La Literatura Apocalíptica

Sus Orígenes e Influencia en el Pensamiento Cristiano

Por: Héctor A. Delgado

Clasifíquese: Apocalíptica, Escatologia

La literatura apocalíptica (no bíblica) hace su aparición entre el siglo II a.C. y el siglo I d.C. Este tipo de literatura tiene particularidades escatológicas y literarias similares. El principal equipo de la apocalíptica lo constituyen los símbolos. El uso de esta técnica le deja en libertad para bosquejar los grandes acontecimientos históricos y escatológicos sin tener la necesidad de usar “nombres históricos”. En este contexto encontraremos el uso de una vasta cantidad de imágenes y figuras irreales: monstruos multifacéticos (Dan. 7:2-7; Apoc. 12:3; 13:1; 17:3), truenos que emiten voces (Apoc. 10:4), animales que hablan y obran con inteligencia humana (Apoc. 13:1,5-6), etc. Algunos eruditos sostienen que el patrón a seguir por estos escritores (en su mayoría desconocidos) fue el conocido libro del profeta Daniel (trataron de imitarlo), y como veremos más adelante, la apocalíptica incluye todo un panorama bien amplio en la elaboración de sus descripciones. En relación con el libro de Daniel, descrito por algunos como “el primero de los apocalipsis”, se observa que como muchos de sus rasgos guardan fuertes similitudes con los escritos de los demás profetas, es preferible verlo como perteneciente al tipo de literatura “profética y apocalíptica”.

Los profetas de Dios habían predicho a Israel una prosperidad extraordinaria si como nación cumplían las claras prescripciones divinas (Deut. 7). Ningún reino podría vencerlos y estarían a la “cabeza y no en la cola” de las demás naciones (Deut. 28:7,10,13). Pero la historia de Israel, desde muy temprano fue un derrotero de fracasos y apostasías (Véase por ejemplo Juec. 1-3). A pesar de todo, se aferraron con gran fuerza a la esperanza de una liberación definitiva de sus opresores aun no cumpliendo con los mandamientos de Dios. “La Historia era para los judíos un catalogo de desastres por lo que se iba haciendo claro [cada vez más] que ningún libertador humano podría rescatarlos”.[1]

Debe observarse que después de la liberación babilónica se suponía que Israel volvería a ocupar el privilegiado lugar que Dios le había prometido a la cabeza de las demás naciones. Sin embargo, lo que los judíos vieron fue un derrotero de conflictos políticos en el que, fuerzas extrañas dominaban el ambiente político mientras que ellos quedaban rezagados. Dios no los libraba de forma tan milagrosa como en tiempos pasados y como consecuencias eran tratados de formas caprichosas por los poderes paganos dominantes.  Esto se torna más interesante aun, cuando tomamos en cuenta que por medio del profeta Daniel Dios había dado una descripción panorámica de los grandes hechos de la historia que tomarían lugar por los poderes en pugna en busca del dominio mundial (ver especialmente Dan. 11). Lo que el futuro reflejaba era más bien una compleja amalgama de conflictos entre las naciones paganas, con un pueblo de Israel como víctima más que como protagonista, que no cesarían sino hasta la manifestación del reino eterno de Dios. Hasta se había bosquejado la suerte que correría el Mesías y el dramático final del pueblo elegido (Dan. 9:24-27).

Entonces, los judíos procuraron ajustarse a los hechos de la historia desarrollando “un esquema propio de la historia”. La dividieron en dos grandes tiempos o eras. La primera, la edad presente que era entendida como completamente malvada, mala e irreparable. Para esta época sólo podía esperarse la destrucción. Estaba también la edad futura, la época por venir, llamada también la “edad de oro de Dios” la cual estaría caracterizada por la justicia, la paz duradera y la prosperidad sin fin. Según esta visión, en esa edad dorada, el pueblo de Israel sería vindicado como nación y ocuparía entonces el lugar que Dios le asignó en sus planes. Pero este dramático cambio no sería producto del hombre, sino de Dios. Dios mismo intervendría en el curso de la historia (ese tiempo era llamado “el día del Señor”) poniendo fin a la presente era de dolor y sufrimiento, para dar lugar entonces a la época de la justicia y la paz. Esta era una esperanza que había que compartir, pero debía ser hecho bajo una forma que no fuera fácil de entender por sus enemigos y opresores. Estos mensajes eran pues, transmitidos en “códigos, revistiéndose a propósito en un lenguaje ininteligible para los de afuera”.

