La Justificación por la Fe –II

Por: Héctor A. Delgado

Clasifíquese: Soteriología

La doctrina de la Justificación por la Fe ha sido enfocada desde diferentes puntos de vista. Y el hecho de que existen diferentes corrientes de pensamientos sobre esta importante enseñanza debe movernos a preocupación. ¿Podemos imaginarnos lo que implicaría estar descarriado en el entendimiento de esta doctrina tan importante para la iglesia? ¿Cómo podemos llevar al mundo un mensaje unificador, renovador y transformador? ¿Podríamos sostener que tenemos un mensaje único, distinto y clarificador para ser proclamado, si nuestro entendimiento de la Justificación por la Fe es el mismo que el de las iglesias populares? De hecho, no negamos que ciertos aspectos generales sobre esta doctrina sean coincidentes, pero no así en los detalles esenciales.

Aunque algunos no muestran preocupación por el alarmante desequilibrio que existe sobre el entendimiento de esta doctrina y dicen “amén” a cualquier renovado énfasis de la Justificación por la Fe, la Palabra de Dios nos anima a estar firmes y seguros en la verdad, y sólo la verdad (Efe. 6:14; 2 Cor. 13:8; 2 Ped. 1:12). Esto es lo único que es de valor. Cualquier cuerpo religioso puede construir durante largos años sobre lo que cree ser terreno sólido, pero si no tiene la impronta del Cielo, tarde o temprano se dará cuenta (y ojalá no sea muy tarde) que ha estado edificando sobre heno y hojarasca. Todo el edificio le caerá encima de la misma forma como le cayó la “torre de Siloé” a los dieciocho desventurados que mencionó Jesús en Lucas 13:4.

En el relato de la parábola del Fariseo y el Publicano descubrimos como no debemos y como sí debemos obtener la justicia que nos dará entrada al reino de los cielos. Vimos además que el orgullo (o justicia propia) es el primer y peor de todos los obstáculos para experimentar la Justificación por la Fe. De igual manera, apreciamos que sólo los humildes y sumisos a la voluntad de Dios son beneficiados con la maravillosa experiencia de la Justificación por la Fe. El Dr. Waggoner expresó:

“En este mundo hay solamente una cosa que el hombre necesita, y esto es la justificación, – y justificación es una experiencia, no una teoría”.1

Debemos analizar más de cerca el argumento que propone que la Justificación por la Fe involucra solamente una declaración de absolución. Esto hace de la Justificación un mero acto: una acción de perdón, Dios absolviendo al pecador. Desde esta perspectiva todo intento por incluir alguna experiencia subjetiva en la Justificación por la Fe es denunciado como “legalismo” o “romanismo”. El mismo Espíritu de Profecía – se sostiene – habla de la Justificación por la Fe en término de perdón. Veamos dos ejemplos:

“Cuando el pecador arrepentido, contrito delante de Dios, discierne la expiación de Cristo en su favor y acepta esa expiación como su única esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados. Esto es justificación por la fe… Perdón y justificación son una y la misma cosa”.2

“La justificación es un perdón pleno y completo del pecado. Un pecador es perdonado en el mismo momento en que acepta a Cristo por la fe. Se le atribuye la justicia de Cristo, y no debe dudar más de la gracia perdonadora de Dios”.3

Mucho más que perdón

Ahora bien, decir que la Justificación por la Fe involucra solamente el perdón de nuestros pecados a partir de declaraciones como estas (y aun hay otras) poniendo a un lado otras declaraciones del Espíritu de Profecía, es faltar a la verdad. Veamos las siguientes citas:

“La justificación por la fe en Cristo se manifestará en la transformación del carácter. Esta es para el mundo la señal de la verdad de las doctrinas que profesamos”.4

“¿Qué es la Justificación por la Fe? Es la obra de Dios que abate en el polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que él no tiene la capacidad de hacer por sí mismo”.5

