A Propósito del Libro Panorama del Nuevo Testamento

Por: Héctor A. Delgado

Nota: Este comentario constituye mis reflexiones sobre algunos aspectos teológicos que considero de interes en mis lecturas de los materiales de textos asignados por la universidad donde curso mi lecenciatura en teología.

El siguiente documento procura puntualizar algunas ideas que considero de sumo interés en la obra del Dr. Paul N. Benware (arriba citado). Los siguientes puntos serán abordados en nuestro documento.

  1. Introducción al Nuevo Testamento / pág.  1
  2. El “problema sinóptico” / pág.  3
  3. Peculiaridades de esta obra / pág.  6
  4. Citas y Argumentos valiosos / pág.  7
  5. Paternidad literaria de los libros del Nuevo Testamento / pág.  9
  6. Argumentos teológicos observados / pág. 13
  7. Sobre los Métodos del interpretación del Apocalipsis / pág. 18
  8. Conclusión / pág. 24

Introducción al Nuevo Testamento

Debo reconocer que fui enriquecido espiritualmente con la lectura de esta obra del Dr. Benware, Panorama del Nuevo Testamento (NT de aquí en adelante), un libro cuya finalidad (según el mismo autor) “es ayudar al estudioso de la Biblia a ver el contenido, la unidad y la progresión de las Escrituras” (PNT: 11). [1] Estemos o no de acuerdo con las ideas expuestas en este libro, hay que reconocer que es una aventura maravillosa embarcarse en la lectura de un libro que aborda el panorama de todo el NT. Hace que uno sea confrontado con la necesidad de conocer mejor el mensaje y la vida de nuestro Señor Jesucristo, así como abrirse a la investigación de ciertos aspectos teológicos que no habíamos considerado detenidamente.

Si bien la obra del Dr. Benware no es exhaustiva, aborda con bastante precisión una gran parte de los datos, fechas y contenido de nuestro NT. Su estilo es ameno y la presentación resumida de las ideas, dejan al lector satisfecho. Dada la magnitud del tema, y el tamaño del libro (300 páginas), no podemos exigir más del Dr. Benware (esto no incluye la formulación de algunos argumentos teológicos de fondo expresados en el libro).

En las notas introductorias cabe destacar algunas ideas que considero valiosas e interesantes para todo estudiante de teología.

a-    “El NT prosigue la historia comenzada en el Antiguo Testamento [AT de aquí en adelante]. Es la maravillosa culminación de la revelación inspirada por Dios a la Humanidad […] El NT cubre la era de más significado en la historia del hombre: aquellos años en los que Dios se hizo hombre y trajo salvación a una humanidad perdida” (PNT: 10).

Estas observaciones son de valor porque comienza con una declaración que procura explicar qué es el NT en sí mismo, algo que, obras más especializadas y voluminosas no hacen.[2] Y es que a la hora de hacer una obra que aborde el tema del NT debería, antes de comenzar su desarrollo con el evangelio de Mateo, dedicar cierto espacio a la naturaleza misma del NT, aunque sea en detalles generales.

b-    Una idea teológica interesante que le permite a Benware contextualizar su exposición del NT es el que provee el tema del nuevo pacto. En la opinión del autor, “a fin de ver algo de la unidad existente en el NT” es necesario que se aborde el tema del nuevo pacto, ya que este “es el gran tema unificador del NT” (PNT: 11). El Dr. Benware hace nota que el “término Nuevo Testamento significa en realidad ‘nuevo pacto’” (Ibíd.).[3]

c-    Nuestro autor reconoce acertadamente que un estudio sobre NT que resulte beneficioso para los estudiantes de la Biblia, debe prestar especial atención al trasfondo político, social y religioso del NT. “A fin de comprender mejor los evangelios y las cartas del NT, se precisa de una cierta familiaridad con las fuerzas políticas, las instituciones, los movimientos y las ideas que formaban parte del mundo romano del primer siglo” (PNT: 12).[4]

d-    El análisis histórico presentado por el Dr. Benware, aunque resumido, saca a relucir algunas realidades ignoradas por otras obras más exhaustivas. Por ejemplo, véase las páginas 22-24 donde analiza las condiciones de la religión judía bajo el reinado de los seléucidas y el período asmoneo. Pueden consultarse los detalles bien resumidos sobre los sistemas religiosos de aquellos días y en forma especial, su comentario sobre las religiones de misterio en las páginas 26-29. Sobre este último cabe señala la opinión del Dr. Benware sobre la supuesta relación del cristianismo con esta forma de culto religioso o su influencia sobre el primero: “[…] Pablo puede haber empleado algo de la terminología para comunicarse de manera más eficaz con las gentes del imperio romano”. Pero concluye diciendo que es más “probable que algunas de las enseñanzas de las religiones de misterio hayan sido tomadas del cristianismo” (PNT: 28).[5]

En general, las demás descripciones sobre los partidos religiosos de aquellos tiempos sigue la misma línea de pensamientos de otras obras, aunque aportando ciertos detalles un poco más acabados sobre los zelotes y las sinagogas. El Dr. Benware pronto deja ver que es un hábil presentador de argumentos complejos en pocas palabras.

El “problema Sinóptico”

Antes de presentar algunas ideas sobre este particular exploraré la opinión del Dr. Paul N. Benware sobre los cuatro evangelios. Lo primero que él hace es abordar la idea que sostiene (en la opinión de algunos) “que en el AT había cuatro conceptos primarios del Mesías, y que los evangelios reflejan estos conceptos”. Estos cuatro conceptos serían: Rey, Siervo, Hombre y Dios (PNT: 43). Pero reconoce también que una buena razón para la existencia de cuatro evangelios pudo originarse en “la necesidad de alzar a cuatro grupo básico de personas en el siglo primero”. Los judíos (Mateo), los romanos (Marcos), los griegos (Lucas) y los cristianos de diferentes iglesias (Juan). Sin embargo, la primera idea parece tener algún asidero para nuestro autor porque más adelante en su obra vuelve a abordar el tema.

Benware expresa que los evangelios “no son biografías de Cristo, por la sencilla razón de que casi no se tratan treinta años de su vida”, y además “hay numerosas omisiones en cada uno de los cuatro evangelios, y muchos de ellos son acontecimientos importantes […]

“Los evangelios son cuatro perspectiva diferente de Jesucristo. Son presentaciones temáticas. Cada uno de los autores se aproximó a la vida de Jesucristo desde su propia perspectiva y desarrolló aquella perspectiva, seleccionando cierta enseñanzas y milagros” (PNT: 44).

Sobre el “problema sinóptico” presenta los siguientes puntos en forma resumida.

  • Definición de la frase. Benware define el “problema sinóptico” como “la dificultad que tiene los académicos al tratar acerca de la evidente interrelación de mateo, marcos y Lucas” (TNT: 45). Creo que esta definición no resulta clara, porque me parece que el “problema sinóptico” no apunta a las “estrechas concordancias verbales” o “estructura general” (para usar las palabras de Benware) de los evangelios, sino más bien a “notables diferencias” en las narraciones así como en su cronología.
  • Sobre el evangelio de Juan. Benware nos dice que “es razonable suponer” que Juan “tenía la intención de que su evangelio fuese un complemento de los sinópticos [Mateo, Marcos y Lucas]. Está claro que evitó emplear una gran cantidad de material que se encuentra en los sinópticos”.
  • Teorías sugerentes. Benware aborda brevemente las diferentes teorías que procuran explicar el “problema sinóptico” presentándonos solamente dos de ellas 1) La teoría verbal, y 2) Hipótesis de los dos documentos. Pero aunque Benware analiza estas dos propuestas solamente, es bien conocido que existen otras propuestas (por lo menos tres más). Estas serían: 1) La existencia de cuatro fuentes, 2) La existencia de fuentes múltiples, 3) La hipótesis de la fuente aramea.[6] Todas estas teorías constituyen diferentes rostros a través de los cuales se nos presenta la “critica de las fuentes”.

El Dr. Benware plantea también algunas soluciones al problema sinóptico. Estas son:

1)   Basado en los primeros cuatro versos del capítulo 1 de Lucas, nos dice que es “bien evidente que él no emprendió simplemente la tarea de copiar la obra de alguna otra persona, con cambios aquí o allá. Lucas empleó algunos registros escritos que comprobó cuidadosamente en cuanto a su exactitud” (PNT: 47). Aunque reconoce acertadamente que Lucas no “era testigo ocular de los acontecimientos de la vida de Cristo” (a esto se debe su minuciosa investigación, cf. Luc. 1:1-4; Hech. 1:1), resulta claro “que sí habló con los que eran testigos oculares” (Ibíd.).

2)   Benware no tiene dificultad en reconocer que “evidentemente, había dichos de Jesús que pasaban de persona a persona de una manera fija, como se ilustra en Hechos 20:35. Al escribir su evangelio, Lucas empleó muchas fuentes y habló con muchas personas” (Ibíd.).