La literatura apocalíptica se compone “exclusivamente de sueños y visiones del fin del mundo, lo que hace que toda literatura apocalíptica sea críptica por necesidad. Siempre está tratando de describir lo indescriptible, de decir lo indecible”.[2] A este tipo de literatura corresponde el Apocalipsis cristiano de Juan. Pero se reconoce acertadamente que entre la literatura apocalíptica en boga en el siglo I d.C. y el Apocalipsis de Juan existen marcadas diferencias.

La vibrante esperanza mesiánica de los judíos estaba concentrada en la aparición de “un Rey-Mesías poderoso, de la casa de David, quien mataría al dragón romano con su poder militar ayudado por el poder divino. Entonces el Mesías restauraría la nación de Israel a la suprema grandeza política como el reino mesiánico sobre la tierra”.[3] Estas esperanzas mesiánicas estaban latentes en el corazón de los fariseos. Pero Israel estaba dominado primariamente por una fiebre de liberación política, en forma similar a la liberación de Egipto. De hecho, los zelotes (fanáticos), apoyaron una guerra de guerrillas contra Roma en la falsa seguridad de que Dios habiendo eliminado a sus enemigos, crearía un mundo donde Satanás y el sufrimiento no existirían.

En la literatura apocalíptica se alimentó la idea de que el Mesías era una figura preexistente de grande poder y majestad, ante quien la tierra temblaría de terror. El abatiría a sus enemigos, destruiría a los reyes malvados y “rompería los dietes a los pecadores”.[4] Este tipo de Mesías, era en muchos aspectos un diseño de manufactura humana, como un traje hecho a la media de las aspiraciones políticas de los líderes judíos. Parece ser que estos escritores afiebrados con una falsa esperanza tomaron de los elementos apocalípticos existentes en las profecías clásicas de profetas tales como Amós, Sofonías, Joel, Isaías, Ezequiel y otros, y lo mezclaron con los elementos apocalípticos de Daniel. La imaginación de estos apocalipticistas completó el cuadro de estas visiones futuristas. El resultado es una gama de literatura que precisa ciertas declaraciones teológicas bien coordinadas a veces, pero que carece de la verdadera orientación divinamente inspirada de la que son característicos el libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan.

En este contexto, es bueno recordar que los judíos no reconocieron en Jesús, al verdadero enviado del Padre por sus ideas preconcebidas sobre el papel del Mesías. El mismo Juan nos dice: “A los suyos vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:12). Y no podían recibirle, pues los rabinos leían las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento “con una mente prejuiciada que les impidió ver la revelación de la plenitud de la misión del Mesías para salvar del pecado a todos los hombres”.[5] La influencia de la literatura apócrifa fue más predominante que la de los escritos inspirados. Ya podemos entender porqué en algunas ocasiones el Hijo de Dios se tornó renuente a recibir público reconocimiento como el Cristo (cf. Mat. 16:20). Sólo cuando fue necesario dar a conocer su verdadera identidad, Cristo mismo confesó ser el Mesías (Mat. 26:63,64; Juan 20:3). En última instancia, Él no podía negar su identidad y misión aun al costo de su propia vida.