“La justicia de Cristo… es un principio de vida que transforma el carácter y rige la conducta”.6

“La justicia imputada de Cristo significa santidad, rectitud y pureza. Si no nos fuera imputada la justicia de Cristo, no podríamos experimentar verdadero arrepentimiento… la justicia de Cristo es asida [por la fe] y viene a ser una parte de nuestro ser”.7

“Habiéndonos hecho justos por medio de la justicia imputada de Cristo, Dios nos declara justos y nos trata como a tales”.8

Se ha reconocido que estas citas reflejan cierta tensión con las primeras que mencionamos. Lo cierto es que estas declaraciones en lugar de contradecir las primeras, más bien las complementan, y reflejan además la posición equilibrada del Espíritu de Profecía sobre el tema.

La última cita es una declaración asombrosa que necesita ser evaluada detenidamente. Es un párrafo que pocos se detienen a considerar. Pero la cita es clara: “Habiéndonos hecho justos por medio de la justicia imputada de Cristo (Justificación por la Fe), Dios nos declara justos y nos trata como a tales”. Dios nos hace y declara justos y “nos trata como a tales” simultáneamente.

La relevancia del “precioso mensaje” de 1888

Es aquí donde toma relevancia el mensaje de 1888 de Justificación por Fe presentado por Waggoner y Jones, pues es este mensaje remarca vez tras vez que la justificación por la fe es ser “hecho justo”, en el sentido de ser hecho obediente a la Ley de Dios.

En este tenor el Pr. Wilson, ex-presidente de la Asociación General observó sobre el mensaje de 1888:

“Este mensaje debiera clarificar que la Justificación por la Fe es más que una declaración legal. No declara meramente que el pecador es justo, hace que la persona sea justa, capacitándolo para obedecer la Ley de Dios.

“Esta Justificación de la que hablamos no es meramente una condición, un status. Es una posición correcta y una vida justa. Jesús no nos viste simplemente con su manto puro; además, por medio del Espíritu Santo viene a nuestros corazones y establece residencia en nuestros corazones. La nueva criatura que llegamos a ser es un cristiano […]

“Cuando el pecador ve y cree esta verdad, experimenta la Justificación por la Fe. Esto incluye una experiencia del corazón (el nuevo nacimiento); no es meramente una anotación objetiva en los libros del Cielo”.9

Para Elena de White, la Justificación por la Fe implicaba mucho más que el perdón de los pecados, significaba ser “hecho justo”, en el sentido de ser hecho en conformidad con la Ley de Dios por la fe. Y es que Dios no sólo desea perdonarnos, Él también quiere transformarnos. No sólo anhela ponernos en una posición favorable legalmente delante de su trono, desea fervientemente reproducir el carácter de Cristo en el nuestro. Esto da honra, honor y gloria a su Nombre. El Dr. Waggoner (uno de los “mensajeros de la justicia de Dios”) comentó sobre la Justificación por la Fe lo siguiente:

“Justificado, pues, por la fe, quiere decir habiendo sido hecho en conformidad con la Ley por la fe [Rom. 5:1]”.10

“Justificación eleva la Ley. El único peligro que existe es no recibirla. Ella establece la Ley en el corazón [Rom. 3:31]. Justificación es la Ley encarnada en Cristo, puesta en el hombre, siendo de esta manera encarnada en el hombre [Heb. 8:10]”.11

“Justificar significa hacer justo, o mostrar que alguien es justo…”.12

En perfecto acuerdo con esta idea Alonso T. Jones dijo:

“Justificación por la fe es rectitud por la fe, ya que justificación es el ser declarado justo […] justificación por la fe, por tanto, es justificación que viene por la Palabra divina […] La Palabra de Dios lleva en sí misma su cumplimiento […] La Palabra de Dios pronunciada por Jesucristo, es poderosa para llamar a la existencia aquello que no existía antes de ser emitida […]

“Justificados [hechos justos] pues por la fe [confiando y dependiendo solamente de la palabra de Dios], tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Rom. 5:1)”.13

Estas declaraciones de Elena White, Waggoner y Jones no son entendidas ni muy compartidas en los círculos teológicos actuales y difícilmente usted las encuentre en tratados modernos sobre la Justificación. Esta definición de Justificación por la Fe ha sido denunciada como “romanismo disfrazado”.