3)   Finalmente, nuestro autor presenta una razón fundamental para aceptar autoridad divina de los evangelios. “Uno de los ministerios del Espíritu era conducir a los hombres a la verdad y capacitarlos (especialmente a los apóstoles) a recordar, sin distorsión ni error, la verdad acerca de Cristo (Jn. 14:26; 16:14-15; 1 Co. 2:12)” (Ibíd.).[7]

Para muchos nunca será suficiente ninguna explicación del “problema sinóptico”. Bien los dice el adagio popular: “No hay más ciego que aquel que no desea ver”. Sin embargo siempre será útil mirar un poco más allá. Por lo menos como un ejercicio teológico. Por eso, creo que los puntos expresados a continuación deben tomarse en cuenta a la hora de analizar el “problema sinóptico”:

1)   Peculiaridad e individualidad personal. Sin dejar de reconocer las audiencias que constituyeron el foco de cada uno de los evangelios, está la realidad del agente humano que sirvió de canal para plasmar la misma historia de cuatro formas distintas y similares al mismo tiempo. Esto significa que más allá de las evidencias internas y externas de su propósito está la peculiaridad individual de su autor y la forma de percibir y plasmar las realidades que proyecta a través de su escrito. De manera que, muchas de las llamadas “contradicciones” se resuelven a tomar en cuenta la realidad antes dicha.

Hay que reconocer que existen – usando las palabras de Thomas D. Lea – “muchas diferencias en cuanto arreglo y al vocabulario” en los evangelios. Sin embargo, esto era de esperarse que ocurriera, si el fenómeno de la inspiración bíblica no anula la individualidad personal del escritor bíblico. En este contexto cabe señalar que “la obra del Espíritu Santo no es incompatible con su individualidad: cada uno conserva su personalidad propia y Dios dirige a todos en la transmisión del mensaje divino”.[8]

2)   Un viejo problema. Cabe destacar que los intentos por resolver el “problema” sinóptico es muy antiguo. Se sabe “que ya en los primeros tiempos de la iglesia primitiva” se hicieron intentos por resolver “algunas dificultades por diversos medios”.[9] Algunas “contradicciones” señaladas por Celso, procuraron ser explicadas por Orígenes (Contra Celso) usando una “exégesis alegórica”. Otro que intentó hacer lo mismo fue Taciano, pero usando un método radical; procuró eliminar todas las divergencias produciendo su “Diatesaron” (una fusión de los cuatros evangelios en uno). Si bien su método fue equivocado, se nos dice, “su intento demostraba la necesidad de encontrar una explicación a las diferencias de los sinópticos”.[10]

3)   Razones de las antinomias. La similitud evidente en los evangelios sinópticos revela una “cierta dependencia literaria” (cf. Luc. 1:1-3). Pero las discrepancias de eventos y detalles entre ellos han hecho “correr mucha tinta” entre los estudiosos de los evangelios. Un punto que no siempre se señala es el siguiente: “La diversidad de los autores explica […], su pluralidad de puntos de vista. La diversidad de orígenes de los relatos (unos proceden de testigos presenciales y otros han sido escritos a partir de testimonios indirectos) basta para explicar ciertas antinomias aparentes”.[11]

“Si aceptamos que dos evangelios [o autores] podían conocer de un mismo hecho más o menos detalles, y que la ordenación de los temas no fue siempre forzosamente cronológica, estas divergencias no ofrecerán problemas”.[12]

Los dos citas siguientes, resumen mi conclusión. La primera proviene de una reconocida escritora, una cita que analizada con mente abierta nos ayudará a entender el tema en cuestión. Solo que la cita abarca mucho más que los cuatro evangelios, pero sirve adecuadamente para nuestro propósito.

“Escritos en épocas diferentes y por hombres que diferían notablemente en posición social y económica y en facultades intelectuales y espirituales, los libros de la Biblia presentan contrastes en su estilo, como también diversidad en la naturaleza de los asuntos que desarrollan. Sus diversos escritores se valen de expresiones diferentes; a menudo la misma verdad está presentada por uno de ellos de modo más patente que por otro. Ahora bien, como varios de sus autores nos presentan el mismo asunto desde puntos de vista y aspectos diferentes, puede parecer al lector superficial, descuidado y prevenido, que hay divergencias o contradicciones, allí donde el lector atento y respetuoso discierne, con mayor penetración, la armonía fundamental.

“Presentada por diversas personalidades, la verdad aparece en sus variados aspectos. Un escritor percibe con más fuerza cierta parte del asunto; comprende los puntos que armonizan con su experiencia o con sus facultades de percepción y apreciación; otro nota más bien otro aspecto del mismo asunto; y cada cual, bajo la dirección del Espíritu Santo, presenta lo que ha quedado inculcado con más fuerza en su propia mente. De aquí que encontremos en cada cual un aspecto diferente de la verdad, pero perfecta armonía entre todos ellos. Y las verdades así reveladas se unen en perfecto conjunto, adecuado para satisfacer las necesidades de los hombres en todas las circunstancias de la vida.

“Dios se ha dignado comunicar la verdad al mundo por medio de instrumentos humanos, y él mismo, por su Santo Espíritu, habilitó a hombres y los hizo capaces de realizar esta obra.  Guió la inteligencia de ellos en la elección de lo que debían decir y escribir. El tesoro fue confiado a vasos de barro, pero no por eso deja de ser del cielo. Aunque llevado a todo viento en el vehículo imperfecto del idioma humano, no por eso deja de ser el testimonio de Dios; y el hijo de Dios, obediente y creyente, contempla en ello la gloria de un poder divino, lleno de gracia y de verdad”.[13]

¿Una posible solución? La solución a las antinomias aparentes de los evangelios “se encuentra en una comprensión correcta de la inspiración bíblica, que no debe ser entendida como un dictado mecánico, sino como una influencia del Espíritu Santo que capacita al hombre para transmitirnos con una fidelidad suficiente la revelación normativa”.[14]

Peculiaridades de esta obra

Una de las peculiaridades que me llamó la atención de la obra del Dr. Benware los constituye la proporción de ciertos datos contenidos en los evangelios en términos porcentuales. Por ejemplo, sobre Mateo leemos: “Alrededor del cuarenta y dos por ciento de su material es singular […] solo se encuentra en Mateo. Este cuarenta y dos por ciento incluye milagros, enseñanzas y acontecimientos” (PNT: 81).

Benware sigue diciendo: “Jesús obró cientos de milagros, pero sólo treinta y seis de ellos son explicados de manera detallada en los evangelios. De estos treinta y seis milagros, Mateo registra veinte, además de veinte pasajes que resumen milagros de Jesús […] Alrededor del sesenta por ciento del Evangelio de Mateo está dedicado a las enseñanzas del Señor Jesús. En Mateo hay seis discursos principales […]

“Hay doce parábolas en Mateo que no aparecen en ningún otro libro, la mayoría de las cuales están incorporadas en los seis principales discursos acabados de mencionar” (Ibíd.).

Lo mismo se nos refiere en relación con la forma peculiar de Mateo de citar en AT (es el escritor evangélico que más acude al AT). “Hay cincuenta y tres citas directas y sesenta y seis alusiones a las fraseologías del AT […][15] La mayoría de las citas y alusiones provienen de la boca del Señor Jesús (ochenta y nueve de las 129). El resto forma parte de la narración de Mateo” (PNT: 82).

En relación con el contenido singular del Evangelio de Juan, leemos: “El hecho de que el noventa y dos por ciento del material de Juan no se encuentra en los sinópticos revela que Juan evitó de manera consciente repetir su material” (PNT: 120). En otro lugar, pero destacando algo distinto, nuestro autor nos dirá: “El hecho de que Juan omita varios de los acontecimientos significativos en la vida de Cristo (como la tentación y la transfiguración) y que sólo dé un ocho por ciento [note que había dicho 92% de material único] de material paralelo con los otros evangelios, sugiere poderosamente que Juan estaba bien familiarizado con el contenido de los sinópticos” (Ibíd., p. 183).

Debemos reconocer que en temas como estos los términos porcentuales generalmente dependen del acercamiento al texto sagrado, lo que puede variar bastante de acuerdo a la mentalidad del estudioso y las presuposiciones que lo guían al realizar el análisis. Pero resulta instructiva la forma en la que el Dr. Benware nos presenta estos datos.

Citas y Argumentos Valiosas

Las citas que siguen procuran destacar ciertas ideas o reflexiones que pueden cautivar la mente de los lectores de esta pequeña obra.

1)   En el contexto de la paternidad literaria del libro de Mateo, el Dr. Benware hace algunas reflexiones que creo valiosas. Procurando encontrar un balance entre la hipótesis que sostiene la escritura original del libro de Mateo en hebreo y después traducido al griego, sostiene: “[…] el Evangelio de Mateo, escrito en griego, no presenta ‘ninguna de las características de una obra traducida’ [… tampoco] se ha hallado ningún evangelio en hebreo (o arameo) de este tipo”. Entonces concluye perspicazmente: “Mateo pudo haber escrito muchos dichos de Cristo en hebreo para beneficio de los judíos, sin que tal compilación fuese lo mismo que (ni la base de) su evangelio” (PNT: 77). La única debilidad que veo en este argumento es que no presenta prueba alguna para sostener su argumento.

2)   El siguiente hecho constituye uno los más destacados de la obra de Benware. En la página 82, leemos: “Es interesante observar que la inmensa mayoría de las citas, el AT observado fue empleado por Mateo y Cristo en un sentido literal, prestando atención al sentido gramatical e histórico (las cursivas no están en el original)”. Recogiendo la opinión de Homer Kent, Jr., nos dice: “Con mucho, el uso principal del AT en Mateo lo fue en un sentido literal, sin la alegorización característica de la exégesis rabínica. El poco uso, relativamente hablando, de la tipología, que se encuentra en las secciones narrativas del autor, no es imaginativo, sino que refleja la sensibilidad ante la naturaleza de la profecía”. Esto naturalmente nos confronta con la necesidad de clarificar el método de interpretación bíblica que usamos para acercarnos al texto sagrado. Me parece que aquí se plantea la validez del método histórico-gramatical para interpretar adecuadamente el mensaje bíblico, ya que es el método que ella autoriza en forma evidente.