El aparato de la literatura apocalíptica

Veamos ahora algunos detalles sobre la composición de la apocalíptica. Ya dijimos que este tipo de literatura se vale mayormente de figuras e imágenes irreales para transmitir su mensaje. Dentro de este tipo estarían el león con dos alas, el leopardo con cuatro cabezas y cuatro alas, la bestia “espantosa y terrible” con diez cuernos, el cuerno pequeño con ojos y boca de hombre que emite blasfemias, la bestia multifacético de siete cabezas y diez cuernos, etc. (Dan. 7; Apoc. 13). En algunas ocasiones se usan animales y cosas reales (un carnero, un macho cabrío, un oso, o un león y un cordero y cuernos, etc.) para prefigurar a ciertos poderes o personajes históricos o divinos (cf. Dan. 8:4-9; Apoc. 5:5,6). En la literatura apocalíptica es usual la presentación de personajes o cosas bajo descripciones inusuales o sobrenaturales. Por ejemplo, Cristo es descrito como teniendo “ojos como llamas de fuego” y “pies semejantes a bronce bruñido”, un “rostro como el sol cuando brilla en toda su fuerza”, y como saliéndole de su boca “una espada a aguda de doble filo” (Apoc. 1:13-16). También es descrito bajo el símbolo de un “cordero como inmolado que tenía siete cuernos, y siete ojos” (Apoc. 5:6).

Satanás es descrito por medio de la figura de una “serpiente antigua” o “dragón rojo de siete cabezas y diez cuernos” (Apoc. 12:3-9). La primera descripción evoca Gén. 3, mientras que la segunda se vale de un monstruo mitológico ampliamente conocido en el antiguo Cercano Oriente. El Apocalipsis de Juan y al igual que algunas cartas apostólicas, hace referencia al Evangelio de Cristo como un “misterio” (Apoc. 10:7, cf. Rom. 16:25; Efe. 3:1-6,9; 6:19) que debe consumarse. También lo define directamente como “buenas nuevas que son eternas” (cap. 6:7, DHH), o “Evangelio Eterno”. A diferencia de los apocalipsis no inspirados, el Apocalipsis cristiano dedica tiempo y espacio a la obra redentora de Cristo (caps. 1:5,18; 5:9,12; 7:14; 8:3; 12:4,5; 13:8; 19:13; 22:17), y a la obra de intercesión y comunicación del Espíritu Santo (caps. 1:4; 4:5; 22:17).

Uno de los símbolos usados por el apóstol Juan para hablar de un mensaje agudo y penetrante es “una espada aguda de doble filo” (Apoc. 1:16; 2:12). Hasta la manifestación del juicio de Dios se presenta bajo esta figura de lenguaje (cap. 2:16; 19:15). En el capítulo 10, las verdades especiales contenidas en los mensajes de los tres ángeles están representadas por “siete truenos que emitieron sus voces” (v. 4), y el mismo remanente está prefigurado por el profeta Juan (vv. 8-11).[6]

La segunda venida de Cristo que trae liberación a su pueblo es presentada, por lo menos, de tres formas diferentes en la literatura apocalíptica. 1) “levantándose” para liberar a su pueblo. 2) Viniendo sentado sobre las nubes del cielo. Y 3) Rregresando con todos sus ángeles montados sobre caballos blancos (Dan. 12:1; Apoc. 1:7; 14:14; 19:11-15). Pero estas declaraciones no son contradictorias en sí mismas, más bien se complementan entre sí, pues describen en diferentes detalles los variados elementos que conforman la liberación final del Hijo de Dios.

Los símbolos que usan los apocalipcistas no son propios de ellos necesariamente, no son creados por ellos originalmente. Esto es verdad incluso del libro de Daniel que es llamado “el primero de los apocalipsis”. Pero la apocalíptica constituye un recurso que, a partir de los escritos de Daniel, sería explotado al máximo entre los siglos II a.C. y 1 d.C. Cuando el profeta Daniel utiliza el león con alas de águilas para representar a Babilonia se está valiendo de un recurso común de la literatura profética, que aunque no empleado en la misma forma, ya había sido utilizado. En los libros de Isaías y Jeremías la invasión babilónica es presentada bajo las figuras de un “león que sube de su guarida” y de una “águila que subirá y volará” (Jer. 4:7; Jer. 49:19-22; Isa. 5:29, cf. Lam. 4:19 y Eze. 17:3,12). La figura del León ya había sido utilizada por Moisés para representar a Judá y Dán (Gén. 49:9; Deut. 33:22). Así mismo se habla de Egipto como de “leoncillo de las naciones” y hasta como una “becerra hermosa” (Eze. 32:2; Jer. 46:20).

