Los Idiomas, los Manuscritos y el Canon del Antiguo Testamento

I. El idioma hebreo antiguo

El nombre: La mayor parte del Antiguo Testamento se escribió en hebreo, generalmente llamado hebreo antiguo para distinguirlo del hebreo mishnaico y del moderno.  El hebreo mishnaico corresponde con la era cristiana.  Es un idioma restaurado artificialmente, usado por los rabinos en sus obras eruditas y que ahora se emplea como idioma oficial del Estado de Israel.  La expresión idioma “hebreo” que se encuentra por primera vez en el prólogo del libro apócrifo del Eclesiástico (escrito en el año 132 AC), también es usada por el historiador judío Josefo en el siglo I de la era cristiana y aparece posteriormente en los escritos rabínicos.  La expresión “lengua hebrea”, empleada por Lucas en Hech. 21: 40 y 26: 14, se refiere al arameo y no al hebreo.  El arameo era el idioma común hablado en los tiempos del Nuevo Testamento.

Las expresiones bíblicas usadas para el idioma hablado por los israelitas del Antiguo Testamento son “lengua de Canaán” (Isa. 19: 18), o “lengua de Judá” (2 Rey.  18: 26, 28), o “judaico” (Neh. 13: 24).

Características del hebreo

El hebreo es una rama de la gran familia de antiguos idiomas semíticos que se hablaban en Mesopotamia, Siria, Palestina y Arabia.  Está muy estrechamente relacionado con los idiomas hablados por los antiguos cananeos, fenicios y sirios, y es casi idéntico a los de los moabitas, edomitas y amonitas.  El idioma hablado por los naturales de Canaán apenas si se diferenciaba del hebreo bíblico.

Una característica interesante que el hebreo comparte con todos los idiomas semíticos es que la mayoría de sus palabras básicas contienen tres consonantes. (El hebreo escrito de los tiempos bíblicos consistía sólo en consonantes.) Las vocales se añadieron cuando el hebreo ya se había convertido en lengua muerta, varios siglos después de Cristo, en un esfuerzo para preservar el conocimiento de cómo se había hablado el idioma.  Esas vocales, conocidas como puntos vocálicos, eran puntos y signos añadidos sobre las letras consonantes, debajo y en el centro de las mismas. Las variaciones en las formas verbales son producidas generalmente por un cambio en la vocalización, es decir en el sonido de las vocales.  Por ejemplo, en español el tiempo presente del verbo cantar, canto, se puede transformar en el pasado canté y en el imperativo canta, meramente por el cambio de la vocalización.  El verbo escribir en hebreo, contiene tres consonantes: k-t-b.  Los ejemplos que siguen mostrarán cómo se generan diversas formas verbales mediante el uso de vocales, sin necesidad de alterar las tres consonantes básicas:

katab, (él) ha escrito

ketob, ¡escribe! (imperativo)

koteb, escribiendo

katub, está escrito

katob, escribir.

En la mayoría de los casos, los pronombres personales se añaden al verbo como prefijos o sufijos.  Así la forma “he escrito”, katab-ti, consiste en la raíz básica katab y la terminación -ti, que representa el pronombre; y “escribiré”,’e-ktob, en el prefijo ‘e- y la raíz ktob.  Estas formas gramaticales cortas son la razón para que las oraciones hebreas sean breves, compactas y expresivas.  Por ejemplo, el séptimo mandamiento, “No cometerás adulterio” (Exo. 20: 14), consiste en tres palabras en castellano, pero sólo dos en hebreo: lo’ tin’af.  Esta brevedad de las expresiones en hebreo se advierte especialmente en las partes poéticas del Antiguo Testamento.  En la mayoría de los casos, el texto hebreo emplea la mitad de las palabras usadas en la traducción inglesa.  Por ejemplo, el famoso salmo 23 tiene 57 palabras en la Biblia hebrea, pero tiene 103 en español (versión Valera revisada) y 122 en inglés (versión King James); Job 30: 22 tiene sólo seis palabras en hebreo, pero tiene 14 en la versión en español y 18 en inglés.

La estructura de la oración hebrea es muy simple.  Generalmente las oraciones son cortas y están relacionadas entre sí por la conjunción “y”, que también puede traducirse “así”, “pero”, “aun”, “entonces”.  Un ejemplo característico de un gran número de oraciones cortas está en Gén. 12, donde la palabra “y” se halla 28 veces en los primeros 9 versículos de la versión de Valera revisada y 29 veces en la versión inglesa.  En el texto hebreo respectivo, la palabra “y” aparece 32 veces.  La diferencia se debe a que los traductores vertieron la palabra varias veces mediante palabras equivalentes.