3)   Benware observa acertadamente que cuando los líderes judíos atribuyeron a Satanás la razón de los milagros de Cristo (Mat. 12:22-24) se produjo una grieta en su edificio teológico que ya no pudo ser reparada. “Así, este incidente (nos dice Pentecost, citado por Benware), marcó el gran punto de inflexión en la vida de Cristo. Desde ese momento y hasta la cruz, la nación es contemplada en los evangelios como habiendo rechazado a Cristo como Mesías. El rechazamiento oficioso de los líderes se transformó en oficial cuando se consumase en la cruz” (PNT: 89).

4)   Sobre la elección de Dios y la respuesta humana, al analizar el evangelio de Juan, Benware nos dirá: “En veintiún pasajes, la salvación es contemplada como un acto de Dios, siendo Él quien escoge y atrae a los hombres a Sí (p.ej., 5:21; 6:37; 6:44). En unos veinticinco pasajes, el énfasis recae sobre la necesidad del hombre de responder y creer (p.ej., 1:12; 3:14-16; 5:24). Juan no intenta conciliar estas verdades. Sencillamente, declara que ambas son verdad” (PNT: 122). Creo que considerar estos aspectos paralelos y aparentemente contradictorios de las Escrituras, nos ayudará a mantener una idea balanceada de la doctrina de la salvación, sin llevarlo a extremos antibíblicos, como ha ocurrido frecuentemente en la historia del cristianismo. Entonces, no enfatizaremos la elección divina en detrimento de la respuesta humana o viceversa.

5)   La eternidad, deidad y relación eterna de Cristo con el Padre es presentada (o interpretada) correctamente por el Dr. Benware. “Juan proclama tres verdades esenciales acerca de Cristo: (1) Él es eterno (En el ‘principio era el verbo’), (2) Él es distinto de Dios [Padre] (‘El Verbo era con Dios’), (3) Él es idéntico en esencia a Dios [el Padre] (‘El verbo era Dios’)” (PNT: 125, las cursivas está en el original).

En este mismo contexto, Benware señala un detalle muy interesante sobre la encarnación de Cristo. “[…] cuando este verbo eterno se hizo carne, añadiendo verdadera humanidad a la Deidad (1:14), Juan presenta a Jesucristo como el Dios-hombre” (Ibíd. cf. pp. 291-293, Apéndice A). Se puede decir en este particular, que el Dr. Benware es completamente ortodoxo.

6)   Comentando sobre el apóstol Pablo (y recogiendo una opinión de Charles C. Ryrie), leemos: “El fariseísmo le dio a Pablo hábitos de disciplina para su vida como cristiano, y el cristianismo le dio libertad del legalismo de su vida como fariseo” (PNT: 150). Esta idea suena interesante, pero no debería reforzarse demasiado, pues Pablo no hizo reconocimiento de semejante deuda con el fariseísmo, pues fue claro al decir que lo que él era (incluyendo su vida disciplinada), era el producto de la gracia de Dios operando poderosamente en él. Todos sus logros pasados, lo que incluye las dimensiones espirituales de su vida, los consideró como “basura” (lit. “estiércol”) “para poder ganar a Cristo” (Fil. 3:8).

7)   Hablando de la verdadera sabiduría, Benware nos dice: “La sabiduría apropiada lleva la persona a la madurez espiritual, mientras que el resultado de ignorar la sabiduría es una infancia perpetua” (PNT: 184). Me parece una muy buena reflexión.

8)   Sobre la verdad: “La verdad debe ser enseñada con autoridad, porque conocer la verdad es crucial para vivir rectamente” (Ibíd., p. 238). En boca de Cristo la verdad tuvo una influencia transformadora singular, pues “él enseñaba con autoridad, no como los escribas” (Mat. 7:29). Claro, esta autoridad es un don de Dios a sus siervos y ministros. Oh, ¡cuánto necesitamos experimentar esta autoridad desde nuestros pulpitos!

Paternidad literaria de los libros del Nuevo Testamento

Me parece que en términos generales la opinión del Dr. Benware sobre la paternidad literaria de los libros del NT es aceptable. Como una manera de documentarme mejor, tomé algo tiempo para consultar algunas obras especializadas y noté que el consenso es prácticamente el mismo.[16] Sin embargo, quisiera hacer algunas observaciones sobre la paternidad literaria sobre la carta a los Hebreos.

Algunos eruditos han dicho directamente: “Nada en hebreos nos recuerda el estilo, dirección, terminología ni contenido de las cartas de Pablo. El lenguaje de Hebreos sencillamente no es de Pablo.

“Las doctrinas expresadas en hebreos no encuentran eco en ninguna de las epístolas de Pablo”.[17] Por su lado, F. F. Bruce puede reconocer que “lo que tienen en común Pablo y el autor de Hebreos es la enseñanza apostólica básica; pero cuando llegamos a los rasgos distintivos podemos decir con certeza que el pensamiento de la epístola no es el de Pablo, el lenguaje no es el de Pablo, y la técnica de citar el Antiguo Testamento no es la de Pablo”.[18] Calvino por su lado fue categórico al decir: “No puedo aducir ninguna razón que demuestre que Pablo fue su autor”.[19]

Sin embargo, quiero atreverme a disentir en algunos aspectos. Los enumeraré en las siguientes líneas.

Thomas D. Lea, en su obra El Nuevo Testamento, su trasfondo y su mensaje, p. 520, nos dice que sí existen “varias semejanzas doctrinales entre Hebreos y las epístolas paulinas”.[20] A continuación menciona:

a) La obra de Cristo en la creación (Heb. 1:2; Col. 1:16).

b) La humillación de Cristo en la encarnación y muerte sacrificial (Heb. 2:14-17; Fil. 2:5-8).

c) El lugar del nuevo pacto (Heb. 8:6; 2 Cor. 3:4-11). Pablo aborda también el nuevo pacto en contrastare con al antiguo en Gál. 4:21-31.

d) La obra del Espíritu santo en la distribución de los dones (Heb. 2:4; 1 Cor. 12:11).

e) El mal ejemplo de Israel en el desierto (Heb. 3:7-11; 4:6-11; 1 Cor. 10:1-11). f) Finalmente “la conclusión de la epístola contiene varios elementos sugiriendo la autoría paulina”.[21]

A esta lista podemos sumar, f) el tema de la confianza y el libre acceso a Dios por medio de Cristo (cf. Heb. 4:16, Efe. 3:12). g) El ideal de “seguir la paz” (fraseología muy similar) en ambas cartas (Heb. 12:14; Rom. 14:19). h) La referencia a la Nueva Jerusalén en una forma representativa (Heb. 12:22, 23; Gál. 4:26). Personalmente creo que Hebreos 11 viene a ser la prueba escrituraria que vindica el concepto de la Justificación por la Fe paulino, ya que nos presenta una realidad que no resulta muy clara y explícita en el AT: los santos de Dios fueron salvados por la fe. Así mismo existen otras referencias temáticas que al ser analizadas detenidamente arrojan luz sobre algunas partes de las epístolas paulinas.

¿Qué decir de los argumentos en contra? 1) Que no podemos esperar el consenso general de los eruditos para decidir a favor o en contra de un tema en particular. 2) Tampoco podemos esperar la reconfirmación de una verdad por citas de los padres de la iglesia. La autoridad final lo constituye la Biblia sola. Por otro lado, existen algunos elementos adicionales que al ser considerados, pueden arrojar luz sobre la autoría paulina de Hebreos. Es sabido que después del siglo IV d.C. cesó “la discusión sobre la paternidad literaria de Hebreos, y la mayoría de los cristianos la aceptó como obra de Pablo, opinión que fue apoyada en forma general hasta los tiempos modernos; entonces se agitó de nuevo la polémica, debatida especialmente por los eruditos”.[22]

Se sabe que “las evidencias en contra del punto de vista de que Pablo escribió la Epístola a los Hebreos han sido extraídas mayormente de consideraciones en cuanto al estilo literario y el contenido del libro”.[23] Pero es bueno saber que “es posible que el vocabulario de un autor y su estilo varíen según el tema de que trate, pero esas variaciones serán principalmente en los términos técnicos, característicos de los diversos temas acerca de los cuales se escriba. Su vocabulario general y especialmente las palabras que escoja casi inconscientemente para expresarse – preposiciones, adverbios y especialmente los nexos conjuntivos –, son considerados por la mayoría de los eruditos como indicaciones mucho mejores de su estilo que su terminología técnica”.[24]

¿Pero no tiene peso el argumento del estilo? Sí, porque es real que el estilo de Pablo en sus epístolas “tiene la marca inconfundible de vívidos y fervientes pasajes que revelan el torrente impetuoso de los pensamientos del autor, quien no se preocupa por un estilo literario pulido. Pero Hebreos presenta un tema completamente organizado y mantiene un nivel retórico más elevado que el de cualquier otro libro del NT”.[25] Pero, ¿Y entonces? El argumento no es infalible. Y el que sigue tiene mucho peso:

“Por medio del descubrimiento de los papiros bíblicos de Chester Beatty, del siglo III […], se puso de manifiesto alguna probable evidencia en favor de la paternidad literaria paulina de la Epístola a los Hebreos. En el códice que contiene las epístolas paulinas, Hebreos se halla entre Romanos y 1 Corintios. Aunque este hecho no demuestra la paternidad literaria paulina de Hebreos, es un significativo indicio de que desde muy antiguo en la historia de la iglesia había quienes creían que Hebreos debía ser incluida como parte de los escritos de Pablo.