Más interesante aun lo constituyen las figuras de los cuatro metales que usó Dios para ilustrar a un rey pagano el surgimiento sucesivo de los imperios mundiales. Nabucodonosor recibió un sueño que le revelaba el destino de las naciones desde su reino, Babilonia, hasta el establecimiento del reino eterno del Mesías (cap. 2). Se reconoce que por más asombroso que parezca este relato, la “mayoría de los detalles del sueño son realistas y no surrealista”, pues en la antigüedad “las estatuas de elementos combinados no eran algo fuera de lo común”.[7] La bestia “espantosa e indescriptible” de diez cuernos que surge del mar (Dan. 7:2,7), tiene su antecedente también en declaraciones de otros escritores bíblicos, tales como el autor del Salmo 74, Isaías y Ezequiel.[8] En el libro de Isaías se habla del leviatán “serpiente veloz, serpiente tortuosa […], dragón que está en el mar” (Isa. 27:1).[9] Por el contexto (26:20,21), este monstruo marino representa las fuerzas del caos y del mal que serán eliminadas por Dios “en aquel día” (27:1), el día en que Él manifieste su ira. El profeta Ezequiel menciona también este monstruo llamándolo “dragón que está en medio de sus ríos”, una clara referencia a Egipto (29:3). Ambos presentan al dragón en relación con el agua. El autor del salmo 74, siguiendo las ideas de un dragón-serpiente y de las aguas, nos dirá: “Tú dividiste el mar con tu poder, quebrantaste cabezas de monstruos marinos, magullaste las cabezas del leviatán, y lo diste por comida al pueblo del desierto” (vv. 13,14).

El mismo Juan nos presentará luego al dragón de siete cabezas en relación con el agua (Apoc. 12:3,4,15,16), incluso, nos presentará al mismo monstruo de diferentes formas, pero siempre en relación con el agua (Apoc. 13;1; 17:3,15).[10] Y al igual que Isaías lo llamará “dragón” y “serpiente”. Aunque, se entiende que, por la mención de la mujer, el Hijo que nace de ella, y la gran confrontación que presenta el capítulo 12, es claro que Juan está enmarcado en un contexto escritural bien sólido más que mitológico (cf. Gén. 3:1-15). Pero, indiscutiblemente se está valiendo de los recursos de la apocalíptica para transmitir su revelación. Por eso no debe asombrarnos que haga una combinación ingeniosa y magistral.

Hay algunas cosas más que debemos ver ahora. En la literatura histórica-profética del Antiguo Testamento se utilizan las langostas y los truenos tanto en forma literal como simbólica. Por ejemplo, la plaga de langosta que cayó sobre Egipto fue real y terrible (Éxo. 10:4-6). Pero en la invasión de langosta que menciona Joel que caería sobre el pueblo hebreo, podemos ver una combinación de ambas cosas: una plaga de langosta (combinada con sequía), y al mismo, tiempo, esta plaga de langosta prefiguraba una invasión de un pueblo enemigo (Joel 1, especialmente el vv. 6,15). En otros pasajes de las Escrituras se utilizan las langostas para hablar de un gran ejército (Juec. 6:5; 7:12; Jer. 51:27). El mismo ejército babilónico en su ataque contra Egipto se considerado como siendo “más numerosos que langostas” (Jer. 46:23). Los mismos habitantes de la tierra son considerados “como langostas” en Isa. 40:22. Por otro lado, el apóstol Juan, en su descripción apocalíptica de una de las siete trompetas, utiliza las figuras de un ejército de langosta y los “dientes de león” para describir la ferocidad de la invasión de un ejército (Apoc. 9:1-12). La literatura apocalíptica lleva al máximo los recursos literarios figurados que usan ocasionalmente los escritores en la profecía clásica para dar forma a su mensaje escrito. Quien esté familiarizado con la profecía clásica estará también en buen terreno para comenzar a comprender el significado de los símbolos utilizados en las profecías apocalípticas.