Otra característica del idioma hebreo es la falta de ciertas formas gramaticales.  No tiene vocablos compuestos, con excepción de los nombres propios, y una palabra como “terrateniente” sólo se puede expresar por la forma genitiva “tenedor de la tierra”.  El idioma hebreo también es pobre en adjetivos y casi no tiene adverbios, lo cual era un inconveniente para los escritores antiguos cuando expresaban pensamientos abstractos.

El idioma hebreo tiene en común con otros idiomas semíticos, una cantidad de sonidos que no existen en las lenguas indoeuropeas.  Tiene dos sonidos de h [aspirada] los que se representan con dos caracteres, generalmente transliterados como h y j. También tiene varios sonidos derivados de s, como s, z, sh, (ts) y s (s suave).  Los dos sonidos hebreos ‘alef (transliterado ‘) y ‘ayin (transliterado ‘) no tienen equivalentes en español ni en inglés.  El idioma hebreo originalmente tenía otros sonidos más que posiblemente fueron abandonados antes de la invención de la escritura alfabética hebrea. Uno de ellos era un segundo ‘ayin, llamado ghayin, que todavía existe en árabe.  La existencia de este último sonido en hebreo se puede reconocer porque los nombres “Gaza” y “Gomorra” comienzan ambos con la misma consonante ‘ayin, como también el nombre de Elí, el sumo sacerdote. Sólo mediante las antiguas traducciones de la Biblia (la Septuaginta griega y la Vulgata latina) sabemos que el nombre de la ciudad condenada donde vivió Lot se pronunciaba “Gomorra” y no “Omorra”, y que el nombre del sumo sacerdote del tiempo de Samuel era “Elí” y no “Guelí”.

La inflexión verbal hebrea expresa sólo acción en términos de ser ésta completa o incompleta, nunca en el sentido de presente, pasado o futuro, como los verbos en español.  El tiempo es tácito y no explícito. Los verbos que denotan una acción completa, comúnmente llamada “perfecta”, se traducen generalmente con el tiempo pasado, al paso que los que denotan una acción incompleta se dice que corresponden con el “imperfecto” y usualmente se traducen como si fueran futuros.  En términos generales, este proceder puede ser comparativamente exacto, pero a veces es completamente engañoso. Para determinar si la acción señalada por el verbo ocurrió realmente cuando se escribía o hablaba, o antes o después de ese tiempo, es necesario descubrir con ayuda del contexto el punto de vista del escritor. Además el autor podía cambiar su enfoque temporal dentro de un mismo pasaje, yendo al futuro o al pasado, sin anunciarlo.  De modo que si su enfoque está en el futuro lejano, puede tratar otros acontecimientos futuros como si estuvieran en el pasado. Pero en la declaración siguiente puede volver al tiempo pasado y describir acontecimientos pasados o presentes como si estuvieran en el futuro.  Como para complicar más el asunto, la construcción con vau consecutiva, que conecta las partes que componen una narración, algo así como lo hace nuestro sistema de dividir en párrafos, con frecuencia requiere que un “imperfecto” se entienda como “perfecto” y viceversa.

Cuando se hicieron las primeras traducciones de la Biblia al inglés, se entendía imperfectamente esta peculiaridad de los verbos hebreos, lo que resultó en frecuentes diferencias entre el inglés y el hebreo.  En términos generales, las traducciones más recientes tienden a reflejar el elemento temporal de los verbos hebreos más exactamente que las traducciones previas.  Por otro lado, las traducciones modernas quizá no siempre representen el verdadero punto de vista temporal del escritor.  Esto se debe a que con frecuencia una decisión en cuanto al enfoque del autor, particularmente en la predicción profético, depende del concepto de la inspiración que tenga el lector.  El que cree en el don de profecía, da por sentado que el profeta proyecta su mente hacia el futuro, con frecuencia el futuro remoto.  Pero el que niega el valor productivo de la profecía, dirá que el profeta sencillamente está describiendo sucesos pasados.  Por lo dicho es obvio que, a fin de determinar con cierto grado de exactitud el elemento temporal preciso en una declaración profético dada, el lector debe: (1) tener un concepto válido de la inspiración; (2) descubrir el enfoque temporal del autor en términos del concepto que el propio lector tiene acerca de la inspiración; (3) interpretar los tiempos de los verbos en armonía con los requisitos de la gramática hebrea y con el enfoque temporal del autor.

Un ejemplo de este problema se presenta en la última parte del libro de Isaías -a la que comúnmente la alta crítica llama “Déutero-Isaías”- pues supone la existencia de un segundo escritor anónimo como su autor.  En parte considerando que Isaías habla de los sufrimientos de los judíos durante el cautiverio en Babilonia como si estuvieran en el pasado (Isa. 40: 1,2, etc.), esos críticos concluyen que los caps. 40 a 66 fueron escritos por otro autor, o autores, después del cautiverio.  Sin embargo, el hecho de que las formas verbales denoten acción completada, no implica necesariamente, ni mucho menos, que los sucesos descritos allí ya habían ocurrido en el tiempo cuando escribió el profeta.  Evidentemente, a Isaías se le habían mostrado el cautiverio y la restauración mediante inspiración profético, y habiendo ya visto esos sucesos, habló de ellos como si hubieran estado en el pasado.