“Una gran parte de la diferencia de tono y estilo de Hebreos, en comparación con las epístolas paulinas conocidas, puede ser explicada razonablemente por el hecho de que esas otras epístolas fueron dirigidas a grupos de iglesias o a individuos para hacer frente a problemas particulares. Aunque se reconoce que hay ciertas diferencias de estilo literario que no pueden ser explicadas con ese argumento, esas diferencias pueden ser razonablemente explicadas suponiendo que Pablo predicó ciertos sermones sobre el tema del ministerio sacerdotal de Cristo, los cuales fueron escritos.[26] Como sucede a veces cuando se utiliza un sistema tal, la forma literaria final del ejemplar transcrito puede tener una marcada influencia del que hizo la transcripción. Es fácil comprender que Pablo no podría haber tenido la oportunidad de redactar esos sermones, pues viajaba incesantemente, y no pasó mucho tiempo antes que sus viajes terminaran con el martirio.

“Se acepta generalmente que Hebreos fue escrito antes de la caída de Jerusalén.  El número de dirigentes de la iglesia era muy reducido en los años anteriores al año 70 d. C. ¿Cuál de esos dirigentes podría haber expuesto un tema tan profundo como el que se presenta en el libro de Hebreos? La persona más posible es, sin duda alguna, Pablo. Decir que el autor fue un cristiano desconocido de ese temprano período, sólo levanta un nuevo problema: ¿Cómo es posible que un cristiano que poseyera el discernimiento teológico necesario y la capacidad lógica suficiente para producir una obra como Hebreos, pudiera haber quedado en el anonimato en un tiempo cuando los dirigentes cristianos eran tan pocos, pero tan completo el registro que se tenía de los mismos?”.[27]

Sin dejar de reconocer los “sólidos argumentos” que se han presentado contra la autoría paulina de Hebreos (véase las obras ya citadas en este documento), me parece que los pruebas que he recogido en esta breve nota, tienen suficiente peso también como para inclinar la balanza hacia el lado de Pablo, como candidato a la autoría de Hebreos.

Observaciones adicionales: Después de haber terminado de escribir esta nota, releí nuevamente las ideas que descalifican al apóstol Pablo como el autor de Hebreos. Mis conclusiones se exponen en los siguientes párrafos:

Heb. 2:3. Sobre este pasaje se nos dice que constituye una prueba contundente de que Pablo no pudo haber sido el autor de Hebreos. Pero este argumento no es concluyente. ¿Usted ha leído 1 Tes. 1:17? De seguro que sí. Entonces, usted habrá notado que Pablo se incluye entre aquellos que serán “arrebatados” en ocasión de la segunda venida de Cristo. En aquél día, los “muertos en Cristo resucitará primero. Luego […]” los que no murieron serán arrebatados “juntamente con ellos en las nubes para salir al encuentro del Señor en el aíre, y así estaremos para siempre con el Señor” (1 Tes. 1:17, 18, VRV 1977). En la palabras “nosotros”, “hayamos” y “estaremos” Pablo claramente se incluye en el grupo de los redimidos en el día final. Pero obviamente él sabía que no estaría físicamente allí (cf. 2 Tes. 2:3). Hablando estrictamente, el gran apóstol Pablo estará dentro del grupo de los “resucitados”, no de los “glorificados” que no experimentaron la muerte (cf. 2 Tim. 4:8; 1 Cor. 15:49-58).

¿Pero qué con 1 Tes. 1:17? Este texto revela que cuando un escritor bíblico está expresando una idea y se incluyen dentro de un grupo de personas en particular, no por eso él es parte física o directa de dicho grupo; sencillamente se está identificando con esa comunidad de creyentes. Heb. 2:3 sí excluye a los 12 apóstoles de la lista de posibles autores de la carta a los Hebreos, pero no a cualquiera que viniera al evangelio después de ellos. Qué hacer entonces, con el argumento que sostiene, basados en Heb. 2:3, que “el autor y probablemente sus lectores (note el ‘probablemente’ que hace más dilatado el significado de la palabra “nos”) llegaron a conocer el evangelio a través de gente que había escuchado personalmente la enseñanza de Jesús […]”.[28]

Thomas D. Lea nos dirá categóricamente, basado en Gál. 1:1, 11, 12, que “Pablo insistía en que no había recibido el Evangelio de otros”.[29] Pero este argumento, como ya dije más arriba (y es la opinión de muchos otros académicos) “no es concluyente”.[30] Y es que en el “nos” de Heb. 2:3 el autor “podría estarse incluyendo en forma general con sus lectores”.  El hecho de que Pablo recibió el Evangelio por “revelación” directa de Cristo no niega el hecho de que “sin duda hubo muchas cosas que le fueron confirmadas a Pablo por los testigos oculares de Jesús” (léase 1 Cor. 15:3, donde el apóstol dice claramente “os he enseñado lo que asimismo recibí”, cf. Gál. 2:2).[31] Bien se ha reconocido que “el problema de la paternidad literaria debe resolverse con otros argumentos”.

Argumentos teológicos observados

En esta sección sólo me detendré a analizar algunos aspectos teológicos que creo necesitan matizarse mejo, sino descartase.

a)   El tema de los dos pactos. El Dr. Benware hace varias referencias (breves por cierto) sobre el tema de los dos pactos, más específicamente, el nuevo pacto. De hecho, en el contexto de este último se propuso hacer el análisis de NT y su contenido. Desde mi punto de vista no logró semejante propósito porque durante prolongados espacio de argumentación no hace referencias al pacto. Y la mayoría de ellas lo hace en forma muy breve. Para mencionar solo un caso, no se toma tiempo para mostrar, como el Apocalipsis constituye el “cumplimiento del nuevo pacto”.

Habría sudo útil que el Dr. Benware le hubiera dedicado algunas líneas al pasaje de Gál. 4:21-31 donde el Apóstol hace un análisis del antiguo y el nuevo pacto bajo la alegoría de Sara y Agar. Esto no es pedir mucho, porque él tomó tiempo para inferir algunas ideas teológicas a partir de ciertos pasajes tales como Fil. 1:19-26 y los de Hebreos que hablan sobre las advertencias divinas de apartarse de la verdad de Dios (cf. cap. 5:11-6:20).

El pasaje referido de Gálatas revela que los dos patos no son un asunto de tiempo (en sentido cronológico), sino de condiciones de los corazones individualmente. Es claro por el argumento de Pablo que ambos pactos ya existían en los días de nuestro padre Abrahán. Tanto el antiguo como el nuevo pacto revelan dos métodos opuestos de salvación.

b)   En relación con este punto hay otro que tiene que ver con la función de la Ley de Dios. Las siguientes declaraciones del Dr. Benware me parecen confusas: “Evidentemente, la ley y la gracia se excluyen mutuamente”. “La libertad cristiana queda en peligro cuando se demanda adhesión a la ley”. “El cristiano ha quedado liberado de la observancia de la ley como regla de vida” (PNT: 167).

Sobre la primera declaración diré que no se ajusta al mensaje bíblico sobre la función de la ley y mucho menos en el contexto paulino de la Justificación por la fe. Pablo es claro que la justificación “establece la ley” en el corazón (la promesa del nuevo pacto, Rom. 3:31, vea Heb. 8:10), y que ella es necesaria como un revelador del pecado (cf. Rom. 4:15; 5:13), algo que el mismo Benware reconoce en otra parte (él usa la frase “en cierto sentido” – PNT: 203). Parecería que él no puede ver claramente ni siquiera esta función de la ley.

Si el Dr. Benware dijera que la ley y la gracia se excluyen mutuamente como métodos de salvación, su razonamiento sería comprensible, pero no es lo que está diciendo. Aún así es mejor ver la gracia como la fuente de nuestra salvación y no el método, que es la fe, y es esa fe, la que establece la ley en el corazón (Rom. 3:31). Si la ley y la gracia se excluyera mutuamente como si no pudiera coexistir (que de hecho, coexisten en el corazón del creyente), Pablo no nos dijera: “¿Estará la ley en contra de las promesas de Dios? ¡De ninguna manera!” (Gál. 3:21, NVI, las cursivas no están en el original).

La segunda cita es un tanto ambigua, pues infiere que la libertad cristiana es puesta en peligro cuando se requiere adhesión a la ley. Si se demanda una adhesión equivocada (como método de salvación), está incorrecto, pero sí de demanda adhesión u obediencia a la ley como norma del carácter, entonces es correcto pedir tal cosa. La verdadera libertad se vive en el contexto de la ley de Dios, no al margen de ella. Cuando se entiende plenamente la verdad del evangelio se descubrirá rápidamente que el único corazón que tiene problemas y severos conflictos con la ley es el corazón carnal, el corazón inconverso (Rom. 8:7). Pero cuando Dios ha producido el nuevo nacimiento y ha engendrado una nueva vida en el pecador arrepentido, el lenguaje del alma llega a ser: “¡Cuánto amo yo tu Ley! Todo el día es mi meditación” (Sal. 119:97, NRV 2000).

El tercer punto me parece también completamente contradictorio con las enseñanzas bíblicas. En el párrafo anterior mostramos que la ley llega a ser la norma de conducta del creyente que se ha unido a Cristo por la fe. La vida cristiana se vive por fe, pero es una vida de completa obediencia. Y es que la fe salvífica, la fe que justifica al pecador, es una “fe que actúa por amor” (Gál. 5:6, lit. “se reactiva por el amor”). No hay un punto en la experiencia cristiana en que podamos presidir de la ley. Que los judíos la usaran mal, no nos permite justificar la falta de adhesión a ella. Esta ley constituye un trasunto del carácter divino y es el fundamento de su gobierno universal. La transgresión a esta ley introdujo el pecado en el universo de Dios, y llevó a Cristo al Calvario. El Evangelio de la gracia, lejos de echar a un lado la ley, la pone en su verdadero lugar y la “magnifica” (Isa. 42:21, cf. Mat. 5:17-19). Cuando el pecado ya no exista, la ley de Dios habrá sido vindicada y puesta en el lugar correcto: el corazón de los redimidos y permanecerá allí por toda la eternidad.

c)    Quiero señalar una imprecisión que creo importante y curiosa en la obra del Dr. Benware. Es una imprecisión que tiene que ver con la cronológica del evangelio de Lucas. En la página 111, leemos: “La frase ‘en orden’ (1:3) sugiere que la presentación de Lucas tiene que un orden lógico,  con la probabilidad de que el evangelio manifieste asimismo un preciso orden cronológico” (las cursivas no están el original). Pero en la página  114, leemos: “Lucas no es preciso en muchos detalles de cronología y situación” (las cursivas no están el original). Me parece que cuando se exagera la capacidad cronológica del evangelio de Lucas basados en sus declaraciones introductorias (y subestimando un poco el “problema sinóptico”), se pueden cometer errores de esta índole. Y es que no podemos esperar que obras tan antiguas como estas, reflejen las reglas de redacción del siglo XX.

d)   El último punto que señalaré en esta sección tiene que ver con las promesas hechas a Abrahán: “Las promesas que Dios hizo en el pacto abrahámico eran eternas e incondicionales […] Algún día, Dios cumplirá sus promesas a Israel e ‘injertará’ a Israel como nación de nuevo y de una manera experimental en el pacto abrahámico (11:23-25). Serán finalmente redimidos como nación, participando por vez primera del nuevo pacto” (PNT: 206).

Aquí se plantea un argumento complicado, pero señalaré el que me interesa. Desde mi punto de vista, en su afán por justificar su enfoque dispensacionalista, entra en contradicción con otra declaración hecha por él mismo en la página 214, bajo el título “El judío y gentil reconciliados debido a la gracia de Dios”: “Debido a esta obra de Dios en salvación, los judíos y los gentiles pueden ser, ambos, reconciliados con Dios (2:16-18). Además, estos dos grupos, que solían estar separados entre sí, pueden ser reconciliados entre sí (2:14-15). En la Iglesia, el cuerpo de Cristo, ya no se hace distinción entre judíos y gentiles. Esta unidad de todos los creyentes en la iglesia es enfatizada por medio de la imagen de ser ciudadanos de una comunidad, parte de la familia de Dios y parte del singular edificio del templo que está siendo edificado (2:19-22)”.

Si las barreras nacionales fueron derribadas por la muerte de Cristo, ¿Cómo podemos seguir hablando que Dios tiene planes escatológicos diferentes para los judíos y los gentiles? ¿No es esto procurar edificar aquello que Dios ha derribado? ¿No es como procurar abrir una puerta que Dios ya ha cerrado en soberana voluntad? Si los judíos pueden llegar a ser parte integral del cuerpo de Cristo por medio de la fe, y todos los que han creído ya gozan de las buenas nuevas del nuevo pacto, ¿Cómo se puede sostener que en un momento particular del futuro “serán finalmente redimidos como nación, participando por vez primera del nuevo pacto”? Ellos ya fueron redimidos en dos actos históricos sin precedentes: 1) La liberación de la esclavitud egipcia, y 2) La muerte de Cristo en la Cruz. Ambos actos son concluyentes y no admiten repetición (cf. Isa.  Isa. 43:1-4; Heb. 7:27). Si estos actos redentivos no pudieron ser apreciados por la nación judía, no queda para ellos como nación, (note bien que dije “como nación”) esperanza alguna. Pero como cualquier otra persona nacida en este mundo, los  judíos, en forma individual (note que dije “en forma individual”), tienen la oportunidad de formar parte del “cuerpo de Cristo”, la iglesia. Naturalmente, si responden con fe al Evangelio (Rom. 1:17).

Sinceramente, no logro entender las declaraciones del Dr. Benware. Y es que el Evangelio tiene lo que los judíos necesitan aquí y ahora, o no lo tiene en absoluto. Le puede dar la justicia de Cristo aquí y ahora o no lo podrá hacer después en lo absoluto. Pero estoy consciente que todo este aparataje tiene una razón de ser. Primero, está fundamentado en la creencias de la incondicionalidad de las promesas abrahámico y sobre las declaraciones paulinas hechas en Romanos 9-11.[32]

Pero quiero señalar algunos detalles bíblicos del AT que generalmente se pasan por alto. Las promesas que el Señor le dio a Abrahán tenían aspectos de incondicionales y aspectos de condicionales. Veamos el primer punto.

Las promesas que el Señor les otorgó a su siervo Abrahán son llamadas “grandes y preciosísimas promesas” por medio de las cuales se llega a ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Ped. 1:4). Por lo tanto son válidas tanto para judíos como para gentiles. No pueden crear reacciones opuestas en ambos grupos. Como el carácter de su divino autor, y dadas las implicaciones de las mismas, estas eran eternas e inalterables. El hombre no podía frustrarla en su cumplimiento. Aquí radica la verdad de su incondicionalidad. Pero en ninguna parte de las Escrituras leemos que estas promesas se cumplirían exclusivamente por medio de la simiente carnal de Abrahán hiciera lo que hiciera con ellas. Si bien este era el pueblo de la promesa, estas promesas fueron dadas con un propósito más amplio que los planes nacionalistas judíos. Dos cosas demuestran lo que he dicho: 1) “[…] no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abrahán, son todos hijos. Sino que: ‘En Isaac te será llamada descendencia’” (Rom. 9:6, 7, NRV 2000). De manera que Dios pensaba en algo más que una simple nación de descendientes naturales, Él pensaba en una descendencia espiritual. 2) “[…] por medio de ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gén. 12:3b, NRV 2000). Aquí estaba la gran familia-pueblo de Dios, de la cual la liberación israelita no era más que un anticipo de una liberación mayor de otros seres humanos de la cárcel del pecado.

De manera que, el Evangelio tal y como lo entendió y predicó la iglesia primitiva llevaba consigo el sello de “inclusión” que no había manera de ignorar. Los pasajes de Efe. 2:11-22 y Col. 1:20; 2:13, 14 constituyen la joya teológica que nos permite ver el cumplimiento y el alcance de los planes de Dios. Y así, en el contexto del Evangelio no podemos seguir justificando planes divinos desiguales, basados en una hermenéutica defectuosa de algunos pasajes de las Escrituras. No podemos edificar una doctrina partiendo de los pasajes más difíciles de las Escrituras en detrimento de los más fáciles,  pasando por alto así una regla de interpretación básica y bien conocida: Los pasajes difíciles deben ser entendido a la luz de los más claros y comprensibles.

Veamos ahora los aspectos condicionales que acompañaban las promesas. Lo haré citando las Escrituras y sin imponerle interpretación alguna a los textos. Las itálicas revelan las verdad que acabo de señalar.

1) “Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, 18 habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra?  Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Gén. 18:17-19). Esta declaración divina está en el contexto de la revelación del juicio punitivo que caería sobre las ciudades de la llanura. Dios deja ver claramente a su siervo Abrahán (poseedor de las promesas eternas), que la única manera en que lo prometido puede venir sobre él y su descendencia es si manda a “a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio”.

2) “Y se le apareció Jehová [a Isaac], y le dijo: […]  estaré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras; y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente, por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. Dios luego ratificaría las mismas promesas a Jacob (cap. 28:10-15). Aquí aparece nuevamente el elemento condicional: “[…] por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. De manera que, Abrahán entendió muy bien el mensaje, y así quería Dios que lo entendieran sus descendientes. Cabe decir, que aquí no se hace referencia a la obediencia legalista de la voluntad de Dios, sino a la verdadera obediencia por fe (cf. Heb. 11:8-18). Esta es la única vida que viven los verdaderos hijos de Dios.

La suerte de los habitantes de Sodoma y Gomorra tipificaba la suerte final de aquellos que menospreciaran las promesas y el pacto abrahámico, el verdadero y único pacto de Dios con su pueblo (no deben confundirnos las disposiciones levitas que le adornaron después del Sinaí). Es bueno notar que la destrucción de las ciudades de la llanura se nos presenta bajo la expresión “fuego eterno” (Jud. 7), y así mismo el fuego que destruyó “las puertas” de Jerusalén durante el cautiverio babilónico (por su apostasía y abandono del pacto y las promesas) es descrito como fuego que “no se apagará” (Jer. 17:27). De igual manera, los juicios divinos sobre los judíos así como de los habitantes de Sodoma y Gomorra, son descritos como “ejemplos” para las generaciones futuras (cf. 1 Cor. 10:6, 11; Heb. 4:11; 2 Ped. 2:6; Jud. 7).

Y como el pueblo rehusó desarrollar la fe de su antepasado Abrahán fueron desechados nacionalmente y en su lugar fue elegida otra comunidad que sí desarrolló una experiencia que se correspondía con la voluntad de Dios (Mat. a21:43). A pesar de este impase, el programa de Dios no sufrió modificación alguna. Los designios inalterables de Dios continuaron su curso. Los aspectos condicionales de sus promesas (Plan de Salvación) se cumplieron en el rechazo de la nación judía, y los aspectos incondicionales, se cumplieron en la continuidad de sus propósitos por medio de la iglesia. Las promesas se “heredan”, pero por la fe. Aquí se revela “la inmutabilidad de sus designios” (cf. Heb. 6:17-20, VRV 1977). Siendo que estas promesas se aprecian por fe solamente, la única manera de creer que Israel será receptor de ellas en el futuro, es si creemos que la nación entera de Israel responderá en fe a los designios de Dios. Y esto plantea un problema mayor: la salvación por lo menos en este momento será nacional y no por fe, personalmente. Creo que para semejante cuadro escatológico no existe asidero bíblico. Sencillamente niega las verdades fundamentales que puesto en marcha el Evangelio de Cristo.

Creo que este es el contexto adecuado para comprender los razonamientos de Pablo en Romanos 9-11. Llegará un momento en que tantos judíos como gentiles serán confrontados finalmente con un mensaje escatológico que demandará de ellos una respuesta final, concluyente. Cuando ese momento llegue definitivamente ¿Estaremos preparados0? ¿Cuál será nuestra respuesta?

Sobre los Métodos de interpretación del Apocalipsis

El Dr. Benware dedica buen espacio al libro de Apocalipsis, considerando el tamaño de su obra. Creo que hace muy buenas valoraciones en la introducción sobre la importancia de un libro como este en la vida de los creyentes. Creo también que es bastante preciso en atribuir su autoría al apóstol Juan (uno de los 12 discípulos) y lo referente a la fecha de composición (95 d.C.).

Luego, como es normal dedica un poco de tiempo a la consideración de los métodos de interpretación del libro de apocalipsis. Los mencionados por Benware, son tres: 1) El método alegórico, 2) El método histórico, y 3) El método futurista. Sobre el primero el Dr. Benware nos dice que “niega la realidad literal del Apocalipsis, y lo contempla como un libro que tiene mensajes con un reto y aliento espirituales dado en un lenguaje figurado y simbólico” (PNT: 276). Sobre el segundo método nos dice que “considera que el contenido de Apocalipsis está basado en hechos, pero contempla la mayor parte del mismo como ya cumplido, excepto los capítulos 20-22 [este método se conoce también como futurismo]”. Por la forma que en que continúa su definición de este método de interpretación, parece ser que conjuga aquí la escuela preterista con la historicista, que entiende que las profecías dadas en el libro de Apocalipsis (y en Daniel), encuentran cumplimiento en los eventos que median entre los días del profeta y el establecimiento del reino de Dios en el futuro. Aunque Benware denomina “histórico” al método preterista, este término no debe confundirse con “historicismo”. Hasta un estudio sencillo del libro de Daniel revelará que este método de interpretación es lógico y se desprende del texto mismo (cf. Dan. caps. 2, 7, 8, 11). Por otro lado, nuestro autor no hace referencia al método idealista, como si lo desconociera.[33]

El tercer punto es favorecido por el Dr. Benware como el “mejor, porque sólo mediante él se sistematiza con las otras porciones proféticas de la Biblia” (Ibíd, p. 277).

Cabe destacar que los que han estudiado el libro del Apocalipsis desde una perspectiva histórica (preterista), así como historicista, con frecuencia han explotado desmedidamente las aplicaciones del libro desacreditando así sus interpretaciones. Por esto, Benware insiste en que el método futurista “es mejor porque sólo interpreta literalmente Apocalipsis, de la misma manera que se interpreta el resto de la Biblia” (Ibíd., p. 278). Pero me parece poco convincente la explicación que nos provee el Dr. Benware sobre lo que significa hacer una interpretación “literal” del libro de Apocalipsis. Personalmente no creo que es correcto acercarnos a la apocalíptica bíblica con la misma aptitud y ánimo que a otras partes de la Biblia. No es posible acercarnos al cap. 17 de Apocalipsis que al cap. 14 del evangelio Juan. Si bien ambos pasajes requieren un acercamiento correcto y reverente, al hacerlo, el lector cuidadoso y atento descubre inmediatamente que está frente a dos tipos de literatura muy diferentes. También es cierto que las Escrituras demanda una interpretación histórico-gramatical que nos provea el sentido literal de sus declaraciones, pero también es cierto que cuando estamos delante de un símbolo, metáfora o figura debemos ejercer mucho cuidado para descubrir la realidad que está representada (o escondida, si se quiere) en el símbolo. Sea cual sea el caso que tengamos delante de nosotros, a la hora de hacer una interpretación del texto sagrado, debemos recordar siempre que “la Biblia es su propio interprete”.

Por ejemplo, el “dragón” constituye un símbolo de Satanás (Apoc. 12:7-9). El “Cordero” (Apoc. 4 y 5) representa a Cristo (Juan 1:29). La “mujer” en el AT tanto como en el NT constituye una figura conocida que representa al pueblo de Dios. Si es una mujer pura, a un pueblo fiel (2 Cor. 11:2), si es una mujer adultera, a una congregación apóstata (cf. Eze. 16). Las “bestias”, representan reinos terrenales, que según Daniel han recibido autoridad y reino del Dios soberano (cf. Apoc. 13:1, 11, Dan. 7:17; 2:20, 21, 37). Los “vientos” constituyen símbolos adecuados de conflictos y fuertes disturbios (cf. 7:1, Dan. 7:2). Las “aguas” representan “muchedumbres de gentes, pueblos y naciones” (cf. Apoc. 17:1, 15). Las “estrellas” representan a los “ángeles de la iglesia”; los “candeleros’ a las “iglesias” (cf. Apoc. 1:12-16, 20).

De manera que siguiendo esta misma línea, el papel del intérprete bíblico es encontrar el significado del símbolo y luego descubrir cuál es la realidad a la que el símbolo hace referencia. El hecho de que muchos intérpretes historicistas han fallado en aplicar a las entidades correctas los símbolos apocalípticos, no revela un fallo en el método, sino en los intérpretes. Este fallo sencillamente revela que así como existen eruditos que no comprender adecuadamente el mensaje bíblico, así mismo existen otros que no comprenden adecuadamente los hechos históricos que han marcado el rumbo ideológico dominante en la historia de la humanidad. Interpretar correctamente la historia es Los símbolos apocalípticos no están diseñados para ser aplicados a cualquier realidad histórica, sino a las que Dios ha señalado. Por ejemplo, si aplicamos en forma eclética el símbolo del dragón a los poderes totalitarios que han gobernado en el planeta, de seguro que Satanás estaría muy contento con semejante interpretación. Lo mismo ocurre con todos los demás símbolos apocalípticos. Ellos apuntan no a cualquier cosa, poder o hecho contemporáneos (como lo enseña el método idealista), sino a una realidad en particular. La tarea, repito, del intérprete bíblico (con la ayuda e iluminación del Espíritu de Dios – Juan 16:13) es encontrar esa verdad escondida en el símbolo apocalíptico.

El libro de Daniel como ejemplo. Todos los estudiantes de la apocalíptica cuando abordan las profecías del libro de Daniel (hasta donde he podido consultar) – sin importar la escuela a la que pertenezcan – hacen una interpretación historicista prácticamente de todas sus  profecías. Por ejemplo, la cabeza de oro (como el león de dos alas), representa al imperio neobabilónico; el pecho y los brazos de plata (como el oso), representa a medo-persa; el vientre de bronce (como el leopardo de cuatro alas y cuatro cabezas), simboliza a Grecia; y finalmente, los muslos y piernas de hierro (como la cuarta bestia indescriptible), constituyen un símbolo del Imperio Romano pagano (cf. Dan. caps. 2 y 7).[34]

De manera que cuando Daniel escribió estas revelaciones proféticas estaba dando un detalle histórico de los eventos que tendían lugar desde sus días y hasta el establecimiento del reino de Dios en un futuro lejano. Si usáramos los mismos argumentos ya trillados de los intérpretes preteristas, futuristas o idealistas contra el método historicista, de que los lectores de los días del profeta no se beneficiarían en nada, por revelar hechos muy lejanos a sus días, estaríamos destruyendo la utilidad histórica subyacente en las profecías de Daniel. Existe un ejemplo bíblico que me causa admiración (y que creo sirve para fortalecer mi idea sobre este aspecto), y tiene que ver las promesas abrahámicas. Estas fueron dadas a nuestro padre Abrahán (Gén. 12:1-3), luego ratificadas varias veces (Gén. 12:7; 13:14, 15; 15:1; 17:1-7). Pero muy pronto comprendió Abrahán que la verdadera herencia se dilataría un buen tiempo y que él moriría uniéndose al descanso de sus padres (Gén. 15:13-16). Estas promesas estaban unidas inseparablemente al elemento profético (430 años habría que esperar). ¿Entonces por qué recibir semejante informaciones con tanta anticipación? ¿De qué manera, semejante profecía animaría la fe de un pueblo que iría muriendo en el camino a su cumplimiento? Bien, esas buenas nuevas tenían que acompañar al pueblo de Dios para animarles y fortalecerles en el camino hacia la tierra prometida. Durante siglos la “palabra profética” les acompañaría infundiéndole ánimo y dirección. Así, el futuro (por más lejano que fuera), siempre estaría lleno de certidumbre y seguridad, pues estaba predicho con precisión. De esta manera, todos los santos del pasado, desde los días de los patriarcas hasta los días apostólicos, fueron bajando a la tumba con la “bendita esperanza”, de que era “fiel Aquel que había prometido” (Heb. 11:11-16). El apóstol Pablo nos dirá que todos ellos “murieron en la fe, sin haber recibido las promesas, mirándolas de lejos, saludándolas y confesando que eran peregrinos y forasteros sobre la tierra” (v. 13, NRV 2000). Lo que probablemente no pudieron comprender claramente los santos de las generaciones pasadas, era que “Dios había provisto algo mejor para nosotros, para que ellos no llegaran a la perfección aparte de nosotros” (Heb. 11:40). De menara que Dios no ve las cosas como no nosotros la vemos. Dios tiene un Plan, y ese Plan dará sus frutos en la mañana de la resurrección, el día final de la gran reunión de todos los creyentes de todas las épocas.