En sus muchos y variados recursos la literatura apocalíptica nos envuelve en un mundo fascinante de declaraciones. Pero nos hace saber al mismo tiempo que está jugando con imágenes y figuras simbólicas y nos invita a investigarlas y a comprenderlas. Algunos de los ejemplos más notables están en la visión de las siete trompetas del Apocalipsis. En su descripción se encuentran frecuentemente expresiones tales como: “algo semejante a un gran monte ardiendo fue arrojado al mar” (Apoc. 8:8). “Y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha” (v. 10). “Subió humo de pozo [del abismo] como el humo de un gran horno” (9:2). “Las langostas eran semejantes a caballos preparados para la guerra.  Sobre sus cabezas tenían como coronas de oro, y sus caras eran como caras de hombres. Tenían cabello como cabello de mujer, y dientes como dientes de león. Tenían corazas como corazas de hierro. El ruido de sus alas era semejante al estruendo de carros con muchos caballos que corren a la batalla” (vv. 7-9). “Tenían colas y aguijones semejantes a los escorpiones […]” (v. 10). Las expresiones “semejante a” y “como […] de”. Denotan el simbolismo de las declaraciones (cf. Joel 1:6, 2:4,5).

 

Un punto interesante

Hasta ahora hemos visto que la apocalíptica se nutre de las figuras y símbolos que son comunes (pero no muy frecuente) en la literatura profética, pero debemos observar (y esto es algo ampliamente reconocido) que muchos de los símbolos que utilizan los apocalipcistas ya existían en escritos extrabíblicos. Por consiguiente, el escritor bíblico no sólo acude a las fuentes inspiradas para encontrar ideas para transmitir su mensaje, también acude a fuentes históricas o relatos extrabíblicos para revestir y dar forma a la revelación divina. Por ejemplo, sobre el uso de diferentes metales para representar los reinos de la tierra, se sabe que Hesíodo, poeta griego del siglo VIII a.C., en su obra El Trabajo y los Días, ya había hablado de cuatro metales (oro, plata, bronce, hierro) para representar las edades de la tierra. Realmente Hesíodo habló de cinco imperios temporales de los cuales cuatro fueron representados por los metales ya mencionados.[11] Por consiguiente, Dios se estaba valiendo de un recurso (o “una tradición común”) para transmitirle un mensaje al monarca del imperio babilónico. Cada uno se apropió de esta tradición a su manera.

Así mismo, las bestias fantásticas que aparecen en el capítulo 7 de Daniel, guardan cierta relación con otros relatos antiguos. En una obra de nombre Shumma Izbu que contiene una serie de augurios babilónicos, se menciona una criatura, que en forma similar al oso de Dan. 7: 5, “se levanta sobre un costado”, y que como la bestia indescriptible del verso 7, tiene múltiples cuernos. Sólo que en la obra ya referida estas descripciones se limitan a ovejas o cabras. Lo que parece indicar que Daniel “en verdad ve algunas bestias temibles del caos”.[12] Con todo, se observa que “diversas fuentes mitológicas ofrecen similitudes con las imágenes de las bestias que usa Daniel. Una obra acadia del siglo VII, llamada Una Visión del Mundo de los Muertos, incluye a 15 seres divinos con forma de diversas bestias híbridas [… pero] Hay muchas diferencias importantes entre esta visión y la de Daniel, pero las similitudes en las imágenes proporcionan un trasfondo útil”.[13]