En Isa. 53 se encuentra otro ejemplo de la forma en que la mente del profeta se proyecta hacia el futuro.  En el hebreo de los vers. 1 a 9 (y así también en la Biblia de Jerusalén o BJ), Isaías proyecta su mente hacia el futuro profético y habla de los sufrimientos de Cristo como si estuvieran en el pasado.  Pero en el vers. 10 su enfoque temporal vuelve a sus propios días, y continúa describiendo los mismos sucesos como si estuvieran en el futuro.  Una comparación de las diferencias en el elemento temporal de los verbos de Isa. 53 -como se traducen en la VVR y en la BJ- hace resaltar el problema de la traducción de los “tiempos” de los verbos hebreos.

Diferencias lingüísticas

También se pueden observar leves diferencias dialectales entre los diversos escritores de la Biblia.  La existencia de tales diferencias entre las diversas tribus de Israel era bien conocida en los tiempos bíblicos.  Esto se sabe por el relato de los efraimitas que no podían articular el sonido consonántico sh.  Por eso pronunciaban “Shibolet” como “Sibolet” (Juec. 12: 5, 6).

Sin embargo, en su conjunto el hebreo del Antiguo Testamento muestra gran uniformidad.  Son muy pequeñas las diferencias lingüísticas entre los primeros escritores y los posteriores. Este hecho ha sido explicado por los eruditos de la alta crítica como una evidencia de que todos los libros del Antiguo Testamento fueron escritos en un período comparativamente corto.  Sin embargo, es más razonable deducir que el hebreo en tiempos remotos se había fijado como idioma literario.  Es decir, experimentó sólo leves cambios con el correr de los siglos cuando se escribieron los libros del Antiguo Testamento.

Con todo, hay señaladas diferencias entre la prosa y la poesía del Antiguo Testamento.  A esta última pertenecen no sólo los Salmos y Job sino también muchas partes de los libros proféticos, como Isaías. La poesía hebrea difiere de la prosa por su uso de un vocabulario poético y de paralelismos.  Los lectores de la versión Reina-Valera -antes de la revisión del 60- no siempre advertían ese paralelismo puesto que esa versión estaba impresa como si toda la Biblia hubiera estado escrita en prosa.  Pero si uno abre una traducción moderna, como la Biblia de Jerusalén, inmediatamente advierte el paralelismo, porque las secciones poéticas del Antiguo Testamento están impresas como poesía.  Esto se puede apreciar en el siguiente ejemplo tomado de los Salmos:

“Escucha mi ley, oh pueblo mío, 

tiende tu oído a las palabras de mi boca; 

voy a abrir mi boca en parábolas, 

a evocar los misterios del pasado. 

Lo que hemos oído y que sabemos, 

lo que nuestros padres nos contaron, 

no se lo callaremos a sus hijos, 

a la futura generación lo contaremos. 

Las laudes de Yahvéh y su poderío, 

las maravillas que hizo” (Sal. 78: 1-4, BJ). 

Los libros poéticos abundan en sinónimos, los que casi constituyen un vocabulario poético especial del hebreo antiguo. Job 4: 10, 11 puede servir como una ilustración de esto.  En estos dos versículos se encuentran cinco términos diferentes para “león”, que por falta de un equivalente mejor se han traducido en la VVR con términos tan prosaicos como “león”, “rugiente”, “leoncillos”, “león viejo” y “leona”.  Se puede entender fácilmente que la riqueza de expresiones en los libros poéticos del Antiguo Testamento haya sido con frecuencia un motivo de desesperación para el novicio en hebreo.

Puesto que el hebreo antiguo ha sido una lengua muerta por muchos siglos, pocas personas lo aprenden como para que puedan usarlo tan fluidamente como un idioma moderno.  Sin embargo, los que se empeñan en dominar completamente el hebreo antiguo, descubren en él inesperadas bellezas.  El idioma hebreo, debido a su fuerza, a su intensidad de expresión y a su belleza, es un medio incomparable como vehículo de la poesía religiosa.

La Reforma revivió el estudio del idioma hebreo

Los cristianos, durante muchos siglos, no tuvieron interés en el Antiguo Testamento en hebreo, ni hicieron muchas tentativas para dominar ese idioma.  Sólo dos de los padres de la iglesia, Orígenes y Jerónimo, se empeñaron en aprender hebreo.  Desde la era apostólica hasta la Reforma protestante, los eruditos judíos fueron casi los únicos guardianes del idioma arcaico en que se escribió el Antiguo Testamento.