Siglos y siglos después que Dios hiciera las promesas a su siervo Abrahán, aparece una nueva generación de creyentes a quienes se le llama “los herederos de las promesas”, los cristianos (Heb. 6:17). Pero esta generación, abarca a todos los que, bajo la luz desbordante del evangelio de nuestro Señor, entran a formar parte de la nueva comunidad de fe, el nuevo Israel de Dios, compuesto ahora por judíos y gentiles creyentes (Rom. 9:6-8; Gál. 3:28-29). Y por eso, leemos que “Dios interpuso juramento” (v. 17), así tenemos ahora dos cosas inmutable “en los cuales es imposible que Dios mienta” – v. 18). ¿Y por qué hizo el Señor una agenda tan dilatada, tan extensa, ¡tan larga!? Bueno, eso no podemos responderlo porque es imposible comprender los profundos designios de Dios (cf. Rom. 11:33-34). Pero hay algo que resulta claro y que nos ayuda a evitar el desánimo: “Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, al decir: ‘De cierto te bendeciré, y multiplicaré tus descendientes’. Así, habiendo Abrahán esperado con paciencia, alcanzó la promesa […] Por eso, cuando Dios quiso mostrar a los herederos de la promesa, la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento; para que por los [dos] actos inmutables, en los cuales es imposible que Dios mienta [las promesas y el juramento], tengamos un fortísimo consuelo, los que nos hemos refugiado en la esperanza propuesta. Esa esperanza es segura y firme ancla de nuestra vida, que penetra más allá del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Heb. 6:13-20, NRV 2000, las cursivas han sido añadidas). Mientras dure el ministerio de Cristo en el Santuario celestial, tendremos una “esperanza viva”. Su intercesión celestial es nuestra garantía y seguridad.

De manera que, una profecía no tiene que ser de cumplimiento inmediato para que sea de beneficio al pueblo de Dios. Bien puede mediar un prolongado período entre la promulgación y su cumplimiento, y aun así ser “una lámpara que alumbra en un lugar oscuro” guiándonos en nuestro sendero “hasta que el Lucero de la mañana alboreé en nuestros corazones” (2 Ped. 1:19, VRV 1977). Por consiguiente, el argumento del tiempo presentado como objeción contra el método historicista carece de fundamento. Y es que el pueblo de Dios no vive solo en una época particular del tiempo, vive en todas las épocas del tiempo, de manera que la profecía vista como pasado, presente y futuro (historicismo) constituyen un factor esperanzador que alimenta sus esperanza de la vida futura y le provee orientación fidedigna de la “hora” que viven en el tiempo.

El erudito William Johnsson, reconoce que la “propia forma de las visiones” de Apocalipsis, cuando es estudiada cuidadosamente, “nos obliga a entender alguna clase de cumplimiento histórico […]

“En contraste con otros métodos de exposición, el historicismo – aunque algunas veces echado a perder por enfoques diversos [algo que reconoce el Dr. Benware también[35]], sensacionales, especulativos y contradictorios – aparece como el enfoque hermenéutico más válido para los apocalipsis bíblicos. Los marcadores temporales guían al lector como indicadores en un viaje que comienza en el propio tiempo del escritor y termina en el eterno reino de Dios. El sendero que ha tomado el historicismo no desaparece después de unas pisadas (como sugeriría la interpretación histórico-crítica), ni aparece de la nada (como sostendría el futurismo). Más bien, avanza en una línea continua, tortuosa algunas veces, y, según todas las apariencias, hasta con marcha atrás, pero siempre, dirigiéndose hacia el escatón”.[36]

Como se puede apreciar, creo que la escuela historicista (que repito, no tiene nada que ver con la escuela preterista) provee mejores herramientas para la interpretación del libro de Apocalipsis. Y creo que los intérpretes que la desdeñan lo hacen porque pasan por alto ciertos indicadores que están presentes en el texto apocalíptico. Estos “indicadores”, si fueran apreciados, los guiarían a un correcto entendimiento de las profecías.

Ahora quiero exponer brevemente las razones de mis reservas con los métodos preterista y futurista.

Cuando la Reforma protestante hizo su aparición, la denuncia casi unánime de todos los grupos protestantes en los diferentes países era que el Papado constituía el Anticristo predicho por los profetas y apóstoles. Esto, naturalmente motivó a los líderes católicos a contrarrestarlos. El objetivo era encontrar una excusa válida para dichas acusaciones y desvirtuar así la fuerza del dedo acusador de los protestantes. Y en esta área alcanzaron una profunda victoria. Es así como aparecen en el siglo XVI dos jesuitas españoles llamados Francisco Ribera y Luís de Alcázar quienes asumieron el reto de hacerle frente a la interpretación protestante. Crearon entonces, interpretaciones “aparentemente razonables, aunque contrarias a las de la Reforma”. Ribera sostuvo que el Anticristo, lejos de ser un sistema religioso como el Papado, sería un individuo que aparecería en el futuro, “un gobernante impío de Jerusalén que ejecutaría sus designios al fin de los siglos en tres años y medio literales”.[37] Esta interpretación futurista se convertiría en la “interpretación habitual católico-romana en cuanto al Anticristo, y es ahora la más difundida entre los católicos”. Pero esta aplicación de la profecía dejaba un vacío histórico que procuró ser llenado por Alcázar, quien declaró “que prácticamente todas las profecías terminaron con la caída de la nación judía y con la destrucción de la Roma pagana; y que el Anticristo había sido algún emperador romano como Nerón, Domiciano o Diocleciano”. Esta interpretación dio origen a la escuela preterista. “La enunciación de estos dos puntos de vista – futurismo y preterismo – mostraba el espectáculo anómalo de dos explicaciones opuestas y mutuamente excluyentes que surgieron de la misma Iglesia Católica; pero lograron su propósito: confundir la interpretación profética protestante”.[38]

Es bueno saber que por más de 300 años la teología de Francisco Rivera, “ligeramente modificada, pulida y ampliada por otros católicos, no pudo entrar al círculo de los protestante, quienes la veían como una falsificación teológica. No fue sino hasta principios de del siglo XIX cuando […] penetró en el protestantismo”.[39] Ya se comprenderá porque es imposible que la escuela historicista encuentre lugar en las interpretaciones proféticas predominantes de protestantismo de hoy.

Hay quienes, incluso han llegado a decir, después de analizar el desarrollo de la corriente futurista, como el erudito judío Clifford Goldstein, que este método de interpretación “probablemente más que ningún otro factor, ha cambiado la actitud de la mayor parte de los protestantes del siglo XX con respecto a la Iglesia Católica romana”.[40] La ironía de todo esto es que la escuela futurista tuvo su origen ¡en la misma Iglesia Católica!

Este mismo escritor, usando la ilustración de un río, describió el preterismo como un método que solo mira el lugar donde nace el río. El futurismo fue descrito como un método que solo mira el lugar donde el río desemboca. Pero el historicismo es un método que observa el lugar donde se origina el río, el cauce mismo del río y el punto donde desembocan sus corrientes. Por defecto, el historicismo constituye un método mucho más abarcante. Desde mi punto de vista, creo que el preterismo y el futurismo constituyen fragmentaciones del método historicista, ya que este último, analiza el pasado (el origen o punto de partida), el presente (cauce o flujo actual) y el futuro (lugar de desemboque) de los acontecimientos. Solo que los dos primeros métodos de interpretación se concentran en partes separadas que en sí mismas no constituyen el todo, ni pueden arrojar la realidad profética completa. Podemos decir, para finalizar nuestra idea, que el futurismo y el preterismo constituyen métodos “cojos” de interpretación.

Resulta instructivo además saber que la interpretación histórica del libro de Daniel no está relegada a novatos y fanáticos apocalípticos – como han sugerido algunos –, muy por el contrario, “los registros atestiguan que entre los intérpretes de Daniel se han contado muchos de los más conspicuos y respetables eruditos de los siglos. No hay motivo alguno para avergonzarse en cuanto al origen de la interpretación históricamente establecida (entiéndase, historicismo)”.[41]

Conclusión

El estudio del mensaje teológico del NT resulta instructivo para todo investigador sincero. Con toda la cantidad de información disponible, sentimos que lo escrito hasta ahora sobre este particular resulta insuficiente y que queda mucho terreno por recorrer. Personalmente he sido bendecido con el estudio realizado hasta ahora del poderoso mensaje que comporta el NT y creo que nuestros esfuerzos constituyen solo el comienzo de toda una carrera de estudio que no terminará en esta tierra, sino que penetrará en reino inmortal, donde, en la presencia misma de nuestro Señor, continuaremos aprendiendo.