Comprendiendo la expresión “ser hecho justo”

Pero la noción sobre Justificación por la Fe que aparece en los escritos de Waggoner y Jones bajo la expresión “ser hecho justo” no es “la idea católica de una justicia infusa vertida en el ‘santo’, creando un mérito intrínseco en la persona misma, de manera que los continuos actos de pecado dejarían de ser pecaminosos en virtud del mérito personal del receptor. La noción católica romana (ampliamente sostenida también por otros) es que el pecado deja de ser pecaminoso en el ‘santo’. Una vez que se ha producido la justificación sacramental (o legal), la ‘concupiscencia’ deja ya de ser un mal merecedor del juicio”.14

Una cita más nos dará una idea más acabada de la idea católica romana sobre la justificación:

“Una persona no es justificada por ejercitar fe salvadora en la obra final de Cristo; puede llegar a ser justificada a través de una vida de obediencia a las enseñanzas de la Iglesia, al ser nutrida de los sacramentos de la Iglesia. Lo que queda sin completar en este sistema de lograr rectitud personal puede ser completado en el purgatorio”.15

Ante semejante desviación de la verdad de la Palabra, la voz del apóstol Pablo se levanta en protesta milenial y dice:

“Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la Ley” (Rom. 3:28, las cursivas no están en el original).

“Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la Justificación por la Fe en Cristo, y no por las obras de la Ley, pues por las obras de la Ley nadie será justificado” (Gál. 2:16, las cursivas son nuestras).

“No anulo la gracia de Dios, pues si por la Ley se obtuviera la justicia, habría muerto en vano Cristo” (Gál. 2:21).

Cuando Elena de White dijo junto a Waggoner y Jones que Dios nos “hace justos” por medio de la Justicia imputada de Cristo, por medio de la Justificación por la Fe, estaba diciendo que cuando Dios reconcilia a una persona con Él es imposible que no lo reconcilie con su santa Ley también, convirtiéndolo así en un fiel hacedor de la Ley. Y esto ocurre precisamente antes de lo que se conoce como santificación.

Pero debemos ver ahora cómo se logra la transformación de un individuo de injusto a  justo. Waggoner comentó lo siguiente:

“La justicia de Dios es puesta, literalmente, en y sobre todos los que creen. Son así tanto vestidos con justicia como llenados de ella, de acuerdo con la Escritura. De hecho, viene a ser ‘la justicia de Dios’ en Cristo. Y ¿cómo nos afecta eso? Dios declara su justicia sobre aquel que cree. Declarar es hablar. Por lo tanto, Dios habla al pecador,… y dice: ‘tu eres justo’. E inmediatamente, ese pecador que cree, deja de ser un pecador, para ser la justicia de Dios. La Palabra de Dios que declara justicia, lleva en sí misma la justicia, y tan pronto como el pecador cree y recibe esa palabra en su propio corazón por la fe, en ese momento tiene la justicia de Dios en su corazón; y puesto que del corazón mana la vida, sucede que en él se inicia una nueva vida, y esa vida lo es de obediencia a los Mandamientos de Dios […]”16

“La justificación tiene que ver con la Ley […] leemos en Rom. 2:13 que ‘no los oidores de la Ley son justos para con Dios, más los hacedores de la Ley serán justificados’. El hombre justo, por lo tanto, es el que cumple la Ley. Ser justo significa ser recto. Por lo tanto, ya que el hombre justo es el hacedor de la Ley, se deduce que justificar a un hombre, esto es, hacerlo justo, es hacerlo un cumplidor de la Ley.