Siendo los reformadores vehementes estudiosos de la Palabra de Dios, auspiciaron y produjeron nuevas traducciones de la Biblia.  Sin embargo, insistían en que cada traducción debía basarse en los idiomas originales y no en una traducción previa, ya fuera del griego o del latín.  Como esto requería un profundo conocimiento del hebreo de parte de los traductores y eruditos protestantes, la Reforma dio un gran impulso a los estudios hebreos.  Por ejemplo, en los siglos XVI y XVII, los eruditos cristianos publicaron 152 gramáticas hebreas; en cambio los eruditos judíos publicaron únicamente 18.

Durante los últimos cien años se han descubierto numerosas inscripciones hebreas, cananeas y en otros idiomas semíticos antiguos.  Su contenido ha iluminado muchos pasajes del Antiguo Testamento, ha esclarecido incontables expresiones hebreas oscuras y ha proporcionado ejemplos que han ayudado a comprender mejor la gramática del idioma del Antiguo Testamento.

Con todo, debiera afirmarse que el conocimiento del hebreo antiguo de ninguna manera garantiza una comprensión correcta de las Sagradas Escrituras. Algunos de los mayores hebraístas de las últimas décadas han sido los críticos más destructores de la Biblia; en cambio, numerosos hombres y mujeres de Dios han explicado con solidez y vigor las páginas sagradas del Antiguo Testamento, sin saber hebreo, y han conducido a la gente al conocimiento de la verdad. Por supuesto, para el ministro de la Palabra el conocimiento del hebreo es deseable y útil.  Sin embargo, las traducciones modernas generalmente están bien hechas y transmiten con bastante exactitud los pensamientos de los escritos originales.  De ahí que el mejor expositor de las Escrituras no es necesariamente el hebraísta erudito, sino el hombre que tiene la medida mayor del Espíritu Santo, mediante el cual escudriña “lo profundo de Dios” (1 Cor. 2: 10).

II. El arameo bíblico

Unos pocos capítulos de los libros de Esdras (caps. 4: 8 a 6: 18; 7: 12-26) y Daniel (caps. 2: 4 a 7: 28), un versículo de Jeremías (cap. 10: 11) y una palabra en el Génesis (cap. 31: 47) no fueron escritos en hebreo antiguo sino en arameo.  El arameo se parece al hebreo más o menos en la misma forma como el castellano se parece al portugués.  Con todo, las diferencias entre el arameo y el hebreo no son dialectales, y se consideran como dos idiomas separados.

La diseminación del arameo

Mesopotamia fue el hogar original del arameo. Algunas tribus arameas, los caldeos, vivían en el sur de Babilonia, en la comarca de Ur; otras moraban en la alta Mesopotamia, entre el río Quebar (Khabur) y el gran codo del Eufrates, con Harán como su centro.  El hecho de que los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob estuvieran relacionados con Harán, probablemente explica la declaración hecha por Moisés de que Jacob era “arameo” (Deut. 26: 5).  Desde su cuna en el norte de Mesopotamia, el arameo se esparció hacia el sur por toda Siria.  Cuando las ciudades-estados de Siria, cuya población hablaba arameo, fueron destruidas por los asirios, en el siglo VIII AC, sus pobladores fueron trasplantados a diferentes partes del imperio asirio.  Esto originó una gran difusión del arameo que era mucho más simple para aprender que la mayoría de los otros idiomas del antiguo Cercano Oriente.  Finalmente, el arameo se convirtió en la lengua común, el idioma internacional, del mundo civilizado, y llegó a ser primero el idioma oficial del imperio neobabilonio y luego del imperio persa.

Las secciones arameas de la Biblia

El hecho de que el arameo hubiera llegado a ser un idioma internacional bajo los babilonios y persas, fue la razón para que algunas partes de la Biblia se escribieran en arameo.  Magistrados que vivían bajo los babilonios que hablaban arameo -como Daniel- o los que trabajaban para los persas -como Esdras- eran hombres que empleaban el arameo verbalmente y por escrito con tanta fluidez como su hebreo materno.  El libro de Daniel refleja claramente la capacidad bilingüe de su autor. Al consignar la experiencia de Daniel relacionada con el sueño de Nabucodonosor, él comenzó su narración en hebreo, pero cuando llegó al lugar donde presentó el discurso de los sabios, que hablaban “lengua aramea” (Dan. 2: 4), pasó -quizá inconscientemente- al idioma de esos hombres y continuó escribiendo en él durante varios capítulos antes de volver a su hebreo materno.

