Estudio sobre los Términos “alma” y “espíritu” en las Sagradas Escrituras

Por: Héctor A. Delgado

Clasifíquese: ApologéticaArtículos Teológicos

El significado de las palabras “alma” y “espíritu” como aparece en las Sagradas Escrituras es sumamente interesante. Aunque mucho se ha escrito al respecto, vale la pena dar una nueva mirada a este inquietante tema. La realidad o no de si el hombre posee un “alma” es de gran importancia todavía para muchas personas. De igual manera, la idea de nuestro origen y destino como seres humanos es aun inquietante. Recuerdo haber preguntado a un ateo cuál era su opinión sobre el destino del hombre al morir, y él me contestó: “Prefiero no hablar de eso”. En realidad, lo que deseaba saber era qué tan cierto es el hecho de que él no creía en nada sobrenatural.

Obviamente “algo” creen los hombres y mujeres que habitan este mundo. Nadie puede escapar de esta realidad. Sin embargo, no es tan importante tan solo creer “algo”. Más importante es saber a ciencia cierta que lo que hemos decidido sostener es la verdad.

Pero bien, ¿tiene el ser humano un “alma” o ser etéreo interior que sale de su cuerpo cuando estos mueren? De ser así, ¿dónde va cuando abandona el cuerpo? De lo contrario, ¿de dónde proviene esta creencia? ¿Existe apoyo real en las Sagradas Escrituras para semejante doctrina?

La Inmortalidad del Alma en la Historia

Según Heródoto – considerado el padre de la historia -, los egipcios fueron los primeros que crearon una “doctrina de la inmortalidad del alma, aun cuando el arqueólogo Wooley sostiene que siglos antes que existiera alguna civilización en el valle del Nilo, ya los Sumerios manifestaban creer lo mismo”.1

Los egipcios creían que cuando la persona moría salía o se escapaba del interior de “su cuerpo otro cuerpo impalpable llamado el doble o el alma”. Esta “alma” o “cuerpo impalpable” continuaba viviendo mientras el cuerpo físico no entraba en la descomposición, razón por la cual tomaban “precauciones” para embalsamar los cuerpos para preservarlos por más tiempo transformándolos en momia. “En efecto, los egipcios creían que después de un tiempo más o menos largo el alma, cansada de permanecer en la tumba, emprendía el largo viaje hacia las tierras felices donde moraba Osiris”.2

Si las almas eran muy malas al momento de morir eran entregadas a los “demonios vengadores” los cuales las sumergían en “ardientes estanques”, después eran sometidas a nuevas pruebas para que fueran purificadas en el transcurso de “otras existencias”. Las almas que cometían faltas “remisibles” eran sometidas a un “purgatorio”  para que después que lograran restablecerse tomaran lugar en las “Moradas Celestes”. “Pero después de tres mil años de bienaventuranzas, volvían a este mundo a vivir de nuevo con su cuerpo momificado o revestir cualquier otra forma que deseara. Al final de ciclos análogos, muchas veces repetidos, se absorbía  en la pura esencia divina y llegaba a la perfección absoluta”.3

Por otro lado, los Sumerios (o Súmeros) “acostumbraban a enterrar a los reyes con sus mujeres, con sus cortesanos, su guardia y su servidumbre… Todos estos hombres, mujeres y animales eran envenenados y enterrados muertos o semivivos en el ritual fúnebre a fin de que sus espíritus acompañasen al difunto rey en el más allá, y lo sirvieran como en esta vida”.4 En realidad, algunas ideas de los Sumerios eran muy parecidas a la de los egipcios.

De los Babilonios y Asirios se sabe muy poco de sus creencias sobre la inmortalidad del alma. “En realidad, – según se observa – no se sabe casi nada…”

Acerca e los Griegos no se puede decir lo mismo. El filósofo pagano Platón creía  que el hombre no se puede considerar feliz “aun colmado de todos los dones, en tanto que no ha obtenido sepultura”. ¿Por qué? Porque según sus ideas sólo allí, se estará “seguro de que su sombra (o alma) no anda errante, [e] inquieta…” Platón veía al cuerpo humano como una “cárcel” en la que estaba encerrada el alma mientras el hombre vivía.

Sobre Platón se sabe que fue “discípulo de Sócrates, maestro de Aristóteles y condiscípulo de  Alcibíades”.5 Hay una creencia platónica sobre “el destino del alma” narrada en su “relato a Armenio Her” que guarda relación con la de los egipcios, y es aquella que sostiene que el alma “pasa por diversas reencarnaciones y decide su propia suerte, eligiendo su vida futura”.6 Platón propuso la idea de la transmigración de las almas y “futuras uniones” en caso de que el alma no obtuviera en esta vida la purificación perfecta.

