son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caen en el hoyo” (Mateo 15:14).

La misma razón de la que hablaba Tomas de Aquino es la que nos induce a usar el sentido común, para darnos cuenta de que, ni el magisterio eclesiástico católico ni la tradición, pueden igualarse en autoridad a las Escrituras, porque ellos mismos saben cuantos errores han cometido. Negarse a aprender del pasado es prepararse para repetirlo.

Nadie en su sano juicio cuestionará el valor de la “tradición”, tampoco la necesidad de un “magisterio” eclesiástico que enseñe correctamente la verdad, que evalué las doctrinas. Pero nunca podremos aceptar que este magisterio se adueñe de la Palabra y la subordine a él y a las ideas contradictorias de la tradición, porque ¿quien juzga a quien? El magisterio puede evaluar la Biblia, pero en última instancia puede errar (como ellos mismo reconocen que han errado en el pasado), pero la Palabra nunca errará, porque está estampada con el carácter de infabilidad de su propio Autor.

Cuando las tradiciones se igualan a la Biblia en autoridad, y estas contradicen abiertamente, tenemos una repetición de la historia de los días de Cristo, en la que las tradiciones humanas (profundamente religiosas) habían usurpado el lugar de la Palabra de Dios en la mente y la experiencia espiritual de la gente. Entonces vino la corrección divina: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mat. 15:8,9).

Cuando las creencias religiosas no pueden ser sostenidas por un claro “así esta escrito”, es hora de evaluarlas a la luz de la Palabra escrita, y de estar en disposición humilde de abandonarlas si no resisten la prueba. Y es que “la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35), por ningún razonamiento religioso que entre en directo conflicto con Ella misma.

Si debemos aceptarle a la Iglesia Católica sus errores históricos basados en la autoridad de la tradición o las conclusiones teológicas de su magisterio eclesiástico (referente al cambio de día de reposo y otros asuntos), no podemos condenarle al protestantismo sus errores doctrinales por no poder entender correctamente algunas doctrinas de la Biblia. Los dos sistemas fan fallado en el mismo terreno, y por más que se apoyen uno al otro, no van a salir del “hoyo” en el que cayeron porque se niegan a sujetarse del único medio seguro: la Escritura infalible.

Pero cada quien es “constructor de su propio destino”, al elegir creer lo que quiere creer y practicar. Dios sencillamente respetará, como siempre lo ha hecho, nuestras decisiones. Sólo que al final del camino, “cada uno de nosotros dará cuenta a Dios de sí” (Rom. 14:12). En ese día, si no se tomaron las decisiones correctas será muy tarde para ratificar.

En última instancia, todos nos jugamos la vida eterna en este asunto de la religión. Yo, estoy dispuesto a correr el riesgo, y se, en lo profundo de mi corazón que hace mucho que estoy transitando por este camino que me conduce ineludiblemente ante el gran trono blanco.

Ese día, espero estar de pie sin nada de que avergonzarme. ¿Y tú?

Referencias:

1- Tomas de Aquino, Suma Teológica, Part. I-II, Q. 100, 3, 1947, p. 1039

2- Samuele Bachiochi, Reposo Divino para Inquietud Humana, nota, 117, p. 143.

3- ———, Ibid., p. 47.

Recomendamos también los siguientes artículos: Contiene el Sábado un Elemento Ceremonial? / El Día de Reposo en la Iglesia Primitiva

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