Hubo un tiempo cuando la existencia de las porciones arameas en los libros de Daniel y Esdras se tomaba como una prueba de que habían sido escritos en una fecha muy posterior.  Sin embargo, desde el hallazgo de numerosos documentos arameos de las épocas de Daniel y de Esdras, en numerosos lugares del antiguo Cercano Oriente, se puede mostrar que no tiene nada de extraño que esos hombres insertaran en sus libros documentos arameos -como lo hizo Esdras- o relataran sucesos históricos en arameo como lo hicieron tanto Daniel como Esdras.

El arameo, idioma de Cristo

Como resultado del cautiverio babilónico, los judíos adoptaron el arameo en lugar del hebreo durante los últimos siglos de la era precristiana. Por el tiempo de Cristo, el arameo había llegado a ser la lengua materna de la población de Palestina.  Una cantidad de expresiones arameas en el Nuevo Testamento muestran claramente que ése era el idioma de Jesús.  “Talita cumi” (Mar. 5: 41), “efata” (Mar. 7: 34) y “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?” (Mar. 15: 34) son algunas de las expresiones arameas de Cristo.

Todavía se leía la Biblia en hebreo en los servicios de la sinagoga en el tiempo de Cristo, pero muchas personas, especialmente las mujeres, no podían entenderlo.  Por lo tanto, se había hecho costumbre que los lectores de la sinagoga tradujeran al arameo pasajes de las Escrituras.  Posteriormente se hicieron traducciones escritas del Antiguo Testamento en arameo: los llamados targumin.  El hebreo se había convertido en una lengua muerta en los tiempos precristianos, y ha experimentado reavivamientos sólo artificiales; pero el arameo continuamente se ha mantenido como una lengua viva hasta hoy, y todavía se usa en ciertas partes del Cercano Oriente donde es conocido como siriaco.

III.  Manuscritos del Antiguo Testamento

Antiguo material de escritura

Los antiguos usaban diferentes clases de materiales de escritura, tales como arcilla, tablillas de madera, pedacitos de piedra caliza o fragmentos de alfarería, cueros curtidos de animales, o papiros.  El último material mencionado, precursor de nuestro papel moderno, se hacía de la planta del papiro que crece en pantanos.  Para los documentos más largos, probablemente éste fue el material de escritura más antiguo usado en Egipto.  Puesto que los primeros libros de la Biblia han sido escritos en rollos de papiro, corresponde dar una explicación de este material de escritura.

El tallo de la planta de papiro se cortaba en tiras angostas, de unos 22 a 25 cm de  largo.  Las tiras eran colocadas a lo largo, lado a lado, y una segunda capa era pegada transversalmente sobre ella mediante presión.  Las hojas que así se producían eran martilladas y frotadas con piedra pómez para que quedara una superficie pareja y lisa.  Las hojas, que generalmente no medían más de unos 65 cm2, eran pegadas en forma de rollos que no medían más de unos 10 m, aunque se conocen rollos mucho más largos; el famoso papiro Harris, del Museo Británico, tiene unos 50 m de largo.  Generalmente se escribía sólo sobre la capa horizontal (anverso), pero ocasionalmente también sobre la capa vertical (reverso).

Los papiros escritos más antiguos conocidos proceden de la quinta dinastía egipcia, que ha sido ubicada en la mitad del tercer milenio antes de Cristo.  Egipto era un país que producía mucho papiro y exportaba grandes cantidades de este material de escritura.  Puesto que Moisés, el autor de los primeros libros de la Biblia, había recibido su educación en Egipto y escribió en las proximidades de Egipto, es posible que los primeros libros de la Biblia fueran escritos en rollos de papiro.

Por Jeremías sabemos que los documentos eran guardados en vasijas (cap. 32: 14), declaración que ha sido corroborada por muchos documentos antiguos hallados en vasijas durante las excavaciones de ciudades de antaño.

Mediante evidencia documental se sabe que del siglo XV en adelante se usaban rollos de cuero en Egipto.  Los manuscritos de cuero más antiguos proceden del siglo V AC.  Se usaban rollos de cuero en los casos cuando se necesitaba un material de escritura más durable.  De ahí que sean de cuero los Rollos del Mar Muerto, que pronto consideraremos, y que posiblemente provienen de la biblioteca de una sinagoga.

La vitela (o pergamino fino), se preparaba con pieles de animales jóvenes -ganado vacuno, cabras, ovejas o venados- trabajadas y pulidas con mucho esmero.  No se empleó mucho hasta el siglo II AC.  Era el más caro de los materiales de escritura y se usaba sólo para los manuscritos muy valiosos -como los manuscritos de la Biblia de la iglesia cristiana del siglo IV, la que para ese tiempo disfrutaba de honores y riquezas.