Creo que el Dr. Benware se esforzó por dar una explicación razonable del mensaje del NT y sus implicaciones éticas para nosotros los creyentes (y creo que lo logró), y más allá de las eventuales debilidades de su razonamiento, debo valorar su trabajo como la obra de un académico honesto y sincero que procura exponer la verdad. Lo que falta en su comprensión y experiencia, espero que “eso también os lo revelará Dios” (Fil. 3:15).

Aliento la esperanza que el tiempo que nos separa del fin será suficiente para la vindicación de algunos “problemas” pendiente de solución en el texto sagrado. Y que lo sea no para la satisfacción de nuestra propia satisfacción, sino para la gloria de nuestro Dios y la vindicación aún más completa del mensaje de la Palabra santa.

 

Notas y Referencias:

[1] PNT = Panorama del Nuevo Testamento (Comentario Bíblico Portavoz, 1993). Usaré esta abreviatura por razones de espacio y tiempo.

[2] Por ejemplo, nuestro libro de texto para la material sobre el NT de Thomas D. Lea, El Nuevo Testamento, su trasfondo y su mensaje (Editorial Mundo Hispano, 2000); D.A. Carson y Douglas J. Moo, Una Introducción al Nuevo Testamento, colección teológica contemporánea (Editorial CLIE, 2008); William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento (Editorial CLIE, 1999); Craig S. Keener, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia, el trasfondo cultural de cada versículo del Nuevo Testamento (Editorial Mundo Hispana, 2003).

[3] En la sección Argumentos Teológicos Observados”, haré referencia a este aspecto de su presentación demostrando que con algunas escasas menciones el tema del pacto no fue prominente en la contextualización de su mensaje del NT.

[4] Una obra erudita instructiva sobre el trasfondo cultural del NT es: Craig S. Keener, Comentario del Contexto Cultural de la Biblia, el trasfondo cultural de cada versículo del Nuevo Testamento (Editorial Mundo Hispana, 2003).

[5] Para un estudio más detallado sobre la supuesta influencia de las religiones de misterio de las ideas o fraseologías del mensaje cristiano, véase la obra del erudito Thomas D. Lea, El Nuevo Testamento, su trasfondo y su mensaje (Editorial Mundo Hispano, 2000), pp. 48-50.

[6] El espacio no nos permite analizar las soluciones propuestas por cada una de estas hipótesis, pero una buena exposición de ellas puede ser consultada en el Comentario Bíblico Adventista, tomo V, pp. 171-176. Realmente toda la sección debería ser leída. Los que no tienen acceso fácil a esta fuente, le recomendamos leer el artículo on line. Leer Artículo.

[7] En los escritos del Dr. Benware he decidido mantener la forma de abreviatura las Escrituras que le son características, pero en nuestro propio trabajo seguimos nuestra forma acostumbrada.

[8] Roberto Badenas, Sinopsis de los Evangelios, [Editorial Safeliz, 1981], primera edición, p. 49.

[9] Ibíd.

[10] Ibíd.

[11] Ibíd., p 50.

[12] Ibíd.

[13] El Conflicto de los Siglos, pp. 8, 9

[14] Sinopsis de los Evangelios, [Editorial Safeliz, 1981], primera edición, p. 50.

[15] Benware reconoce que “hay cierto desacuerdo en cuanto al total” (PNT: 82).

[16] Revisé varias obras, algunas ya citadas en la nota de pie de página no. 2. Aquí dejo algunas más como referencia: F. F. Bruce, La Espítola a los Hebreos (Libros Desafíos, 2002), pp. xxxvii – xlii; Simon J. Kistemaker, Hebreos, Comentario al Nuevo Testamento (Libros Desafíos, 1999), pp. 16-19. Biblia de Jerusalén, 1975, Introducción de las Epístolas de San Pablo, p. 1608. En la versión Nacar-Colunga, leemos: “Que el autor de la Ep. a los Hebreos sea Pablo, no admite duda; es, con todo, cierto que a las órdenes del Apóstol, bajo su dirección y responsabilidad, colaboró un redactor cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros” (año 196 1, Epístola a los Hebreos, p. 1432).  “Quedamos, pues, en que la epístola tiene por autor a Pablo, pero a otro, que no sabemos quien sea, por redactor” (año 1974, Epístola a los Hebreos, p. 1427).

[17] Kistemaker, Ibíd. p. 17-18.

[18] Ibíd., pp. xli – xlii.

[19] Citado en F. F. Bruce, Ibíd. p. xlii.

[20] Cabe destacar que este autor se suma a la larga lista de los académicos que desconocen la autoría de Hebreos.

[21] Thomas D. Lea, Ibíd.

[22] Comentario Bíblico Adventista, tomo 7, p. 401. Para leer la nota de introducción completa de este Comentario on line, visite: http://inspiradapordios.wordpress.com/2010/10/15/la-epistola-del-apostol-san-pablo-a-los-hebreos/

[23] Ibíd. Para corroborar esto, véase las obras de F.F. Bruce y Kistemaker citadas en la nota 15.

[24] Ibíd.

[25] Ibíd.

[26] Este argumento tiene cierto fundamento, pues otros eruditos ya lo han considerado, pero no necesariamente como prueba de la paternidad paulina. El mismo Thomas D. Lea nos dirá sobre la forma literaria de Hebreos “que el estilo de oratoria y comentarios como: ‘¿Qué más diré? Me faltaría el tiempo […]’ (11:32), sugieren un sermón o un discurso general. La declaración en 13:22: ‘[…] porque os escrito brevemente, sugiere una carta en el estilo de un sermón […] el autor puede haber usado porciones de sermones o discursos para completar el escrito” (Ibíd., p. 526, los dos primeros corchetes han sido añadidos).

[27] Ibíd. pp. 403-404.

[28] Bruce, Ibíd., p. Xliii.

[29] Lea, Ibíd., p. 521.

[30] Estoy consciente de que esta declaración entra en conflicto directo con la siguiente aseveración: “En la actualidad, prácticamente ningún académico del NT apoya la paternidad literaria de Pablo” (Thomas D. Lea, Ibíd.). Pero, ¿Qué quiere insinuar D. Lea con la expresión “prácticamente ningún académico”? ¿Es que sólo existen académicos en ciertas universidades protestantes? Esta cita revela que muchos académicos necesitan ampliar su abanico de investigación. Esto ayudará a que cuando tomemos varias obras como la que ya he citado en este estudio, no encontremos las mismas ideas recicladas de diferentes maneras.

[31] Thomas D. Lea nos dice que esta declaración paulina “alude a la tradición oral” (p. 115). Bien se ha reconocido que “Pablo nunca pretendió ser el autor del Evangelio que predicaba”.

[32] Para un estudio perspicaz sobre el capítulo 11 de Romanos, sugerimos la lectura de un artículo escrito por el profesor de  Nuevo Testamento, Kim Papaioannou:¿Prevé Romanos 11 la Salvación Final de los Judíos?

[33] Una obra que presenta una descripción y evaluación detallada de estos cuatro métodos de interpretación profética, es: Simón J. Kistemaker, Apocalipsis, comentario al NT (Libro Desafío, 2004), pp.54-58. En esta misma línea, puede consultarse la obra de D. A. Carson y Douglas J. Moo, Una Introducción al Nuevo Testamento, Colección teológica contemporánea (Editorial CLIE, 2008), pp. 641-642. Una obra erudita que expone las ventajas de usar el método historicista en la interpretación del Apocalipsis con abundante detalles, lo constituye, es la siguiente: Teología, fundamentos bíblicos de nuestra fe (APIA, Gema Editora, Asociación Publicadora Interamericana, 2008), p. 67. Sugerimos la lectura de las pp. 41-98, que comprende la sección: La Apocalíptica Bíblica.

[34] Debería seguir la comparación de los pies de hierro mesclado con barro como símbolos correspondiente con los diez cuernos de la bestia indescriptible, pero aquí los intérpretes varía mucho. Personalmente creo que se corresponden sin ninguna ambigüedad.

[35] Ver PNT: 277.

[36] William Johnsson, Teología, fundamentos bíblicos de nuestra fe (APIA, gema Editora, Asociación Publicadora Interamericana, 2008), p. 67. Para un estudio erudito que analiza el cumplimiento de las profecías en la historia, véase las obras del erudito Antolín Diestre Gil, El Sentido de la Historia y la Palabra Profética (Editorial CLIE, 1995), tomo I y II.

[37] Francisco Rivera fue quien escribió el primer libro sobre futurismo en el año 1580. En esta obra enseña que el Anticristo no era un sistema, dinastía o poder “semejante al papado, sino un individuo que se levantaría al final del tiempo y originaría una época de tres años y medio de tribulación para los judíos en Palestina […] El escritor católico G. S. Hitchcock dijo: ‘La escuela futurista, fundada por el jesuita Rivera en 1591, espera en lo futuro la aparición del Anticristo, Babilonia, y la reedificación del templo de Jerusalén al final de la dispersión cristiana” (Clifford Goldstein, Manos Sobre el Abismo [Publicaciones Interamericana, 1982],  p. 21).

[38] Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, p. 45.

[39] Goldstein, Ibíd.

[40] Ibíd., p. 21. Para un estudio

[41] Comentario Bíblico Adventista, tomo IV, pp. 42.

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