Resulta interesante saber la manera en la que Sócrates (maestro de Platón) llegó a su conclusión sobre la inmortalidad el alma:

  • “Este es el método – dice Sócrates – que yo adopté: Primero asumí algún principio que yo juzgué que era el más fuerte, luego afirmé como verdadera cualquier cosa que pareciera concordar con ese principio, ya sea que se relacionara con la causa o con cualquier otra cosa; y lo que no concordaba, lo consideré como falso…
  • “Sobre la base de esta suposición, Sócrates razonó que ‘cuando la muerte ataca a un hombre, se puede suponer que la parte mortal de él muere; pero la inmortal sale del camino de la muerte y es preservada segura y sana’”.7

Ahora bien, esto es lo que sostenían algunas civilizaciones antiguas y los filósofos griegos paganos con sus complicados conceptos. Conceptos, basados en “suposiciones” como ya pudimos ver. Sin embargo, queremos saber qué dicen las Sagradas Escrituras sobre este interesante tópico.

En la actualidad se sostienen ideas similares y a veces idénticas a estas por diferentes grupos religiosos. Unos enfatizan que cuando el hombre muere, si vivió una vida ordenada su “alma” irá al paraíso a disfrutar por siempre la dicha de la eternidad. Mientras que si vivió una vida desordenada irá a parar al “infierno de fuego” o lugar de tormento para retorcerse allí por los siglos de la eternidad, no importa que su vida aquí en la tierra halla sido de 20, 30 o 70 años de comportamiento equivocado. Este es el pago. Así presentan a Dios como un tirano peor que los dioses paganos de las civilizaciones antiguas, o peor aun que el mismo Hitler.8

Otros siguen sosteniendo el complicado concepto de la “transmigración” o reencarnación de las almas que sostuvieron los egipcios y el filósofo Platón. Hay quienes creen en que millones de reencarnaciones pueden sucederse en la vida de una persona, pudiendo esta reencarnar hasta en “animales” e “insectos” como un medio de purgar su “karma” en esta vida por los errores cometidos en vidas anteriores. Esta extraña creencia encierra así a los hombres en un ciclo interminable de muertes y reencarnaciones como un medio de alcanzar la perfección o la fusión con la divinidad.

Lo peor de todo, es que, en el colmo de su extravío quienes sostienen esta doctrina pretenden hacernos creer que cuando la Biblia habla sobre la “resurrección del cuerpo” está hablando de la “reencarnación del alma”. Y mal interpretan algunos pasajes bíblicos sacándolos fuera del contexto en el que se encuentran para probar sus concepciones.

Actualmente, dentro de un sector del cristianismo son menos los eruditos que están sosteniendo la cuestionable doctrina de la inmortalidad del alma, gracias a los persistentes esfuerzos de la Iglesia Adventista del 7mo. Día en esta área. Ella presenta una exposición clara y sólidamente bíblica sobre el particular.9

Veamos ahora un análisis del significado bíblico de la palabra “alma” y “espíritu”.

El “alma” en la Concepción Bíblica

Al usar el término “alma” posiblemente nos llegue a la mente la expresión “alma inmortal”. Pero es bueno saber rápidamente que esta tendenciosa expresión no tiene nada que ver con lo que las Escrituras quieren expresar al usar la incisiva palabra “alma”, por la sencilla razón de que la idea de un “alma inmortal” que habita en el hombre es totalmente ajena a la concepción bíblica de la naturaleza del hombre. De hecho, la expresión “alma inmortal” no aparece en las Escrituras.

Ahora bien, debemos cuidarnos de mal entender los términos “alma” y “espíritu” o dar una explicación poco satisfactoria de los mismos, por atacar la cuestionable doctrina de la inmortalidad del alma. Las Escrituras presentan una idea amplia del significado de estas palabras. Es probable que en nuestro idioma esta palabra no refleje una idea clara, pero no sucede así en el idioma original bíblico, sea en el hebreo del Antiguo Testamento o en el griego del Nuevo Testamento.

La palabra original hebrea traducida como “alma” en el Antiguo Testamento es nepfesh. Su palabra griega equivalente en el Nuevo Testamento es psuche.

En uno de los pasajes donde primero encontramos esta palabra es en Gén. 2:7. Este pasaje revela que el hombre llegó a la existencia cuando Dios “sopló” en él “aliento (neshamah) de vida”, entonces llegó a ser un “alma (nepfesh) viviente” (VRV 1979 cf. Job 33:4).

Este pasaje no enseña que Dios puso en el hombre un alma, sino que él es un “alma viviente”. La VRV 1969 y otras versiones traducen: “ser viviente”, y la versión DHH vierte este pasaje así: “…el hombre comenzó a vivir”. No hay en este pasaje nada que sugiera que en el hombre existe una entidad inmaterial capaz de vivir separada del cuerpo o que él posea tal cosa. El apóstol Pablo confirma esto cuando dice: “el primer hombre Adán llegó a ser alma viviente…” (1 Cor. 15:45 RVA, “un ser viviente” NRV 2000).

En otros pasajes de las Escrituras la palabra  nepfesh tiene el significado de “persona”. Un buen ejemplo de ello es Gen. 46:27. Según la VRV 1979 Jacob entró a Egipto con setenta “almas”.  Pero cuando leemos la VRV 1960 y NRV 2000 descubrimos que dicen: “todas las personas… que entraron en Egipto, fueron setenta” (cf. Gén. 12:7; 36:6; Ex. 16:31; Lev. 4:2; Deut. 10:22).

Un caso interesante es Sal. 3:2, donde dice: “Muchos son los que dicen de mi: no hay para él salvación en Dios”. La primera parte de este vers. Dice literalmente: “dicen de mi nepfesh…”  En este caso, la palabra nepfesh se refiere a la persona completa. Por esto, no es coherente decir que el alma es una parte independiente del hombre. Es la persona misma.

  • Nepfesh tiene todas la características de un ser humano normal y completo. Un nepfesh puede tener hambre y sed (Deut. 12:15; 14:26; 1 Sam. 2:16; Sal. 107:5,9; Prov. 6:30). Además, puede desear poseer objetos físicos como ganado y vino (Deut. 14:26), tener relaciones sexuales (Gén. 34:3,8; Cant. 3:1-4), la presencia de otra persona (1 Sam. 18:1,3) y, en el caso de una mujer estéril, un hijo (1 Sam. 1:15).
  • “Por lo general cuando pensamos en un alma, lo hacemos en el contexto de cosas espirituales, y nepfesh tiene intereses e impulsos religiosos (Sal. 19:8; 23:3; 65:6; 132:2; Jer. 31:25). Además del aspecto espiritual de la vida, nepfesh puede indicar el asiento humano de las emociones y experiencias. Puede estar triste (Deut. 28:65; Sal. 42:6; 119:28), puede sentir pena (Job 30:25), puede sentir dolor (Sal. 13:3), o llorar (Jer. 13:17). En otras palabras, lo que imaginemos que es capaz un ser humano, también lo es nepfesh. La vida puede estresarlo (Gén. 42:21), amargarlo (Job 3:20; 7:10; Isa. 38:15), o perturbarlo de muchas maneras (Isa. 15:4). Un nepfesh puede desplegar cualquiera emoción humana, como odio (2 Sam. 5:8; Sal. 11:5), o gozo (Sal. 35:9; Isa. 61:10). Uno puede alegrar al nepfesh (Sal. 86:4; 94:19). Puede bendecir al Señor (Sal. 132:1,22; 104:1,35) o amar (1 Sam. 18:1,3; Cant. 1:7; 3;1-4). Y nepfesh puede pensar y recordar (Sal. 103:2; Lam. 3:20). Un nepfesh y un ser humano son, por lo general, indistinto en el Antiguo Testamento”.10

También este término se traduce como “vida” (cf. Gén. 9:4,5; Job 2:4,6; Sal. 31:13; 1 Rey. 17:21; 2 Sam. 18:13). Con este significado a sido traducida más de 100 veces de la 755 que se menciona en el Antiguo Testamento según la Versión del Rey Jacobo.

Es imposible que la palabra nepfesh se refiera a  alguna parte inmaterial e independiente del hombre, pues la sangre es vital para su existencia, como lo es para la persona. En Gén. 9:5 se habla de la “sangre de vuestra vida [nepfesh]”. La nepfesh tiene sangre. De manera similar Deut. 12:23 dice: “la sangre es la vida [nepfesh]”.

A pesar de toda esta evidencia, hay dos pasajes del Antiguo Testamento que han sido usados tenazmente para insistir en la existencia del alma separada del cuerpo. El primero es Gén. 35:18 que habla de la muerte de Raquel de la siguiente manera: “al salírsele el alma (pues murió)…” Nótese como traduce este pasaje la RVA: “pero sucedió que al dar el último suspiro (pues murió)…” Este versículo sencillamente contiene la declaración de que Raquel antes de morir, con su “último suspiro”, su último hálito de fuerza, le puso nombre a su hijo. La versión DHH vierte así este pasaje: “en sus últimos suspiros llamó Benoni al niño”.

El otro pasaje es 1 Rey. 17:21,22 donde se dice que Elías oró al Señor para que hiciera “volver el alma” del niño de la viuda de Serepta. “Te ruego que el alma del niño vuelva a su cuerpo. Jehovah escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a su cuerpo, y revivió” (RVA). Nótese como traducen otras versiones de las Escrituras este pasaje: “te ruego que vuelvas la vida a este niño… la vida del niño volvió a él” (NRV 2000). “Te ruego que devuelvas la vida a este niño! El Señor atendió los ruegos de Elías e hizo que el niño reviviera” (DHH). Este es otro de los tantos pasajes en el que nepfesh o alma  tiene el significado de “vida”.

Es interesante saber que dentro de los múltiples significados nepfesh se traduce como “cadáver” (Hag. 2:13; Núm. 19:11 VRV 1995); “muerto” (Núm. 5:2; 9:6,7 VRV 1995); “persona muerta” (Núm. 6:6 VRV 1995). Todo esto significa lo mismo.