Las plumas para escribir en los papiros eran de cañas golpeadas hasta convertirlas en pinceles finos; pero se usaban plumas de punta aguzada para escribir en cuero.  La mayor parte de la tinta empleada por los escribas antiguos era hecha de hollín con una solución de goma; pero las muestras de tinta que se han hallado, que datan hasta del siglo VI AC, contienen algo de hierro, el que probablemente provenía de agallas de roble.

Los Manuscritos del Mar Muerto

Antes de 1947, el manuscrito de la Biblia hebrea más antiguo conocido era un fragmento de hoja de papiro que contiene el Decálogo y las palabras de Deut. 6: 4, 5. Este documento, llamado el “Papiro Nash”, proviene aproximadamente del año 100 AC, y fue hasta 1947 unos mil años más antiguo que cualquier otro manuscrito conocido de la Biblia hebrea.

En 1947 se efectuó el mayor descubrimiento de manuscritos bíblicos de los tiempos modernos, cuando algunos beduinos hallaron varios rollos de cuero y fragmentos en una cueva cerca de la orilla noroeste del mar Muerto. Puesto que nunca antes se habían encontrado rollos tales, sus propietarios árabes tuvieron algunas dificultades para venderlos.  Los compradores temían que pudieran ser falsificaciones. Sin embargo, finalmente una parte de los rollos llegó a manos del Prof.  E. L. Sukenik de la Universidad Hebrea y una parte quedó en posesión del monasterio sirio de Jerusalén.  El Dr. John C. Trever, que entonces era director interino de la Escuela Norteamericana de Investigaciones Orientales de Jerusalén, fue el primer erudito que reconoció su antigüedad, y llamó la atención de los expertos norteamericanos para que estudiaran los rollos.  En la primavera de 1948, cuando las primeras noticias de su descubrimiento llegaron al mundo occidental, los Manuscritos del Mar Muerto inflamaron la imaginación de cristianos y judíos por igual, en una forma como no lo había logrado ningún otro descubrimiento arqueológico desde los días del descubrimiento de la tumba inviolada del rey Tutankamón en Egipto, unos 25 años antes.  Se inició una activa búsqueda para encontrar nuevos rollos cuando se comprendió que el clima seco del desierto de Judea había preservado materiales antiguos perecederos, tales como rollos de piel, los que se habrían desintegrado ya hace mucho en otros lugares de la Tierra Santa debido a los inviernos húmedos.  No tardaron en descubrirse nuevas cavernas que contenían rollos y miles de fragmentos de rollos.  En la zona de Qumran, donde se descubrió la primera caverna, posteriormente algunos beduinos y arqueólogos encontraron otras once cavernas que contenían manuscritos.  Este material, ha sido denominado Rollos de Qumran, pero la expresión “Manuscritos del Mar Muerto” incluye, además, los que proceden de otras zonas del desierto de Judea, cerca del mar Muerto.  Parte de este material se encontró en el Wadi Murabba’at, en el sureste de Belén, otra parte se descubrió en el Wadi Hever, y otra parte procedió de las excavaciones de las ruinas de la fortaleza judía de Massada, destruida por los romanos en el año 73 DC.

Khirbet Qumran, unas ruinas ubicadas en las proximidades de la primera caverna, yacen cerca de la desembocadura del Wadi Qumran, que entra en el mar Muerto a unos trece kilómetros al sur de Jericó. Cuando se excavaron esas ruinas, se descubrió que había existido allí la parte principal de una comunidad constituida por una secta judía sumamente estricta, probablemente los esenios.  Las excavaciones arrojaron mucha luz acerca de la vida de la secta, cuyos miembros habían sido los propietarios de los rollos encontrados en el vecindario.  En esta especie de monasterio los miembros de la secta trabajaban, comían, llevaban a cabo sus rituales religiosos y adoraban juntos a su Dios, aunque vivían en las cavernas circundantes. Los edificios de Qumran fueron destruidos en la primera guerra entre los judíos y los romanos (años 66-76 DC). Probablemente los miembros de esa secta perecieron en esos años, porque a partir de entonces el grupo desapareció. Al parecer muchos de los rollos fueron ocultados en las cavernas ante la amenaza de destrucción. Los dueños nunca regresaron en busca de ese material. Los manuscritos encontrados son de naturaleza variada.  En la primera caverna se encontró una copia completa y otra incompleta del libro de Isaías, una parte de un comentario sobre Habacuc y fragmentos del Génesis, Deuteronomio,  Jueces y Daniel – todos escritos en el estilo de la escritura hebrea utilizada después del exilio en Babilonia – y fragmentos del Levítico en escritura preexílica.  En otras cavernas se encontraron grandes porciones de los Salmos, Samuel y Levítico.  Con el tiempo se descubrieron en estas cavernas fragmentos de todos los libros del Antiguo Testamento, con excepción de Ester. Otros libros hebreos representados por los rollos y fragmentos son obras apócrifas y seudoepigráficas que ya se conocían, libros de naturaleza sectaria desconocidos hasta entonces y algunas obras de carácter secular. La escritura usada en estas obras es consonántica, puesto que en esa época los hebreos todavía no usaban las vocales.