Era común en los mitos cósmicos presentar a las fuerzas del bien y del mal combatiendo en las embravecidas aguas del mar, lugar de la moradas del caos y el desorden. En la Epopeya Babilónica de la Creación, se describe a Marduk venció a Tiamat, la diosa del caos en forma de dragón. En la leyenda ugarítica se señala la lucha entre Baal y Yam (dios del mar). Baal se nos refiere en este tipo de leyenda como el subyugador de Litán, “el dragón de siete cabezas”. Es coherente entonces, que Daniel, utilizara (o que Dios le mostrara, pues el profeta no eligió la forma) estas extrañas bestias híbridas para representar las fuerzas del caos “que traen desorden al mundo de Dios y que necesitan ser vencidas”.[14]

Diferencia entre la profecía clásica y la apocalíptica

Es bueno mirar brevemente la diferencia que existe entre las profecías clásicas y las profecías apocalípticas. Dentro del esquema de las profecías clásicas se encuentran los escritos de Isaías, Ezequiel, Amós, Sofonías y otros. Estos profetas frecuentemente proclamaron sus mensajes en “voz alta”, en procura de justicia social, política y económica. Sus mensajes procuraban motivar a los líderes religiosos y políticos del pueblo de Dios para que practicaran una mejor justicia social y una reformada en el modelo de adoración. El profeta vivía en la Historia. Por esto algunos han señalado que “en cierto sentido, el profeta era optimista porque, por muy seriamente que condenara las cosas como estaban, sin embargo creía que se podían remediar si los hombres aceptaban la voluntad de Dios”.[15] Esto traería el reino de Dios “a la tierra en su historia futura”. “En realidad, el ‘día del Señor’, o el ‘día de Jehová’ no vendría como Israel lo habría anticipado popularmente”.[16] En la profecía clásica los juicios de Dios tenían un alcance local y limitado, pero eran al mismo tiempo un tipo, o símbolo del juicio cósmico de Dios en el tiempo del fin (cf. Amos 5:18,20,27; 8:8-9; Sof. 1;2-3; Isa. 13:4,6,17,19-20; etc.). “Ambos juicios proceden del mismo Dios, pero el juicio sobre la nación es un tipo o modelo profético que garantiza que Dios juzgará finalmente a todo el mundo por los mismos principios morales […] el tipo histórico puede ser local e incompleto, pero el antitipo escatológico será universal y completo en sus resultados”.[17] Con todo, el objetivo último de los acontecimientos revelados en la profecía no es enfatizar las destrucciones y las catástrofes, sino la de resaltar la completa restauración del paraíso perdido en nuestro planeta tierra.

Por su lado, la profecía apocalíptica no es dada en voz alta, sino en forma escrita siempre y a diferencia de la profecía clásica, resalta la incondicionalidad de los propósitos determinados de Dios para salvación de los seres humanos. Es frecuente encontrar en el Antiguo Testamento el modelo de profecía condicional en que la respuesta de los individuos al mensaje anunciado por los profetas determina el cumplimiento (Jer. 18:7-10; Isa. 38:1-2, cf. libro de Jonás), aunque hay también profecías incondicionales (cf. Isa. 44:28; 45:1-6). Pero en la apocalíptica el profeta nos revela “el Plan universal de Dios par la raza humana y su pueblo; y son, por lo tanto, incondicionales […] la profecía apocalíptica tiene un elemento de determinismo basado en el hecho de que el Plan de Dios triunfará a pesar de cualquier oposición”.[18]

Otro de los contrastes entre la profecía apocalíptica y la profecía clásica es “el continuo apocalíptico en la historia”, presenta un esquema amplio por adelantado de la historia de la salvación, “cubren todo el período de la historia desde el tiempo del profeta hasta el momento cuando Dios establece finalmente su reino sobre la tierra […] Ellas describen el Plan de Dios desde la época del profeta hasta la consumación de la salvación al final de la gran controversia”.[19] Pero la profecía apocalíptica nos “es exhibicionismo de la presciencia de Dios. Más bien su interés es inspirar esperanza entre el oprimido pueblo de Dios” en manos de las agencias hostiles del planeta.[20]

Ya observamos que la profecía apocalíptica era dada en forma escrita, “es una producción literaria. Si se hubiera comunicado oralmente, nadie habría entendido su mensaje. Es difícil, enrevesada, a menudo ininteligible; hay que estudiarla y meditarla seriamente antes de poder entenderla”.[21] Pero el hecho de que la profecía apocalíptica está revestida de un ropaje diferente la las profecías clásicas, no debe desanimarnos, pues mientras más dramático y prominente sea el símbolo o figura que use el profeta para comunicarnos el mensaje de Dios tiende a volvernos más curiosos, pues experimentamos la necesidad de comprenderlo. Por consiguiente, “el símbolo nos estimula a buscar el significado que éste comunica. Dios usó el simbolismo apocalíptico para desafiarnos a pasar tiempo con su Palabra, a explorar su significado y a entender el mensaje que Él puso en ella para nuestro beneficio”.[22]

Mientras en la profecía clásica se percibe cierto sabor a optimismo, en la profecía apocalíptica se aprecia un gran pesimismo. Esto se debe a que para el apocalipcista el mundo en el cual vive ya no tiene remedio, debe quedar desplazado por uno mejor. Él no cree que las cosas de la presente era tengan remedio o puedan sanarse; todo está mal y debe ser destruido. Una nueva era tiene que surgir, de lo contrario todo está perdido. Con todo, debemos ser suficientemente sabio como para distinguir la diferencias que existe entre la literatura apocalíptica seudoepígrafe y la que nos legaron los profetas Daniel y Juan. Todos los demás escritos apocalípticos son puestos bajo la autoría de los grandes hombres del pasado tales como Isaías, Enoc, Moisés, Esdras y otros. Con esto procuraban darles una autoridad que ellos mismos no poseían. Parece ser que en la mente de estos escritores existía “el sentimiento de que la grandeza había desaparecido de la Tierra; desconfiaban demasiado de sí mismos para dar sus nombres a sus escritos […]”.[23]

¡El fin ya viene!

Pero Daniel y Juan tienen razón. El fin ya viene, y ocurrirá porque es una necesidad moral. Ya debe terminar este triste drama de dolor, muerte, desolación, de injusticia social y de descalabro moral. Nuestro mundo ya no resiste más. “¿Hasta cuándo, oh soberano Señor?” fue la pregunta de las angustiados mártires sacrificados (Apoc. 6:10, RVA). Y esta pregunta también forma parte de nuestras incesantes oraciones a Dios. “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás?”, preguntó el profeta Habacub a Dios.  Y la divina repuesta no se hizo esperar: “Mirad en las naciones, ved y asombraos. Porque haré una obra en vuestros días, que aun cuando se os contara, no la creeríais” (Hab. 1:1,5).

Los libros apocalípticos eran una necesidad, y no porque necesitamos una visión pesimista de nuestro mundo, sino porque necesitábamos una visión realista y más abarcante de lo que constituye nuestra presente civilización. Necesitábamos certeza y seguridad, y saber a ciencia cierta que aunque por momentos, parece que Dios “contempla a los traidores y calla”, aun “cuando el impío destruye al más justo que él”, o cuando parece que los “hombres son como reptiles que no hay quien los gobierne”, Dios está al control (Hab. 1:13; 2:1-5). Él tiene la última palabra. Aunque las visiones apocalípticas reflejan cierto pesimismo, no terminan contando la historia de esa manera. Lo hacen en forma diferente, en forma gloriosa: “Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existía más […] Entonces, el que estaba sentado en el trono [Dios el Padre] dijo: Yo hago nuevas todas las cosas. Y agregó: Escribe, porque mis Palabras son ciertas y verdaderas” (Apoc. 21:1,4). ¡Amén!

Notas y Referencias:

[1] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, vol. 16, El Apocalipsis I, p. 13.

[2] ——-, Ibíd., p. 14.

[3] Hans K. LaRondelle, Las Profecías del Fin, p. 1.

[4] Es interesante notar que en el libro de los Salmos ya se proyectaba la idea de que el Señor rompería los dientes de los opositores de su pueblo (cf. Sal. 3:7; 58:6). Así podemos ver que la literatura apocalíptica usó las figuras de lenguaje de muchos de los pasajes inspirados.

[5] ———-, Ibíd., p. 3.

[6] “Estas cosas se refieren a sucesos futuros que serán revelados a su debido tiempo. Daniel recibirá su heredad al fin de los días […] La luz especial que se le dio a Juan, expresada en los siete truenos, era un bosquejo de sucesos que debían ocurrir bajo los mensajes de los ángeles primero y segundo.  No era lo mejor para la gente conocer esos eventos, porque su fe debe necesariamente ser probada. El plan de Dios era que se proclamaran verdades más maravillosas y avanzadas. Los mensajes de los ángeles primero y segundo debían ser proclamados; pero no había de revelarse mayor luz antes que esos mensajes hubiesen hecho su obra específica” (Elena de White, Manuscrito 59, 1900).

[7] J. H. Walton, V. H. Matthews y M. W. Chavalas, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia, Antigua Testamento, pp. 832,833

[8] Resulta interesante notar que el salmo 74 fue escrito “probablemente después que Nabucodonosor tomó la ciudad de Jerusalén”. Así que no está lejos del tiempo en que estas extrañas figuras se utilizaron para representar poderes hostiles.

[9] El leviatán es mencionado en otros textos de las Escrituras y es presentado como creación de Dios, (cf. Sal. 104:26; Job 41). Elena de White, nos dirá: “Toda criatura viviente era familiar para Adán, desde el poderoso leviatán que juega entre las aguas hasta el diminuto insecto que flota en el rayo del sol” (Patriarcas y Profetas, p. 34). “La detallada descripción anatómica [que hace el libro de Job] y los intentos del hombre por capturarlo parecen llevar a la conclusión de que se trata de algún animal conocido en los tiempos de Job” (Zucher, Comentario Bíblico Portavoz, Job, p. 203). Pero es probable que las características sobrenaturales que se le atribuyen al leviatán en algunos pasajes de las Escrituras, responda más bien a un creencia común provocada tal vez por el comportamiento agresivo y poderoso de esta criatura. Si el leviatán pereció en el diluvio, es comprensible que su descripción anatómica y fiereza degenerara prontamente en lo que más tarde se conocería como la leyenda de Litán de la literatura ugarítica. No sería el único relato que ha degenerado en semejante forma.

[10] Y si vemos en la palabra “abismo”  de  Apoc. 11:7 una referencia a las profundidades del mar (cf. Gén. 1:2; 7:11; 8:2; 49:25; Éxo. 15:5,8; Neh. 9:11; Sal. 139:8; Isa. 51:10; Eze. 26:19; Jon. 2:5), tenemos una prueba adicional de la bestia en relación con el agua.

[11] ——, Ibíd., p. 833, véase también a Gerhald Pfandl, Daniel, Vidente de Babilonia, pp. 18,19.

[12] J. H. Walton, V. H. Matthews y M. W. Chavalas, Ibíd., pp. 841.

[13] ——-, Ibíd.

[14] ——-, Ibíd., p. 842.

[15] Barclay, Ibíd., pp. 15-16.

[16] LaRondelle, Ibíd., p. 6.

[17] ———, Ibíd., p. 7.

[18] Ángel Manuel Rodríguez, Fulgores de Gloria, p. 10.

[19] ———, Ibíd., p. 15.

[20] Barclay, Ibíd., p. 10.

[21] ——, Ibíd., p. 16.

[22] Rodríguez, Ibíd., pp.8-9.

[23] Barclay, Ibíd.

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