  • “A menudo nepfesh se refiere a los deseos, los apetitos o las pasiones (Deut. 23:24, literalmente ‘saciar tu nepfesh’; Prov. 23:2, literalmente ‘si eres nepfesh dado al apetito’; Ecl. 6:7, literalmente ‘el deseo de su nepfesh no se saciará’). Se puede referir a la sede de sus afectos (Gén. 34:3; Cant. 1:7; etc.), y a veces representa la parte volutiva del hombre (Deut. 23:24, ‘hasta tu nepfesh‘; Sal. 105:22, ‘como su nepfesh lo quisieres’; Jer. 34:16).11
  • “Por otra parte, las expresiones tales como ‘mi alma’, ‘tu alma, ‘su alma’ etc., son por lo general modismos que reemplazan los pronombres personales ‘yo’, ‘tu’, ‘él’ etc. (véase Gén. 12:13; Lev. 11:43,44; 19:8; Jos. 23:11; Sal. 3:2; Jer. 7:9, etc.”12

Veamos algunos pasajes ahora que reflejan de una manera más directa que el alma no es inmortal y que está sujeta a la muerte. En Juec. 16:30 nepfesh se traduce como “yo” y muere. De igual manera, en Núm. 31:19 nepfesh se traduce como “persona” y también muere (cf. Eze. 18:4,20).13 “La muerte, que afecta al cuerpo del hombre (disolución del organismo), afecta también a su alma (desintegración de la personalidad) Job 33:18; Jer. 40:14”.

Es en este contexto que pueden entenderse las siguientes expresiones: “Jehovah redime el alma de sus siervos”, “la Ley de Jehovah es perfecta, que convierte el alma” (Sal. 34:22; 19:7 las cursivas son nuestras).

Veamos ahora un poco más de cerca de esta interesante palabra. Se reconoce que aun cuando se ha expresado “la noción de la vida física” no se ha agotado aun “el contenido de la palabra ‘alma’ “.

  • “El alma  es esa actividad capaz de pensar… ese yo que cada uno de nosotros es”.14
  • “La nepfesh al constituir el fondo de la personalidad es lo que resulta ser objeto del amor que el hombre siente por sí mismo… Todos los movimientos espontáneos que sirven de expresión de los instintos naturales del hombre, se originan en la nepfesh.
  • “El  lugar y la esencia de la personalidad del hombre se encuentran en el alma, donde habitan las facultades de la mente (Job 7:15), la voluntad (Prov. 2:10,19), nuestro conocimiento (2 Sam. 5:8; Job 10:1; Juan 12:27), y las emociones.
  • “Puesto que el alma es el lugar de nuestra personalidad, es el lugar del verdadero ‘yo’
  • Por lo tanto, nuestro ‘yo’ es nuestra alma”.15

Siendo que el alma constituye el “yo” del hombre, la vida natural del alma no convertida que se expresa a través del cuerpo es una vida egocéntrica, centrada en sí misma; el alma produce naturalmente “las obras de la carne” (Gál. 5:19-21). Y aun cuando las obras del alma no regenerada parecen ser buenas, son obras de justicia propia y tales acciones en el juicio serán condenadas como “obras de iniquidad”, porque son en realidad “trapos de inmundicia” (Mat. 7:21-23; Isa. 64:6). El origen de dichas obras siempre fue el “yo”, el yo egocéntrico y pecaminoso.

En este contexto, no resulta difícil comprender porque el único tipo de vida  que el alma puede vivir es la vida de “la carne” (Rom. 8:4). Y lo peor de todo es que el hombre en su estado natural de enemistad contra Dios no puede aunque quiera librarse de esa forma de vida (Rom. 7:14; 8:7). Este estado de justicia propia y “presente mundo de maldad” (Gál. 1:4) no puede ser cambiado por la “educación o la cultura”, únicamente  cambia cuando el hombre pasa por la experiencia del nuevo nacimiento y recibe en su interior el amor ágape de Dios, un amor que “no busca lo suyo” pues no es egocéntrico (Juan 3:1-5; 1 Cor. 13:5).

Aun la educación o la cultura lo más que pueden lograr es un cambio o mejora en la conducta externa de los hombres y mujeres. Pero sólo el poder transformador de Cristo puede mantener sujeto todo tipo de pasiones desordenadas bajo el dominio de la razón y el control del Espíritu Santo (Jud. 24; 2 Cor. 1:5).

Para poder vivir una vida diferente a la vida de “la carne”, el alma (la persona y su ego) debe ser “redimida” y “convertida” por el poder de Dios. De ahí que el objetivo de la experiencia del nuevo nacimiento es hacer que el hombre se vuelva de sí mismo, a Dios. De una vida egocéntrica a una vida cristocéntrica (Fil. 1:23). Bajo la “nueva creación” (2 Cor. 5:17) de la que es objeto el individuo que cree el Evangelio de la gracia, el cuerpo es el “instrumento de justicia” a través del cual se manifiesta la vida de Cristo. Esta vida santa se expresa con la misma plenitud que antes se manifestaba el pecado en “nuestros miembros” usándolo como “instrumentos de iniquidad” (Rom. 6:11-13,18,19). De la manera que reinó plenamente el pecado, ahora, gracias a la experiencia del nuevo nacimiento, reina la justicia de Cristo.

De esto volveremos a hablaremos más adelante. Veamos ahora el significado de la palabra “espíritu”.