“Ser justificado por la fe, pues es sencillamente ser hacedor de la Ley por la fe… ‘Dios justifica al impío’ (Rom. 4:5) ¿Es esto justo? Ciertamente lo es. No significa que Dios se hace de la vista gorda ante la falta de los hombres, de manera que sea contado como justo aun siendo en realidad impío, sino que significa que Él convierte a ese hombre en un cumplidor de la Ley”.17

En completa armonía con esto dijo A. T. Jones:

“El hombre no debe simplemente convertirse en justo por la fe – dependiendo de la Palabra de Dios – sino que debe ser justo, debe vivir por la fe. Es precisamente en esa forma como vive el hombre justo y es así precisamente como se convierte en justo”.18

“Ahí está la Palabra de Dios, la Palabra de justicia, la Palabra de vida, para ti ahora, ‘hoy’. ¿Serás  hecho justo por ella ahora? ¿Vivirás por ella hoy? Eso es Justificación por la Fe. Es lo más sencillo del mundo”.19

El poder está en la Palabra

El elemento creador y transformador es la Palabra de Dios. El poder de la Palabra es grande. Esto es evidente en los milagros realizados por Cristo. Siempre encontramos esta premisa en la ejecución de sus milagros: “De inmediato se levantó” (Luc. 5:17-25). “Enseguida ella se levantó” (Luc. 4:38-39). “Al instante recobró la vista” (Mar. 10:46-52). “Al instante se levantó” (Luc. 49-55). “De inmediato recobraron la vista” (Mat. 20:29-34, las cursivas no están en el original).

Nuestra oración debería ser como la del Centurión romano: “Di la palabra y mi siervo sanará”. Debiéramos aferrarnos con fe a las palabras de Cristo y creer de todo corazón que el día en que su dulce voz nos declaró “perdonado”, “justo”, en ese mismo instante nos transformó en personas justas y obedientes a su Ley. Este argumento lo retomaremos en la próxima sección.

La Justificación por la Fe implica el nuevo nacimiento

Volvamos brevemente al argumento de Cristo en la parábola del Fariseo y Publicano. Según Cristo, éste último llegó a su casa “justificado” a diferencia del primero. ¿Que marcó la diferencia? Uno era orgulloso y el otro era humilde. Ahora bien, ¿quién es orgulloso y quién es humilde en el sentido pleno de la Palabra? Veamos, el orgullo natural en el corazón del Fariseo (quien se creía justo por lo que hacía), resistió la gracia divina vez tras vez y esto provocó una interrupción en la obra transformadora del poder de Dios en su corazón. Esto motivó el siguiente comentario:

“No hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más desesperado, el más incurable […]

“El Fariseo no sentía ninguna convicción de pecado. El Espíritu Santo no podía obrar en él. Su alma estaba revestida de una armadura de justicia propia que no podía ser atravesada por los aguzados y bien dirigidos dardos de Dios… Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador… Debemos reconocer nuestra verdadera condición, pues de lo contrario no sentiremos nuestra necesidad de la ayuda de Cristo”.20

A diferencia del Fariseo, el Publicano había cedido terreno al poder transformador de Dios al no resistir la atracción de su amor perdonador. Así quedaron creadas las condiciones para hacer efectivo sobre él los beneficios de la Justificación por la Fe. Esto puede ser llamado una experiencia, pues desde el momento en que comenzó el Espíritu a obrar hasta que se rindió totalmente a esa obra, el amor de Dios estuvo trabajando activamente para su salvación (Juan 12:32; Jer. 31:3). El hombre pecador puede no darse cuenta del momento exacto en que comienza la atracción divina, pero ha estado siendo atraído por el amor de Dios. Esto es en cumplimiento de las palabras de Cristo: “Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos los atraeré a mí mismo” (Juan 12:32, cf. 6:44). Un día se realiza la entrega, ya no hay más resistencia. Entonces Dios puede cubrir al ser arrepentido con su manto de Justicia. Meditemos en las siguientes declaraciones:

“Cristo es la fuente de todo buen impulso […] Todo deseo de verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón […] Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira constricción en el alma.