El estudio de estos rollos ha originado una nueva rama de las ciencias bíblicas.  Aún hoy, cerca de tres décadas después del descubrimiento de la primera caverna de Qumran, ni siquiera se ha publicado la mitad de los manuscritos descubiertos.  Sin embargo los artículos y libros que tratan de los rollos del Mar Muerto se cuentan por miles, y la bibliografía correspondiente al material que se ha publicado ya constituye varios volúmenes.  Una revista erudita, la Revue de Qumran, se dedica exclusivamente al estudio de estos rollos.  Esto constituye una muestra del interés que los eruditos y especialistas en los asuntos bíblicos tienen en los rollos del Mar Muerto.

Durante los primeros años después de su descubrimiento, los eruditos entablaron una acalorada batalla en torno a su autenticidad y a su edad; pero ya hace mucho que se han silenciado las voces de la duda, Cuando los arqueólogos profesionales encontraron en sus exploraciones y excavaciones la misma clase de rollos descubiertos anteriormente por los beduinos, se tornó sumamente claro, aun para los incrédulos más recalcitrantes, que los rollos del Mar Muerto no eran un producto de falsificaciones modernas o medievales, sino auténticos manuscritos antiguos.

Se acepta en general que los Manuscritos del Mar Muerto fueron escritos durante un período comprendido entre el siglo III AC y el siglo I D.C.  Los manuscritos encontrados en otras zonas ya mencionadas proceden cae los siglos I y II D.C.  Estos descubrimientos han puesto a nuestra disposición manuscritos bíblicos que tienen una antigüedad de mil años más que los textos bíblicos hebreos conocidos antes del descubrimiento de esos rollos.  Esto reviste una gran importancia porque nos ha proporcionado muestras de todos los libros del Antiguo Testamento, menos uno, en la forma como existían durante la época del ministerio de Cristo.  En otras palabras, ahora sabemos cómo era la Biblia de los tiempos de Cristo.  Hemos descubierto que su texto contiene tan sólo escasas diferencias con el texto que nuestros traductores modernos han utilizado.  Aunque los Manuscritos del Mar Muerto contienen numerosas variantes lingüísticas, tales como variaciones en la ortografía o en formas gramaticales, estas diferencias son tan insignificantes que difícilmente se aprecian en las distintas traducciones hechas de esos rollos si se compara su texto con el de traducciones hechas a partir de otras fuentes.  En esta forma los rollos dan un testimonio elocuente de la fiel transmisión del texto de la Biblia hebrea a lo largo de los siglos cuando la Biblia se copiaba a mano.  El descubrimiento de los Manuscritos del Mar Muerto nos ha proporcionado una prueba de que en el Antiguo Testamento todavía poseemos la Biblia de Jesucristo en la misma forma que él conocía y que recomendó.

La obra de los masoretas

Los eruditos judíos de los primeros cinco siglos de la era cristiana completaron la tarea de dividir el texto de la Biblia en párrafos, grandes y pequeños, tal como se encuentran todavía hoy en los textos de la Biblia hebrea.  Estas divisiones no se debieran confundir con los capítulos y versículos que se encuentran en nuestro Antiguo Testamento en castellano, que son de un origen posterior.  Los rabinos judíos también introdujeron una cantidad de marcas diacríticas para señalar la ubicación de pasajes difíciles que se explicaban en sus escritos.  Puesto que no existen manuscritos de la Biblia escritos durante este período, nuestra información acerca de la obra de estos eruditos judíos en lo que atañe a la Biblia hebrea procede del Talmud.

Aproximadamente desde el año 500 D.C., los eruditos judíos que perpetuaron la tradición concerniente al texto del Antiguo Testamento han sido llamados masoretas, de Masora, el término técnico hebreo para la “tradición remota en cuanto a la forma correcta del texto de las Escrituras”.  Estos hombres se esforzaron por asegurar la transmisión exacta del texto a las generaciones futuras y consignaron los resultados de sus labores en monografías y en anotaciones hechas a la Biblia.

Puesto que el hebreo había sido una lengua muerta durante siglos –reemplazada completamente por el arameo como lengua viva – existía el peligro de que su pronunciación se perdiera enteramente con el correr del tiempo.  Por esa razón los masoretas inventaron un sistema de signos vocálicos que se añadieron a las consonantes hebreas.  Así se simplificó la lectura de la Biblia hebrea y se garantizó la conservación de la pronunciación que existía entonces.  Sin embargo, no debiera pasarse por 39 alto que la pronunciación conocida a través del texto común de la Biblia hebrea es la de los masoretas del siglo VII de la era cristiana que, como lo sabemos ahora, varía algo de la del período del Antiguo Testamento.

Los masoretas también inventaron dos complicados sistemas de acentos, uno para los libros en prosa y otro para los Salmos y Job.  Los acentos consisten en muchos signos diferentes añadidos al texto con el propósito de indicar los diversos matices de pronunciación y énfasis.

Cada vez que los masoretas creyeron que algo debía leerse en forma diferente de la que estaba escrita en el texto, colocaron en el margen los cambios sugeridos, pero no cambiaron el texto mismo. Un ejemplo es la lectura del nombre de Dios -que consiste en las cuatro consonantes hebreas YHWH (llamado el tetragrámaton)- que probablemente se pronunciaba Yahwéh en la antigüedad. Pero durante siglos lo judíos piadosos, temiendo profanar el nombre santo, no lo habían pronunciado. En cambio, cuando llegaban a la palabra YHWH, decían ‘Adonai: Señor.  Los masoretas fieles a su principio de no cambiar las Escrituras, dejaron las cuatro consonantes hebreas YHWH cada vez que las encontraron, pero les añadieron las vocales de la palabra ‘Adonai.  Por lo tanto, cada lector judío experto al llegar a esta palabra, leía ‘Adonai, aunque sólo estaban las vocales de la palabra ‘adonai añadidas a las consonantes YHWH.  Puesto que los cristianos de la primera época de la Reforma no conocían la práctica explicada, se limitaron a transliterar como Jehová el divino nombre de Dios.

Los masoretas establecieron, además, reglas detalladas y exactas que debían aplicarse en la producción de nuevas copias de la Biblia.  Nada se dejó a la decisión de lo escribas, ni el largo de las líneas y columnas, ni el color de la tinta a emplearse. Se contaban las palabras de cada libro y se fijaba la palabra que quedaba a la mitad a fin de poder comprobar la exactitud de las nuevas copias. Al final de cada libro se añadía una nota que daba la cantidad total de palabras contenida en el libro, que decía cuál era la palabra que estaba en la mitad y que además daba otras informaciones estadísticas.

Manuscritos existentes del texto masorético

Con la excepción de los rollos Mar Muerto, todos nuestros manuscritos más antiguos de la Biblia hebrea son de la parte final del período masorético. Probablemente el más antiguo es una copia Pentateuco, del siglo IX, que está en el Museo Británico.  Sin embargo, la fecha no es completamente segura puesto que se la ha establecido a base del estilo de su escritura. El manuscrito de la Biblia hebrea conceptuado como más antiguo es una copia de los “profetas posteriores”; está en Leningrado y fue escrito en 916 DC. Otras copias famosas de la Biblia hebrea son el Códice Laudiano de Oxford, del siglo X, contiene casi todo el Antiguo Testamento, y el Códice Ben Aser de Alepo, también  del siglo X, el que lamentablemente fue dañado durante un motín antijudío en 1948.

Otros manuscritos antiguos de la Biblia hebrea fueron encontrados en una sinagoga del Cairo, donde habían escapado a la destrucción. La mayor parte de ellos están ahora en colecciones rusas y en la biblioteca de la Universidad de Cambridge, Inglaterra.  La razón de la escasez de antiguos manuscritos de la Biblia hebrea es una ley judía que prohibe el uso de Biblias desgastadas y arruinadas. Tenían que ser 40 enterradas o destruidas de otra manera para evitar cualquier profanación del divino nombre de Dios que contenían.  Por lo tanto, si un manuscrito envejecía y se desgastaba, era puesto en un cuarto de la sinagoga, llamado geniza, para ser destruido después.  Hasta ahora sólo se ha encontrado una geniza que contuviera manuscritos antiguos; la del Cairo.  Hasta donde sepamos, se han perdido todos los otros manuscritos bíblicos del primer milenio de la era cristiana.

Sin embargo, el extremo cuidado con que fueron escritos los manuscritos por los escribas judíos es una garantía de la exactitud de las copias existentes de la Biblia.  El descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto que ha proporcionado textos que son mil años más antiguos que las copias más antiguas de la Biblia hebrea conocidas hasta entonces, ha demostrado que el texto del Antiguo Testamento nos ha sido transmitido prácticamente en la misma forma como lo conoció Cristo (Comentario Bíblico Adventista, tomo I, pp. 30-36).

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One Comment en “Los Idiomas, los Manuscritos y el Canon del Antiguo Testamento”

  1. Luis Alberto Cabrera Says:

    Gracias a Dios por estos datos que son muy interesantes sobre los escritos del Antiguo Testamento. En lo que a mi respecta me ha servido de bendición, como alimento a mi sabiduría.

    Que Dios los bendiga y guarde en Cristo Jesús.


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