El “espíritu” humano en la Concepción Bíblica

Al igual que la palabra “alma” el término “espíritu” aparece en las Escrituras con diversos significados más de 800 veces.

Aunque puede decirse que Dios “formó el espíritu dentro del hombre”16 (cf. Zac. 12:1; Isa. 42:5) por esto no debe entenderse que el “espíritu” humano es una “entidad [inmaterial] existente en el hombre capaz de mantener una existencia consciente fuera del cuerpo”.17

Tampoco es “una emanación del Espíritu divino” como creen algunos. “Al igual que las demás partes constitutivas del ser humano, [el espíritu] es producto de un acto creador”.18 Tiene un origen.

El término “espíritu” (ruach en hebreo y pneuma en el griego) “en la mayoría de los casos se traduce como ‘espíritu’, ‘viento’ o ‘aliento’ (Gén. 8:1 etc.).19 Mientras que la palabra nepfesh denota individualidad, se reconoce que la palabra ruach se refiere a la “chispa de vida esencial para la existencia humana”. Este término ha sido usado en el Antiguo Testamento unas 377 veces.

En otros pasajes, ruach denota “genio o ira” (Juec. 8:3), “valor” (Jos. 2:11), “carácter moral” (Eze. 11:19), “vitalidad” (Juec. 15:9), “disposición” (Isa. 59:6) y hasta el asiento de las emociones (1 Sam. 1:15).

En el “sentido de soplo o aliento, el ruach de los hombres es idéntico al ruach de los animales (Ecl. 3:19). El ruach del hombre abandona el cuerpo al morir (Sal. 146:4) y vuelve a Dios (Ecl. 12:7; cf. Job 34:14)”.20 En la muerte, Dios “vuelve a tomar lo que le pertenece, la vida, y nos recuerda que nuestra existencia no depende de nosotros mismos, que somos realmente criaturas…” 21

Cuando en la muerte se escapa la vida, se está entregando en las manos de Dios el “espíritu” o la “chispa de vida” que nos dio la existencia. Y como el fiel Esteban (Hech. 7:59) estamos seguros que “el precioso depósito” será “fielmente guardado y devuelto” en el día de la segunda venida de Cristo (1 Cor. 15:51-53).22

Pero debemos notar que cuando la palabra “espíritu” se ha estudiado en el sentido de “soplo” o “aliento” no se ha expresado aun todo su significado. Al igual que la palabra “alma” (nepfesh), “espíritu” (ruach), es amplia en su significado.

  • “Pablo le daba al término ‘espíritu’ un sentido más profundo cuando decía servir a Dios ‘en su espíritu’ (Rom. 1:9). El veía  en el espíritu la parte superior del hombre, la sede de la inteligencia, de la razón y de la consciencia moral. A través del espíritu [o consciencia] el hombre entra en contacto con Dios y se comunica con El (2 Tim. 4:22).
  • La esencia del espíritu es la consciencia. Es a través de la consciencia que Dios nos convence y dirige”.23

Es a esta “parte superior del hombre” o “consciencia moral” a la que el apóstol Pablo llamó “el hombre interior” (Efe. 3:16, cf. Rom. 7:22).

Es precisamente en el sentido de “consciencia” que puede entenderse la siguiente declaración: “Pues ¿quién conoce las cosas profundas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” (1 Cor. 2:11). Y esto lo comprobamos cuando nos encontramos a solas con nosotros mismos meditando en las cosas que hemos realizado, sean buenas o malas y hablamos con Dios en nuestro interior o sentimos la tierna voz del Espíritu Santo.

Cuando Dios creó al hombre, lo hizo de tal manera que El pudiera morar en él por medio de su santo Espíritu.

  • “Desde las edades eternas había sido el propósito de Dios, que todo ser creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuese un templo para que en él habitase el Creador”.24

Desde el mismo principio de la creación del hombre, el Espíritu de Dios moraba en él libremente y mantenía todas sus pasiones bajo el control de la razón. Había plena y total armonía ente Dios y el hombre, pues el amor ágape de Dios reinaba supremo. La vida del hombre era un reflejo de la vida santa de Dios. El hombre era puro y perfecto. Reflejaba plenamente la imagen divina. Su “consciencia” o “espíritu” estaba vivificado y bajo el control absoluto de Dios. El hombre y la mujer eran felices.

Pero, “a causa del pecado, la humanidad había dejado de ser templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el corazón del hombre no revelaba la gloria del ser divino”.25 “Por la desobediencia” las facultades del hombre se “pervirtieron y el egoísmo suplantó el amor. Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, resistir el poder del mal”.26

Siendo que bajo la nueva condición, el poder dominante en el corazón del hombre es el “egoísmo”, el amor centrado en uno mismo, es evidente que el hombre no puede ser un templo “limpio” donde Dios puede gozarse en morar.

El apóstol Pablo presenta la realidad de esta condición en la que reina el egoísmo de la siguiente manera: “el pecado que mora en mi”, “en mi carne, no mora el bien”, “el mal está presente en mi”, “veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente”, “este cuerpo de muerte” (Rom. 7:14-23). La idea de una “ley” o “principio” pecaminoso que mora en la carne o naturaleza humana de todos los seres humanos es expresado con mayor fuerza en la siguiente declaración: “La ley del pecado que está en mis miembros” (v. 23 up.). Esta “ley” que “lleva cautivo” al ser humano a una vida centrada en sí mismo, según el mismo Apóstol, ha sido vencida y subyugada por Cristo en su humanidad bajo el poder del amor ágape de Dios que “no busca lo suyo” (1 Cor. 13:5). El expresa esta verdad con gran fuerza en la siguiente declaración: “La ley del Espíritu de vida en Cristo [el principio del amor de Dios], me ha librado de la ley del pecado y de la muerte… Dios [lo] hizo… enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom. 8:2,3). La “fuerza” o “impulso” que genera la “ley del pecado” ha sido vencida por Dios en la misma “carne y sangre” que nos es común a todos los hombres (Heb. 2:14). Nótese lo que se nos dice:

  • “Dios fue manifestado en carne para condenar al pecado en la carne, manifestando una perfecta obediencia a toda la Ley de Dios. Cristo no pecó, ni fue hallado engaño en su boca. No corrompió la naturaleza humana (con la desobediencia), y aunque en la carne, no transgredió la Ley de Dios en ningún particular… Este testimonio concerniente a Cristo muestra llanamente que condenó el pecado en la carne”.27

Ahora bien, ¿cuándo experimenta el hombre la libertad o el dominio sobre esta “fuerza” o “impulso” que lo esclaviza? Cuando la experiencia del nuevo nacimiento que ya mencionamos toma lugar (Juan 3:3-8, cf. 8:32,36). Es esta experiencia la que permite a Dios tomar nuevamente el control de la “consciencia” o “espíritu” del hombre.

  • “Por la encarnación del Hijo de Dios, se cumple el propósito del Cielo. Dios mora en la humanidad, y mediante la gracia salvadora, el corazón del hombre vuelve a ser su templo”.28

Es el Espíritu Santo que obra en cada hombre la renovación por medio del Evangelio y la Palabra (Efe. 4:23; Rom. 12:2; 1 Ped. 1:23; Sant. 1:18). “Una vez regenerado, el espíritu [o la consciencia] deja sentir su efectos sobre el alma [la mente, el yo]. Liberada del yugo de las pasiones y purificada por la Palabra de Dios, el alma a su vez ejerce una influencia sobre el cuerpo”.29 El nuevo nacimiento es la oportunidad de Dios para vivificar espiritualmente al ser humano que ha estado “muerto en delitos y pecados” (Efe. 2:1; Col. 2:13). En realidad, la experiencia del nuevo nacimiento consiste en la vivificación de las facultades espirituales del hombre que estaban muertas por el pecado. Es la resurrección de una vida de pecado e injusticia a una vida de obediencia y justicia.

Hemos observado que en el hombre no convertido, el alma, el verdadero yo del hombre, con su vida egocéntrica es el principio dominante que rige su vida (Jud. 18,19). A los que viven dominados por sus pasiones el apóstol Pablo los llama “hombres carnales” u “hombres naturales” (1 Cor. 2:14). Y a los que son guiados por el Espíritu de Dios y que han sido regenerados se los llama “espirituales” u “hombres espirituales” (v. 15; Gál. 6:1). Pero a los cristianos que han pasado por la experiencia del nuevo nacimiento y que se han dejado esclavizar nuevamente de las bajas pasiones de la carne se los llama “carnales” y “niños en Cristo” (1 Cor. 3:1-4).

Si bien es cierto que Dios mora en nuestro “espíritu” o “consciencia” en la persona del Espíritu Santo, y que quiere ejecutar su voluntad a través de nuestro cuerpo (Rom. 6:12,13), El no puede hacerlo sin nuestra entrega y consentimiento. La mente o el alma deben consentir, ya que en ella está el “centro de la voluntad”, es allí donde reside “el poder de elegir y tomar decisiones”.

Dios desea manifestar su amor sin egoísmo a través de nuestra carne pecaminosa, de la misma manera que lo hizo a través de Cristo (Rom. 8:3; 1 Ped. 4:1). La “ley del espíritu de vida en Cristo” debe ser el principio rector y poder dominante en la vida de los creyentes que han experimentado el nuevo nacimiento.

La Unidad de la Naturaleza Humana

Cuando las Escrituras caracterizan al hombre como una unidad de “cuerpo” y “alma” (Mat. 10:28) y como “cuerpo” y “espíritu” (1 Cor. 7:34, cf. 5:5) se debe a que en ocasiones, “el alma y el espíritu se usan en forma intercambiable”.30

La Biblia sostiene uniformemente que “la naturaleza humana del hombre es una unidad indivisible”. Por esto define “en forma precisa la relación que existe entre el cuerpo, el alma y el espíritu”.31

Esta es la razón por la que cuando el espíritu o la consciencia es renovado deja sentir sus efectos sobre la mente o el alma y esta a su vez ejerce su influencia sobre el cuerpo.

Cuando el diablo trata de seducir o inducir al hombre a pecar lo hace desde afuera hacia dentro, apelando a los deseos inmoderados de la carne y trata de extraer una decisión de la mente, un consentimiento. De manera similar, en la persona convertida, Dios que esta entronizado en el espíritu o consciencia del hombre mantiene en jaque los deseos de la carne. Su influencia se hace sentir desde adentro hacia fuera. Desde esta perspectiva produce justicia en nosotros, pero no una justicia forzada sino voluntaria, pues surge de un libre ejercicio de la voluntad al elegir lo que es correcto. El Espíritu que mora en nosotros no trabaja por “compulsión”, trabaja haciendo sentir su influencia y nos anima a elegir correctamente lo que es para nuestro bien y para la gloria de Dios. Es con el libre consentimiento de nuestra voluntad que el Espíritu nos imputa e imparte la justicia de Cristo.

El apóstol Pablo habla de la unidad de la naturaleza humana en los siguientes términos: “Todo vuestro ser: espíritu alma y cuerpo, sea guardado sin culpa para la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23). Nótese que en este pasaje no se dice que los seres humanos están compuestos por partes independientes una de otras. ¡No! “espíritu, alma y cuerpo” constituyen “todo vuestro ser”, por eso dice “sea”, no “sean”. Estos tres aspectos del hombre componen una unidad indivisible. La concepción “dualista” del pensamiento griego es totalmente ajena a las Escrituras inspiradas.

Uno de los Peores Engaños?

Cuando la idea de la inmortalidad natural del alma es entendida plenamente, se hace evidente que los proponentes de esta concepción filosófica desconocen lo que realmente están enseñando. Creer en la inmortalidad inherente del alma humana es negar la verdad de la cruz de Cristo. Es negar la verdad del “Evangelio eterno” (Apoc. 14:6,7; cf. Gál. 1:6-9).

¿Qué es lo queremos decir con esta declaración?  Sencillamente que, tener un entendimiento equivocado de la obra salvadora de Cristo a favor del hombre lleva inevitablemente (y esto sucederá tarde o temprano) a tener una idea errónea sobre la antropología bíblica.

Según las Escrituras, para salvar al hombre de la maldición del pecado, la muerte, Cristo tuvo que ser hecho “maldición por nosotros” (Gál. 3:13). Y para tener una vislumbre de “la muerte” de la que Cristo nos libró debemos ver ahora brevemente lo que enseña la Biblia al respecto.

La Palabra de Dios nos habla de dos muertes. La primera se denomina “dormir” por lo que es comparado con el “sueño” (Juan 11:11-14; Luc. 8:49-56). Esta muerte bien puede llamarse “primera muerte” y es la experiencia común de todos los seres humanos, no importa la clase social o étnica que pertenezcan. Esta es la que se describe como un estado de inconsciencia entre la muerte y la resurrección. Y de este tipo de muerte, todos, absolutamente todos los que la halla experimentados volverán a vivir. Habrá resurrección de los muertos (Juan 5:28,29). Esta “primera muerte” no constituye “la paga del pecado” (Rom. 6:23).

Pero la Biblia nos habla también de una “segunda muerte” (Apoc. 20:6). Esta sí constituye “la paga del pecado” (Rom. 6:23). Esta les quita la existencia a los hombres para siempre; los separa de Dios que es la Fuente de vida eternamente. Esta muerte será experimentada finalmente por el Diablo, sus ángeles y todos los que rechazaron el don del salvación en Cristo, eligiendo así la destrucción (Juan 3:16,36; Apoc. 20:9; Mal. 4:1-3). Si la “primera muerte” constituye un estado de inconsciencia entre la muerte y la resurrección del cuerpo, la “segunda muerte” constituye un estado de inconsciencia eterno.

Esta “segunda muerte” es la que Cristo como humano enfrentó y “gustó” en la cruz “por todos” nosotros (Heb. 2:9; Rom. 6:10). Esta es la razón por la que ella – según las escrituras – “no tiene potestad” sobre los que participan en la “resurrección de vida” para vivir para siempre con Dios (Apoc. 20:6; 1 Tes. 4:13-17). En verdad Él gustó la hiel por amor a nosotros (Heb. 12:2; Isa. 53: 3-6,10).

Ahora bien, es precisamente aquí donde entra la verdad del Evangelio en contraposición a la controversial doctrina de la inmortalidad natural del alma. Si la muerte no es un estado de inconsciencia eterno (como en el caso de la “segunda muerte”) que amenaza con separar a todos los hombres de la compañía de Dios, sino que es el paso de una forma de vida a otra, entonces Cristo no murió realmente. Su muerte fue una falsa. En lugar de morir realmente, Él se tomó unas vacaciones de tres días.

No hay una mentira más dañina que esta. Cuando el Diablo induce a los hombres a torcer la verdad o a creer y  enseñar el error abiertamente es para destruir la influencia del poder del Dios, que es el Evangelio y el mensaje de la cruz de Cristo (Rom. 1:16:1 Cor. 1:18). No hay otra razón más fuerte para rechazar esta desastrosa y patética doctrina que esta. Pero el Diablo la ha disfrazado con manto de luz y esto hace que muchos cristianos no puedan ver en toda su magnitud la realidad de una enseñanza tal.

Conclusión

Aunque hemos notado que los significados de las palabras “almas” y “espíritu” son bastante amplios, nunca se le da en las Escrituras la capacidad de sostener una existencia separada del cuerpo. En la mentalidad hebrea, influenciada por la inspiración divina, cuando muere el cuerpo, cesan todas las funciones de los demás aspectos de “ser entero” (cf. Ecl. 9:5,6,10; Sal. 115:17; Juan 11:11-14; Luc. 8:51,52; Job 14:14,21).

El testimonio del las Escrituras es diverso y muy claro sobre el significado de las incisivas palabras “alma” y “espíritu”. Por lo que no hay razón para extraviarnos. Dios puede proveernos conducción, y de hecho está dispuesto a ayudarnos a entender cualquiera verdad de su Palabra. Esto será una realidad si el orgullo personal (y denominacional) no se lo impide.

Dice el Salmista: “El testimonio del señor es fiel, que da sabiduría al sencillo… el precepto del Señor es puro, que alumbra los ojos” (Sal. 19:7,8). Sólo los ojos del sencillo verán el camino de la verdad y será librado del error.

La idea de la vida inmediata a la muerte no es bíblica, y por más que se quiera forzar esta premisa no resultará victoriosa. La verdad, y sólo la verdad es lo que permanece al fin.

De igual manera, no es bueno pasar por alto el hecho de que es valioso estudiar este tema a la luz que fluye de la cruz del Calvario. Sólo estudiándolo en el contexto del Evangelio de la gracia de Cristo tiene significado toda doctrina bíblica. Así nos libraremos de esta fatídica enseñanza que oscurece el supremo sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario.

Dios nos ayude a estudiar su Palabra con una mente dispuesta y un espíritu libre de prejuicio. Que nuestro corazón anhele encontrar la verdad y que sólo ella nos sea preciosa. Una vez encontrada, podamos comprarla y no venderla.

Notas y Referencias:

1 Lorenzo J. Baun, La Mayor Conquista de la Vida, El Origen del Hombre y su Destino, pp. 91,92.

 

2 Ibíd., p. 92.

3 Luís Bordeau, El problema de la Muerte, p. 184.

4 Baun, Ibid., p. 93.

5 Joaquín Balaguer, Grecia Eterna, p. 150.

6 Ibíd., p. 159.

7 Roberto Leo Odom, ¿Es el Alma Inmortal?, p. 97.

8 Las Escrituras revelan que cada ser humano será recompensado “conforme a sus obras” (Mat. 16:27, Apoc. 22:12). Esta verdad bíblica por sí sola derrumba todo el aparato de la doctrina de un infierno de fuego en el que arderán por la eternidad los impíos. Como nadie ha vivido eternamente en la práctica del pecado, de igual manera nadie será puesto a arder eternamente. Enseñar lo contrario es distorsionar el carácter justo de Dios. Las Escrituras son clara en cuanto al destino final de los réprobos. Luc. 12:47-48 desarrolla la verdad de Mateo y Apocalipsis en las siguientes palabras: “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Más el que sin conocer la voluntad de Dios hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel que se le haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que se le halla confiado mucho, mucho se le demandará”.

Entonces, no todos los impíos, aunque terminen en el lago de fuego y azufre, serán castigados por el mismo tiempo. Pero todos finalmente serán destruidos (Apoc. 20: 9; 21:1; 22:1-5).

9 Los esfuerzos persistentes de los estudiosos de las Escrituras en este particular han empezado a surtir efectos. Sin ser muy optimistas se puede decir que cada vez son más los teologos y cristianos que comienzan a tener una idea clara de esta importante doctrina bíblica.

10 Gerald, Wheeler, Mas Allá de Esta Vida, p. 48. Las cursivas son nuestras

11 Diccionario bíblico adventista, p. 37, las cursivas son nuestras.

12 Creencias Fundamentales, p. 94.

13 A. F. Vaucher, La Historia de la Salvación, p. 123.

14 Diccionario Bíblico Adventista, p. 37, las cursivas son nuestras.

15 Ibíd., p. 37, las cursivas son nuestras.

16 A. F. Vaucher, La Historia de la Salvación, p. 128.

17 Creencia Fundamentales, p. 95.

18 Vaucher, Ibíd., p. 127.

19 Diccionario Bíblico Adventista, p. 404.

20 Creencia Fundamentales, p. 95

21 Vaucher, Ibíd., p. 129.

22 ——-, Ibíd., p. 130.

23 ——, Ibíd., las cursivas son nuestras

24 Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 132.

25 ——-, Ibíd.

26 ——-, El Camino a Cristo, p. 27.

27 ——-, Sings of the Times, 16-1-1896.

28 ——-, El Deseado de Todas las Gentes, p. 132.

29 Vaucher, Ibíd., p. 129.

30 Creencia Fundamentales, p. 96

31 Ibíd.

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