“El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús… Por medio de influencias visibles e invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón de los hombres de los vanos placeres del pecado a las bendiciones infinitas que pueden disfrutar en Él”.21

Este poder cautivador es el que opera la experiencia de la Justificación por la Fe. Y es en este contexto que se puede entender la siguiente declaración: “La gracia de Cristo sale al encuentro de la gracia que está obrando en el alma humana”.22

El cambio que se produce en la persona que cede a la atracción del amor de Dios es lo que se conoce como “nuevo nacimiento” (Juan 3:1-16, véase la Sección 10). El mismo Cristo enseñó en su conversación con Nicodemo que la Justificación por la Fe no puede hacerse efectiva sin que tome lugar la experiencia del nuevo nacimiento. Esto es lo que dicen los versos 3,5-6:

“De cierto te digo que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios… el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.

Permítannos explicar esto a partir de lo que dicen las siguientes declaraciones:

“La justicia por la cual somos justificados es imputada; la justicia por la cual somos santificados es impartida. La primera es nuestro derecho al cielo; la segunda, nuestra idoneidad para el cielo”.23 “Cristo, sólo Cristo y su justicia, obtendrán para nosotros un pasaporte para el cielo”.24

Cuando comparamos estas declaraciones con Juan 3:3,5-6 nos damos cuenta que si la justicia imputada de Cristo es nuestro “derecho” o “pasaporte” para el Cielo es lo mismo que decir: “El que no nace de agua y del Espíritu no puede ver el reino de Dios”. Entonces estamos obligados a concluir que la experiencia de la Justificación por la Fe implica el perdón de los pecados y también ese cambio maravilloso conocido como nuevo nacimiento. Esto es Justificación por la Fe en el sentido práctico.

Referencias:

1 E. J. Waggoner, Carta a los Romanos, cap. 4:3.

2 Elena de White, Manuscrito 21, 1891.

3 ———–, Sing of the Times, 19-5-1898.

4 ———–, Carta 83, 1896.

5 ———–, Testimonios para los Ministros, p. 465.

6 ———–, El Deseado de Todas las Gentes, p. 509.

7 ———–, Carta 1e, 14-1-1890.

8 ———–, Mensajes Selectos, tomo 1, p. 461.

9 Neal C. Wilson, Revista Adventista, p. 5, (1988), las cursivas son nuestras.

10 Waggoner, Carta a los Romanos, cap. 7:1,2.

11 ———–, Ibíd., cap. 5:1,2.

12 ———–, Cristo y su Justicia, p. 48, las cursivas están en el original.

13 Alonso T. Jones, Review and Herald, 17-1-1899, los corchetes figuran en el original.

14 Robert J. Wieland, Introducción al Mensaje de 1888, p. 37.

15 David Wells, The Search for Salvation, p. 142.

16 Waggoner, The Gospel in Creation, pp. 26-28, 1894, las cursivas son nuestras.

17 ———–, Sing of the Times, 1-5-1893.

18 Jones, Review and Herald, 7-3-1899.

19 ———–, Ibíd., 10-11-1896, las cursivas son nuestras.

20 Elena de White, Palabras de Vida del Gran Maestro, pp. 120, 123.

21 ———–,  El Camino a Cristo, pp. 25-27, las cursivas son nuestras.

22 ———–, Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 163.

23 ————, Review and Herald, 6-4-1895.

24 ————, Carta 6b,1890.

About these ads
Explore posts in the same categories: Soteriología

One Comment en “La Justificación por la Fe –II”

  1. silfredo Says:

    Deseo información sobre los temas aquí descritos.


Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 80 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: